He estado pensando… (180)

por Alberto Reyes Pías
He estado pensando en lo que debe ser cambiado
 Cuba es un país en ruinas. A lo largo de estos casi 70 años, el deterioro se ha ido generalizando: las casas, las carreteras, los servicios, las instituciones, las personas…
 Somos un país a reconstruir desde los cimientos y, para ello, es condición indispensable un cambio de sistema político, un cambio de estructura social.
 Sin embargo, si bien cambiar las estructuras es necesario, esto no es suficiente.
 Un país puede transformar sus leyes, sus instituciones y su sistema político, pero no logrará un cambio real si no sana los corazones de su gente, porque los cambios estructurales no hacen desaparecer las heridas acumuladas durante décadas.
 A lo largo de todos estos años, nos hemos herido mucho. Nos hemos agredido, nos hemos espiado, nos hemos delatado. Han mandado a nuestros hijos a guerras absurdas, y han muerto en ellas; han obligado a nuestros hijos a pasar el Servicio militar, donde muchos han sufrido abusos y otros han muerto. Han exigido a generaciones irse a las becas como condición para estudiar en la universidad, arrancándolos de sus familias a edades tempranas; han adoctrinado a nuestros hijos, los han hostigado por su fe, han perseguido y encarcelado a los que han levantado una voz diferente.
 Somos un pueblo sumergido por ruinas materiales, pero más sumergido aún por nuestras heridas, nuestros rencores, nuestras rabias contenidas.
 Si no sanamos los corazones, corremos el riesgo de reproducir mañana lo que hoy rechazamos, y confundir la justicia con la venganza. Por eso, la justicia será necesaria, pero también lo será el perdón.
 Perdonar no significa olvidar, ni justificar lo injustificable, ni renunciar a la justicia que debe ser hecha. Perdonar significa negarse a que el daño recibido nos envenene el alma y sea el que determine nuestra manera de relacionarnos con los demás. Una sociedad que no aprende a perdonar, puede quedar prisionera de sus heridas para siempre.
 Reconstruir nuestro país no consiste solamente en levantar edificios, reparar carreteras o cambiar instituciones, sino en aprender a mirarnos como hermanos después de tantos años de división.
 Hace mucho tiempo, un joven me dijo: “Tengo por escrito los nombres y apellidos de todos los que me las tienen que pagar”.
 Yo creo que es buena idea que cada uno de nosotros haga su lista, sin olvidar a nadie, sin que quede fuera ninguno de los que nos ha herido… y ahora, desde la serenidad del presente, desde las barreras que hoy impiden la venganza, empezar a perdonar, uno por uno, a todos aquellos que nos han hecho daño, o han hecho daño a los nuestros. Y si nos es muy doloroso, buscar ahora las ayudas necesarias, pero no dejar de hacerlo.
 Porque la verdadera reconstrucción de un país que ha estado sumergido en el odio y la división comienza cuando dejamos de poner nuestro foco en el dolor y la rabia, y empezamos a preguntarnos qué podemos hacer para que nuestro corazón se libere del resentimiento y nuestros hijos no hereden nunca nuestras heridas.

Deja un comentario