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Revista DESAFIOS
Año 1380
Enero-Febrero /2008

Consejo Unitario de Trabajadores Cubanos (CUTC)

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Sobre la Idea de Proyecto y la Nación

Jorge Valls

Para poder tratar el tema de un "proyecto" ligado a la noción de "nación" tenemos necesidad de aclarar en lo posible una conceptualización donde una perversión puede conducirnos a errores fatales, y creemos verdaderamente que, en la conducción del hombre, el sistema de ideas juicios e inferencias -doctrina- por el cual ha de encauzarse inevitablemente su progresión existencial, es ciertamente determinante de su destino final. Queremos decir: que si un sistema de ideas acepta en las premisas primeras de su postulación un error, ya de inexactitud ya de tergiversación de la verdad-calidad original, contrarios, o al menos distintos, de los propuestos, y el hombre, engañado por un falso sistema de ideas, -entiéndase: por una falsa doctrina-, se verá enredado en las consecuencias del error fatal, sin siquiera poder comprender por qué, cómo y dónde se ha producido. Se verá perplejo, y no sabrá ni cómo reconocer su problema ni como rectificar su pensamiento-acción, enmadejándose en una derivación cada vez más apartada tanto de la realidad como de lo que él concibió como su intención en ella.

Esto es por lo cual, desde el principio de los tiempos, ha existido como papel  fundamental  en el devenimiento existencia de la comunidad humana, el trabajo del sabio, -diríamos del profeta-, del que expone, explica, defiende y predica la formulación  de  la  doctrina. A partir de  esa acumulación ideológica, dentro de la cual se definen las nociones claves del pensamiento, que son la identidad y la formación, gracias a las cuales la continuidad del ser individual tanto como colectivo, es posible, y la construcción acumulada e integrada de la cultura llega a constituir los modos de convivencia que constituyen la civilización. El profeta-sabio-patriarca templa la persistencia humana y la fragua en noción normativa -ley, derecho, orden jurídico-, que es, a la vez, principio de continuidad y persistencia y de renovación y construcción acumulativa integral.

Toda la noción que tenemos de nosotros mismos -es decir, del hombre, del ser humano, del ser vivo-, es, a la vez, una afirmación de una verdad-realidad, de que es, como esta y como se le reconoce, y de una normativa que se integra inmediatamente en una inevitable progresión práctica, o acción, por la cual se va constituyendo, como figura única y sígnica, el destino del hombre, desde su aparición en la tierra. Como la música, el destino humano no es una suma de notas distintas y separadas, sino la modulación progresiva de una continuidad de significación, la síntesis de cuyas variaciones en tiempo y altura pueden ser identificadas como una figura propia. En música decimos "una melodía, una canción, un carmen"; en antropología, "la vida de un hombre, de una nación o de un pueblo".

Una corriente del pensamiento muy defendida y difundida, tomando las consecuencias como causas, separando la abstracción de su necesaria base existencial concreta y, finalmente, desviando el problema de la realidad hacia el del conocimiento, acaba grotescamente tergiversando el uso de la recta razón, y, en consecuencia, conduciendo al hombre a su propia enajenación, así socavando y destruyendo las bases mismas de la construcción de derecho, no ya de nuestra civilización sino de cualquier posibilidad de civilización.

He aquí, por qué, en nuestros días, toca a los más humildes y desposeídos la labor de defender los fundamentos de lo que puede ser su única defensa, a saber: el derecho. Los fuertes tienen la fuerza, y con ella vencen a los demás, los convierten en siervos y les imponen la construcción de su imperio; los ricos tienen sus talegos y, como disponen de los medios, hacen a los pobres entregar su trabajo a cambio de papeles que tienen que gastar en consumir lo que aquellos han decidido, y hasta sobrevivir de la misma manera por aquellos predeterminada. Fuertes y ricos no necesitan más que lo que les da su poder -su fuerza o su riqueza-; los que no tienen ni propiedades ni armas, lo (que no son ni los mas bravos ni los mas afortunados, no tienen sino el derecho -la razón universal, la recta razón-para intentar convencer a unos y a otros, no de como vivir mejor, cualesquiera que fueren los parámetros que se usaren para medir esta mayoría, sino de como vivir y obrar más justamente, que es lo que en última instancia permitirá la supervivencia menos incómoda de los hombres, no de una parte sino de todos.

El hombre no crea, ni inventa, ni produce al ser vivo. Este existe, y en esta categoría se reconoce el hombre a sí mismo. No crea ni inventa al hombre, como no se crea ni se inventa a sí mismo, sino que se encuentra con que existe, que no puede eludir esta verdad ni ignorarla, porque él es hombre. Por mucho que trate, no podrá dejar de serlo, ni tampoco ser otra cosa. Gústele que no, él ha sido hecho, y de una manera, con una figura sustancial, de la que tampoco podrá desprenderse jamás, ni siquiera en el campo de su imaginación. Por más que invente ser otra cosa, no podrá ser sino un hombre que imagina -juega a- ser otra cosa.

Podrá obrar, indudablemente. Es mas, tendrá que obrar, que hacer. No podrá persistir en la existencia si no hace algo: respirar, buscarse la pitanza, beber, pelear o simplemente negarse  a  cualquier proposición  u ocurrencia. Pero ese hacer, esa posibilidad de obrar -y he aquí por que el hombre es por índole irrecusable "obrero", en el sentido más radical de la palabra- está reglamentado, regido, ordenado por su propia índole. Hay un "poder hacer" y hay un "no poder hacer" que no está determinado por el hombre, y a esa formación tiene que someterse para cualquier cosa que quiera intentar. Esto le permite inferir que hay un derecho natural, un orden, una formación esencial de todas las cosas,  y  que  el  hombre  esta   incluido   en   ese   diseño ordenativo. Por lo tanto, el hacer del hombre esta sujeto a ese orden que él no creó, del que no puede separarse y cuyas causas y consecuencias le serán ineluctablemente aplicadas.

