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El
Amor en los Tiempos de Castro
Capítulo
IV: Buscando un techo
Por
Florencio E. Eiranova-Cuza
Delegación Puerto Rico - S.T.C
El Castrismo
al desnudo.
Un cubano que vivió la pesadilla, narra su odise
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Héctor comenzó a trabajar en una
microbrigada de construcción. Este trabajo lo realizaba después de haber
terminado su jornada de trabajo normal como Ingeniero. Aquí trabajaba
como ayudante de albañil, cargando arena, cemento, bloques y demás
materiales de construcción. Había que mezclar cemento, arena y piedra
para elaborar el concreto. Todo se batía a mano. La juventud del
ingeniero lo ayudaba a no desfallecer a pesar de las jornadas nocturnas
después de haber rendido su trabajo como profesional. El objetivo, era
construir con trabajo voluntario, sin ninguna remuneración, edificios de
apartamentos, que después, los organismos del gobierno distribuían entre
las personas necesitadas y con ciertos méritos para recibirlos. La
esperanza de un trabajador necesitado, de recibir un apartamento, está
cifrada en el hecho de que hayan apartamentos disponibles. Por ello hay
que participar en la construcción de los mismos. Héctor se incorporó a
esa tarea llevado por su necesidad y en la esperanza de resolver su grave
problema de vivienda. De esta manera, estaba resolviendo dos situaciones;
por un lado estaba el menor tiempo posible en su cuarto, y por el otro se
abría la posibilidad de recibir un apartamento para constituir su hogar.
La llegada del esposo a su cuarto, era todo
un poema. Una joven hermosa, amante, cariñosa, recibía a su amado que
llegaba sudo, agotado, con las manos destrozadas por los bloques cargados;
embarrado de cemento y mezcla y con un cuerpo maltrecho por la falta de
hábito en la realización de aquellas tareas rudas. Los ojos de Marcia se
llenaban de lágrimas al ver llegar a su esposo; pero no eran lágrimas de
dolor; era de orgullo por ver con la entereza y la decisión con la que su
joven compañero se enfrentaba a la vida por proporcionarle un techo
decente a su familia.
- Ay mi amor, decía Marcia a su marido con
los ojos empañados en lágrimas; tú no te puedes imaginar lo orgullosa
que yo me siento cuando te veo llegar así lleno de cemento y de suciedad.
Te veo más hombre, más completo.
- Yo te comprendo y te agradezco el piropo,
contestaba el marido medio destruido del cansancio; pero preferiría que
mi hombría no tuviera que demostrarla batiendo mezcla y subiendo concreto
escaleras arriba.
- Yo no lo he dicho para lastimarte,
Héctor, reponía la esposa llena de emoción; te digo con todo mi
corazón que me siento orgullosa de ti por todo lo que estás haciendo por
nosotros.
- Ojalá todo lo que estoy haciendo no se
vaya a convertir en un sueño irrealizable; era la respuesta del joven
constructor.
- ¿Porqué tú dices eso Héctor?
preguntaba intrigada la bella esposa.
- Porque lo que estoy haciendo no es algo
que automáticamente nos va a resolver el problema, mi cielo. Esto es una
parte de la solución; pero no es toda.
Aquel Jueves por la noche, llegó el marido
como a las ocho y le dijo a la mujer:
- Vístete rápido que nos vamos a comer a
la Pizzería.
- ¿Qué pasó que no fuiste a la
microbrigada? preguntó la esposa extrañada.
- SÍ fui, contestó el marido; pero se fue
la luz y suspendimos el trabajo. Algún beneficio tienen que dar los
apagones.
Salieron a pie por toda la calle 51 rumbo a
la calle 100 y llegaron después de cruzar la gran avenida, a una
pizzería de mala muerte donde tuvieron que esperar cuarenta minutos para
pasar. No había donde escoger. Lo que había era Pizza y nadie se
atrevía ni a preguntar lo que tenía por dentro. Estuvieron tan dichosos,
que hasta cervezas había, por lo que el marido ordenó dos con sus
pizzas.
- Ay mi amor, dijo la esposa, ya yo no me
acordaba ni cómo me veía vestida por las tardes. ¿Te has dado cuenta
que desde que nos casamos no hacemos nada más que trabajar y trabajar?
