He estado pensando… (174)

por Alberto Reyes Pías
He estado pensando en cómo definir a los yanquis
Ha vuelto en el calendario el 11 de septiembre, el día que recordaremos siempre como el desenlace diabólico de un proceso de ideologización fanática. La masacre de las Torres Gemelas no tuvo su raíz en una nacionalidad o en una religión, sino en una ideología que divide al mundo entre buenos y malos, y donde los “malos” necesitan ser odiados, castigados, eliminados.
Más al sur de Nueva York, en una isla del Caribe, un niño de seis años regresó a su casa. Venía de la escuela, y le habían dejado una tarea: tenía que hacer una oración usando la palabra “yanqui”. El niño preguntó a sus padres qué oración debía hacer, pero sus padres le dijeron que la creara él mismo.
Y el niño escribió: “Los yanquis son humanos”.
No es difícil imaginar lo que vino después: maestros histéricos, citaciones a los padres, análisis “ideológico” del niño. Porque ahí estaba el problema: después de meses de adoctrinamiento escolar, ese niño no había adquirido una “ideología correcta”, es decir, no había aprendido a odiar, no había aprendido a condenar, y eso era, sencillamente, intolerable.
El sacerdote y escritor Martín Descalzo relata en uno de sus artículos cómo muchos científicos de primera línea se pusieron al servicio de Hitler. Crearon las cámaras de gas, experimentaron con seres humanos, y decidieron sin escrúpulos quién debía vivir y quién debía morir. Eran intelectualmente brillantes, pero habían perdido su humanidad, cegados por una ideología que los había convencido no sólo de su superioridad sino de su derecho sobre la vida de los demás.
Y en esto, todas las ideología coinciden, da igual que sea el integrismo musulmán, el fascismo o el comunismo, todas las ideologías crean seres que se sienten superiores en su modo de pensar y de mirar el mundo, y que se sienten con derecho a decidir la vida de los demás, y a cuestionar sus creencias, sus opiniones, sus
opciones de vida.
La Cuba “revolucionaria” no ha sido una excepción. Desde los fusilamientos en La Cabaña hasta el UMAP, desde las “marchas del pueblo combatiente” hasta los actos de repudio, desde las citaciones arbitrarias de la Seguridad del Estado hasta el encarcelamiento de aquellos que han salido a reclamar sus más legítimos derechos. En todos los casos, el criterio es el mismo: yo decido qué está bien y qué está mal, yo decido cuál es “el camino correcto”, y tú no tienes derecho a pensar ni a actuar de modo diferente a lo que yo he decidido que es el mejor modo. Y como soy yo quien tiene el poder, sólo te queda someterte, o habrá consecuencias.
Por eso el trato prepotente, por eso las “actas de advertencia”, por eso la temible “mancha en el expediente”, por eso los análisis ideológicos, por eso la represión agresiva…
Y por eso, no basta con que tus hijos sean buenos en ciencias, en letras o en biología. Es necesario que tus hijos sean buenos en humanidad, en amor, en perdón, en tolerancia, en aceptación del otro, para que su pasión no sea nunca someter al otro sino construir, con todos, un mundo de hermandad.

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