Si el poder hacer lo identifica como un ser histórico, es decir, como aquel que produce una figura con su propia conducta, el estar sujeto a ese orden universal para su poder hacer lo identifica como ser jurídico, dentro de una norma, que el podrá seguir o transgredir, pero cuyas consecuencias le serán irremediablemente aplicadas. Así, si se tira en una alberca vacía, a sabiendas o no, se partirá la cabeza, y si el cálculo de como ir a Marte no está bien sacado, irá al otro extremo del universo, o a cualquier lugar menos a Marte. Y si no sabe reconocer su error y rectificar, lo único que podrá hacer es quedarse perplejo y lamentarse de su suerte, cosa que ni el mismo comprende. No en vano el oráculo de Delfos tenía como premisa primera el "conócete a ti mismo".-

De la misma manera, el hombre no es ni individuo ni sociedad, sino la abstracción de la función casual de lo uno con lo otro en el tiempo-espacio. Por su propia condición de ser vivo sexuado, el ser humano es inexorablemente comunidad, persona, ser que conversa. Es un ser que existe para otro, y es el otro que existe para aquel. De cualquier otra manera no podría existir actualmente, ni hablar, ni continuarse como ser obrante. Así, es necesariamente individual y colectivo, conceptual y dialéctico, agente y paciente, el que comprende y dice y el que es comprendido y a quien le es dicho; es decir: es persona. Podemos añadir que, como Dios, el también es persona. Existe para otro, y el otro existe para él. La persona es individual -el que puede con respecto al otro y sobre el cual el otro puede-; y es colectiva. Se trasmite, colabora, recuerda, propone-discute-aprueba y obra. Es estirpe, progenie, grupo que persiste mas allá de la temporalidad de cada cual; es raza, pueblo. Es gústele que no, nación, y así tiene que ser desde el instante de su aparición en la existencia; y así, desde su aparición en el planeta hasta el fin de los tiempos, ha de ser contemplado su destino.

La nación no es una empresa que se funda a voluntad y capricho de unos y para fines determinados, ni es una sociedad de beneficios mutuos. Es un ser que existe, una realidad ontológica, un ser vivo, que persiste y puede obrar, y sobre el cual pueden aferir otros factores de la realidad, que llegan a producir hasta su desaparición del concurso de los vivos. La nación es un hecho biológico, específicamente: antropológico;   es   decir,   de   un   ser   que   no   puede desprenderse   de   su   doble   condición   de   material    -consumidor, metabólico y vulnerable-, y espiritual -racional, inteligente, pasional  y   voluntario-.   Más   profundamente hablando: es único, inmortal e insustituible.

 

Sobre la continuidad de la nación es que puede fundarse una construcción superpuesta, que es el reino, el estado la mancomunidad y la institución universal. Pero estos últimos no son sino superposiciones, abstracciones, construcciones que no existen sino como posibilidades de conducta, y que no podrían haberse producido sin un ser sustancia que existe, que es y que puede, que es el hombre: la persona humana, ya individual ya colectiva.

Así, el "proyecto" no puede verse como desde una particularidad que osa recomponer la realidad, sino desde una realidad de la cual la particularidad forma parte, casual, sí, pero no escindible de la totalidad integral. Es el ser humano quien, ante una problemática existencial, ante el problema de encontrarse él, como una realidad propia en medio de otra realidad que lo incluye y lo trasciende, tiene que hacer algo en ella, siquiera para sobrevivir hasta el instante ulterior. La nación existe en una realidad más amplia, donde hay otros seres reales que la afectan. Tiene, pues, una problemática, y tiene que intentar un obrar, traspasarla. Tiene que hacer algo. Ese algo, en lo que le va su propia existencia, es el proyecto; esto quiere decir, el lanzamiento de sí mismo (esto es lo que quiere decir la palabra "proyecto": lanzamiento hacia delante), en una acción-producción que, así como le es posible le es a la vez imprescindible, urgente, necesaria e inaplazable, para pasar de una situación agotada y perecedera a otra de realización, afirmación y persistencia del ser.

Si la nación es la continuidad y continuación (sustancia y acción) transgeneracional del ser humano, tornado este como persona, es decir, necesariamente en comunidad, aquella no podrá ser nunca ni un sistema político o económico determinado, ni siquiera eso que llamamos una "cultura" -un instrumental determinado para el pensamiento y la acción-, ni aún una lengua.  Como proceso de transgeneracion humana, todo individuo aislable es el producto de un mestizaje, o sea, de la fusión de caracteres de por lo menos dos entidades individuales anteriores. Siendo el sujeto nacional una persona colectiva, el proceso de fusión de un pueblo con otro, si bien da una continuidad de los caracteres de sus antecesores, el pueblo en acto, el que está viviendo, siempre es un ser propio y en algo distinto de aquellos. De ahí que la nación sea siempre presente y agente. La herencia trasmitida no puede ser interrumpida, y seguirá obrando y determinando a través de los sucesores, ni se puede impedir que el ser actuante produzca toda una connotación caracterológica propia, por la cual ha de ser identificado durante el tiempo de su obración.

La constante es la comunidad persistente, de una manera u otra, en la síntesis funcional de territorio/población. Los desplazamientos y mezclas demográficas, según su magnitud, dan paso a profundas subversiones culturales y estructurales, que se constituyen en cuerpo orgánico tempoespacial con una denominación determinada, pero, indudablemente, el ser nacional es el mismo a través de sus distintos avatares y formaciones idiosincrásicas.

Así, la China, como ser nacional histórico, ha pasado a través de cientos de transformaciones, pero sigue siendo la unidad existencial China, donde cada quien tiene que enfrentar, en un momento dado, el problema común de su propia existencia comunitaria. Francia fue identificable como el cuerpo orgánico galo (Galia); después fue la comunidad galolatina, que hablo latín y se instrumentó en la civilización grecorromana, y más adelante, tras de no pocos trastornos y, se presentó históricamente como reino de los Francos, Armagnac, etc., que acabó siendo reconocido como Francia.

Si aplicamos este razonamiento a Cuba, podemos decir que tenemos un avatar más antiguo, prehispánico o "indio"-, que, si lo remontamos, nos pudiera arrojar una secuencia hasta el principio de la especie y de las dispersiones migratorias, y hay un segundo avatar indo-hispano-africano, producto de las precipitaciones demográficas de los siglos XV, XVI y XVII.

A   este  proceso  hay  que superponerle distintas estructuraciones históricas mediante las cuales el sujeto nacional   se   dispone   a   sí   mismo   para   enfrentar   la problemática en la que esta inmerso durante un tiempo: -1°., el reino de la Isla de Cuba de 1515 hasta la monarquía borbónica en España (1709); 2°., el desarrollo colonial desde ese instante (derogación de los cuerpos de los reinos de Indias) hasta 1802 (invasión napoleónica de España y guerra de independencia); 3°., de 1802 a 1898, cuando se asiste a la desintegración de la mancomunidad española y toma cuerpo el separatismo; 4°., de 1898, cuando la ocupación estadounidense termina con la autoridad española en el continente y comienza ya decisivamente el conflicto entre dos corrientes nacionales que no se integran en mestizaje, la hispano   o   ibero   o   latino   americana  y   la   anglosajona hegemónica, hasta 1959; y 5°., de ahí a nuestros días, cuando se produce la revisión integral de la estructura (algo semejante a lo ocurrido a partir de 1515), en la que aún estamos.

