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Sobre la Idea de Proyecto y la Nación
Jorge Valls |
Para
poder tratar el tema de un "proyecto" ligado a la noción
de "nación" tenemos necesidad de aclarar en lo posible una
conceptualización donde una perversión puede conducirnos a
errores fatales, y creemos verdaderamente que, en la conducción
del hombre, el sistema de ideas juicios e inferencias -doctrina-
por el cual ha de encauzarse inevitablemente su progresión
existencial, es ciertamente determinante de su destino final.
Queremos decir: que si un sistema de ideas acepta en las
premisas primeras de su postulación un error, ya de inexactitud
ya de tergiversación de la verdad-calidad original, contrarios,
o al menos distintos, de los propuestos, y el hombre, engañado
por un falso sistema de ideas, -entiéndase: por una falsa
doctrina-, se verá enredado en las consecuencias del error
fatal, sin siquiera poder comprender por qué, cómo y dónde se ha
producido. Se verá perplejo, y no sabrá ni cómo reconocer su
problema ni como rectificar su pensamiento-acción, enmadejándose
en una derivación cada vez más apartada tanto de la
realidad como de lo que él concibió como su intención en ella.
Esto es
por lo cual, desde el principio de los tiempos, ha existido como
papel fundamental en el devenimiento existencia de la
comunidad humana, el trabajo del sabio, -diríamos del profeta-,
del que expone, explica, defiende y predica la
formulación de la doctrina. A partir de esa acumulación
ideológica, dentro de la cual se definen las nociones claves del
pensamiento, que son la identidad y la formación, gracias a las
cuales la continuidad del ser individual tanto como colectivo,
es posible, y la construcción acumulada e integrada de la
cultura llega a constituir los modos de convivencia que
constituyen la civilización. El profeta-sabio-patriarca templa
la persistencia humana y la fragua en noción normativa -ley,
derecho, orden jurídico-, que es, a la vez, principio de
continuidad y persistencia y de renovación y construcción
acumulativa integral.
Toda la
noción que tenemos de nosotros mismos -es decir, del hombre, del
ser humano, del ser vivo-, es, a la vez, una afirmación de una
verdad-realidad, de que es, como esta y como se le reconoce, y
de una normativa que se integra inmediatamente en una inevitable
progresión práctica, o acción, por la cual se va constituyendo,
como figura única y sígnica, el destino del hombre, desde su
aparición en la tierra. Como la música, el destino humano no es
una suma de notas distintas y separadas, sino la modulación
progresiva de una continuidad de significación, la síntesis de
cuyas variaciones en tiempo y altura pueden ser identificadas
como una figura propia. En música decimos "una melodía, una
canción, un carmen"; en antropología, "la vida de un hombre, de
una nación o de un pueblo".
Una
corriente del pensamiento muy defendida y difundida, tomando las
consecuencias como causas, separando la abstracción de su
necesaria base existencial concreta y, finalmente, desviando el
problema de la realidad hacia el del conocimiento, acaba
grotescamente tergiversando el uso de la recta razón, y, en
consecuencia, conduciendo al hombre a su propia enajenación, así
socavando y destruyendo las bases mismas de la construcción de
derecho, no ya de nuestra civilización sino de cualquier
posibilidad de civilización.
He aquí,
por qué, en nuestros días, toca a los más humildes y desposeídos
la labor de defender los fundamentos de lo que puede ser su
única defensa, a saber: el derecho. Los fuertes tienen la
fuerza, y con ella vencen a los demás, los convierten en siervos
y les imponen la construcción de su imperio; los ricos tienen
sus talegos y, como disponen de los medios, hacen a los pobres
entregar su trabajo a cambio de papeles que tienen que gastar en
consumir lo que aquellos han decidido, y hasta sobrevivir de la
misma manera por aquellos predeterminada. Fuertes y ricos no
necesitan más que lo que les da su poder -su fuerza o su
riqueza-; los que no tienen ni propiedades ni armas, lo (que no
son ni los mas bravos ni los mas afortunados, no tienen sino el
derecho -la razón universal, la recta razón-para intentar
convencer a unos y a otros, no de como vivir mejor, cualesquiera
que fueren los parámetros que se usaren para medir esta mayoría,
sino de como vivir y obrar más justamente, que es lo que en
última instancia permitirá la supervivencia menos incómoda de
los hombres, no de una parte sino de todos.
El
hombre no crea, ni inventa, ni produce al ser vivo. Este existe,
y en esta categoría se reconoce el hombre a sí mismo. No crea ni
inventa al hombre, como no se crea ni se inventa a sí mismo,
sino que se encuentra con que existe, que no puede eludir esta
verdad ni ignorarla, porque él es hombre. Por mucho que
trate, no podrá dejar de serlo, ni tampoco ser otra cosa.
Gústele que no, él ha sido hecho, y de una manera, con una
figura sustancial, de la que tampoco podrá desprenderse jamás,
ni siquiera en el campo de su imaginación. Por más que invente
ser otra cosa, no podrá ser sino un hombre que imagina -juega a-
ser otra cosa.
Podrá
obrar, indudablemente. Es mas, tendrá que obrar, que hacer. No
podrá persistir en la existencia si no hace algo: respirar,
buscarse la pitanza, beber, pelear o simplemente negarse a
cualquier proposición u ocurrencia. Pero ese hacer, esa
posibilidad de obrar -y he aquí por que el hombre es por índole
irrecusable "obrero", en el sentido más radical de la palabra-
está reglamentado, regido, ordenado por su propia índole. Hay un
"poder hacer" y hay un "no poder hacer" que no está determinado
por el hombre, y a esa formación tiene que someterse para
cualquier cosa que quiera intentar. Esto le permite inferir que
hay un derecho natural, un orden, una formación esencial de
todas las cosas, y que el hombre esta incluido en
ese diseño ordenativo. Por lo tanto, el hacer del hombre esta
sujeto a ese orden que él no creó, del que no puede separarse y
cuyas causas y consecuencias le serán ineluctablemente
aplicadas.
