Autor: Librado Linares.
Villa Clara fue durante décadas la columna vertebral de la industria azucarera cubana. Con 28 complejos agroindustriales, la provincia llegó a producir más de un millón de toneladas de azúcar, sosteniendo el 70 % de los ingresos por exportaciones del país. Municipios como Ranchuelo, con cuatro centrales, eran símbolos de eficiencia (recobrado) y orgullo nacional. Sin embargo, aquel esplendor quedó atrás.
Hoy, la zafra 2025-2026 apenas prevé poco más de 20 mil toneladas de azúcar crudo, destinadas a la canasta familiar normada. Solo el central Quintín Bandera, en Corralillo, está programado para moler; el Héctor Rodríguez, en Sagua la Grande, queda como reserva. El contraste es brutal: de ser la principal productora de azúcar del país, Villa Clara enfrenta ahora una campaña simbólica.
La crisis estructural.
La agroindustria azucarera villaclareña está marcada por la obsolescencia tecnológica y la falta de personal. En ambos centrales falta alrededor del 30 % de la fuerza laboral, lo que impide completar brigadas de operadores y técnicos. Las maquinarias, sin modernización en décadas, sobreviven gracias al caníbaleo de piezas, un círculo vicioso que perpetúa el deterioro.
Las Unidades Básicas de Producción Cooperativa (UBPC) de caña de azúcar, que deberían garantizar el suministro, están paralizadas por la escasez de combustible, neumáticos y baterías. Los planes de miles de toneladas son letra muerta en el papel. La base de camiones de TRANZ MEC sufre las mismas carencias: frenos, instalaciones eléctricas y faroles inexistentes.
El trabajador olvidado.
Los testimonios de obreros son reveladores. Se quejan de la pésima atención sindical, que pone en evidencia la no funcionalidad de una institución que debería defenderlos. Los salarios, entre 2 600 y 3 000 CUP, son insuficientes frente a precios desorbitados: un huevo cuesta más de 100 CUP y un cartón puede alcanzar los 3 600.
La inasistencia laboral es elevadísima. Un obrero relató que, tras sufrir chikungunya, llevaba más de un mes sin trabajar y al reincorporarse solo haría turnos diurnos, lo que limitaba incluso su posibilidad de “robar combustible” para sobrevivir. La frase desnuda la precariedad y la desesperación que atraviesan los trabajadores.
Los bateyes olvidados.
La precariedad no termina en los ingenios. Los bateyes, pueblos donde malviven la mayoría de los trabajadores azucareros, son escenarios de abandono. Allí los apagones son más frecuentes y prolongados, las calles permanecen sin asfaltar, los vertimientos contaminan el entorno y las condiciones de vida son incluso peores que en otras zonas del país.
El contraste es doloroso: mientras se exige a los obreros sostener una zafra simbólica, sus comunidades carecen de servicios básicos y dignidad. La zafra, que alguna vez fue motor de desarrollo, hoy se traduce en miseria y desarraigo para quienes la hacen posible.
«Los bateyes villaclareños son la prueba más cruda de que la zafra ya no construye futuro, sino que perpetúa el deterioro.»
De promesa nacional a caricatura.
La zafra villaclareña no solo enfrenta la ausencia de recursos básicos, sino también un déficit del 30 % de su fuerza laboral y una obsolescencia tecnológica que atraviesa todos los aspectos de la agroindustria. El contraste histórico es brutal: lo que alguna vez fue motor de la economía nacional se ha convertido en un reflejo de la crisis estructural del modelo productivo cubano.
«La zafra villaclareña ya no endulza la nación: amarga a sus trabajadores y desnuda la caricatura de un sistema que alguna vez prometió ser de obreros y campesinos.»