 

En todo esto tenemos connotaciones identificatorias diferentes, hasta, por supuesto, versiones estructurales distintas y a veces intrínsecamente en contradicción, pero la nación, que podemos identificar por el hombre que convive en un medio identificable como Cuba, es la misma. Entre abuelos y nietos el ser nacional tiene que intentar y asegurar su continuidad vital, su unidad de conciencia y su colaboración integral.

Una vieja contalla de origen indio sirva para ilustrar lo dicho. Cuentan que cuando se produjo la gran "matanza de Caonao", donde fue vulgarmente masacrada la población taína, una mujer, a quien le habían matado a los padres y hermanos y aún a aquel con quien iba a unirse para procrear, huye al monto cuando la dispersión del pueblo. Allí encuentra un behique, especie de ermitaño que se ha retirado del pueblo para intentar su purificación espiritual más allá del cotidiano conflicto de los hombres, en la soledad del que espera la muerte y ya solo aspira a comunicarse con los espíritus. La mujer, desolada, le cuenta el desastre del pueblo y de su propia calamidad. El asceta, luego de consolarla, la manda a que vuelva al pueblo donde habitan esas gentes nuevas que han acabado con los suyos, que se entregue a uno de ellos y que conciba hijos de él, porque sus hijos y descendientes persistirá la nación.

Esto contradice la leyenda acomodaticia a las premisas del siglo XIX. La gente india no desaparece; convive de una manera u otra con los conquistadores, y es absorbida en la nueva cauda humana que ocupará el lugar. La población se continúa en las generaciones sucesoras.

 

Históricamente, Vasco Porcado de Figueroa, responsable de la matanza de Caonao, poseyó a cientos de indias, que le concibieron  cientos  de  hijos. Así,  el  Camagüey que se sucedió tuvo una población, no menos indígena -que quiere decir que nace en el lugar y por eso es del mismo-, mestiza de la que estaba con la que acababa de llegar, que hoy no podemos llamar sino cubana.

El problema de ese mestizo, el que él se encontró en el medio donde vivía, cuando ya hubo crecido lo suficiente como para planteárselo, fue el "problema cubano" de aquel tiempo, que el tuvo que enfrentar e intentar resolver con lo que a mano tenía y en la proximidad de donde se hallaba.

Pero volvamos a la idea de "proyecto", sobre la que comenzamos. Ese salto hacia delante, impulsión de toda la energía de la comunidad como dirección del pensamiento, predisposición de la acción y conciencia integral de trabajo, de tarea a realizar, no es, ni puede ser, el cálculo frío desde la nada indiferente de un individuo o de un grupo de individuos que propone a una masa inerte un movimiento hacia la consumación de un objeto casual, concebido como interés específico de una selección directora. Si no existe una necesidad raigal en la comunidad humana, ante una situación ineludible que demanda la respuesta adecuada so pena de perecimiento, no habrá proyección integral de ninguna clase. Un partido o un Iíder podrá proponer un programa de acción y algunos objetivos alcanzables en tiempo determinado. Esto no pasa de una acción de la parte hacia el todo, limitada a una interpretación particular de la problemática y a una proposición temporal, para la realización de metas y objetivos mediatos, hacia un fin más o menos pregeñable en un horizonte no menos temporal.

La nación, como hemos dicho, no es una creación intencional del hombre sino la misma realidad del hombre en su continuidad transgeneracional; por lo tanto, nadie podrá inventar o calcular jamás como construir, fundar o diseñar una nación. Cualquiera, sin embargo, podrá trabajar en ella  para el logro de fines que, de alguna manera, serán absorbidos por toda la comunidad y servirán para la instrumentación de la misma en su devenir ulterior. Así, prácticamente, cada generación tiene una perspectiva propia desde la cual contemplar la problemática inmediata, y dentro de una generación habrá perspectivas diversas, puntos de vista situados desde ópticas distintas, desde las cuales se propondrán versiones programáticas varias según el inestable equilibrio de los factores e intereses particulares internos.

No obstante, mas allá de los partidos -o facciones particulares, que es lo que son- la evidencia inmediata de una problemática situacional hará que se proyecte, desde la raíz misma de la comunidad, una intuición directa del riesgo existencial, de que "hay que hacer algo, porque si no...", que obliga a proponerse un ineludible trabajo. Este no es propuesto, ni dirigido, ni consumado por facción particular alguna, sino que se expresa como una tensión entre un riesgo de no ser y la necesidad de un esfuerzo para garantizar la supervivencia, la persistencia del ser. Una conciencia original de preservación del ser, de seguir existiendo en el lugar y con las gentes, acusa una vocación de esfuerzo. Es, comunitariamente hablando, la vida, que se afirma así misma y se defiende para persistir. En la común biología del ser animado mas allá de lo vegetativo, a esta tendencia original se la suele llamar "instinto", preferimos, por las implicaciones en que incurre el ser humano, que por supuesto es distinto de las bestias, hablar de una "tendencia raíz existir", a seguir existiendo, a defender la vida y a crecer y multiplicarse, sin que esto pueda separarse de la índole intelectual y volitiva, libre arbitrista y peculiar, del ser humano.

 

Ninguna comunidad se suicida, ni se deja morir o absorber pasivamente. Una existencia cualitativamente diferenciada puede subsistir en estado latente, si se quiere, pero no se descompone espontáneamente; antes insiste en su continuidad como tal ser calificado. No obstante, la adversidad natural o la contradicción dentro de la misma especie pueden forzarla a su desintegración, a moverse por el solo intento de conservación de la unidad comunitaria menor -familia, grupo de afines-, ante la extrema dificultad de preservar la estructura del todo y de poder responder desde ella al embate de la realidad. Esa desintegración comunitaria dispersa los elementos, los cuales de alguna manera entran cualitativamente en la formulación de otras comunidades como resultado de un natural mestizaje o de la inmersión de una gente en el contexto de otra.

Por un proceso natural, observable en el transcurso de la historia, así como durante un período asistimos a la desintegración de estructuras comunitarias que se fragmentan, se constituyen en unidades separadas y se componen de distintas maneras en otros lugares y por cierto tiempo, también contemplamos períodos en los que, después de innumerables demoliciones y remezclamientos, los troncos ancestrales entran en un proceso de reintegración y de formación de estructuras comunitarias mas inclusivas. Podríamos osar una síntesis extrema y decir que la comunidad humana, la integral de la especie, si en su origen fue una sola e indiferenciada y luego se descompuso, se disperse y se multiplico en el ramaje de diferenciaciones casuales de la especie, en su final será una comunidad sola y única, que volverá a comprender toda la población y todo el territorio. De una nación provienen todas las naciones, que, de su multiplicación y subdivisión y su dispersamiento, volverán a juntarse en el instante de su realización final en nación única, congregada de toda la ecumene.