Si el
poder hacer lo identifica como un ser histórico, es decir, como
aquel que produce una figura con su propia conducta, el estar
sujeto a ese orden universal para su poder hacer lo identifica
como ser jurídico, dentro de una norma, que el podrá seguir o
transgredir, pero cuyas consecuencias le serán irremediablemente
aplicadas. Así, si se tira en una alberca vacía, a sabiendas o
no, se partirá la cabeza, y si el cálculo de como ir a Marte no
está bien sacado, irá al otro extremo del universo, o a
cualquier lugar menos a Marte. Y si no sabe reconocer su error y
rectificar, lo único que podrá hacer es quedarse perplejo y
lamentarse de su suerte, cosa que ni el mismo comprende. No en
vano el oráculo de Delfos tenía como premisa primera el
"conócete a ti mismo".-
De la
misma manera, el hombre no es ni individuo ni sociedad, sino la
abstracción de la función casual de lo uno
con lo otro en el tiempo-espacio. Por
su propia condición de ser vivo sexuado, el ser humano es
inexorablemente comunidad, persona, ser que conversa. Es un ser
que existe para otro, y es el otro que existe para aquel. De
cualquier otra manera no podría existir actualmente, ni hablar,
ni continuarse como ser obrante. Así, es necesariamente
individual y colectivo, conceptual y dialéctico, agente y
paciente, el que comprende y dice y el que es comprendido y a
quien le es dicho; es decir: es persona. Podemos añadir que,
como Dios, el también es persona. Existe para otro, y el otro
existe para él. La persona es individual -el que puede con
respecto al otro y sobre el cual el otro puede-; y es colectiva.
Se trasmite, colabora, recuerda, propone-discute-aprueba y obra.
Es estirpe, progenie, grupo que persiste mas allá de la
temporalidad de cada cual; es raza, pueblo. Es gústele que no,
nación, y así tiene que ser desde el instante de su aparición en
la existencia; y así, desde su aparición en el planeta hasta el
fin de los tiempos, ha de ser contemplado su destino.
La
nación no es una empresa que se funda a voluntad y capricho de
unos y para fines determinados, ni es una sociedad de beneficios
mutuos. Es un ser que existe, una realidad ontológica, un ser
vivo, que persiste y puede obrar, y sobre el cual pueden aferir
otros factores de la realidad, que llegan a producir hasta su
desaparición del concurso de los vivos. La nación es un hecho
biológico, específicamente: antropológico; es decir, de
un ser que no puede desprenderse de su doble
condición de material -consumidor, metabólico y
vulnerable-, y espiritual -racional, inteligente, pasional y
voluntario-. Más profundamente hablando: es único, inmortal
e insustituible.
Sobre la
continuidad de la nación es que puede fundarse una construcción
superpuesta, que es el reino, el estado la mancomunidad y la
institución universal. Pero estos últimos no son sino
superposiciones, abstracciones, construcciones que no existen
sino como posibilidades de conducta, y que no podrían haberse
producido sin un ser sustancia que existe, que es y que puede,
que es el hombre: la persona humana, ya individual ya colectiva.
Así, el
"proyecto" no puede verse como desde una particularidad que osa
recomponer la realidad, sino desde una realidad de la cual la
particularidad forma parte, casual, sí, pero no escindible de la
totalidad integral. Es el ser humano quien, ante una
problemática existencial, ante el problema de encontrarse él,
como una realidad propia en medio de otra realidad que lo
incluye y lo trasciende, tiene que hacer algo en ella, siquiera
para sobrevivir hasta el instante ulterior. La nación existe en
una realidad más amplia, donde hay otros seres reales que la
afectan. Tiene, pues, una problemática, y tiene que intentar un
obrar, traspasarla. Tiene que hacer algo. Ese algo, en lo que le
va su propia existencia, es el proyecto; esto quiere decir, el
lanzamiento de sí mismo (esto es lo que quiere decir la palabra
"proyecto": lanzamiento hacia delante), en una acción-producción
que, así como le es posible le es a la vez imprescindible,
urgente, necesaria e inaplazable, para pasar de una situación
agotada y perecedera a otra de realización, afirmación y
persistencia del ser.
Si la
nación es la continuidad y continuación (sustancia y acción)
transgeneracional del ser humano, tornado este como persona, es
decir, necesariamente en comunidad, aquella no podrá ser nunca
ni un sistema político o económico determinado, ni siquiera eso
que llamamos una "cultura" -un instrumental determinado para el
pensamiento y la acción-, ni aún una lengua. Como proceso de
transgeneracion humana, todo individuo aislable es el producto
de un mestizaje, o sea, de la fusión de caracteres de por lo
menos dos entidades individuales anteriores. Siendo el sujeto
nacional una persona colectiva, el proceso de fusión de un
pueblo con otro, si bien da una continuidad de los caracteres de
sus antecesores, el pueblo en acto, el que está viviendo,
siempre es un ser propio y en algo distinto de aquellos. De ahí
que la nación sea siempre presente y agente. La herencia
trasmitida no puede ser interrumpida, y seguirá obrando y
determinando a través de los sucesores, ni se puede impedir que
el ser actuante produzca toda una connotación caracterológica
propia, por la cual ha de ser identificado durante el tiempo de
su obración.
La
constante es la comunidad persistente, de una manera u otra, en
la síntesis funcional de territorio/población. Los
desplazamientos y mezclas demográficas, según su magnitud, dan
paso a profundas subversiones culturales y estructurales, que se
constituyen en cuerpo orgánico tempoespacial con una
denominación determinada, pero, indudablemente, el ser nacional
es el mismo a través de sus distintos avatares y formaciones
idiosincrásicas.
Así, la
China, como ser nacional histórico, ha pasado a través de
cientos de transformaciones, pero sigue siendo la unidad
existencial China, donde cada quien tiene que enfrentar, en un
momento dado, el problema común de su propia existencia
comunitaria. Francia fue identificable como el cuerpo orgánico
galo (Galia); después fue la comunidad galolatina, que hablo
latín y se instrumentó en la civilización grecorromana, y más
adelante, tras de no pocos trastornos y, se presentó
históricamente como reino de los Francos, Armagnac, etc., que
acabó siendo reconocido como Francia.
Si
aplicamos este razonamiento a Cuba, podemos decir que tenemos un
avatar más antiguo, prehispánico o "indio"-, que, si lo
remontamos, nos pudiera arrojar una secuencia hasta el principio
de la especie y de las dispersiones migratorias, y hay un
segundo avatar indo-hispano-africano, producto de las
precipitaciones demográficas de los siglos XV, XVI y XVII.
A
este proceso hay que superponerle distintas estructuraciones
históricas mediante las cuales el sujeto nacional se
dispone a sí mismo para enfrentar la problemática en
la que esta inmerso durante un tiempo: -1°., el reino de la Isla
de Cuba de 1515 hasta la monarquía borbónica en España (1709);
2°., el desarrollo colonial desde ese instante (derogación de
los cuerpos de los reinos de Indias) hasta 1802 (invasión
napoleónica de España y guerra de independencia); 3°., de 1802 a
1898, cuando se asiste a la desintegración de la mancomunidad
española y toma cuerpo el separatismo; 4°., de 1898, cuando la
ocupación estadounidense termina con la autoridad española en el
continente y comienza ya decisivamente el conflicto entre dos
corrientes nacionales que no se integran en mestizaje, la
hispano o ibero o latino americana y la
anglosajona hegemónica, hasta 1959; y 5°., de ahí a nuestros
días, cuando se produce la revisión integral de la estructura
(algo semejante a lo ocurrido a partir de 1515), en la que aún
estamos.
