Por Librado Linares
Durante décadas, el castrismo logró irradiar una influencia relativa en el hemisferio occidental. No fue nunca hegemónica, pero sí significativa, sobre todo en tiempos en que la izquierda populista y los autoritarismos se dieron la mano y alcanzaron el poder en buena parte de la región. La bonanza de los precios de materias primas y la renta petrolera venezolana permitieron a esos gobiernos repartir sin producir con eficiencia, sosteniendo discursos ideológicos que encontraron en Cuba un referente y un aliado estratégico.
Hoy, ese ciclo muestra claros signos de agotamiento. La pérdida de influencia diplomática es evidente: República Dominicana expulsó a nueve diplomáticos cubanos tras incidentes con atletas que intentaban desertar; Colombia rompió relaciones diplomáticas; Ecuador expulsó al embajador; Costa Rica cerró su representación diplomática; y Venezuela, aunque sigue siendo el principal aliado, atraviesa una transición política que ha reducido drásticamente las exportaciones de petróleo hacia la isla. Otros países, en foros regionales, han marcado distancias frente a las posturas cubanas.
Las plataformas ideológicas también se han debilitado. La CELAC, concebida como alternativa a la OEA bajo influencia cubana, ha perdido cohesión. El Foro de Sao Paulo, otrora espacio de articulación de la izquierda radical, hoy es más un vestigio que un motor político. El Grupo de Puebla, aunque más reciente, no ha logrado consolidar un bloque sólido frente al avance de gobiernos democráticos liberales.
En paralelo, emergen nuevas coaliciones con objetivos claros de seguridad y libertad. La Coalición contra los carteles de las Américas, integrada por 18 países, busca enfrentar amenazas comunes como el narcotráfico, el crimen organizado, el tráfico de personas, el terrorismo regional, el cibercrimen y la desinformación, mediante inteligencia compartida, vigilancia coordinada, cooperación militar y respuesta humanitaria. Este tipo de iniciativas refuerzan la cooperación hemisférica y dejan poco espacio para la influencia cubana.
El castrismo, más que un sistema político aislado, fue durante décadas el símbolo de un ciclo latinoamericano: el de las ilusiones populistas alimentadas por rentas extraordinarias. Pero cuando esas rentas se agotaron, la realidad se impuso. Sin instituciones sólidas, sin diversificación económica y sin respeto a la libertad política, los modelos populistas se derrumban.
La gran pregunta es si los pueblos de América Latina y el Caribe habrán aprendido la lección: que la prosperidad no se construye con rentas pasajeras ni con discursos ideológicos, sino con instituciones fuertes, productividad y libertad. Si esa enseñanza se asimila, el retroceso del castrismo no solo será irreversible, sino que quedará como advertencia de un pasado que no debe repetirse.
