
Por Luis Manuel de Lima.
CARACAS, VENEZUELA 1 de marzo– La comunidad cubana en el exilio y el ámbito intelectual venezolano lamentan el fallecimiento de Raúl Fernández Rivero, ex preso político, periodista y analista, quien partió en la ciudad de Caracas tras una vida marcada por la defensa de las libertades civiles y el compromiso democrático. Por lo cual hacemos extensivas las condolencias a sus familiares y amigos.
Nacido en la provincia de Camagüey, Cuba, Fernández Rivero personificó la compleja historia contemporánea de su isla natal. En su juventud, se sumó al Movimiento 26 de Julio con ideales renovadores; sin embargo, tras el giro hacia el modelo socialista de la Revolución Cubana, mantuvo la coherencia de sus principios al pasar a las filas del Movimiento Revolucionario del Pueblo (MRP).
Una vida de sacrificio y resiliencia.
Su firme postura opositora le costó 17 años de prisión política en Cuba. Durante casi dos décadas, padeció los rigores de centros de reclusión emblemáticos como el Presidio Político en la Isla de Pinos, la prisión de La Cabaña y la conocida como la terrible Las Casitas. No fue sino hasta la amnistía derivada del «Diálogo de 1978» que Fernández Rivero pudo salir en libertad, eligiendo a Venezuela como su hogar de exilio.
Legado en Venezuela.
Ya en Caracas, Raúl no solo se integró a la vida profesional como asesor de liderazgo empresarial y gestor de proyectos, sino que continuó su labor por la causa cubana:
Periodismo y Acción Social: Militó en la Solidaridad de Trabajadores Cubanos (STC) y fue una pluma destacada en la revista Desafíos.
Voz de Opinión: Se convirtió en un analista recurrente en los medios de comunicación venezolanos, aportando una visión lúcida sobre la relación política entre Cuba y Venezuela.
Solidaridad Humana: Fue reconocido por sus compatriotas como un «amigo a toda prueba», sirviendo de guía y apoyo fundamental para los cubanos que llegaban al país en busca de refugio.
Aunque sus estudios de medicina se vieron interrumpidos por la urgencia de la lucha política en su juventud, su vida fue una lección constante de humanismo y ética. Con su partida, desaparece un testigo directo de la historia y un pilar de la fraternidad cubano-venezolana.