- Eso mismo estaba yo pensando hoy y cuando
se fue la luz, fui el primero que le dijo a la gente: Vámonos que esto va
pa'largo.
- ¿Y eso no te perjudica? preguntó la
esposa.
- ¿Porqué me va a perjudicar? replicó el
joven; yo no fui quien quitó la luz.
- ¿Y quién la quitó? preguntó
aterrorizada la mujer.
- Yo qué sé, mi amor, contestó el
marido. La luz se fue y nadie quería saber si la quitaron o se fue ella
sola.
- Ay mi amor, repuso la esposa; estas cosas
me dan miedo.
- ¿Qué miedo ni miedo?, continuó el
marido; vamos a celebrar con otra cerveza, que hace tiempo no me daba ni
un traguito.
- Compañera, llamó el ingeniero a la
dependienta, otras dos cervezas, por favor.
- No, compañero, replicó la dependienta,
no le puedo servir más cervezas.
- ¿Cómo es eso; no dicen que son dos por
personas? preguntó Héctor.
Efectivamente, compañero, repuso la
dependienta, son dos por personas; pero su compañera no toma; ya usted se
tomó las dos que le corresponden.
- ¿Y quién me va a prohibir a mí que me
tome las cervezas de mi esposa? preguntó irritado el esposo.
- No es que se lo prohiba, compañero, pero
no se las voy a despachar porque no está establecido, dijo la
dependienta.
- ¿Y si mi mujer pide sus dos cervezas?
insistió el joven.
- No se las voy a despachar porque yo sé
que son para usted, fue la respuesta.
Marcia estaba temblando. Ella no era
persona para estas discusiones. Ella prefería que su marido no se tomara
ninguna cerveza con tal de no buscarse un problema. ¿Quién la habría
mandado a venir?. Héctor, por su parte, no podía comprender aquella
imposición, especialmente, cuando él estaba viendo las otras mesas donde
habían servido más de dos cervezas por persona.
- Mira compañera, dijo Héctor, llámame
al administrador.
El administrador tenía un aspecto de
borracho y su bambolear mientras se acercaba al ingeniero era tan
pronunciado, que estuvo a punto de caerse.
- ¿Qué es lo que le pasa compañero?
preguntó el "funcionario".
El ingeniero le explicó. El hombre no
comprendió el disgusto de aquel joven inconforme.
- Si ya te has tomado dos cervezas; ¿Qué
más quieres? ¿Tú quieres que llame a la policía?
Marcia estuvo a punto de desmayarse.
Comenzó a llorar a lágrimas vivas. Hubo que darle un vaso de agua. El
marido la tomó por los hombros y casi la arrastra fuera de aquel
asqueroso lugar. Cuando llegaron a su cuartico, ambos deseaban que el
mundo se abriera y se los tragara. ¿Porqué se había ido la luz en la
microbrigada?
Una noche de aniversario de bodas, los
esposos salieron a divertirse. Llevaban tres años de casados y
necesitaban respirar aire puro. Consiguieron una entrada en un restaurante
a través de un amigo que era amigo del administrador del restaurante. El
ingeniero había estado haciendo las gestiones desde hacía varias
semanas; pero no se había atrevido a decirle nada a la esposa para que no
se fuera a llenar de ilusiones sin tener nada seguro. Tomaron, comieron y
hasta bailaron. En medio de la celebración. Marcia le anunció a su
marido algo de lo que sospechaba hacía cuatro semanas.
- Héctor, dijo la bella muchacha a su
esposo pasando sus labios por el cuello del ingeniero; hay algo que quiero
decirte. Es una sorpresa
- Dime mi amor, ¿a qué viene tanto
misterio?
- Tengo algo muy importante que decirte.
- No me pongas nervioso y dispara rápido.
- Creo que estoy encinta.
- ¿Crees, o estás segura?
- Creo que estoy segura.
- Tú sabes bien lo que eso significa.
- Yo lo sé y ya se lo dije a mami. Hay que
ver dónde nos metemos, o dónde metemos una cunita para el niño. En la
calle no se va a quedar.
