Por: Librado LInares
Durante el período del socialismo real en la isla, el presidio político se convirtió en uno de sus pilares esenciales. La intolerancia oficial llevó a decenas de miles de cubanos —se estima que más de 60,000 personas han pasado por las cárceles por motivos políticos desde 1959— a sufrir condenas por ejercer derechos básicos como la libertad de expresión, asociación o pensamiento.
Las prisiones, lejos de ser espacios de silencio, se transformaron en reservorios de vida política alternativa. Allí se aprendió a través de la lectura, se formaron redes de resistencia, se redactaron denuncias y hasta se confeccionaron periódicos clandestinos. La literatura carcelaria cubana es amplia y dolorosa, reflejo de las angustias y la dureza de la vida tras las rejas. Ejemplo de ello es el libro escrito por Héctor Maceda, uno de los 75 condenados en la Primavera Negra de 2003, esposo de la líder fundadora de las Damas de Blanco, Laura Pollán.
Un rasgo distintivo del presidio político cubano han sido las numerosas huelgas de hambre emprendidas por los opositores. Probablemente Cuba ostente el mayor índice mundial de uso de la abstinencia de alimentos como forma de protesta y demanda de derechos. No han sido pocos los que han perdido la vida en estas huelgas, convirtiéndose en símbolos de resistencia y sacrificio.
El Comité de Derechos Humanos en prisión.
Un hecho memorable fue la fundación del Comité Cubano de Derechos Humanos, encabezado por Ricardo Bofill en la prisión Combinado del Este. Este acontecimiento marcó un antes y un después, pues desde entonces emergió un movimiento civilista con una agenda basada en los 30 artículos de la Declaración Universal de Derechos Humanos. La prisión, paradójicamente, se convirtió en semillero de la lucha cívica.
Paralelismos históricos: del integrismo ibérico al totalitarismo castrista.
La represión política en Cuba tiene raíces históricas. En el siglo XIX, los Voluntarios peninsulares representaban el integrismo ibérico, sostén de la intolerancia colonial. En el periodo «revolucionario», el totalitarismo castrista ha reproducido esa misma lógica de exclusión y persecución. Ambos contextos alimentaron la represión y el presidio político como expresión de la intolerancia. Recordar sucesos como los del Teatro Villanueva, donde la violencia colonial se desató contra quienes reclamaban libertad, ayuda a comprender la continuidad de la represión en la historia cubana.
El Día del Preso Político Cubano no es solo un recordatorio de las injusticias sufridas, sino también un homenaje a quienes, desde las celdas, han mantenido viva la llama de la libertad. Martí, en su juventud, nos enseñó que pensar libremente puede ser considerado delito por los intolerantes, pero también que ese pensamiento es semilla de emancipación. Hoy, la memoria de los presos políticos cubanos nos convoca a seguir defendiendo la dignidad y los derechos humanos.