En todo
esto tenemos connotaciones identificatorias diferentes, hasta,
por supuesto, versiones estructurales distintas y a veces
intrínsecamente en contradicción, pero la nación, que podemos
identificar por el hombre que convive en un medio identificable
como Cuba, es la misma. Entre abuelos y nietos el ser nacional
tiene que intentar y asegurar su continuidad vital, su unidad de
conciencia y su colaboración integral.
Una
vieja contalla de origen indio sirva para ilustrar lo dicho.
Cuentan que cuando se produjo la gran "matanza de Caonao", donde
fue vulgarmente masacrada la población taína, una mujer, a quien
le habían matado a los padres y hermanos y aún a aquel con quien
iba a unirse para procrear, huye al monto cuando la dispersión
del pueblo. Allí encuentra un behique, especie de ermitaño que
se ha retirado del pueblo para intentar su purificación
espiritual más allá del cotidiano conflicto de los hombres, en
la soledad del que espera la muerte y ya solo aspira a
comunicarse con los espíritus. La mujer, desolada, le cuenta el
desastre del pueblo y de su propia calamidad. El asceta, luego
de consolarla, la manda a que vuelva al pueblo donde habitan
esas gentes nuevas que han acabado con los suyos, que se
entregue a uno de ellos y que conciba hijos de él, porque sus
hijos y descendientes persistirá la nación.
Esto
contradice la leyenda acomodaticia a las premisas del siglo XIX.
La gente india no desaparece; convive de una manera u otra con
los conquistadores, y es absorbida en la nueva cauda humana que
ocupará el lugar. La población se continúa en las generaciones
sucesoras.
Históricamente, Vasco Porcado de Figueroa, responsable de la
matanza de Caonao, poseyó a cientos de indias, que le
concibieron cientos de hijos. Así, el Camagüey que se
sucedió tuvo una población, no menos indígena -que quiere decir
que nace en el lugar y por eso es del mismo-, mestiza de la que
estaba con la que acababa de llegar, que hoy no podemos llamar
sino cubana.
El
problema de ese mestizo, el que él se encontró en el medio donde
vivía, cuando ya hubo crecido lo suficiente como para
planteárselo, fue el "problema cubano" de aquel tiempo, que el
tuvo que enfrentar e intentar resolver con lo que a mano tenía y
en la proximidad de donde se hallaba.
Pero
volvamos a la idea de "proyecto", sobre la que comenzamos. Ese
salto hacia delante, impulsión de toda la energía de la
comunidad como dirección del pensamiento, predisposición de la
acción y conciencia integral de trabajo, de tarea a realizar, no
es, ni puede ser, el cálculo frío desde la nada indiferente de
un individuo o de un grupo de individuos que propone a una masa
inerte un movimiento hacia la consumación de un objeto casual,
concebido como interés específico de una selección directora. Si
no existe una necesidad raigal en la comunidad humana, ante una
situación ineludible que demanda la respuesta adecuada so pena
de perecimiento, no habrá proyección integral de ninguna clase.
Un partido o un Iíder podrá proponer un programa de acción y
algunos objetivos alcanzables en tiempo determinado. Esto no
pasa de una acción de la parte hacia el todo, limitada a una
interpretación particular de la problemática y a una proposición
temporal, para la realización de metas y objetivos mediatos,
hacia un fin más o menos pregeñable en un horizonte no menos
temporal.
La
nación, como hemos dicho, no es una creación intencional del
hombre sino la misma realidad del hombre en su continuidad
transgeneracional; por lo tanto, nadie podrá inventar o calcular
jamás como construir, fundar o diseñar una nación. Cualquiera,
sin embargo, podrá trabajar en ella para el logro de fines que,
de alguna manera, serán absorbidos por toda la comunidad y
servirán para la instrumentación de la misma en su devenir
ulterior. Así, prácticamente, cada generación tiene una
perspectiva propia desde la cual contemplar la problemática
inmediata, y dentro de una generación habrá perspectivas
diversas, puntos de vista situados desde ópticas distintas,
desde las cuales se propondrán versiones programáticas varias
según el inestable equilibrio de los factores e intereses
particulares internos.
No
obstante, mas allá de los partidos -o facciones particulares,
que es lo que son- la evidencia inmediata de una problemática
situacional hará que se proyecte, desde la raíz misma de la
comunidad, una intuición directa del riesgo existencial, de que
"hay que hacer algo, porque si no...", que obliga a proponerse
un ineludible trabajo. Este no es propuesto, ni dirigido, ni
consumado por facción particular alguna, sino que se expresa
como una tensión entre un riesgo de no ser y la necesidad de un
esfuerzo para garantizar la supervivencia, la persistencia del
ser. Una conciencia original de preservación del ser, de seguir
existiendo en el lugar y con las gentes, acusa una vocación de
esfuerzo. Es, comunitariamente hablando, la vida, que se afirma
así misma y se defiende para persistir. En la común biología del
ser animado mas allá de lo vegetativo, a esta tendencia original
se la suele llamar "instinto", preferimos, por las implicaciones
en que incurre el ser humano, que por supuesto es distinto de
las bestias, hablar de una "tendencia
raíz existir", a seguir existiendo, a defender la vida y a
crecer y multiplicarse, sin que esto pueda separarse de la
índole intelectual y volitiva, libre arbitrista y peculiar, del
ser humano.
Ninguna
comunidad se suicida, ni se deja morir o absorber pasivamente.
Una existencia cualitativamente diferenciada puede subsistir en
estado latente, si se quiere, pero no se descompone
espontáneamente; antes insiste en su continuidad como tal ser
calificado. No obstante, la adversidad natural o la
contradicción dentro de la misma especie pueden forzarla a su
desintegración, a moverse por el solo intento de conservación de
la unidad comunitaria menor -familia, grupo de afines-, ante la
extrema dificultad de preservar la estructura del todo y de
poder responder desde ella al embate de la realidad. Esa
desintegración comunitaria dispersa los elementos, los cuales de
alguna manera entran cualitativamente en la formulación de otras
comunidades como resultado de un natural mestizaje o de la
inmersión de una gente en el contexto de otra.
Por un
proceso natural, observable en el transcurso de la historia, así
como durante un período asistimos a la desintegración de
estructuras comunitarias que se fragmentan, se constituyen en
unidades separadas y se componen de distintas maneras en otros
lugares y por cierto tiempo, también contemplamos períodos en
los que, después de innumerables demoliciones y remezclamientos,
los troncos ancestrales entran en un proceso de reintegración y
de formación de estructuras comunitarias mas inclusivas.
