Hola… Vi un recién video de Secretos de Cuba sobre el “tronado blando” de José Luis Rodríguez, el economista que administró buena parte de la economía cubana durante el Período Especial.Más allá del personaje, el tema abre una pregunta estratégica mayor:
¿Qué papel pueden jugar en una transición real los burócratas, tecnócratas, académicos y cuadros que han funcionado durante años dentro del sistema oficial cubano?
José Luis Rodríguez no fue un opositor. Tampoco fue un simple funcionario decorativo. Fue un instrumentador técnico de decisiones políticas tomadas desde arriba. Administró escasez, dualidad monetaria, fiscalidad, dolarización parcial, ajustes duros y mecanismos de supervivencia del Estado.
Ese perfil nos obliga a pensar con cuidado.
En Cuba hay personas insertadas en ministerios, universidades, empresas estatales, centros de investigación, gobiernos locales, instituciones económicas, salud pública, energía, agricultura, estadísticas, planificación, comercio exterior y estructuras empresariales que conocen detalles vitales del país real.
Saben dónde están los cuellos de botella.
Saben qué empresas no producen.
Saben qué municipios están más abandonados.
Saben cómo circulan las divisas.
Saben qué datos se maquillan.
Saben qué importaciones son prioritarias.
Saben dónde falta comida, transporte, medicinas, combustible, talento y honestidad institucional.
Una transición seria no puede darse el lujo de despreciar ese conocimiento.
Pero tampoco puede incorporarlo ingenuamente.
La clave no sería decir: “todos son culpables” ni tampoco “todos son recuperables”.
La clave sería diferenciar.
Hay tecnócratas útiles para reconstruir.
Hay burócratas que solo obedecieron por supervivencia.
Hay cuadros que pueden aportar información práctica.
Hay académicos que conocen diagnósticos reales, aunque hayan hablado con lenguaje permitido.
Y también hay operadores del control, beneficiarios de privilegios, administradores de opacidad y participantes en daños concretos contra la sociedad.
No se les puede poner a todos en el mismo saco.
Una transición inteligente debería ofrecer puentes condicionados:
garantías personales básicas, protección contra venganzas, continuidad laboral temporal, evaluación caso por caso, colaboración con auditorías, entrega de información verificable, declaración patrimonial cuando corresponda, y compromiso con nuevas reglas institucionales.
La fórmula podría ser:
puente para las personas, auditoría para las estructuras.
Especialmente en sectores como GAESA, turismo, comercio exterior, energía, finanzas, agricultura y logística, el conocimiento técnico de muchos cuadros medios puede ser indispensable. Pero las estructuras opacas no pueden reciclarse sin transparencia.
El país necesitará saber:
qué se debe,
qué se produce,
qué se oculta,
qué se puede salvar,
qué debe cerrarse,
qué puede descentralizarse,
qué puede privatizarse,
qué debe protegerse como servicio público,
y qué redes de corrupción deben investigarse.
La transición cubana no será solo una batalla de consignas. Será también una operación compleja de información, administración, justicia, economía y confianza.
Por eso, una pregunta estratégica para hoy sería:
¿cómo convertir a una parte de la burocracia obediente en servicio público responsable?
No se trata de premiar la complicidad.
No se trata de borrar responsabilidades.
No se trata de cambiar nombres para que todo siga igual
Se trata de evitar que el miedo, la venganza o la improvisación destruyan conocimientos que Cuba necesita para reconstruirse.
Porque una Cuba nueva no puede ser edificada solo desde la denuncia. También necesitará archivos, estadísticas, técnicos, mapas, inventarios, memoria institucional y personas dispuestas a pasar de la obediencia a reconstruir el país como ciudadanos libres.
Ahí estará una de las pruebas más difíciles: distinguir entre quienes sirvieron al sistema y quienes todavía pueden servir a Cuba.
Oscar Visiedo .info
