La propuesta de transición del Consejo para la Transición Democrática en Cuba (CTDC)
El Consejo para la Transición Democrática en Cuba (CTDC) es una concertación institucionalizada, diversa y plural, que reúne a organizaciones, proyectos, propuestas y personas independientes, dentro y fuera de Cuba, con el propósito esencial de trabajar con y desde la ciudadanía por la transición democrática en Cuba.
Las notas conceptuales que siguen parten de la naturaleza misma de la concertación y de su objetivo central, así como del análisis de las transiciones democráticas ocurridas en varias partes del mundo. Ellas, las notas conceptuales, son el fundamento de la estrategia para la transición democrática que impulsamos. Son claves para entender nuestra filosofía de cambio.
1. En el CTDC asumimos la distinción entre transición democrática y régimen democrático. La primera es el proceso de apertura por fases a los derechos, a la conversación y al diálogo entre todos los sectores, a la negociación en torno a la justicia transicional, a las reglas del juego y los cambios institucionales y, finalmente, a la competencia electoral entre partidos políticos legitimados. El segundo es la institucionalización del Estado democrático de derecho en la Constitución. La primera, la transición democrática, es el recorrido. El segundo, el régimen democrático, es el punto de llegada y el nuevo punto de partida de la sociedad y del Estado.
2. La transición democrática requiere una condición inicial: el clima de confianza entre actores diferentes para el reconocimiento mutuo en el espacio público. Exige la validación del pluralismo social y político, y la conversión de los enemigos en adversarios, legítimos en sí mismos.
3. La transición democrática no es una revolución. Tampoco es la implosión de un régimen dictatorial. La transición democrática es un pacto negociado, basado en el realismo y en el pragmatismo, entre oponentes que quieren, admiten o se ven obligados a aceptar un nuevo marco de convivencia entre visiones diferentes en igualdad.
4. El lenguaje de la transición democrática es cívico y político, no es moral. La comunicación y el intercambio civilizados, lejos de la violencia, son sus marcas.
5. Si el fin de la transición democrática es el Estado democrático, su única garantía es que el proceso sea democrático. En la transición, medio y fin deben unirse.
6. La transición en la economía es una condición necesaria y de posibilidad para la transición democrática, pero no suficiente. La condición específica de la transición democrática es la participación de todos sus ciudadanos, vivan donde vivan, todos con derechos políticos, económicos, laborales y sindicales en igualdad de condiciones.
7. La noción política de soberanía contiene un triple valor para toda transición democrática: es la base de su legitimidad, de su posibilidad y de su éxito.
8. El marco espacial de la transición democrática es geográfico. Su posibilidad como proceso, y de triunfo, están al interior de cada país. Los actores externos, legítimos, con derecho, necesarios e imprescindibles influyen, pero no están en capacidad de determinarla.
Coordenadas históricas
Cuba no tiene tradición de cambio político a través del diálogo, de la deliberación y de la negociación. La tradición política hegemónica, permanente y reivindicada es la de la revolución o contrarrevolución como actos y gestas políticos, en el que las minorías activas han tratado sistemáticamente de sustituirse entre sí. Su lazo y su energía, a la vez, es la violencia.
En nuestra historia como proyecto de nación que todavía somos, solo dos momentos destacan en los que alguna forma de negociación prevaleció o se asomó para encauzar o intentar encauzar la vida política del país a través del pacto político: la Constituyente de 1940 y la Sociedad de Amigos de la República en la segunda mitad de los años 50 del siglo pasado. Esta última trató de poner de acuerdo a distintos grupos para encontrar una salida pacífica en el ambiente posterior al golpe de Estado de 1952.
Ambos fracasan no solo y no tanto por el espíritu de la época, sino por el espíritu de nuestra historia. La épica como hábito mental y comportamiento político en Cuba no niega, pero sí prevalece sobre la cultura civilista también presente en nuestras tradiciones.