Podríamos osar una síntesis extrema y decir que la comunidad
humana, la integral de la especie, si en su origen fue una sola
e indiferenciada y luego se descompuso, se disperse y se
multiplico en el ramaje de diferenciaciones casuales de la
especie, en su final será una comunidad sola y única, que
volverá a comprender toda la población y todo el territorio. De
una nación provienen todas las naciones, que, de su
multiplicación y subdivisión y su dispersamiento, volverán a
juntarse en el instante de su realización final en nación única,
congregada de toda la ecumene.
Insistimos: esto no sería el triunfo de un modo de gobierno o de
disposición sistemática de los recursos y el trabajo, ni la
prepotencia de un factor sobre todos los demás, ni el pacto
entre elementos disímiles de una pluralidad indefinible. Habría
que pensarlo como un proceso natural de reidentificación del ser
original y de confrontación universal de su existencia con el
principio de razón absoluta, por el que se ordena toda la
realidad: la que es y la que puede ser.
Así es
la nación, la que origina desde sí un proyecto, como línea
intencional desde la huida de la nada hacia la localización
última del ser, y este proyecto va tomando formulaciones
diferentes en la medida en que la problemática situacional se
redefine por la concurrencia de variantes que tienen lugar tanto
en la comunidad nacional como en el entorno en que esta se halla
situada.
Cuba,
como unidad territorial habitada que constituye una continuidad
comunitaria o de convivencia, se ve obligada en distintos
momentos a dar un sentido intencional al esfuerzo colectivo para
poder no desaparecer ni aniquilarse.
En el
instante antes de la llegada de España, la Cuba taína-arawak
tiene que tener como propósito ineludible defenderse de la
agresión Caribe, que viene asediándola desde las Antillas
Menores en seguimiento de las oleadas migratorias masivas que
han estado remontando el continente desde los centros
ancestrales tupí-guaraníes. La conquista española (1515) produce
desde la gran mezcla demográfica india-africana-europea hasta la
destrucción de las estructuras taínas de pluralidad de aldeas
de alguna manera solo intercomunicadas y compartientes de la
misma lengua y cultura, pero da paso a un nuevo avatar donde
aparece ya como la unidad geopolítica del reino de Cuba, dentro
de la nación hispanocubana, que se instrumenta en la
mancomunidad española, absorbiendo en la misma cauda humana los
elementos politécnicos que concurren en la convivencia de cada
día. El problema entonces es constituir un establecimiento
estable y realmente defendible frente a las otras potencias
europeas que pretenden su asentamiento en el continente y que
disputan, aquí y allá, por tal o mas cual composición de fuerzas
o por tal o mas cual hegemonía. Es en ese período cuando se
define para el futuro el proyecto nacional que, en términos de
Menéndez de Avilés, resulta del ser la isla clave para el
establecimiento de la civilización cristiana universal en el
hemisferio, para lo cual Cuba ha de ser políticamente
independiente, militarmente fuerte, económicamente
suficiente, socialmente íntegra y culturalmente firme. Lo que la
isla sea, así eso será de peligro o defensa para todo el
continente.
Para
1709, cuando el nuevo gobierno de los Borbones deroga los fueros
de los reinos de Indias, aunque el problema internacional no ha
terminado, la Isla de Cuba pasa a ser la típica colonia opulenta
y renditiva en la estructura metrópoli-colonia durante el
desarrollo capitalista. Aunque tal vez nunca más injustamente
florecen la economía azucarera de ingenio y la dotación de
esclavos y el orden político de control absoluto de las bases
poblacionales por parte de las minorías gobernantes. Sin
embargo, la extrema preocupación económica abandona la
preocupación estratégico defensiva, con los resultados más que
peligrosos y sintomáticos dentro de una nueva composición
mundial. La ocupación de Guantánamo y de La Habana son
situaciones de las que sale el imperio hispano-francés no sin
sacrificios mutilatorios. Pero se define la situación
problemática en la que se verá envuelta Cuba por el conflicto de
dos vertientes de civilización, la anglosajona post
cromwelliana, determinada por la particularidad exclusiva frente
a la universalidad incluyente, y la universalidad latina
(España, Francia, Italia, Portugal), cuyo carácter mas elemental
es el mestizaje y la universalidad del principio integrador.
La
invasión napoleónica de España y el desatamiento de la "Guerra
de Independencia" a uno y otro lado de la mar atlántica,
plantean una nueva problemática: la desintegración de la
mancomunidad española, la vulnerabilidad ante la potencia
anglosajona emergente, y la necesidad de salvar siquiera
la parte cuando el todo estructural se ha reventado. El
proyecto deviene en un cambio de perspectiva total: de la
desintegración y el independentismo, a la formación de
estados independientes reinos separados-, que trataran de
recuperar, en su nimiedad, la fuerza suficiente para volver a
integrarse. Nada expresa mejor esta tensión de pensamiento y
acción que las dos personalidades más determinantes en el
proceso: Bolívar y Martí. Ninguno concibe la salvación sino por
la independencia del reino particular, y ninguno concibe reino
particular sino volcado a la reintegración tras una total
variación estructural.
En Cuba,
la separación del reino de la Isla de Cuba, del centro
integral último, España, toma la forma de la
constitución republicana. Esta expresa la imperiosa
necesidad de integrar toda la población indiferenciadamente,
sobre la sola base de su condición humana, dentro de una misma y
universal normativa y bajo una autoridad -relación gobierno
pueblo- donde conscientemente se identifiquen el gobierno con la
población y la población con el gobierno. Se trata en el
proyecto de integrar de tal manera la porción aislada que pueda,
al menos, participar como unidad propia en la correlación con
las otras entidades del mundo, sin desaparecer ni disolverse. La
independencia de España es la manera de preparar la defensa para
que no sea absorbida Cuba y disuelta en una unidad nacional mas
potente, en caso de un colapso mayor del mundo español, cosa que
sucedió irremediablemente a finales del siglo XIX y principio
del XX. De ahí la gravedad de la afirmación nacional cubana en
el momento en que la nación española va a precipitarse en su
nadir.
Con la
invasión estadounidense al final de la "Guerra de
Independencia", la problemática situacional cambia
totalmente. Cuba aparece como un reino independiente no
susceptible de ser arrastrada por el colapso español, pero
prácticamente absorbida por la formación anglosajona
emergente, los Estados Unidos. El problema ahora esta en
intentar competir y defenderse, dentro de las normas
establecidas bajo la hegemonía mundial de las potencias
determinantes. En un mundo fuerte y estable, director y
eficiente, Cuba es una pequeña y casi inconsiderable porción en
estado de inestabilidad interna y externa, que ha de esforzarse
por asegurar su participación, siquiera mínima, en las
correlaciones de la civilización imperante. Nuestro
esfuerzo se hace patente como afán de "parecernos a los países
adelantados", para poder sobrevivir "con" ellos y no perecer
devorada "por" ellos. Este "ellos" es puramente eufemista,
porque para nosotros la realidad geopolítica mas allá de
nosotros se definía como un Estados Unidos todopoderoso y
una España-América so Río Bravo toda balcanizada y vulnerable.
