La renuncia de Fidel Castro a la posición de
Presidente del Consejo de Estado y de la
Jefatura de las Fuerzas Armadas constituye
un hecho de singular importancia para el
devenir de la nación cubana y algunos lo han
asumido con mucho triunfalismo, al
considerar que con la salida de Fidel del
poder se remueve un obstáculo importante
para las necesarias transformaciones que
exige el país con vistas a reanimar la
economía y sociedad cubana.
En mi opinión, hay que ver el acontecimiento
desde una perspectiva más sosegada. Fidel
renunció a un área de poder formal, pero no
ha renunciado a áreas de poder real. Una de
esas áreas es la de Primer Secretario del
Partido Comunista de Cuba, institución que
según la Constitución de la República de
Cuba “es la fuerza dirigente superior de la
sociedad y el Estado”. Pero aún en el
supuesto caso que en el futuro cercano el
también renunciara a esa posición, hay otra
área de poder de la cual no ha renunciado
que es la que le emana de su condición de
ser el creador del proyecto socialista
cubano y haberlo dirigido por espacio de
casi 50 años.
Al señalar claramente que su renuncia no era
una despedida y agregar con cierta modestia
que “deseo sólo combatir como un soldado de
las ideas...seré un arma más del arsenal con
la cual se podrá contar. Tal vez mi voz se
escuche”, dejaba la puerta abierta a su
nuevo papel como posible crítico de las
decisiones futuras que le toque tomar al o a
los futuros sucesores. Aunque los
señalamientos que haga pública o
privadamente sobre la política futura del
país sean en un tono benevolente, su
capacidad de influencia que ejercerá por su
condición de líder histórico de la
Revolución podrá provocar un efecto
inhibidor ante la intención de los nuevos
dirigentes de aplicar posibles reformas que
afecten el
status quo
del sistema político y económico en Cuba, el
cual Fidel defiende con vehemencia y esa
misma capacidad de influencia será un factor
que siga alentando a los sectores
continuistas dentro del Partido a seguir
oponiéndose con éxito a cualquier cambio
emprendedor que afecte las bases del sistema
actual.
Sin lugar a dudas la renuncia de Fidel a su
posición del Presidente del país es un paso
para los cambios políticos y económicos que
hay que acometer, pero la distancia que
existe desde este anuncio hasta la
concreción de un proyecto de reformas
coherente y sistémico es todavía
considerable. Su decisión puede también
considerarse un paso hacia una renovación
generacional más profunda en la cúpula de
poder. Esta conjetura podrá dilucidarse a
partir del próximo domingo 24 de febrero
cuando podamos ver como quedará finalmente
la composición del Consejo de Estado y demás
órganos de dirección estatales del país.