En tal sentido, somos más revolucionarios que políticos. La intransigencia, el dogmatismo, la intolerancia, la negación del otro, la violencia sobre el cuerpo social, la inmediatez del resultado, lo heroico por encima de lo cívico, la élite sustituyendo al ciudadano y la unidad como centro de la nación, de la política y del Estado expulsaron de la sociedad —paradójicamente tan exquisita en su diversidad y pluralidad—, las características más importantes en el campo político: la flexibilidad, el primer paso, lo posible, el proceso, la transacción, la razón argumental, la tolerancia a la diferencia, el comportamiento cívico, la escucha activa, la ciudadanía como asiento de la legitimidad, el principio de realidad, la necesidad de negociar con la pluralidad y los intereses, y la noción de la ganancia mutua. Estos rasgos de lo político y de la política empiezan a beber de nuestra tradición civilista solo recientemente. A finales de los años 80 del siglo pasado cuando los pioneros del movimiento de derechos humanos y pro democrático entendieron que la democracia solo es factible a través de mecanismos y herramientas pacíficos, y que para ello hay que aprender a escuchar y a intercambiar con los diferentes. Ahí irrumpen las nociones de consenso y terreno
común, y el nuevo tipo de actor político que pide una transición: el actor de y para un proceso. Menos de 50 años. Somos jóvenes para la idea y el lenguaje de la transición. Muchos de los que pensamos y promovemos los cambios democráticos hablamos de transición cuando en realidad todavía estamos pensando en sustitución. En una pugna moral pero irrealista por el poder, cuando de lo primero que se trata es de rediseñar su naturaleza en dirección a la democracia y sus límites en relación con los ciudadanos. Son estos, por cierto, los que otorgan legitimidad.
Pero estamos obligados a madurar si queremos un país y una nación viables dentro de un Estado democrático de derecho. En este sentido, la estrategia y el concepto de Por un nuevo comienzo proponen un enfoque y una acción críticos que coloquen a la pluralidad y a la diversidad como centros de toda propuesta política, que recuperen la proyección y la ética públicas que animaron a las profundas corrientes civilistas cubanas y que entiendan la política como el arte de lo posible para hacer posible lo necesario. La política y lo político nacen naturalmente del mundo cívico, no de los entornos y la filosofía de la violencia. La transición democrática es solo posible desde la acción efectiva, dentro del contraste público y pacífico de su pluralidad.
Contexto global
En términos geoestratégicos y geopolíticos, Cuba ha fracasado. La ambición global del gobierno en estos 67 años, que nos lleva a tener embajadas en 125 países de 193 que forman parte de las Naciones Unidas, fue la de proyectar poder en el mundo con la pretensión de exportar un modelo y competir a escala global con los Estados Unidos. Destruido el sueño —bien costoso—, Cuba es devuelta, ya debilitada, a su espacio
hemisférico natural, a su terreno geopolítico, en el que sigue intentando proyectar modelo y poder por otros medios; un intento de corta duración por su propia naturaleza y condenado al fracaso estratégico porque América Latina y el Caribe funcionan dentro de un esquema de rotación del poder, en sociedades asentadas en el pluralismo, que reduce el alcance de la influencia cubana.
Esta doble ambición termina en una paradoja que, vista desde una perspectiva de Estado, ahonda el fracaso geopolítico de Cuba. La fuerza de sus relaciones externas radica hoy en movimientos sociales ideologizados, cuya influencia en la política mundial no pasa de la agitación en redes, y no en la capacidad de sostener vínculos de largo plazo entre Estados que promuevan intereses mutuos, principalmente económicos, y capacidad de interactuar en una escena global y hemisférica que intercambia bienes, poder blando, tecnología, capitales, personas y trenza relaciones dentro de bloques sobre bases de seguridad jurídica, confianza y estructuras regionales o globales establecidas, en las que el Estado de derecho forma parte de la arquitectura internacional.
Esta debilidad geopolítica arroja hoy una nación fallida, no solo un Estado fallido, inmovilizada dentro de una trampa global. Sin aliados clave entre las potencias globales ni entre las potencias intermedias, Cuba se enfrenta a su peor desafío externo: nadie la protege. De hacedor de naciones y modelos de Estado y de país en otras regiones, termina en la soledad global en medio de un mundo en turbulencia. No tendría que haber sido así —una nación necesitada de sombrillas geoestratégicas— si el modelo de nación hubiera explorado otros rumbos, pero la realidad a la altura de 2026 es esta: orfandad geopolítica en un mundo de
poderes globales duros: de Estados Unidos a Rusia, de China a Turquía, y donde las potencias intermedias no logran dictar las políticas internacionales. Debilidad que se refleja en su apoyo al intento de destruir la independencia, soberanía e integridad territorial de países con asiento en y reconocidos por las Naciones Unidas.
El gobierno cubano, que vive del autoengaño, intenta compensar la soledad con el simbolismo: la condena anual al embargo de Estados Unidos en la Asamblea General de las Naciones Unidas, la participación en algún que otro órgano de esta entidad global y la fuga hacia el mundo euroasiático. La realidad es que ya no tenemos espacio en el mundo que es y, sobre todo, en el mundo por venir.