Hasta las terminaciones nacionales masculina y femenina indican
la relación erótico-fanática entre dos civilizaciones orientadas
hacia fines exactamente opuestos, donde el triunfo de una era
necesariamente la derrota de la otra.
En ese
esfuerzo por instrumentarse de manera capaz como para enfrentar
el asedio exógeno, en medio de una constelación mil veces mas
fuerte y estable de lo que podíamos alcanzar nosotros, se
produce la revisión integral y el cambio estructural del proceso
revolucionario, continuación indudable, en el período
republicano, de la gran revolución del siglo XIX, por la
independencia y la reivindicación social. Su formulación
categórica para el período republicano ocurre en el avatar de
1933, aunque el gran trastorno de recomposición interna y
externa de factores viene a precipitarse a partir de 1952-59 y
siguientes.
Para
finales del siglo XX Cuba llega, en su proceso de revisión,
desmantelamiento y remodelación, al
desprendimiento real de todas las vinculaciones
Sistemáticas, entre cuyos enredos había forcejeado desde el
propio siglo XVIII y, por supuesto, mas estrechamente en los
siglos XIX y XX. Al llegar a finales de este período, los
modelos composición interna y externa no se parecen sino acaso a
los de los siglos XVI y XVII por su elementalidad y por su
determinación esencialmente práctica e inmediata.
Mientras
tanto, en la estructura del mundo, el equilibrio mantenido desde
la emergencia de los anglófonos entra en crisis, por sus propias
causas, sin que aparezca ninguna otra corriente hegemónica que
pueda sustituir las piezas hasta ahora determinantes. Podemos
decir que ya estamos en crisis sistémica mundial, entre los
grandes desplazamientos poblacionales, la emergencia nada
desconsiderable de los grandes acumulados demográficos y
geopolíticos y la dramática urgencia de un equilibro a punto de
precipitarse, ya no entre potencias dominantes, sino entre las
porciones súper-estructuradas y las inmensas extensiones
extraestructurales. Es decir, Cuba hoy, en su insuficiencia
estructural, pero en factual equilibrio práctico, es una porción
estable, sin norma ni vínculo obligante, en medio de un mundo
irreparablemente inestable que se desboca en sus propias
contradicciones. Si bien Cuba no parece tener mas sistema que la
elemental correlación factual entre el que puede y manda y el
que no puede y obedece, es en el resto del mundo donde ninguna
ordenación sistemática resulta eficiente ni confiable y todo
apunta hacia el desvencijamiento.
Esto que
hemos afirmado no se hace inmediatamente visible por lo que
antes hemos explicado: no se trata de que una superestructura
esté siendo atacada por un rival desde el exterior sino que la
propia superestructura desarrolla, ya insoportablemente, sus
contradicciones internas, en medio de un volcamiento inevitable
de masas poblacionales detonando por esas mismas
contradicciones.
Cuba ha
demostrado, de cualquier forma, sería suficiente para intentar
su correlación en una composición mundial no local ni de
carácter colonia/metrópoli. Es uno entre tantos a ver como se
las arregla. Por lo tanto, ya el anhelo no es "poder ser como
los países adelantados", porque ya se mueve entre ellos, (aunque
con brutales desproporciones, también se ha dicho). Su problema
es darse a sí misma la instrumentación adecuada y suficiente
para asegurar su capacidad de acción interior y exterior y su
continuidad integral como unidad de territorio y población
determinante y decisiva. Esto significa: 1) darse un orden
jurídico que reintegre e identifique como una a toda su
población y dentro de una progresión colaboradora, 2) darse una
estructura política donde se asegure la eficacia de la autoridad
con el ejercicio de la libertad, 3) instrumentar el esfuerzo
nacional de modo que el trabajo de producción satisfaga la
necesidad de consumo, y 4) recobrar la unidad racional
dialéctica que permita la consciente programación y reevaluación
de la gestión intelectual y conductual.
Dispone
una preciosa condición de virginidad hipotética: no tiene
establecido ningún patrón sistemático compromisorio; pude
discernir y juzgar sobre un abanico de proposiciones que modulan
desde los extremos opuestos, y recombinar las piezas
instrumentales en organizaciones más adecuadas para su inmediato
funcionamiento. Por coyuntura histórica, Cuba resulta como un
centro o núcleo axial en función del cual pueden organizarse las
más inauditas composiciones. En un cambio de equilibrio mundial
de la magnitud que puede esperarse, Cuba es un país preparado
para darse la forma más justa y necesaria para sobrevivir y
poder obrar, ahora no en función de la entidad adversa y
temible, sino en medio tanto de una dispersión como de una
precomposición universal.
En esta
extraña correlación Habana-Miami, Cuba-Estados Unidos, en la que
una formidablemente instrumentada máquina de poder bipartita nos
ha encasillado, como si no hubiera más realidad que la que dos
fuerzas, cada vez más semejantes y concurrentes, han combinado
para atrapar en ella cualquier posibilidad humana, una vieja
retórica de aparentes opuestos nos ensordece, y no parecemos
sino gramófonos que repiten un espectro de sonido cuando ya los
cantantes hace rato que murieron. Ni el comunismo autocrático ni
la democracia capitalista significan absolutamente nada en un
mundo donde los problemas reales se han desbordado ya, aunque se
cubran bajo las apariencias publicitarias. Nos preguntábamos si
los "derechos políticos" actualmente tienen algo que ver con la
defensa de la integridad de la persona humana. ¿Estamos ante el
umbral del paraíso global cinematográfico o en la perspectiva
del caos de una precipitación irremediable? ¿Puede hablarse de
las virtuales bondades de una "civilización occidental" cuando
la mayor parte de la humanidad o no pertenece a ella o está en
contradicción con los que pudieran ser sus "ofertas"
fundamentales, aún dentro de los territorios y comunidades
comprendidas bajo esa denominación?
Para una
mentalidad cubana demasiado bien gobernada por la máquina de
enajenación compuesta entre la retórica del gobierno y la de la
oposición so gobierno del Partido Republican o en Washington,
acaso ambos usando el mismo instrumental seudo filosófico de
seudo razones y seudo valores, como no parecen existir más que
las dos ofertas del mercado publicitario, todo el problema se
reduce a las cosas que tal vez ya a nadie interesan
verdaderamente: el mantenimiento de un "comunismo" cada vez más
grotescamente emocional y fónico, o la "transición" a una
"democracia" donde el bando "A" pueda ponerle la pata encima al
bando "B", el cual ahora parece retar al bando "A".