- Marcia, dijo el joven profesional;
nosotros vamos a seguir nuestra lucha hasta las últimas consecuencias. No
vamos a permitir que nadie cambie nuestros planes, ni mucho menos que
destruyan nuestra felicidad. En la microbrigada tienen que tener esto en
cuenta a la hora de repartir los apartamentos. Ya solamente faltan dos
meses para terminar el edificio y mañana mismo les comunico que vamos a
tener un hijo. De esta manera, tendremos mejores posibilidades de que nos
den uno. ¡Esto hay que celebrarlo!
Bailaron, conversaron, hicieron planes y
dejaron que el tiempo pasara sin preocuparse. Ya tendrían tiempo de
mortificarse cuando vinieran los problemas que se avecinaban. Ninguno de
los dos se dio cuenta que los dependientes comenzaban a recoger los
manteles del restaurante y que se acercaba la hora de cerrar.
- Dios mío, Héctor, dijo la esposa; son
casi las doce de la noche y nosotros aquí como si nada.
- ¿Para que nos vamos a apurar? preguntó
el esposo, ¿Acaso no somos la parejita más feliz de este mundo?
- Si, mi amor; yo sé que somos muy
felices. Tú no te puedes imaginar lo feliz que me siento al poder estar
unos minutos así contigo.
Héctor se acercó a su esposa y descargó
en sus labios toda la ternura y la veneración que sentía por aquella
criatura encantadora que compartía con él sus momentos de privaciones,
de escaseces y de penurias.
- Compañero, dijo una voz autoritaria que
tomó al ingeniero por el hombro.
- ¿Qué pasa? preguntó sorprendido el
joven profesional.
- Que aquí no pueden hacer eso, le dijo el
intruso.
- ¿Hacer qué? preguntó el ingeniero.
- Este es un lugar decente y no se permiten
esos espectáculos, continuó el sujeto.
- Esta es mi esposa y muy decente por
cierto, compañero increpó el joven.
- Yo soy el administrador de esto y no le
permito esas cosas, dijo tajante el individuo. Si quieren se pueden ir y
hacer lo que ustedes quieran en otro lado, pero no aquí.
Marcia tomó a Héctor por la mano derecha
y la arrastró hacia ella. Ya aquello se estaba poniendo muy desagradable
y lo mejor era marcharse.
- Vámonos mi amor; no vale la pena echar a
perder una noche tan hermosa, fue el argumento de la muchacha.
- Si, mi vida, asintió el marido; perece
que el amor entre los esposos, está prohibido en este lugar.
Cuando se disponía a salir, Héctor tomó
una botella de vino que estaba por la mitad y la iba a introducir en el
interior de su gabán.
- Eso no se lo puede llevar, compañero, le
gritó el mismo individuo que parecía estar esperando la oportunidad.
- Esto es mío, compañero; yo lo he
pagado, contestó con firmeza el ingeniero.
- Eso a mí no me importa, compañero. Las
bebidas son para el consumo dentro del restaurante, pero no son para
llevar a la calle; fue la explicación del sujeto.
- ¿Entonces qué es lo que ustedes quieren
que hagamos? preguntó lleno de ira y dolor el joven profesional. Primero
me botan de aquí y después no quieren que me lleve lo que he comprado.
- Ya le dije, compañero, las bebidas son
para el consumo; pero no las puede sacar.
La pareja estaba lastimada. Aquello era una
camisa de fuerza. No sabía a quién invocar ni a quién acudir. Todo
estaba trastornado. Ni siquiera la diversión sana en una noche apacible,
podía concluir con un inofensivo beso del marido a su esposa. Y ahora
esto. El no estaba para buscarse problemas. Su educación y su formación
revolucionaria no les permitían enredarse en una trifulca por un poco de
vino. Ya la ocasión anterior había estado a punto de entrar en un
conflicto por una asquerosa cerveza. Por otro lado, en este caso se estaba
tratando de violentar un derecho adquirido legalmente. No iba a permitir
que lo que él había adquirido y pagado, se lo tomaran ellos o lo
vendieran, que era lo más probable. Eso no se iba a terminar así.
- Está bien compañero; dijo el ingeniero
con toda su calma. Yo no me voy a llevar la botella de vino; pero me la
voy a tomar aquí adentro; así que por favor, manda que me pongan un vaso
con hielo.
- El problema es que ya estamos recogiendo
y no podemos servirle hielo ni vasos, compañero, fue la respuesta.
