Cuba: la carrera de un solo caballo.

Por Librado Linares

El mito del apoyo mayoritario

El castrismo despliega sus armas simbólicas: recogida de firmas, marchas oficiales y entrevistas complacientes. Se insiste en que la “revolución” cuenta con un respaldo mayoritario. Pero incluso si la mitad de la población apoyara de alguna manera al régimen, eso no invalida el derecho legítimo de la otra mitad a organizarse, convocar marchas paralelas o boicotear las oficiales.

En Cuba, la política funciona como una carrera de un solo caballo: siempre gana porque no hay contrincante permitido. La moraleja es clara: el triunfo está asegurado por la no presentación del otro.

Las protestas como mentís

Las manifestaciones espontáneas en San Miguel del Padrón, Diez de Octubre, Marianao, Guanabacoa, Plaza de la Revolución, Regla y La Habana del Este son un mentís directo al relato oficial.

– Cacerolazos, fogatas y bloqueos de calles.

– Consignas como “¡Corriente y comida!” y “¡Abajo la dictadura!”.

– Familias agotadas por apagones de hasta 22 horas, calor extremo y falta de agua.

En un sistema de pretensiones totalitarias, estas protestas son un escándalo: muestran el desmerengamiento de la relación poder vs ciudadanía.

La falacia de las sanciones

El argumento recurrente de que la megacrisis se debe exclusivamente a las sanciones estadounidenses es una interpretación sesgada.

– La confrontación con EE.?UU. fue una elección consciente de Fidel Castro.

– Al alinearse con la URSS y convertir el antimperialismo en piedra angular de la política exterior, garantizó un enfrentamiento permanente con su vecino del norte.

– Ese discurso le dio réditos políticos y recursos, pero también aseguró las consecuencias que hoy se sufren.

No fue una imposición externa, sino una estrategia calculada que ahora se presenta como victimización.

Conclusión

Las protestas recientes son la prueba de que el supuesto consenso mayoritario es una construcción manipulada. La ciudadanía, incluso bajo un régimen de control total, encuentra formas de expresar su hartazgo. El castrismo puede organizar marchas y entrevistas complacientes, pero no puede ocultar que la indignación barrial y municipal está desbordando los límites del discurso oficial.

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