La verdadera traba del problema cubano

Por Librado Linares
La crisis cubana suele explicarse desde la óptica de las sanciones estadounidenses, presentadas por el castrismo como la causa principal de las dificultades económicas y sociales de la isla. Sin embargo, un análisis más profundo revela que, aunque dichas sanciones tienen impacto, Cuba cuenta con alternativas comerciales y financieras que podrían mitigar sus efectos. La verdadera traba radica en la naturaleza totalitaria del sistema político instaurado desde 1959, que ha convertido la conservación del poder en su objetivo supremo y ha bloqueado cualquier posibilidad de reforma democrática.
Cuba no está completamente aislada. China, con su enorme mercado y capacidad crediticia, representa una oportunidad para exportaciones y financiamiento. La Unión Europea, principal socio comercial de la isla, ofrece cooperación en sectores como turismo, energía y agroindustria, además de contar con el euro como moneda de referencia que facilita transacciones fuera del dólar. Canadá mantiene inversiones históricas en minería y turismo, mientras que países de América Latina y el Caribe brindan posibilidades de intercambio en alimentos, salud y energía. Estos actores poseen entramados empresariales que no dependen directamente del sistema financiero estadounidense y, por tanto, no caen bajo sus represalias.
El castrismo ha convertido la perpetuación del poder en su objetivo central. Se sostiene la falacia de que el sistema sigue siendo una revolución, cuando en realidad es un mecanismo de inmovilidad política. Otros actores son descalificados y apartados de la vida pública, lo que contradice la máxima martiana de “con todos y para el bien de todos”. La historiografía oficial se manipula para legitimar el régimen, ocultando hechos incómodos y exaltando una versión conveniente.
La instalación del comunismo no fue un reclamo popular, sino una jugada de poder una vez alcanzado el control del Estado. La Constitución de 1940 sí representaba una exigencia democrática, pero nunca lo fue el comunismo. Con ello, el castrismo significó una ruptura con lo mejor de la tradición jurídica y constitucionalista cubana. Además, el socialismo real se intentó exportar por todos los medios —ideológicos, culturales, económicos y mediáticos— y también mediante el uso de la violencia, apoyando movimientos armados o misiones militares en América Latina y otras regiones.
El contraste es revelador: si los castristas hubieran tenido un poder comparable al de Estados Unidos, ¿cuántas sanciones económicas, políticas y de otro tipo no habrían impuesto al vecino del norte? Aún con la diferencia abismal que existe entre los dos países, el castrismo ha tratado de escamotear en todo momento los intereses de la nación norteamericana, aliándose con sus enemigos estratégicos.
Los gobernantes son los principales responsables de conducir a la nación hacia prosperidad y libertad. Incluso si las sanciones de Washington fueran excesivas, quienes detentan el poder tienen la posibilidad de abrir las compuertas de reformas políticas, económicas y sociales que podrían inducir a Estados Unidos a levantar restricciones. La negativa a hacerlo responde a la lógica de “con nosotros sí o nadie”, que bloquea cualquier alternativa democrática.
Conclusión
Cuba tiene capacidad de evadir sanciones gracias a socios alternativos, pero la verdadera traba está en la naturaleza totalitaria del castrismo. El problema no es la falta de opciones externas, sino la decisión política de mantener un sistema cerrado, excluyente y centrado en la perpetuación del poder. El contraste con Estados Unidos muestra que, de haber tenido un poder semejante, el castrismo habría impuesto sanciones aún más severas, pues su modelo se ha caracterizado por la exportación del socialismo real incluso mediante la violencia. Mientras esa lógica no cambie, ninguna alianza internacional podrá sacar al país adelante.

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