CANGAMBA CANGAMBA.
Se despertaba muy temprano cada mañana, mucho antes de que La Habana comenzara a oler a café,
era su rutina de 25 años; con pasos cortos que se hacían cada vez mas trabajosos con el andar de los años se dirigía al pequeño balcón desde el cual podía divisar un pedacito del Malecón y ese inmenso mar en el cual fijaba su vista, no le importaban ni la lluvia ni el frio ni la brisa que en ocasiones llegaba fuerte, cargada con esas gotas de agua salada que le golpeaban el rostro dejándole un sabor amargo en los labios, tampoco los problemas cotidianos de los noctámbulos que regresaban a casa luego de una noche de juerga o el de las jineteras que concluían la jornada ni las frecuentes broncas de maridos o mujeres engañados o el comenzante trapicheo de los capos de la economía subterránea del barrio, eran los recuerdos, los de siempre, los que nunca la abandonaban ni la abandonarían hasta el final de sus días los únicos que le interesaban.
Evocaba perfectamente aquel día de 1983, había reconstruido la historia pedazo a pedazo: los “factores” habían llegado en horas de la tarde en dos Ladas, venían representantes del “Partido”, de la “Juventud”, del “Comité Militar”, de la “Federación”, del “Centro de trabajo”; se dirigieron primeramente al “Comité”(*) , allí se les incorporo la “presidenta” quien fue la primera en dirigirse a su modesto apartamento para comunicarles que unos compañeros venían a hablar con ella y el viejo.
No había necesidad de que les dijeran nada, con la guerra en Angola ya todos sabían a qué venían estas comisiones, los heraldos de la muerte, y el barrio en pleno siempre bullicioso había hecho un respetuoso silencio como si una repentina parálisis lo hubiese invadido; los de la “Comisión” entraron solemnemente, correspondió al militar comenzar el largo discurso que invariablemente finalizaba con la frase “murió heroicamente en el cumplimiento del deber”, a seguidas, como en los sucesivos actos de una obra de teatro los demás miembros de la comitiva expresaban las condolencias de sus respectivas organizaciones.
Era común en estos casos que el torrente de pésames se viera interrumpido por el llanto desgarrador de una madre, una esposa o una hermana que hasta el último momento se habían negado a aceptar lo que era evidente pero con María Luisa todo había transcurrido de forma diferente, no había derramado una sola lágrima aunque el corazón por dentro le dolía y se le estrujaba como jamás hubiera creído que llegase a dolerle.
La “Comisión” tomó solo el tiempo necesario para comunicar la luctuosa noticia y despedirse con otra frase que también era un cliché: “la Revolución nunca los olvidará, nunca los dejará solos” partiendo a toda prisa hacia quien sabe cuántos nuevos destinos donde participar otras noticias con igual carga de sufrimiento y pena; la gente del vecindario también se retiró, respetuosamente, no sin antes dar esas muestras de verdadera solidaridad cimentadas por la vida en común en el mismo edificio, la misma calle y el mismo barrio, tan profundamente metida dentro del alma del cubano.
Aquella fue la peor noche de su vida, la pasó en vela, de pie en el balcón, mirando hacia el infinito mar por donde un día había partido el hijo que no volvería a ver mientras el dolor que había sentido en la tarde se hacía cada vez más cruel, más incisivo; el barrio como si quisiera acompañarla en su tristeza permanecía paralizado, en una extraña quietud.
A las pocas semanas el viejo se le puso diabético y poco a poco se le fue complicando hasta que su vida también se apagó, nunca pudo superar el suceso de la muerte de su muchacho, más que la enfermedad se lo llevaron el abatimiento y el desconsuelo; una sobrina se hizo cargo de María Luisa quien de repente había quedado terriblemente sola, de acompañarla y ayudarla económicamente porque la “pensioncita” de viuda no alcanzaba para mucho.
Al siguiente año apareció aquel joven, había venido de una guerra lejana y ajena, del aeropuerto a su casa a traerle el relato de los últimos días de su muchacho con quien había compartido el hambre y la sed, el sol inclemente de las praderas africanas, el ataque de las fieras y del ejército enemigo, los miedos y la esperanza hasta que sorpresivamente un obús de los kwachas (**) impactó la trinchera que ocupaba; fue el último que pudo hablar con él, el desenlace ya María Luisa lo conocía, todo había ocurrido el año pasado en una remota localidad en la selva de Angola.
El joven se levantó para despedirse, hubiese querido hablar toda la tarde con aquella madre que con formidable entereza había escuchado todo su relato de la guerra pero también andaba de prisa por ver a su familia, se acerco a María Luisa depositando un beso en su mejilla mientras le entregaba un pedazo de papel arrugado, manchado de polvo, sudor y sangre, una carta inconclusa de su muchacho en la que solo había alcanzado a escribir:
Cangamba, Angola, Agosto de 1983.
A mi viejita linda,
-Ayer comenzaron a pasar la película, se llama Kangamba y dicen que está muy buena, las colas en los cines son larguísimas….
-Sí, ya lo sé, respondió María Luisa.
-¿Y no va a ir a verla tía?
-No mi hija, no tengo que verla….
-¿Y por qué tía, no le interesa saber lo que ocurrió?
-Lo que ocurrió ya lo sé, unos ganaron y otros perdieron, lo que pocos saben es que he sido yo quien más ha perdido con esa guerra, se tragó a mi muchacho y a mi viejo y nadie me los va a devolver…
Cada mañana, mucho antes de que La Habana comience a oler a café recién colado María Luisa ya está en su pequeño balcón, mirando al mar; en su mano apretuja un viejo pedazo de papel con una inscripción: A mi viejita linda…
©Dr. Antonio Llaca.
Caracas, Venezuela/ Dic.2008.
(*) “Partido” se refiere al Partido Comunista, “Juventud” a la Unión de Jóvenes Comunistas, “Federación” a la Federación de Mujeres Cubanas, “Comité” a los Comités de Defensa de la Revolución (CDR).
(**) Kwacha: es el nombre con que despectivamente los cubanos se referían a las tropas de la UNITA (Unión Nacional para la Independencia Total de Angola)