Insistimos: esto no sería el triunfo de un modo de gobierno o de disposición sistemática de los recursos y el trabajo, ni la prepotencia de un factor sobre todos los demás, ni el pacto entre elementos disímiles de una pluralidad indefinible. Habría que pensarlo como un proceso natural de reidentificación del ser original y de confrontación universal de su existencia con el principio de razón absoluta, por el que se ordena toda la realidad: la que es y la que puede ser.

Así es la nación, la que origina desde sí un proyecto, como línea intencional desde la huida de la nada hacia la localización última del ser, y este proyecto va tomando formulaciones diferentes en la medida en que la problemática situacional se redefine por la concurrencia de variantes que tienen lugar tanto en la comunidad nacional como en el entorno en que esta se halla situada.

Cuba, como unidad territorial habitada que constituye una continuidad comunitaria o de convivencia, se ve obligada en distintos momentos a dar un sentido intencional al esfuerzo colectivo para poder no desaparecer ni aniquilarse.

En el instante antes de la llegada de España, la Cuba taína-arawak tiene que tener como propósito ineludible defenderse de la agresión Caribe, que viene asediándola desde las Antillas Menores en seguimiento de las oleadas migratorias  masivas que han estado remontando el continente desde los centros ancestrales tupí-guaraníes. La conquista española (1515) produce desde la gran mezcla demográfica india-africana-europea hasta la destrucción de  las estructuras taínas de pluralidad de aldeas de alguna manera solo intercomunicadas y compartientes de la misma lengua y cultura, pero da paso a un nuevo avatar donde aparece ya como la unidad geopolítica del reino de Cuba, dentro de la nación hispanocubana, que se instrumenta en la mancomunidad española, absorbiendo en la misma cauda humana los elementos politécnicos que concurren en la convivencia de cada día. El problema entonces es constituir un establecimiento estable y realmente defendible frente a las otras potencias europeas que pretenden su asentamiento en el continente y que disputan, aquí y allá, por tal o mas cual composición de fuerzas o por tal o mas cual hegemonía. Es en ese período cuando se define para el futuro el proyecto nacional que, en términos de Menéndez de Avilés, resulta del ser la isla clave para el establecimiento de la civilización cristiana universal en el hemisferio, para lo cual Cuba ha de ser políticamente independiente,    militarmente fuerte, económicamente suficiente, socialmente íntegra y culturalmente firme. Lo que la isla sea, así eso será de peligro o defensa para todo el continente.

Para 1709, cuando el nuevo gobierno de los Borbones deroga los fueros de los reinos de Indias, aunque el problema internacional no ha terminado, la Isla de Cuba pasa a ser la típica colonia opulenta y renditiva en la estructura metrópoli-colonia durante el desarrollo capitalista. Aunque tal vez nunca más injustamente florecen la economía azucarera de ingenio y la dotación de esclavos y el orden político de control absoluto de las bases poblacionales por parte de las minorías gobernantes. Sin embargo, la extrema preocupación económica abandona la preocupación estratégico defensiva, con los resultados más que peligrosos y sintomáticos dentro de una nueva composición mundial. La ocupación de Guantánamo y de La Habana son situaciones de las que sale el imperio hispano-francés no sin sacrificios mutilatorios. Pero se define la situación problemática en la que se verá envuelta Cuba por el conflicto de dos vertientes de civilización, la anglosajona post cromwelliana, determinada por la particularidad exclusiva frente a la universalidad incluyente, y la universalidad latina (España, Francia, Italia, Portugal), cuyo carácter mas elemental es el mestizaje y la universalidad del principio integrador.

La invasión napoleónica de España y el desatamiento de la "Guerra de Independencia" a uno y otro lado de la mar atlántica, plantean una nueva problemática: la desintegración de la    mancomunidad española, la vulnerabilidad ante la potencia anglosajona emergente, y la necesidad   de  salvar siquiera   la   parte  cuando   el  todo estructural se ha reventado. El proyecto deviene en un cambio de  perspectiva total: de la desintegración y el independentismo,  a  la   formación   de  estados independientes reinos   separados-,    que   trataran de recuperar, en su nimiedad, la fuerza suficiente para volver a integrarse. Nada expresa mejor esta tensión de pensamiento y acción que las dos personalidades más determinantes en el proceso: Bolívar y Martí. Ninguno concibe la salvación sino por la independencia del reino particular, y ninguno concibe reino particular sino volcado a la reintegración tras una total variación estructural.

En Cuba, la separación del reino de la Isla de Cuba, del centro   integral   último,   España, toma  la   forma   de   la constitución  republicana.  Esta  expresa  la imperiosa necesidad de integrar toda la población indiferenciadamente, sobre la sola base de su condición humana, dentro de una misma y universal normativa y bajo una autoridad -relación gobierno pueblo- donde conscientemente se identifiquen el gobierno con la población y la población con el gobierno. Se trata en el proyecto de integrar de tal manera la porción aislada que pueda, al menos, participar como unidad propia en la correlación con las otras entidades del mundo, sin desaparecer ni disolverse. La independencia de España es la manera de preparar la defensa para que no sea absorbida Cuba y disuelta en una unidad nacional mas potente, en caso de un colapso mayor del mundo español, cosa que sucedió irremediablemente a finales del siglo XIX y principio del XX. De ahí la gravedad de la afirmación nacional cubana en el momento en que la nación española va a precipitarse en su nadir.

Con la invasión estadounidense al final de la "Guerra de Independencia",    la    problemática situacional    cambia totalmente. Cuba aparece como un reino independiente no susceptible de ser arrastrada por el colapso español, pero prácticamente   absorbida   por   la   formación anglosajona emergente, los Estados Unidos. El problema ahora esta en intentar  competir  y  defenderse,   dentro  de  las   normas establecidas bajo la hegemonía mundial de las potencias determinantes. En un mundo fuerte y estable, director y eficiente, Cuba es una pequeña y casi inconsiderable porción en estado de inestabilidad interna y externa, que ha de esforzarse por asegurar su participación, siquiera mínima, en las   correlaciones   de   la civilización   imperante.   Nuestro esfuerzo se hace patente como afán de "parecernos a los países adelantados", para poder sobrevivir "con" ellos y no perecer devorada "por" ellos. Este "ellos" es puramente eufemista, porque para nosotros la realidad geopolítica mas allá  de nosotros  se  definía  como  un   Estados  Unidos todopoderoso y una  España-América so Río Bravo toda balcanizada y vulnerable. Hasta las terminaciones nacionales masculina y femenina indican la relación erótico-fanática entre dos civilizaciones orientadas hacia fines exactamente opuestos, donde el triunfo de una era necesariamente la derrota de la otra.