Valdría
más la pena plantearnos, libres de todo prejuicio chillón y
embobecedor, cual es el valor verdadero y la posibilidad y
valores reales de una autocracia, ya de una democracia en el
mundo que se nos avecina. ¿Es un buen gobierno el producto de un
sistema, o es el sistema una adecuación del modo del gobierno a
las necesidades y posibilidades reales de una población?
¿No urge
plantearse cuál es el rol que tiene que desempeñar Cuba en la
clave política de un hemisferio donde se va a jugar la
recomposición de la civilización? ¿Cómo reorganizar sus
recursos de toda índole para asegurar su subsistencia por su
propia cuenta en medio de los catastróficos cambios que pueden
producirse o que ya se están produciendo? ¿Sobre qué proyectos
de recomposición tiene que trabajar no solo para rescatarse a sí
misma sino para reordenar un mapa en el que puedan colaborar y
proseguir en desarrollo tanto ella como los elementos de su
relación?
Pero más
aún: ¿es lo político -el sistema o la praxis- la causa real del
bien y del mal? ¿O hay que ir más a fondo? Al decir "político"
estoy incluyendo también la economía, pues no hay poder
económico sin político que lo respalde, ni sistema político sin
económico que lo sustente. En cuanto a la propia "libertad",
especie de ídolo de cartón tan sahumado en los últimos siglos,
¿no reexige la pregunta: para que? ¿Puede haber una libertad que
no implique la opción de fines definidos tanto en lo inmanente
como en lo trascendente? , ¿Qué verdaderamente queremos hacer
con ella? Todas las explicaciones hechas para racionalizar y
justificar el poder político-económico en la tierra ¿son estas
suficientes para intentar el orden en medio del caos que puede
sorprendernos en un instante? ¿Habrá legiones suficientes para
controlar a la humanidad en cualquier parte para que una porción
afortunada de la misma haga lo que quiera? Y si esto llegare
¿Cómo será entonces el destino del hombre?
¿No
sería mejor buscarnos a nosotros mismos, en esencia nacional y
humana y preguntarnos, no lo qué queremos casualmente, sino
por qué y para qué lo queremos? ¿Cuál es aquella
verdad por la cual se pueden rescatar todas las cosas y por la
cual pueda valer la construcción de la ciudad del hombre? ¿Que
nos interesa más: recuperar la racionalidad, la recta razón, que
nos permita discernir la justicia, ordenar la libertad y
proseguir juntos, sin hachearnos los unos a los otros, confiando
el gobierno en el pueblo de igual manera que el pueblo en el
gobierno porque ambos han encontrado el satisfacer la gana
particular de alguien de tener cinco, treinta y cinco o treinta
y cinco mil pares de zapatos, cuando el calzado, si importa, es
no más para el camino? Es tiempo todavía de aprender un baile
cuya música no hemos aprendido y ante la cual no sentimos
verdadera vocación de bailar?
Tenemos
que recuperar la noción axiológica de nosotros mismos, de por
qué valemos y para qué, y plantearnos cuál es la obra que ahora
hemos de llevar a cabo. Esto implica una conciencia de nación y
de humanidad, de hombre y de universalidad. Si los hechos no nos
han asustado -¡y los hemos vivido de todas clases!-, no nos
asusten los conceptos y los razonamientos, no nos asuste
intentar lo que aún no se ha intentado y para lo cual no hay
nombre todavía. Somos herederos de toda la humanidad, y si un
proyecto pudiere impulsarnos, este tendrá que ser en función de
nosotros que defina inseparablemente nación y humanidad. Bien
decía Martí al intuir genialmente esta síntesis: "Patria y
Humanidad". Esto implica, en su mismo nervio central, una
conciencia de deber y de derecho, que la segunda no puede
existir sin la primera; del "yo" y del "nosotros", sin cuya
exacta definición no puede reconocer el hombre su agenda en la
especie.
No se
reordena una nación satisfaciendo parcialmente intereses no
menos particulares en desequilibrio y muchas veces
contradictorios, sino reconociendo un interés común - "del
común"-, en cuya satisfacción esta la sanidad y la garantía de
todos y de cada uno. Y esto vale universalmente.
punto de partida:
Cuba es
la clave para la expansión de la civilización cristiana
universal en el hemisferio. Esto implica tanto una concepción
ontológica y ética, que es el reconocimiento de la sacralidad o
incolumidad de la persona humana, tanto individual como
colectiva, como premisa primera de toda construcción jurídica y
promoción direccional. Sobre este concepto clave nos organizamos
históricamente, reconociendo la normatividad del derecho-natural
y positivo sin contradicciones- como única forma digna y justa
de encauzar el ejercicio de la libertad de cada cual y la
colaboración entre todos.
Por su
posición geopolítica y su consecuencia histórica Cuba es y será
"Llave del golfo y Antemural de las Indias", (quiere decir:
determinante para la identificación de la civilización en
nuestro hemisferio y para la defensa y mantenimiento de un
equilibrio intercontinental y acaso con todo el mundo. Lo que en
Cuba se defina, se define para el continente y para la
humanidad.
En
consecuencia, Cuba ha de ser:
·
Políticamente libre y soberana
·
Económicamente independiente (suficiente)
·
Socialmente justa
·
Militarmente fuerte
·
Ideológicamente firme y diáfana
Cuba es
una republica unitaria, única e inseparable, con un gobierno
único y una población ciudadana única, y reconoce para su
ejercicio convivencial la igualdad esencial de todos los
hombres, sin separaciones ni discriminaciones, en igualdad de
derechos y deberes, volcados a la fraternidad, a la solidaridad
y a la colaboración.
Al decir
"hombre" decimos la persona humana, la cual, por supuesto, tiene
que ser contemplada en su correspondencia de varón y hembra. Lo
que como ser humano no se tenga por derecho, no puede tenerse
sino por el esfuerzo consciente agregado a su naturaleza y sin
contradicción con esta.
Sobre el
reconocimiento de la dignidad inherente del hombre, no
reconocemos como autoridad legítima, ni de ley ni de persona
alguna, si no parte del discernimiento y la aprobación
consciente, en pleno uso de sus facultades y garantizado el
ejercicio de su libertad, de todos y de cada uno de los que han
de acatarla y obedecería por compromiso personal, voluntario
expresamente concedido. Esto quiere decir que reclamamos el
principio de legitimidad de la autoridad, sin cuyo cumplimiento
ninguna disposición es obligatoria para el ciudadano sino
aquella que le dicte su conciencia personal.
La
nación no es un sistema político ni económico, ni una forma de
gobierno ni otra de propiedad. Las formas que estos tomen debe
determinarse por el acuerdo libre de los ciudadanos, solo por
razón del cual se va a aceptar la conducción y a participar en
la colaboración.