Esto puede y debe cambiar. A pesar de la regresión democrática global, hay un lugar para Cuba, y mucho depende del papel que juguemos desde la comunidad prodemocrática cubana en medio de la redefinición geopolítica hemisférica.
Tres pasos simultáneos deberíamos dar: uno, trabajar en y promover la nueva narrativa de nacionalismo suave, que se reconstituye a partir de la identidad diversa y plural que nos atraviesa; dos, recuperar en acto la soberanía ciudadana sobre la base de esta nueva narrativa de nacionalismo cívico y, tres, vindicar y proyectar la voz de la sociedad civil como la interlocutora más legítima para hablar a nombre de la nación cubana y de la Cuba transnacional. La realidad sociológica nos está diciendo con claridad que el Estado cubano habla solo a nombre de una minoría. Que, a través de su reconversión oligárquica y burocrática, ha recapturado al Estado para hablar a nombre de sí mismo. Desde la democracia y las potencialidades económicas podrá Cuba tener una nueva voz, presencia e impacto geopolíticos, fundamental para naciones en las
que la democracia se convierte en su mejor activo de seguridad nacional.
Por un nuevo comienzo: la estrategia y las acciones para la transición democrática
Por un nuevo comienzo no es una estrategia de ruptura. Las rupturas, que solo favorecen a las élites, ajustan cuentas simbólicas con el pasado y la memoria, pero en realidad destruyen el presente. No hay transición demoliendo al presente porque el presente es sobre todo vidas humanas. Una transición, si dice y quiere ser democrática, no puede admitir como premisa destruir a los que quiere liberar. Si la democratización para la democracia es el objetivo, hay que incluir al sujeto del cambio, no enterrarlo.
Por otra parte, la ruptura total de las instituciones favorece solo el control del poder por parte de sus nuevos usufructuarios, no su remodelación y redistribución a lo largo de toda la sociedad. No hay transición exitosa pretendiendo empezar de cero.
Por un nuevo comienzo parte del presente escenario presente. Porque transición democrática es el otro nombre que adopta la transición pacífica e inclusiva que no anula la voz de nadie, reconociéndola sobre todo en los tribunales que dirimen la justicia.
Nuestra estrategia retoma la distinción clave entre programa para la transición democrática, que articula y moviliza a los ciudadanos para el cambio a partir de una agenda mínima, y programa para un régimen democrático, que gestiona un proyecto amplio y profundo de transformación en todos los sectores. Para la primera, la pregunta a responder es cómo llegar, antes del qué cambiar. Para el segundo, la pregunta es qué cambiamos, dentro del cómo llegamos. Travesía democrática, que antecede, hacia el puerto de la democracia.
De aquí se desprende la línea general de acción estratégica de Por un nuevo comienzo: antes que la competencia por el poder, la definición democrática de su naturaleza.
¿Cómo activar la transición democrática?
La política reduce las opciones de cambio. La realidad enmarca y limita las opciones para quienes pretendemos el cambio.
El campo de acción política y cívica de la comunidad prodemocrática cubana que vive en el exterior se abre a la penetración y filtración de mensajes a gobiernos, a instituciones, a las comunidades y a las sociedades en las que reside, a la documentación y denuncia permanentes de la situación política y de derechos humanos en Cuba, a presentar y representar la voz de los actores y de las organizaciones con las que estén articuladas dentro de Cuba, a sensibilizar a gobiernos e instituciones con las realidades y necesidades de los cubanos, a ofrecer perspectivas informadas y actualizadas del mundo que sirvan a las estrategias de cambio concretas en el terreno y a procurar apoyos a los esfuerzos que sus interlocutores realizan dentro del país para avanzar la agenda cívica, democrática y de derechos humanos.
El campo de acción para la comunidad prodemocrática dentro de Cuba coincide con el campo reducido de opciones para la democratización. Para ella es inevitable concebir, definir y controlar la estrategia que da sentido a sus líneas de acción.
Tal y como se pueden presentar, los escenarios para la transición son siempre más que las opciones con las que cuentan los actores del cambio y que pueden, de algún modo, controlar. En este sentido, el marco de acción estratégica que propone Por un nuevo comienzo es cívico constitucional y propositivo, el que impulsa el ejercicio de una ciudadanía fuerte.