En ese esfuerzo por instrumentarse de manera capaz como para enfrentar el asedio exógeno, en medio de una constelación mil veces mas fuerte y estable de lo que podíamos alcanzar nosotros, se produce la revisión integral y el cambio estructural del proceso revolucionario, continuación indudable, en el período republicano, de la gran revolución del siglo XIX, por la independencia y la reivindicación social. Su formulación categórica para el período republicano ocurre en el avatar de 1933, aunque el gran trastorno de recomposición interna y externa de factores viene a precipitarse a partir de 1952-59 y siguientes.

Para finales del siglo XX Cuba llega, en su proceso de revisión, desmantelamiento  y remodelación,     al desprendimiento    real    de    todas    las    vinculaciones Sistemáticas, entre cuyos enredos había forcejeado desde el propio siglo XVIII y, por supuesto, mas estrechamente en los siglos XIX y XX. Al llegar a finales de este período, los modelos composición interna y externa no se parecen sino acaso a los de los siglos XVI y XVII por su elementalidad y por su determinación esencialmente práctica e inmediata.

 

Mientras tanto, en la estructura del mundo, el equilibrio mantenido desde la emergencia de los anglófonos entra en crisis, por sus propias causas, sin que aparezca ninguna otra corriente hegemónica que pueda sustituir las piezas hasta ahora determinantes. Podemos decir que ya estamos en crisis sistémica mundial, entre los grandes desplazamientos    poblacionales, la emergencia nada desconsiderable de los grandes acumulados demográficos y geopolíticos y la dramática urgencia de un equilibro a punto de precipitarse, ya no entre potencias dominantes, sino entre las porciones súper-estructuradas y las inmensas extensiones extraestructurales. Es decir, Cuba hoy, en su insuficiencia estructural, pero en factual equilibrio práctico, es una porción estable, sin norma ni vínculo obligante, en medio de un mundo irreparablemente inestable que se desboca en sus propias contradicciones. Si bien Cuba no parece tener mas sistema que la elemental correlación factual entre el que puede y manda y el que no puede y obedece, es en el resto del mundo donde ninguna ordenación sistemática resulta eficiente ni confiable y todo apunta hacia el desvencijamiento.

 

Esto que hemos afirmado no se hace inmediatamente visible por lo que antes hemos explicado: no se trata de que una superestructura esté siendo atacada por un rival desde el exterior sino que la propia superestructura desarrolla, ya insoportablemente, sus contradicciones internas, en medio de un volcamiento inevitable de masas poblacionales detonando por esas mismas contradicciones.

Cuba ha demostrado, de cualquier forma, sería suficiente para intentar su correlación en una composición mundial no local ni de carácter colonia/metrópoli. Es uno entre tantos a ver como se las arregla. Por lo tanto, ya el anhelo no es "poder ser como los países adelantados", porque ya se mueve entre ellos, (aunque con brutales desproporciones, también se ha dicho). Su problema es darse a sí misma la instrumentación adecuada y suficiente para asegurar su capacidad de acción interior y exterior y su continuidad integral como unidad de territorio y población determinante y decisiva. Esto significa: 1) darse un orden jurídico que reintegre e identifique como una a toda su población y dentro de una progresión colaboradora, 2) darse una estructura política donde se asegure la eficacia de la autoridad con el ejercicio de la libertad, 3) instrumentar el esfuerzo nacional de modo que el trabajo de producción satisfaga la necesidad de consumo, y 4) recobrar la unidad racional dialéctica que permita la consciente programación y reevaluación de la gestión intelectual y conductual.

Dispone una preciosa condición de virginidad hipotética: no tiene establecido ningún patrón sistemático compromisorio; pude discernir y juzgar sobre un abanico de proposiciones que modulan desde los extremos opuestos, y recombinar las piezas instrumentales en organizaciones más adecuadas para su inmediato funcionamiento. Por coyuntura histórica, Cuba resulta como un centro o núcleo axial en función del cual pueden organizarse las más inauditas composiciones. En un cambio de equilibrio mundial de la magnitud que puede esperarse, Cuba es un país preparado para darse la forma más justa y necesaria para sobrevivir y poder obrar, ahora no en función de la entidad adversa y temible, sino en medio tanto de una dispersión como de una precomposición universal.

En esta extraña correlación Habana-Miami, Cuba-Estados Unidos, en la que una formidablemente instrumentada máquina de poder bipartita nos ha encasillado, como si no hubiera más realidad que la que dos fuerzas, cada vez más semejantes y concurrentes, han combinado para atrapar en ella cualquier posibilidad humana, una vieja retórica de aparentes opuestos nos ensordece, y no parecemos sino gramófonos que repiten un espectro de sonido cuando ya los cantantes hace rato que murieron. Ni el comunismo autocrático ni la democracia capitalista significan absolutamente nada en un mundo donde los problemas reales se han desbordado ya, aunque se cubran bajo las apariencias publicitarias. Nos preguntábamos si los "derechos políticos" actualmente tienen algo que ver con la defensa de la integridad de la persona humana. ¿Estamos ante el umbral del paraíso global cinematográfico o en la perspectiva del caos de una precipitación irremediable? ¿Puede hablarse de las virtuales bondades de una "civilización occidental" cuando la mayor parte de la humanidad o no pertenece a ella o está en contradicción con los que pudieran ser sus "ofertas" fundamentales, aún dentro de los territorios y comunidades comprendidas bajo esa denominación?

Para una mentalidad cubana demasiado bien gobernada por la máquina de enajenación compuesta entre la retórica del gobierno y la de la oposición so gobierno del Partido Republican o en Washington, acaso ambos usando el mismo instrumental seudo filosófico de seudo razones y seudo valores, como no parecen existir más que las dos ofertas del mercado publicitario, todo el problema se reduce a las cosas que tal vez ya a nadie interesan verdaderamente: el mantenimiento de un "comunismo" cada vez más grotescamente emocional y fónico, o la "transición" a una "democracia" donde el bando "A" pueda ponerle la pata encima al bando "B", el cual ahora parece retar al bando "A".

