
Por Librado Linares.
La comparecencia de Miguel Díaz-Canel no fue un acto más en la rutina política cubana. Por primera vez, se admitió públicamente que existen negociaciones con Estados Unidos. El tono, lejos de la épica de trinchera que caracterizó décadas de discursos, fue frío, casi burocrático. No se ofrecieron razones ni se explicó el alcance de esas conversaciones. Ese silencio revela lo esencial: las urgencias internas y las presiones externas han empujado al régimen a dar un paso que hasta hace poco parecía impensable.
La puesta en escena fue calculada. No se invitó a medios extranjeros, evitando preguntas incómodas. Los periodistas oficiales mostraban tensión, conscientes de la trascendencia del momento. La selección de asistentes fue rigurosa, con el añadido simbólico de la presencia de Raúl Guillermo Rodríguez Castro, nieto de Raúl, sin cargo formal alguno, pero representante de un poder que sigue pesando mucho en las sombras.
El contexto social es determinante. Los cacerolazos, las quemas de basura y las consignas abiertamente anticastristas en barrios habaneros marcan un fenómeno inédito. La presión interna, sumada a la externa, perfila un punto de inflexión en la historia del castrismo. El actor externo ha demostrado no andar con miramientos, y el interno ha perdido el miedo a expresarse.
El anuncio de la excarcelación de 51 presos políticos fue recibido con escepticismo. La cifra es insuficiente para satisfacer las demandas de libertad. El régimen parece jugar al equilibrismo: liberar algunos para mostrar concesión, pero reservar cartas para futuras negociaciones. Los presos políticos, una vez más, utilizados como moneda de cambio.
Las propuestas económicas y sociales presentadas por Díaz-Canel no aportan novedad alguna. Son medidas que pudieron haberse implementado mucho antes y que ahora se exhiben como paliativos. Más que un programa de salida, parecen un sedante político, una edulcoración del proceder de la élite para ganar tiempo en medio de la tormenta.
Un detalle que no puede pasar inadvertido: la aceptación de que el FBI inspeccione los hechos del desembarco de la lancha, con varios muertos. Esa exigencia de Washington, que en otro tiempo habría sido rechazada de plano, fue admitida. Es un síntoma claro de que el castrismo se ve obligado a ceder en terrenos antes considerados intocables.
En este escenario, los castristas pragmáticos tienen una oportunidad. Robarle la iniciativa psicológica al sector más conservador es la única vía para ocupar un lugar en el postcastrismo. Ceder en algo para no perderlo todo. Pero ese “ceder” debe estar orientado a crear una dinámica de cambios democratizadores. Ante la imposibilidad de que la oposición, por ahora, tenga poder para llevar la iniciativa, esta variante se convierte en una vía facilitadora.
La rueda de prensa, en definitiva, no fue un acto más. Fue el síntoma de que el castrismo está en una encrucijada. La pregunta que queda abierta es si este será el inicio de un cambio real o simplemente otra estrategia de supervivencia.
