Sor Nadieska Almeida, HC
11 de junio de 2026
El viernes pasado nuestro pueblo de Bejucal, amaneció con varios carteles en diferentes edificaciones, manifestando expresiones contra el gobierno. Se generó un revuelo en la lucha por tapar dichos carteles, como si con esa medida se ocultara el descontento de casi todo un pueblo.
Nuestro hogar de ancianos fue también de las instituciones pintadas, y enseguida, miembros del partido comenzaron a raspar las paredes con machetes, sin autorización nuestra. Cuando reclamamos, hicieron caso omiso, por lo que tuvimos que hacer valer nuestros derechos, pues siempre hay quien obedece a ciegas, a veces sin pensar, y ante eso nos queda una y otra vez mostrar que aún la autoridad está llamada al respeto y a hacer uso del sentido común.
Me quiero detener en el hecho, ya que no es nada nuevo; va «in crescendo» por todas las zonas del país. Resulta curioso cómo se pone más el acento en eliminar qué en dar respuestas. Este pueblo nuestro está buscando alternativas para demostrar su descontento y es válido poder expresar las inconformidades. No me hace feliz que se escriban carteles por lo que trae de deterioro a las paredes ya que tampoco contamos con los materiales necesarios para restaurar lo dañado, aún así, sigo creyendo que cuando a un pueblo se le limita hasta lo más básico, entonces la búsqueda por salir de la asfixia haya sus propias salidas.
Sería más oportuno si en lugar de tapar los carteles se buscaran soluciones para que ese grito tan fuerte y doloroso encuentre respuesta. Qué bueno sería si en lugar de responder con violencia y represión, nuestro gobierno entendiera que no es posible seguir sometiéndonos a la muerte lenta como si la vida no importara. ¿Este genocidio tendrá fin? ¿Qué sentirán las autoridades de nuestro país cuando un pueblo suena cazuelas, pide libertad, agua, luz, comida, medicinas? ¿No es evidente que de la abundancia de la miseria que nos traspasa la existencia, habla la boca, grita el corazón, lloran los ojos?
Estoy segura de que nuestro pueblo añora días de felicidad, de esperanza. Deseamos abundancia de alegría, de respeto, de justicia y de libertad. Queremos que nuestros corazones dejen de estar llenos de carencias y vuelva hacia nosotros lo que nos merecemos como cualquier nación que quiere percibir sus frutos por el trabajo de sus manos. Sobre todo, deseamos una vida que deje de sobrevivir, de caminar cabizbaja y con hambre. Queremos transitar por este mundo disfrutando de esa vida que Jesús nos aseguró: _“He venido para que tengan vida y vida en abundancia»_ (Jn 10, 10). Tengo confianza de que para Dios nada es imposible, y Él nos regalará la bendición de que nuestro corazón rebose de todo lo que anhelamos. Deseo que nuestra confianza sea mayor porque Dios es Dios, y eso nos sostiene y nos da fuerza para seguir buscando la vida en abundancia.
