Sor Nadieska Almeida, HC
28 de septiembre de 2026
Llevamos tiempo denunciando de una u otra manera las atrocidades que estamos viviendo; hemos expuesto las consecuencias de tanto desastre. Entre muchas cosas nos está acechando ahora una epidemia de dengue, hepatitis y muchos virus que están afectando la vida de las personas, y todo esto a causa de la insalubridad generalizada, la inaccesibilidad a los medicamentos, al agua potable, a los artículos de aseo, y por si fuera poco, la pésima alimentación que viene haciendo estragos y dejándonos de base una ausencia de defensas necesarias para el ser humano
Hace unos días desgraciadamente volvió a ser noticia el basurero y el incendio provocado en la Iglesia de San Judas y San Nicolás en La Habana y, como en esta, son muchas otras las parroquias donde los desechos van acumulándose a su alrededor. Exceptuando el reciente apoyo gubernamental con la limpieza y la sustitución de la puerta de este templo, sigue siendo el silencio la respuesta para quienes sufren esas consecuencias. El dolor sigue ganando terreno. Y parte de ese dolor es la impotencia tan grande que va apoderándose de una manera que nos va imposibilitando hasta en nuestros pensamientos, expresiones, y a esto se le suma el silencio impuesto, porque protestar es un riego, porque el miedo nos abraza, y tristemente vamos avanzando hacia la parálisis, y llevamos tiempo viviendo cada vez con menos posibilidades de vida digna.
Acceder a lo elemental se ha vuelto cada vez más difícil, consume todas nuestras energías y vamos cayendo en una especie de resignación difícil de asimilar que nos arrastra hasta caer como quien ya no puede hacer más que dejarse llevar por la corriente. A esta vivencia ya hay quien la ha llamado “el síndrome de las manos caídas”. Por respeto, no revelo el nombre de quien lo ha expresado. No habla de una enfermedad física, habla de una especie de hartazgo de la realidad que nos lleva a decir: me rindo, no intento nada más… Mientras me describían este nuevo síndrome (aclaro que no es un estudio hecho, es una percepción de alguien que lo sufre) iba también reconociéndome en el mismo, porque en muchos momentos he compartido mi desesperanza, mi frustración, mis cansancios al reclamar derechos, justicia y libertad para este pueblo, y el hastío que me deja el seguir constatando que llevamos tiempo denunciando y que no somos prioridad para este gobierno.
Vuelvo al síndrome de las manos caídas, y lo que me viene a la memoria del corazón es aquel episodio en que Moisés levantaba las manos a Dios y el pueblo ganaba la batalla. Fue tal el cansancio de este gran hombre de Dios que le sostenían las manos y al final le colocaron piedras para que no dejara de orar y así ganar la batalla. Hoy también nosotros necesitamos que nos sostengan las manos para no dejar de rezar y vivir con confianza. Necesitamos volver a confiar en esa parte de humanidad que vive en nuestra patria y aún posee un corazón noble, que sigue ofreciéndose para hacer el bien sin esperar nada, más que el bienestar de sus semejantes. Tenemos que recuperarnos y ser brazos y sostén para quienes estén más desesperados, en especial de esos padres de familia que no ven alternativas posibles.