 

Valdría más la pena plantearnos, libres de todo prejuicio chillón y embobecedor, cual es el valor verdadero y la posibilidad y valores reales de una autocracia, ya de una democracia en el mundo que se nos avecina. ¿Es un buen gobierno el producto de un sistema, o es el sistema una adecuación del modo del gobierno a las necesidades y posibilidades reales de una población?

¿No urge plantearse cuál es el rol que tiene que desempeñar Cuba en la clave política de un hemisferio donde se va a jugar la recomposición de la civilización? ¿Cómo  reorganizar sus recursos de toda índole para asegurar su subsistencia por su propia cuenta en medio de los catastróficos cambios que pueden producirse o que ya se están produciendo? ¿Sobre qué proyectos de recomposición tiene que trabajar no solo para rescatarse a sí misma sino para reordenar un mapa en el que puedan colaborar y proseguir en desarrollo tanto ella como los elementos de su relación?

Pero más aún: ¿es lo político -el sistema o la praxis- la causa real del bien y del mal? ¿O hay que ir más a fondo? Al decir "político" estoy incluyendo también la economía, pues no hay poder económico sin político que lo respalde, ni sistema político sin económico que lo sustente. En cuanto a la propia "libertad", especie de ídolo de cartón tan sahumado en los últimos siglos, ¿no reexige la pregunta: para que? ¿Puede haber una libertad que no implique la opción de fines definidos tanto en lo inmanente como en lo trascendente? , ¿Qué verdaderamente queremos hacer con ella? Todas las explicaciones hechas para racionalizar y justificar el poder político-económico en la tierra ¿son estas suficientes para intentar el orden en medio del caos que puede sorprendernos en un instante? ¿Habrá legiones suficientes para controlar a la humanidad en cualquier parte para que una porción afortunada de la misma haga lo que quiera? Y si esto llegare ¿Cómo será entonces el destino del hombre?

¿No sería mejor buscarnos a nosotros mismos, en esencia nacional y humana y preguntarnos, no lo qué queremos casualmente,   sino   por   qué   y   para   qué   lo queremos? ¿Cuál es aquella verdad por la cual se pueden rescatar todas las cosas y por la cual pueda valer la construcción de la ciudad del hombre? ¿Que nos interesa más: recuperar la racionalidad, la recta razón, que nos permita discernir la justicia, ordenar la libertad y proseguir juntos, sin hachearnos los unos a los otros, confiando el gobierno en el pueblo de igual manera que el pueblo en el gobierno porque ambos han encontrado el satisfacer la gana particular de alguien de tener cinco, treinta y cinco o treinta y cinco mil pares de zapatos, cuando el calzado, si importa, es no más para el camino? Es tiempo todavía de aprender un baile cuya música no hemos aprendido y ante la cual no sentimos verdadera vocación de bailar?

 

Tenemos que recuperar la noción axiológica de nosotros mismos, de por qué valemos y para qué, y plantearnos cuál es la obra que ahora hemos de llevar a cabo. Esto implica una conciencia de nación y de humanidad, de hombre y de universalidad. Si los hechos no nos han asustado -¡y los hemos vivido de todas clases!-, no nos asusten los conceptos y los razonamientos, no nos asuste intentar lo que aún no se ha intentado y para lo cual no hay nombre todavía. Somos herederos de toda la humanidad, y si un proyecto pudiere impulsarnos, este tendrá que ser en función de nosotros que defina inseparablemente nación y humanidad. Bien decía Martí al intuir genialmente esta síntesis: "Patria y Humanidad". Esto implica, en su mismo nervio central, una conciencia de deber y de derecho, que la segunda no puede existir sin la primera; del "yo" y del "nosotros", sin cuya exacta definición no puede reconocer el hombre su agenda en la especie.

No se reordena una nación satisfaciendo parcialmente intereses no menos particulares en desequilibrio y muchas veces contradictorios, sino reconociendo un interés común - "del común"-, en cuya satisfacción esta la sanidad y la garantía de todos y de cada uno. Y esto vale universalmente.

punto de partida:

Cuba es la clave para la expansión de la civilización cristiana universal en el hemisferio. Esto implica tanto una concepción ontológica y ética, que es el reconocimiento de la sacralidad o incolumidad de la persona humana, tanto individual como colectiva, como premisa primera de toda construcción jurídica y promoción direccional. Sobre este concepto clave nos organizamos históricamente, reconociendo la normatividad del derecho-natural y positivo sin contradicciones- como única forma digna y justa de encauzar el ejercicio de la libertad de cada cual y la colaboración entre todos.

Por su posición geopolítica y su consecuencia histórica Cuba es y será "Llave del golfo y Antemural de las Indias", (quiere decir: determinante para la identificación de la civilización en nuestro hemisferio y para la defensa y mantenimiento de un equilibrio intercontinental y acaso con todo el mundo. Lo que en Cuba se defina, se define para el continente y para la humanidad.

En consecuencia, Cuba ha de ser:

·        Políticamente libre y soberana

·        Económicamente independiente (suficiente)

·        Socialmente justa

·        Militarmente fuerte

·        Ideológicamente firme y diáfana

 

Cuba es una republica unitaria, única e inseparable, con un gobierno único y una población ciudadana única, y reconoce para su ejercicio convivencial la igualdad esencial de todos los hombres, sin separaciones ni discriminaciones, en igualdad de derechos y deberes, volcados a la fraternidad, a la solidaridad y a la colaboración.

Al decir "hombre" decimos la persona humana, la cual, por supuesto, tiene que ser contemplada en su correspondencia de varón y hembra. Lo que como ser humano no se tenga por derecho, no puede tenerse sino por el esfuerzo consciente agregado a su naturaleza y sin contradicción con esta.

Sobre el reconocimiento de la dignidad inherente del hombre, no reconocemos como autoridad legítima, ni de ley ni de persona alguna, si no parte del discernimiento y la aprobación consciente, en pleno uso de sus facultades y garantizado el ejercicio de su libertad, de todos y de cada uno de los que han de acatarla y obedecería por compromiso personal, voluntario expresamente concedido. Esto quiere decir que reclamamos el principio de legitimidad de la autoridad, sin cuyo cumplimiento ninguna disposición es obligatoria para el ciudadano sino aquella que le dicte su conciencia personal.

La nación no es un sistema político ni económico, ni una forma de gobierno ni otra de propiedad. Las formas que estos tomen debe determinarse por el acuerdo libre de los ciudadanos, solo por razón del cual se va a aceptar la conducción y a participar en la colaboración.