Esta es
la tabla mínima de garantías ciudadanas, sin las cuales no es
posible siquiera intentar ni el diálogo racional Cuba es una
república unitaria, única e inseparable, con un gobierno único y
una población ciudadana única, y reconoce para su ejercicio
convivencial la igualdad esencial de todos los hombres, sin
separaciones ni discriminaciones, en igualdad de derechos y
deberes, volcados a la fraternidad, a la solidaridad y a la
colaboración.
Al decir
"hombre" decimos la persona humana, la cual, por supuesto, tiene
que ser contemplada en su correspondencia de varón y hembra. Lo
que como ser humano no se tenga por derecho, no puede tenerse
sino por el esfuerzo consciente agregado a su naturaleza y sin
contradicción con esta.
Sobre el
reconocimiento de la dignidad inherente del hombre, no
reconocemos como autoridad legítima, ni de ley ni de persona
alguna, si no parte del discernimiento y la aprobación
consciente, en pleno uso de sus facultades y garantizado el
ejercicio de su libertad, de todos y de cada uno de los que han
de acataría y obedecería por compromiso personal, voluntario
expresamente concedido. Esto quiere decir que reclamamos el
principio de legitimidad de la autoridad, sin cuyo cumplimiento
ninguna disposición es obligatoria para el ciudadano sino
aquella que le dicte su conciencia personal.
La
nación no es un sistema político ni económico, ni una forma de
gobierno ni otra de propiedad. Las formas que estos tomen debe
determinarse por el acuerdo libre de los ciudadanos, sólo por
razón del cual se va a aceptar la conducción y a participar en
la colaboración.
Esta es
la tabla mínima de garantías ciudadanas, sin las cuales no es
posible siquiera intentar ni el diálogo racional entre opiniones
y puntos de vista ni la colaboración en la construcción
colectiva:
I. Del
orden civil:
Libertad
de expresión
Libertad
de reunión
Libertad
de asociación, y
Libertad
de Iocomoción
II.
Del orden penal:
Probación objetiva del delito
Independencia de la judicatura
Legitimidad de la defensa, y
Garantías del procedimiento
III.
Del orden social:
principios previos:
Reconocimiento del sindicato como institución representativa de
la comunidad de los trabajadores.
Clasificación del sindicato como:
de
derecho público
único
autónomo
partidista
En
consecuencia, reivindicamos los derechos:
al
contrato colectivo
a la
huelga
a
participar en la determinación de la política económica
a
participar en la decisión sobre la distribución de los ingresos.
Cuba se
interesa y ha de trabajar con preferencial ahínco:
por la
integración de la Mancomunidad Iberoamericana
por la
integración de la Anfictionía del Caribe
por la
correlación euro-latinoamericana.
Como
nada de lo expuesto escapa de la implicación socio-económica, se
plantea, como requisito sine qua non, el principio de la
responsabilidad estatal para la provisión de ocupación renditiva
y la más equitativa distribución del ingreso nacional. Por lo
tanto, se postula:
-Que el
Estado reivindica la disposición de los recursos y la
organización de los trabajos-.
La
crisis estructural de un país, expresada, en su duración, por el
conflicto civil, la anarquía, el abuso de la autoridad o
carencia de ella, permite indagar en su problemática interna y
externa, tantear procedimientos y experimentar los trastornos de
sus excesos o deficiencias. La estructura humana no es una
máquina concebida sobre un piano de ingeniería que repetirá sus
mecanismos sobre una base cuántica. La estructura o armazón
humana es el desarrollo, formación y entrenamiento de una
persona, cuyo cuerpo tempoespacial está
perfectamente integrado, inseparablemente, con su
aparto de intelecciones, promociones, emociones, etc., en
que consiste su estructura síquica, y no menos con la relación
ontológica-ética, aferente y eferente, sensible y conceptual, de
su ser espiritual. Por lo tanto, una nación no es un problema
casual que se resuelve con una receta, sino un carácter
integral, vivo, que tiene que componerse de sus
propias desproporciones y contradicciones. Es un ser
libre, y la libertad es la posibilidad de equivocarse, de pecar,
de acobardarse, de flaquear y de caerse; es un ser
inteligente, y la inteligencia es una capacidad de
enajenarse, perturbarse y aun descoyuntarse; es un
organismo carnal que hay que nutrir, ejercitar,
adiestrar y defender para que sobreviva en el medio y del mismo.
Por lo tanto, cada paso que se da es un esfuerzo debatido
entre pros y contras, entre renuncias y
adquisiciones, entre la noción de la realidad o la irrealidad de
Ias nociones. Pero lo único que el hombre, individual o
colectivo, tiene para resolver su problema es su capacidad de
diálogo y trabajo, de conversar consigo mismo y con cualquiera,
de contraponer razones y juicios hasta dilucidar las respuestas,
y de aplicarse en cuerpo y alma a un forcejeo entre lo que él es
y lo que no es él, hasta construir lo que ha de ser sobre lo que
no era.
He ahí
por que tanto la libertad es la condición imprescindible para la
vida, así como el único modo de acertar en las combinaciones de
necesidades y posibilidades para resolver, o al menos para
trascender, una situación que, por no dejarnos ser como
queremos, tenemos que sobrepasar haciendo lo que debemos. La
historia, que es la memoria del hombre para el ejercicio de la
razón crítica y de la imaginación creadora, y la consistencia en
el sentir, que es la conciencia de lo que nos llega y de a donde
llegamos nosotros, mas allá del placer o el desplacer, de la
emoción o la sensiblería, es nuestra persistencia a través del
tiempo, y, por último, es la aniquilación del propio tiempo por
el acceso a la profunda y definitiva realidad, que es ser lo que
se es y poder lo que se puede.
Un
pueblo no es una colección de ratas en la jaula de un
laboratorio para que alguien experimente, ni un rebaño de reses
en una hacienda para garantizar una operación de mercado. En
cualquiera de estos casos el pueblo sería una masa indefensa
sobre la que incide decisivamente un agente ajeno a la misma a
quien esta le es indiferente, alguien que no pertenece al grupo.
El hombre y el pueblo no son mas que un "yo" y un "nosotros", un
centro desde el cual miramos la realidad, la que somos y la que
esta con nosotros y mas allá de nosotros. La agenda sobre
nosotros mismos se hace desde un sujeto con tantos defectos -los
mismos desde otra perspectiva- como el objeto. Realmente lo
único que el hombre puede hacer, como cualquier ser vivo, es
crecer y multiplicarse. Es así como logra apropiarse y modelar
la propia existencia, la suya y la de los demás. Un error o un
pecado pueden ser fatales, así como un acierto y una virtud son
la causa de una consecuencia inextinguible.
Lo
político, lo económico, lo social, etc., no son sino modos de
instrumentarnos, para poder obrar en una problemática siempre
variable, siempre parcial, pero nunca perfectamente soluble.