- Bien, dijo el joven. Pues mira a ver lo
que vas a hacer. Yo tomo cualquier decisión. Me tomo el vino, me lo llevo
o me devuelven el dinero; pero no se los voy a dejar. Ese vino es mío y
tú sabes que lo pagué.
- El absurdo llega al extremo, pensaba
Héctor. No se sabía quien podía estar elaborando aquellas disposiciones
tan faltas de lógica. Era como si los clientes fueran los enemigos de
aquel lugar. Cualquiera pensaría que el propósito del sitio era para
torturar y hacer que la gente se sintiera bien mal para que no volviera
más nunca. Al menos eso era lo que él estaba pensando en esos momentos.
La pobre esposa, que ni bebidas alcohólicas consumía, estaba en medio de
aquella ridícula disputa que no conducía a ningún lugar; pero que sin
embargo tenía un punto y una razón por parte de su marido.
Hubo que llegar a un acuerdo. Un arreglo
donde la fuerza pudo más que la lógica; donde la sin razón pudo más
que la razón; pero donde por primera vez, el joven ingeniero dio muestra
de que aun quedaba en su interior algún combustible capaz de encender la
llama de la rebelión.
- No hay problemas compañeros, dijo; hoy
mi esposa me ha anunciado algo tan importante, que bien vale la pena
emborracharse. No me hace falta ni vaso ni hielo. Tampoco me hace falta
donde sentarme. Me voy a sentar en el suelo y me voy a tomar mi botella de
vino hasta la última gota. Si ustedes creen que los perjudico, llamen a
la policía. Así lo hizo. La borrachera fue tremenda. Llegaron a su casa
a las tres de la mañana.
Héctor no trabajaba aquel Domingo, por lo
que pudo descansar y aclarar su cerebro. La microbrigada esperaría hasta
el próximo día.
La próxima noche, ninguno de los dos
jóvenes pudo dormir. Ellos conocían bien las consecuencias de tener un
hijo cuando no se tiene donde alojarlo. Ya habían experimentado por más
de tres años la vida bajo aquel techo. Aquello no era hogar. Aquello era
un infierno. No podían estudiar, ni ver televisión, ni siquiera sentarse
a conversar sus cosas íntimas. No había posibilidad de cocinarle algo
especial al esposo aun cuando lo consiguieran, por no lastimar a toda una
familia que carecía de cosas elementales. Ellos por ser profesionales,
tenían la posibilidad de conseguir algunas cosas distintas a la cuota
reducida y elemental que les correspondía en la tienda; pero no podían
llevarla a su casa porque no alcanzaba para todos. Se pusieron flacos, su
carácter se tornó algo agrio y hasta su sistema nervioso se estaba
alterando.
Cuando Héctor llegó a la microbrigada
aquella tarde después de terminar su jornada en la construcción del
hotel, fue a hablar con Belarmino Márquez, el secretario del partido y
responsable del grupo, para comunicarle la buena nueva. Este Belarmino era
un hombre de buen carácter; un viejo obrero de la construcción, que
dirigía al grupo y se llevaba bien con todo el mundo.
- Belarmino, dijo el ingeniero, tengo una
noticia interesante que darte. Quisiera conversar contigo a solas.
- No hace falta, Héctor; aquí hay
suficiente confianza para que todo lo que me vas a decir lo escuchen los
demás.
- Lo que te quiero decir no es un secreto,
pero hubiese preferido conversar a solas contigo. Ahora bien, no hay
problema; el asunto es que mi mujer va a tener un hijo y quiero que lo
tengas en cuenta a la hora de considerar mis necesidades en la
distribución de los apartamentos. Tú sabes lo apretado que estamos
nosotros en aquel cuartico y ahora con un hijo que nos viene, la cosa se
pone peor. Creo que no tenemos ni donde meterlo.
- Yo no quiero meterme en esas cosas,
Héctor. Ustedes los jóvenes toman sus decisiones y después quieren que
la Revolución venga a resolverles sus problemas.
- Yo no he venido a plantearte que me
resuelvan mis problemas. Si yo pudiera resolverlos por mis propios
esfuerzos no se lo plantearía a nadie. La única posibilidad que tengo de
hacerme de una vivienda, es en esta microbrigada. Si no lo planteo aquí,
no sé donde lo voy a plantear.