Esta es la tabla mínima de garantías ciudadanas, sin las cuales no es posible siquiera intentar ni el diálogo racional Cuba es una república unitaria, única e inseparable, con un gobierno único y una población ciudadana única, y reconoce para su ejercicio convivencial la igualdad esencial de todos los hombres, sin separaciones ni discriminaciones, en igualdad de derechos y deberes, volcados a la fraternidad, a la solidaridad y a la colaboración.

Al decir "hombre" decimos la persona humana, la cual, por supuesto, tiene que ser contemplada en su correspondencia de varón y hembra. Lo que como ser humano no se tenga por derecho, no puede tenerse sino por el esfuerzo consciente agregado a su naturaleza y sin contradicción con esta.

Sobre el reconocimiento de la dignidad inherente del hombre, no reconocemos como autoridad legítima, ni de ley ni de persona alguna, si no parte del discernimiento y la aprobación consciente, en pleno uso de sus facultades y garantizado el ejercicio de su libertad, de todos y de cada uno de los que han de acataría y obedecería por compromiso personal, voluntario expresamente concedido. Esto quiere decir que reclamamos el principio de legitimidad de la autoridad, sin cuyo cumplimiento ninguna disposición es obligatoria para el ciudadano sino aquella que le dicte su conciencia personal.

La nación no es un sistema político ni económico, ni una forma de gobierno ni otra de propiedad. Las formas que estos tomen debe determinarse por el acuerdo libre de los ciudadanos, sólo por razón del cual se va a aceptar la conducción y a participar en la colaboración.

Esta es la tabla mínima de garantías ciudadanas, sin las cuales no es posible siquiera intentar ni el diálogo racional entre opiniones y puntos de vista ni la colaboración en la construcción colectiva:

I.      Del orden civil:

Libertad de expresión

Libertad de reunión

Libertad de asociación, y

Libertad de Iocomoción

II.     Del orden penal:

Probación objetiva del delito

Independencia de la judicatura

Legitimidad de la defensa, y

Garantías del procedimiento

III.       Del orden social:

principios previos:

Reconocimiento del sindicato como institución representativa de la comunidad de los trabajadores.

Clasificación del sindicato como:

de derecho público

único

autónomo

partidista

En consecuencia, reivindicamos los derechos:

al contrato colectivo

a la huelga

 

a participar en la determinación de la política económica

a participar en la decisión sobre la distribución de los ingresos.

Cuba se interesa y ha de trabajar con preferencial ahínco:

por la integración de la Mancomunidad Iberoamericana

por la integración de la Anfictionía del Caribe

por la correlación euro-latinoamericana.

Como nada de lo expuesto escapa de la implicación socio-económica, se plantea, como requisito sine qua non, el principio de la responsabilidad estatal para la provisión de ocupación renditiva y la más equitativa distribución del ingreso nacional. Por lo tanto, se postula:

-Que el Estado reivindica la disposición de los recursos y la organización de los trabajos-.

La crisis estructural de un país, expresada, en su duración, por el conflicto civil, la anarquía, el abuso de la autoridad o carencia de ella, permite indagar en su problemática interna y externa, tantear procedimientos y experimentar los trastornos de sus excesos o deficiencias. La estructura humana no es una máquina concebida sobre un piano de ingeniería que repetirá sus mecanismos sobre una base cuántica.  La  estructura o armazón  humana  es  el desarrollo, formación y entrenamiento de una persona, cuyo cuerpo    tempoespacial    está    perfectamente    integrado, inseparablemente,    con    su    aparto    de    intelecciones, promociones, emociones, etc., en que consiste su estructura síquica, y no menos con la relación ontológica-ética, aferente y eferente, sensible y conceptual, de su ser espiritual. Por lo tanto, una nación no es un problema casual que se resuelve con una receta, sino un carácter integral, vivo, que tiene que componerse     de     sus    propias     desproporciones     y contradicciones. Es un ser libre, y la libertad es la posibilidad de equivocarse, de pecar, de acobardarse, de flaquear y de caerse;  es  un  ser inteligente, y la  inteligencia  es  una capacidad de enajenarse, perturbarse y aun descoyuntarse; es   un   organismo   carnal   que   hay  que  nutrir, ejercitar, adiestrar y defender para que sobreviva en el medio y del mismo. Por lo tanto, cada paso que se da es un esfuerzo debatido    entre    pros   y   contras,    entre    renuncias   y adquisiciones, entre la noción de la realidad o la irrealidad de Ias nociones. Pero lo único que el hombre, individual o colectivo, tiene para resolver su problema es su capacidad de diálogo y trabajo, de conversar consigo mismo y con cualquiera, de contraponer razones y juicios hasta dilucidar las respuestas, y de aplicarse en cuerpo y alma a un forcejeo entre lo que él es y lo que no es él, hasta construir lo que ha de ser sobre lo que no era.

He ahí por que tanto la libertad es la condición imprescindible para la vida, así como el único modo de acertar en las combinaciones de necesidades y posibilidades para resolver, o al menos para trascender, una situación que, por no dejarnos ser como queremos, tenemos que sobrepasar haciendo lo que debemos. La historia, que es la memoria del hombre para el ejercicio de la razón crítica y de la imaginación creadora, y la consistencia en el sentir, que es la conciencia de lo que nos llega y de a donde llegamos nosotros, mas allá del placer o el desplacer, de la emoción o la sensiblería, es nuestra persistencia a través del tiempo, y, por último, es la aniquilación del propio tiempo por el acceso a la profunda y definitiva realidad, que es ser lo que se es y poder lo que se puede.

Un pueblo no es una colección de ratas en la jaula de un laboratorio para que alguien experimente, ni un rebaño de reses en una hacienda para garantizar una operación de mercado. En cualquiera de estos casos el pueblo sería una masa indefensa sobre la que incide decisivamente un agente ajeno a la misma a quien esta le es indiferente, alguien que no pertenece al grupo. El hombre y el pueblo no son mas que un "yo" y un "nosotros", un centro desde el cual miramos la realidad, la que somos y la que esta con nosotros y mas allá de nosotros. La agenda sobre nosotros mismos se hace desde un sujeto con tantos defectos -los mismos desde otra perspectiva- como el objeto. Realmente lo único que el hombre puede hacer, como cualquier ser vivo, es crecer y multiplicarse. Es así como logra apropiarse y modelar la propia existencia, la suya y la de los demás. Un error o un pecado pueden ser fatales, así como un acierto y una virtud son la causa de una consecuencia inextinguible.

