Sólo han pasado 50 años de Revolución y, según nuestros dirigentes, el 1 de enero comenzaron a contar los próximos 50 más. Claro, habría que preguntar a cada cubano cómo aprecia el paso del tiempo. Posiblemente el 70 porciento de la población lo interprete según sus carencias y la lucha diaria para sobrevivir, mientras suspira aliviada pues parece que le han dado un descanso de las marchas con consignas y la preparación para la batalla contra un enemigo que nunca llegará, afortunadamente. Quizás la espera a que se cumplan las promesas o se logre una visa y un permiso de salida consuma inútilmente la única vida disponible, porque quiérase o no, somos simples mortales
Pero en una cárcel de Cuba, el tiempo se multiplica infinitamente. 54 de los 75 prisioneros de conciencia, enclaustrados los días 18, 19 y 20 de Marzo de 2003, cumplen 6 años en las prisiones. Los gobernantes han evidenciado desprecio absoluto por sus gobernados, reos en el Caimán archipiélago. Entonces, cuando los confina en una celda más pequeña, porque se les ocurrió decir lo que pensaban, sólo importa que no mueran dentro para evitar que del exterior traten de husmear.
Últimamente han suscrito los Pactos Internacionales de Derechos Humanos y en su informe al Consejo correspondiente de la ONU afirmaron que cumplen los 95 preceptos de las Reglas Mínimas Internacionales sobre el Trato a los Prisioneros, pero no ratifican esos Pactos ni permiten el acceso de la Cruz Roja Internacional a las cárceles. Incluso invitaron al Relator contra la Tortura a visitar Cuba, quizás porque pretendan demostrar que tortura es únicamente lo que deja huellas, la física. La tortura psicológica está presente en todas las cárceles cubanas, todos los días, hasta en la forma como manipulan la asistencia medica y la medicación de los prisioneros.
A tortura psicológica han estado sometidas las familias de los 75. Privadas del ser querido, han tenido que viajar cientos de kilómetros para, una vez cada dos o tres meses durante 2 horas, ver en un cuartico bajo la mirada de la Seguridad del Estado a esa persona escuálida, enferma, y llevarle lo que sus limitados recursos permiten. Si todos los días son difíciles, no son comparables con el día antes y el día después; es la incertidumbre de cómo lo encontrarán y luego el dolor inexplicable porque tuvieron que abandonarlo en aquellas condiciones. El niño deja atrás la prisión, callado, serio, pensativo; no duerme bien y en la escuela es visto “distinto” porque su papá es un preso contrarrevolucionario… La madre anciana muerta prematuramente y el padre perdió la memoria de tanto sufrir…y la esposa impulsa el hogar deshecho y lucha por su libertad.
No, es imposible que ellos sigan utilizándose al antojo de la injusticia. Nadie puede acostumbrarse a la idea de lo inevitable, en espera de que vengan tiempos mejores. Cada cual debería imaginar al menos un instante como se sentiría en situaciones similares. El sacrificio de ellos será siempre recordado, pero hoy merecen estar libres, participando en la Cuba que todos tenemos que reconstruir.
Miriam Leiva - periodista cubana