Somos una multitud que va, que no puede quedarse, que tiene que
dirigirse hacia un punto, invisible tal vez, pero certeramente
ubicado en el horizonte. Este ir, desde la nada en que podemos
caer hasta lo que es y ha de ser, no se hace solo ni
linealmente; es un carmen, una melodía polifónicamente compuesta
en contrapunto. No hay "proyecto" sino "proyección": un irse
proyectando siempre entre lo anterior y lo siguiente, para que
la final resulte un único y definido signo.
Un país
y una gente constituidos políticamente, un reino, es, en
principio, una relación entre la multitud y el individuo,
funcionalmente imbricados entre sí en el acto común de
prosecución organizada. La relación gobierno/pueblo es el modo
de organizar el movimiento inevitable e ineludible de un pueblo.
Y se es pueblo porque todos se reconocen como un nosotros que
tiene que obrar.
El
movimiento de una colectividad es una correlación de impulsos y
resistencias que intencionadamente se desproporcionan para
producir el desplazamiento y la dirección. Por lo tanto así como
siempre hay una necesidad de gobierno y de gobernar y ser
gobernado, hay un contrapunteo recíproco, porque cada una de las
partes, en un momento, se sitúa en la perspectiva exactamente
adversa.
La
gestión de gobernar requiere la acción de proponer en función de
la perspectiva del otro y la de aceptar lo propuesto o
rechazarlo desde la perspectiva propia.
La
gobernación, pues, es un proceso dialéctico, donde, desde un
común conocimiento y una común conjugación de razones, se decide
un movimiento trascendental. Para que exista gobierno hace falta
que haya gobernados que crean que
el otro puede y debe gobernar, y para que haya pueblo
gobernado hace falta comprender y creer cual es la
necesidad y la posibilidad de este para acatar y llevar a cabo
fin propuesto. Si el gobernante no cree en su pueblo ni el
pueblo cree en el gobernante, sencillamente hay guerra o
anarquía y desintegración.
En esta
condición última es que se produce, como perturbación
consecuente y natural, la revolución. Pero de esta hay que
salir, a un orden estructural eficiente y duradero, que permita
encauzar el mantenimiento y la construcción colectivos.
Porque
el que se pretende gobernante no comprende al pueblo, aparece la
tiranía, y porque el pueblo no confía en el gobernante, se
desarrollan la confusión, el conflicto y la anarquía. De ahí la
necesidad de una conciencia común, de un pacto común
condicionante, para reconocer el derecho y el deber de uno para
con el otro. Esta es la aceptación común y universal de un
principio de legitimidad, por el cual ambos se obligan más allá
del miedo y de la particular y casual conveniencia.
La
legitimidad es un principio de continuidad aceptada, tenida por
justa e instruida por deseable. Este es el primer problema de
una constitución política, (y por esta queremos dar a entender,
no un papel escrito y firmado, sino una decisión permanente de
convivencia y colaboración, de mantenimiento y continuidad del
grupo).
Cualquier nación está obligada a la realización de tres
funciones para su supervivencia: 1) la de producir y distribuir
para el mantenimiento de todo el grupo, 2) la de defender y
armar el ejercicio de la voluntad del común, y 3) la de conocer,
concebir dirigir la progresión colectiva.
Típicamente esas tres funciones están realizadas por tres
cuerpos sociales intrínsecamente coherentes y especialmente
dedicados: 1) la masa trabajadora, de productores de bienes y
servicios, 2) las fuerzas armadas, militares o policíacas, y 3)
la vanguardia intelectual organizada en instituciones de
conducción y en partidos. La defensa de esos tres cuerpos
institucionales, su justa autonomía para poder realizar su labor
propia, y la intrínseca coherencia de los mismos y su
pertenecimiento a la forma estructural colectiva e
identificación con la misma, producen orgánicamente la vida en
acto de la nación. Cualquiera de estas funciones que no se
realice justa y correctamente pone en peligro no solo la
estabilidad sino la existencia misma de la nación, y cualquier
sustitución o inserción de agentes contradictorios o ajenos en
las mismas, obra para el desvencijamiento de la nación y por el
desatamiento del conflicto insoluble en ella. Cada una de ellas
tiene que trabajar para las otras dos, sin dejar de hacerlo para
sí misma. Los cuerpos sociales han de instrumentarse en razón de
estas funciones, discerniendo en cada una los trabajos que han
de combinarse para su realización integral.
De la
manera en que se inserten jerárquicamente estos cuerpos
institucionalizados en la estructura nacional y que combinen sus
esfuerzos en aras del bien común, dependerá la eficacia del
gobierno de la nación.
He ahí
como se llega a la necesidad de centralizar y personificar una
función directora y moderadora que encarne a la nación en su
actualidad inmediata, que sea su voz y que constituya el
principio de autoridad y unidad necesario para la representación
del país. Esto es lo que constituye la función del cabeza de
gobierno -jefe de estado, jefe de gobierno, etc.- en cuya
responsabilidad se deposita la confianza nacional, aunque las
funciones gubernativas se instrumenten luego mediante distintos
cuerpos de autoridad, a saber: judicatura, legislatura,
ejecutivo, cuerpo estructural del oficio económico, cuerpo
estructural del oficio cultural,
etc.
Si
pensamos que la gobernación es una función entre gobierno y
pueblo, la correlación ocurrirá entre dos formas estructurales
intrínsecamente coherentes y perfectamente diferenciadas: el
gobierno, por una parte, y por otra, las comunidades básicas:
obrera, campesina, municipal y universitaria y acaso otras que
pudieran constituirse como de comerciantes, de artesanos, etc.
Son estos los peldaños estructurales inmediatos entre la célula
original -la familia- y la célula integral representativa de
toda la comunidad nacional, que es el Estado. Así la correlación
dialéctica constituirá el principio activo de la cohesión
integral: desde las bases instrumentales hasta la autoridad
suma, y de esta hasta las bases.
Nada de
esto es un proyecto sino el reconocimiento de la realidad y la
aspiración a formular modos de resolver una problemática
inmediata.
Acaso
los problemas más graves en el tiempo en que entramos no sean
tan sencillos como la instrumentación política o la organización
económica, sino discernir cómo nos identificamos, que somos y a
qué pertenecemos, y por que causa final nos orientamos, desde
donde y hacia qué. Esto tendrá que ser planteado para poder
formular un proyecto estructural (y aquí la palabra "proyecto"
sí toma el sentido de proposición legislativo integral).
En
última instancia, el proyecto nacional, como el proyecto íntegro
de toda la especie humana, se orienta hacia los tres valores
trascendentales a los que siempre nos aproximamos o de los que
nos alejamos: la bondad, la sabiduría y la belleza, sólo por
cuya realización podremos ser conocidos y juzgados.
14 de diciembre de
2003. |