Dentro del campo de acción cívica y constitucional (en lo adelante Acción Constitucional Ciudadana) promovemos y respaldamos, prevalentemente, el ejercicio de los derechos fundamentales constitucionalizados (libertades de movimiento, de expresión, de prensa, de reunión, manifestación y asociación), recogidos en los artículos 52, 54, 55 y 56 de la Constitución cubana, y los derechos de acción política ciudadana reconocidos en los artículos 164, inciso k (iniciativa legislativa); 227, inciso f (reforma constitucional), entre otros, de dicha Constitución, y en la Ley 131 (certificación electoral), por la que se valida legalmente el
derecho ciudadano a la propuesta.
Asimismo, esta Acción Constitucional Ciudadana debe exigir el cumplimiento de los Convenios Fundamentales de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), que garantizan, entre otros, la libertad sindical y la libre contratación, y la ratificación de los Pactos de Derechos Civiles y Políticos, Económicos Sociales y Culturales, firmados por el gobierno cubano en 2008.
La línea general y el marco de acción estratégica y constitucional del Consejo para la Transición Democrática en Cuba delimitan, por tanto, la Agenda Mínima de Por un nuevo comienzo.
Agenda Mínima
I. Propuesta de Ley de Amnistía y Despenalización del Disenso, actualizada y robustecida por una amplia coalición de actores de la sociedad civil y de la comunidad prodemocrática cubana y de ciudadanos, dentro y fuera de Cuba, así como por familiares de presos políticos.
II. Mi Certificación Electoral: movilización ciudadana para la solicitud y obtención de la Certificación Acreditativa de la Condición de Elector, documento imprescindible para validar legalmente la capacidad de iniciativa de los ciudadanos.
III. Proyecto de economía ciudadana, que incluye una propuesta de ley de garantías básicas para sectores vulnerables, y proyectos emergentes de empoderamiento para sectores segregados por reformas diseñadas por y para la economía del poder, no de la gente. Esto incluye, el respeto de los derechos laborales del trabajador, expresados en los convenios fundamentales de la OIT, y garantía de acceso a un Trabajo Decente, tal como lo define la Organización Internacional del Trabajo, para asegurar la paz laboral y la justicia social.
IV. Fortalecimiento de las Asambleas Ciudadanas, espacios donde la ciudadanía delibera, propone y decide sobre asuntos vitales para su vida y la del país.
V. Propuesta de Ley de Garantías de los Derechos Fundamentales Constitucionalizados.
VI. Reforma del artículo 5 de la Constitución que consagra el control político de una minoría ideológica sobre la pluralidad (mayoritaria) de perspectivas sociales, confesionales, ideológicas y políticas de la sociedad cubana.
VII. Estrategia global contra la violencia (Proyecto Shanti).
VIII. Plataforma Cívica: para promover la conversación pública y nacional entre la diversidad de actores de la sociedad civil, impulsando los espacios presenciales.
IX. Promoción de los derechos de la diáspora cubana a participar de la vida cívica, política y económica dentro de Cuba.
X. Mesa de Diálogo Sociedad Civil-Comunidad Internacional: para estructurar el diálogo entre gobiernos e instituciones globales con la sociedad civil, en todos los temas fundamentales que conciernen a la vida pública y al ejercicio de la soberanía, que debe ser simultáneo al diálogo y negociación entre Estados y gobiernos.
Esta Agenda Mínima está en sintonía con los cambios incrementales de una sociedad que se ha venido auto democratizando y requiere cementar sus climas, espacios y canales de expresión; con la capacidad efectiva de acción pacífica frente a un Estado excesivamente penalizador que castiga aleatoria y arbitrariamente cualquier manifestación de descontento popular; con las garantías básicas de bienestar social; con las exigencias puntuales que potenciarían la modernización de las instituciones para una sociedad obstinadamente diversa y plural; con la importancia de promover una ciudadanía fuerte que propone, no pide al Estado; con la necesidad de reconstruir el consenso en torno a qué nación debemos ser en un nuevo contexto geopolítico; con el imperativo de desactivar los conflictos acumulados, a través de la justicia
transicional, sin venganza; con la reconciliación nacional; con las premisas esenciales de la cultura ciudadana de la ley y del derecho, para construir un robusto Estado de derecho democrático, y con nuestra legitimidad como actores frente a la comunidad internacional.
¿Cómo llegamos a la democracia? Al final de este ciclo histórico, los ciudadanos tenemos la oportunidad de echar a andar, siendo protagonistas de los profundos cambios que Cuba necesita: como país, como nación y como Estado. Eso sí, si asumimos que la democracia no se otorga, se hace. Somos nosotros, los ciudadanos. Dando el primer paso.
La Habana, 20 de abril de 2026
Consejo para la Transición Democrática en Cuba