- Quiero aclararte, Héctor, que yo no soy
quien reparte las casas. Es una comisión de la cual yo formo parte. Lo
único que yo puedo hacer es plantear tu problema para que lo analicen y
resuelvan como ellos entienden.
- Entonces ¿tú me quieres decir que
después de terminar este trabajo que ya lleva tres años, los que nos
hemos roto el pellejo aquí, tenemos que esperar que una comisión decida
si nos merecemos un apartamento o no?
- La cosa no es exactamente así; pero no
soy yo quien los reparte.
- Ya te comprendí Belarmino. Me parece que
ya esto está decidido.
- No te pongas así. Ingeniero. Tú más
que nadie sabes las dificultades que tiene la Revolución con la escasez
de viviendas. El Bloqueo Imperialista nos impide desarrollarnos.
- Todo eso yo lo comprendo, Belarmino. Te
agradezco la explicación.
- Mira Héctor; tengo la impresión que a
ti se te está subiendo el título de Ingeniero para la cabeza. La
Revolución les da la oportunidad a los jóvenes para superarse y a ti te
la dio igual que a tu mujer; pero ahora se creen con el derecho de exigir
viviendas y comodidades que antes no tenían. Aquí hay que sacrificarse y
esperar que la Revolución con su generosidad, vaya resolviendo los
problemas.
- ¿Eso quiere decir que hay que sentarse a
esperar hasta que las cosas caigan del cielo?
- Del cielo no; pero sí de las decisiones
de los organismos competentes, Héctor.
- Mira Belarmino: Aquí hay algo que yo no
entiendo y te lo voy a plantear; yo me incorporé a esta microbrigada con
el fin de construir unos apartamentos en la esperanza de que uno sería
para mí. Ahora me da la impresión de que la repartición se va a
efectuar por una comisión que no tiene nada que ver con nuestro
sacrificio y necesidades, sino con los compromisos que esa comisión tenga
contraídos. Yo no quisiera pensar que a mí me dejen fuera de esa
repartición después de tanto sacrificio y de tantas esperanzas por parte
mía y de mi mujer.
- No metas a tu mujer en esto. Ingeniero.
- Tengo que meterla, chico. Si no fuera por
ella y lo que ella representa para mí, yo no me hubiera metido en esto.
- Pues entonces vas a tener que verla a
ella para que te resuelva.
- Belarmino; por el tono de tu voz y por
las cosas que me dices, todo parece indicar que la repartición ya está
hecha.
- Yo no he dicho eso; pero te estoy
advirtiendo para que estés preparado.
- Ya te comprendo. Muchísimas gracias
compañero secretario del Partido.
Héctor no podía creer lo que había
escuchado. Le parecía una infamia intolerable. Después de tres años de
trabajo nocturno, de Sábados y Domingos sin salir con su esposa, sin
descansar; destrozándose las manos. Realizando tareas de peón a pesar de
ser él un profesional. A él no le importaba el sacrificio; pero esperaba
ver los frutos de su esfuerzo aunque fuera en un modesto apartamento que
en definitiva tendría que pagar con su sueldo. Esos apartamentos no los
regalan; hay que pagarlos. Lo único que se logra al participar en el
trabajo voluntario, es la opción de que se lo otorguen a uno en vez de
dárselos a los que no participan. Ahora resulta que ni siquiera esa
promesa se la iban a cumplir. ERA COMO PARA VOLVERSE LOCO.
Aquella tarde, la jornada fue más pesada
que todas las anteriores. Quizás si fuera por el estado de ánimo en que
el joven había quedado después de la conversación con el jefe del
Partido, o porque se estaban dando los últimos toques al edificio para
entregar los apartamentos. Había que subir puertas y ventanas para los
pisos de arriba; pero ya se habían llevado el elevador con el winche para
otra obra que iba a comenzar; por ello el trabajo se hacía a mano; es
decir; subiendo de piso en piso, cargando las cosas al hombro. Héctor ya
estaba acostumbrado a aquellas jornadas agotadoras; pero ni la
alimentación era tan rica, ni la oportunidad de descansar en su casa era
abundante. De todas formas, había que echar el resto. Todo no estaba
perdido. Cuando Belarmino pasó por su lado durante la jornada, el
Ingeniero se sintió remordido por sus expresiones de la tarde y quiso
rectificar.