Lo político, lo económico, lo social, etc., no son sino modos de instrumentarnos, para poder obrar en una problemática siempre variable, siempre parcial, pero nunca perfectamente soluble. Somos una multitud que va, que no puede quedarse, que tiene que dirigirse hacia un punto, invisible tal vez, pero certeramente ubicado en el horizonte. Este ir, desde la nada en que podemos caer hasta lo que es y ha de ser, no se hace solo ni linealmente; es un carmen, una melodía polifónicamente compuesta en contrapunto. No hay "proyecto" sino "proyección": un irse proyectando siempre entre lo anterior y lo siguiente, para que la final resulte un único y definido signo.

Un país y una gente constituidos políticamente, un reino, es, en principio, una relación entre la multitud y el individuo, funcionalmente imbricados entre sí en el acto común de prosecución organizada. La relación gobierno/pueblo es el modo de organizar el movimiento inevitable e ineludible de un pueblo. Y se es pueblo porque todos se reconocen como un nosotros que tiene que obrar.

El movimiento de una colectividad es una correlación de impulsos y resistencias que intencionadamente se desproporcionan para producir el desplazamiento y la dirección. Por lo tanto así como siempre hay una necesidad de gobierno y de gobernar y ser gobernado, hay un contrapunteo recíproco, porque cada una de las partes, en un momento, se sitúa en la perspectiva exactamente adversa.

La gestión de gobernar requiere la acción de proponer en función de la perspectiva del otro y la de aceptar lo propuesto o rechazarlo desde la perspectiva propia.

La gobernación, pues, es un proceso dialéctico, donde, desde un común conocimiento y una común conjugación de razones, se decide un movimiento trascendental. Para que exista gobierno hace falta que haya gobernados que crean que el otro puede y debe gobernar, y para que haya pueblo gobernado   hace  falta   comprender  y   creer   cual   es   la necesidad y la posibilidad de este para acatar y llevar a cabo fin propuesto. Si el gobernante no cree en su pueblo ni el pueblo cree en el gobernante, sencillamente hay guerra o anarquía y desintegración.

En esta condición última es que se produce, como perturbación consecuente y natural, la revolución. Pero de esta hay que salir, a un orden estructural eficiente y duradero, que permita encauzar el mantenimiento y la construcción colectivos.

Porque el que se pretende gobernante no comprende al pueblo, aparece la tiranía, y porque el pueblo no confía en el gobernante, se desarrollan la confusión, el conflicto y la anarquía. De ahí la necesidad de una conciencia común, de un pacto común condicionante, para reconocer el derecho y el deber de uno para con el otro. Esta es la aceptación común y universal de un principio de legitimidad, por el cual ambos se obligan más allá del miedo y de la particular y casual conveniencia.

La legitimidad es un principio de continuidad aceptada, tenida por justa e instruida por deseable. Este es el primer problema de una constitución política, (y por esta queremos dar a entender, no un papel escrito y firmado, sino una decisión permanente de convivencia y colaboración, de mantenimiento y continuidad del grupo).

Cualquier nación está obligada a la realización de tres funciones para su supervivencia: 1) la de producir y distribuir para el mantenimiento de todo el grupo, 2) la de defender y armar el ejercicio de la voluntad del común, y 3) la de conocer, concebir dirigir la progresión colectiva.

Típicamente esas tres funciones están realizadas por tres cuerpos sociales intrínsecamente coherentes y especialmente dedicados: 1) la masa trabajadora, de productores de bienes y servicios, 2) las fuerzas armadas, militares o policíacas, y 3) la vanguardia intelectual organizada en instituciones de conducción y en partidos. La defensa de esos tres cuerpos institucionales, su justa autonomía para poder realizar su labor propia, y la intrínseca coherencia de los mismos y su pertenecimiento a la forma estructural colectiva e identificación con la misma, producen orgánicamente la vida en acto de la nación. Cualquiera de estas funciones que no se realice justa y correctamente pone en peligro no solo la estabilidad sino la existencia misma de la nación, y cualquier sustitución o inserción de agentes contradictorios o ajenos en las mismas, obra para el desvencijamiento de la nación y por el desatamiento del conflicto insoluble en ella. Cada una de ellas tiene que trabajar para las otras dos, sin dejar de hacerlo para sí misma. Los cuerpos sociales han de instrumentarse en razón de estas funciones, discerniendo en cada una los trabajos que han de combinarse para su realización integral.

De la manera en que se inserten jerárquicamente estos cuerpos institucionalizados en la estructura nacional y que combinen sus esfuerzos en aras del bien común, dependerá la eficacia del gobierno de la nación.

He ahí como se llega a la necesidad de centralizar y personificar una función directora y moderadora que encarne a la nación en su actualidad inmediata, que sea su voz y que constituya el principio de autoridad y unidad necesario para la representación del país. Esto es lo que constituye la función del cabeza de gobierno -jefe de estado, jefe de gobierno, etc.- en cuya responsabilidad se deposita la confianza nacional, aunque las funciones gubernativas se instrumenten luego mediante distintos cuerpos de autoridad, a saber: judicatura, legislatura, ejecutivo, cuerpo estructural del oficio económico, cuerpo estructural del oficio cultural, etc.

Si pensamos que la gobernación es una función entre gobierno y pueblo, la correlación ocurrirá entre dos formas estructurales intrínsecamente coherentes y perfectamente diferenciadas: el gobierno, por una parte, y por otra, las comunidades básicas: obrera, campesina, municipal y universitaria y acaso otras que pudieran constituirse como de comerciantes, de artesanos, etc. Son estos los peldaños estructurales inmediatos entre la célula original -la familia- y la célula integral representativa de toda la comunidad nacional, que es el Estado. Así la correlación dialéctica constituirá el principio activo de la cohesión integral: desde las bases instrumentales hasta la autoridad suma, y de esta hasta las bases.

Nada de esto es un proyecto sino el reconocimiento de la realidad y la aspiración a formular modos de resolver una problemática inmediata.

Acaso los problemas más graves en el tiempo en que entramos no sean tan sencillos como la instrumentación política o la organización económica, sino discernir cómo nos identificamos, que somos y a qué pertenecemos, y por que causa final nos orientamos, desde donde y hacia qué. Esto tendrá que ser planteado para poder formular un proyecto estructural (y aquí la palabra "proyecto" sí toma el sentido de proposición legislativo integral).

En última instancia, el proyecto nacional, como el proyecto íntegro de toda la especie humana, se orienta hacia los tres valores trascendentales a los que siempre nos aproximamos o de los que nos alejamos: la bondad, la sabiduría y la belleza, sólo por cuya realización podremos ser conocidos y juzgados.

14 de diciembre de 2003.

 

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