Por Librado Linares
El cierre del curso escolar en Cuba ha dejado más preguntas que respuestas. Según Anne Lemaistre, directora de la Oficina Regional de la UNESCO en La Habana, *“las limitaciones actuales afectan la asistencia de estudiantes y docentes, dificultan el aprendizaje y alteran la vida social de los adolescentes, consecuencia que podría comprometer el futuro de toda una generación” que resume el panorama de un sistema educativo que atraviesa uno de sus momentos más difíciles.
Este curso lectivo, culminado con múltiples adecuaciones, se ha convertido en el más retador de los últimos tiempos:
– La cobertura docente es insuficiente, y adicionalmente muchos profesores sustitutos no están graduados en pedagogía, lo que repercute en la calidad del proceso educativo.
– Las pruebas de ingreso al preuniversitario de ciencias exactas fueron suspendidas, generando incertidumbre en los estudiantes.
– El cambio en las evaluaciones tuvo un efecto perverso: en Cuba la educación se centra más en pasar de grados que en aprender, y esta modificación refuerza esa tendencia perniciosa.
– La asistencia se vio afectada por apagones, hambre y falta de transporte.
– Las condiciones materiales de las escuelas, con edificios deteriorados y escasez de insumos, comprometieron aún más el proceso docente.
Impacto en estudiantes y docentes
La secundaria básica, etapa crucial en la formación de los adolescentes, se enfrenta a un riesgo grave: la pérdida de interés por aprender. La desmotivación se extiende también a los docentes, obligados a recorrer largas distancias o trasladarse a instituciones cercanas a sus hogares, con salarios insuficientes que no compensan el esfuerzo adicional.
La suspensión de las pruebas finales tradicionales y el mayor peso otorgado a las evaluaciones sistemáticas y trabajos prácticos no lograron revertir la situación. Por el contrario, la falta de motivación derivó en menos esfuerzo y resultados pobres en la formación integral de los estudiantes.
La base de la pirámide laboral y salarial, donde se ubican los docentes, se traduce en falta de estímulos reales, sin estabilidad económica y sin condiciones materiales mínimas. Todo ello se convierte en terreno fértil para la frustración y el desencanto.
El cierre del curso escolar no tuvo el final que se necesita. Los “agujeros cognitivos” que se acumulan amenazan con minar el proceso educativo hacia adelante. Si no se toman medidas urgentes, el sistema corre el riesgo de comprometer la preparación de toda una generación, debilitando uno de los pilares fundamentales del desarrollo social.
El desmerengamiento del sistema educativo no puede explicarse únicamente por factores externos. Forma parte de una crisis sistémica y terminal que atraviesa el país. El mal manejo macroeconómico —con inflación galopante, déficit fiscal, deuda pública y desorden financiero— es el principal responsable de los pésimos incentivos que reciben los educandos y docentes.
La educación, situada en la base de la pirámide laboral y salarial, refleja la precariedad estructural de un modelo que no logra sostener ni motivar a quienes forman el futuro. Sin estímulos reales, sin estabilidad económica y sin condiciones materiales mínimas, el sistema educativo se convierte en un espejo de la crisis nacional.
La educación no puede seguir siendo víctima de improvisaciones y carencias. El curso escolar que culmina debe servir como punto de partida para una reflexión profunda: la crisis educativa es reflejo directo de la crisis estructural del sistema. Y mientras no se enfrenten las raíces macroeconómicas y políticas de este colapso, el futuro de los adolescentes seguirá comprometido.