- Yo quisiera aclararte Belarmino, que lo
que dije esta tarde, no fue con la intención de responsabilizarte a ti
con la decisión del apartamento. Lo que pasa, compadre, es que estoy
atormentado con la idea de que no se me vaya a otorgar uno. La verdad es
que no sé donde voy a meter a mi familia. Ahora con el hijo que me viene,
el cuarto se me está llenando de agua. Yo quisiera pedirte, que si hay
algo que tu puedas hacer por mí, de veras te lo voy a agradecer.
- Héctor, muchacho; tu eres muy joven para
comprender estas cosas. Cuando la Revolución dice sacrificio, es
sacrificio en toda la línea. Yo sólo soy un peón en esta partida.
Cuando me muevan, voy para donde me manden. Cuando me pregunten, diré
algo;
pero si no me preguntan, no podré decir
nada. Si las cosas se deciden en otros niveles, ni yo ni nadie puede hacer
nada. Quiero que me comprendas. Con esto no te estoy tratando de
desanimar; pero no quiero que pongas demasiada esperanza en mi gestión.
Hay que esperar lo que digan los organismos superiores.
Cuando el joven ingeniero llegó esa noche
a su cuartico, la esposa lo esperaba con una sonrisa de futura madre capaz
de enternecer a cualquiera. El rostro de su marido le comunicaba una
tormenta que ella misma no se atrevía a descifrar.
- ¿Que pasa cariño?
- Nada, mi amor. Las cosas no están
saliendo como habíamos pensado.
- ¿Tuviste problemas con la microbrigada?
- No tuve problemas; pero creo que los voy
a tener y bien grandes.
- ¿Qué quieres decir con eso de bien
grandes?
- Mira Marcia; yo no quisiera discutir esto
ahora contigo; pero te juro que si a mí me engañan como presiento que lo
pretenden hacer, voy a mandar todo esto pa'la mierda y se va a acabar la
charla y el adoctrinamiento.
- Héctor, por favor; no hables así. Me da
miedo oírte hablar de esa manera. Tú sabes que nosotros tenemos mucho
que agradecer a la Revolución.
- Si, Marcia ya lo sé. Tenemos que
agradecerle todo lo que somos y todo lo que tenemos. Ahora no me preguntes
lo que somos metidos en esta cueva miserable, ni mucho menos lo que
tenemos. Todo eso se puede comprobar de sólo echar una mirada.
- Héctor; te suplico que no me hables
así. Me horrorizo de pensar que alguien te oiga cuando te pones así. Yo
preferiría vivir toda mi vida aquí en este cuartico miserable como tú
dices, antes que verte a ti caer preso por actividades
contrarevolucionarias.
Yo no estoy haciendo actividades
contrarevolucionarias.
- Yo lo sé, mi amor; pero ellos no piensan
lo mismo.
- Ellos; ellos; siempre ellos.
- Mira mi amor; tú sabes que mi mamá es
secretaria del Comité de Defensa de la Revolución. Ella es un alma de
Dios; pero tiene sus obligaciones. Ella tiene un gran concepto de ti. Yo
no quisiera que cambiara de opinión acerca de ti. Cuando vayas a
expresarte sobre estas cosas, piensa que te puede perjudicar y total, no
sacas nada con protestar.
- Te comprendo, cariño. Perdóname.
FIN DEL CAPITULO IV
Capítulo
I: Abundancia de Amor
Capítulo II: Escasez de Medios
Capítulo III: Bodas de profesionales
Capítulo V: Ni casa, ni esperanzas
Capitulo VI: Hotel de cinco estrellas
Capítulo VII: La llegada de Héctor Augusto
Capítulo VIII:¿Dónde metemos al niño?
Capítulo IX: La universidad de la calle...
Capítulo X: Proyecto de un largo viaje
Capitulo XI: Traidor, ¿A quien y por qué?
Capítulo XII:Seguridad, ¡Qué
incertidumbre!
Capítulo XIII: Aprendiendo a mentir
Capítulo XIV: Más deserciones
Capítulo XV: A divorciarse del traidor
Capítulo XVI: La manzana de la discordia
Capítulo XVII: Peligrosa Reconciliación
Capítulo XVIII: Bodas de Mentira
Capítulo XIX: ¡Qué Cara es la Libertad!
Capítulo XX: Consumatum est
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