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El
Amor en los Tiempos de Castro
Capítulo
III: Bodas de Profesionales
Por
Florencio E. Eiranova-Cuza
Delegación Puerto Rico - S.T.C
El Castrismo
al desnudo.
Un cubano que vivió la pesadilla, narra su odise
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Héctor Sarmiento, Ingeniero Civil, se
casó con Marcia Cifuentes, Arquitecta. Una parejita maravillosa. Ambos
profesionales; ambos con trabajo; ambos jóvenes llenos de entusiasmo por
la vida y el futuro. Ambos se amaban, como pueden amarse dos jóvenes que
llevaban tres años de relaciones compartiendo su merienda, sus
preocupaciones, sus desvelos. Su cama. Los otros familiares de Héctor
vinieron del otro extremo de la Isla para asistir a la boda. Todo el mundo
rebosaba de felicidad.
La luna de miel la pasaron en un hotel de
lujo. El Habana Riviera. Era el Riviera uno de esos hoteles de lujo
construidos durante la época capitalista y que a pesar de sus casi 30
años de vida, conservaba su lozanía, gracias a la calidad de su edificio
y al mantenimiento que como centro generador de dólares recibía.
Construido en el Malecón frente al mar, una vía de gran movimiento y de
vista encantadora que ofrecía a sus huéspedes cubanos la oportunidad de
sentirse extranjero durante tres días. Un amigo de la hermana de Marcia
que trabaja como auxiliar de cocina en el hotel hace muchos años, le
consiguió con el administrador, que lo aprecia mucho y que recibe algunos
favores de éste, tres días de hospedaje. Aquello fue esplendoroso. Los
jóvenes que ansiaban pasar una noche en un lugar decente y para personas
decentes, se dieron el gusto de llamar a media noche al servicio de
habitaciones y pedir cuanto se les ocurrió. Los trataron como turistas.
Como si fueran extranjeros. Gracias al amigo de la hermana de Marcia, el
auxiliar de cocina. Aquel privilegio había que agradecerlo. La situación
evocaba un programa de la televisión que la Revolución suprimió y que
se llamaba "REINA POR UN DÍA".
Después de la luna de miel, hubo que
incorporarse al trabajo, al estudio de superación, a la microbrigada, a
las milicias y sobre todo, a vivir en el cuartico, que por cierto, el
padre de Héctor le ayudó a arreglar para que recibiera a los
matrimoniados de la forma más decente que se pudiera. El cuartico era
bien estrecho. En él cabía la cama y una coqueta. Hubo que hacerle
closets hacia afuera, hacia el patio, para colgar las ropas, porque en el
cuarto no había espacio para armarios ni guardarropas. La parejita era
tan curiosa y cuidadosa, que mantenía su cuartico como una casita de
muñecas. Todo en orden y todo limpio. Daba gusto visitar a aquellos
esposos recién entrenados en la vida de amos de casa. Mejor debiera
decirse de amos de cuarto.
En la casa, además del matrimonio, vivían
Marcelina, una ancianita cuya edad era imposible determinar, dado el hecho
de que no permitía que la consideraran vieja, a pesar de que los
almanaques que acumulaba pugnaban por quitarle la razón a cada rato. Era
de estatura bajita; y aunque trataba de mantenerse erguida sobre unos
zapatos apretados y de tacones más altos de lo que ella debía soportar,
quizás para aparentar más estatura, lo que lograba era dar la impresión
de que se disponía a salir volando, ya que su delgadez extrema y la falta
de vestuarios a la moda y de su talla, la hacían bailar dentro de su
vestimenta, la que flotaba sobre su figurita siempre arreglada y dispuesta
a salir a pasear. Cuando se "arreglaba", la cosa se le
complicaba, ya que su carita prieta y arrugada, sin cosméticos aparentes
que le ayudaran a ocultar sus doce o más lustros, parecía más bien
encogerse y presentarse ante sus admiradores como una mascarita de tiempos
de carnaval. La pobre ancianita pintaba de mercurocromo sus huesudos y
sobresalientes pómulos y embadurnaba el resto de su cara con unos polvos
de color marrón terroso que la hacían parecer una momia extraída de una
de las pirámides egipcias. Sus labios extremadamente finos y sin carnes
no tenían por donde pintarlos, lo que obligaban a su dueña a trazar una
línea horizontal del color de la sangre coagulada por debajo de su nariz;
permitiendo a sus observadores saber que se trataba de una boca cuando la
misma sonreía. Esto de sonreír no era muy frecuente en Marcelina; no
sólo por las pocas razones que la infeliz tenía para sentirse contenta,
sino porque había detrás de aquella cortinita de piel corrugada y mal
repujada, una dentadura gastada con una que otra corona de metal brilloso,
que en la oscuridad de aquella sala poco iluminada, asustaban al más
valiente de los visitantes. El cabello de Marcelina, rebelde por su origen
y áspero por su desamparo; recordaba aquellos rabos de caballo que se
usaron en tiempos inmemoriales para colgar los peines de la casa y que con
el decursar de los años se iban quedando sin pelos y sin brillo, dando la
impresión de una casucha indígena después de haberle pasado un
temporal. Hasta novio tenía, pues fueron al matrimonio cogidos de las
manos como dos tortolitos. Nunca se había casado y no parecía que con
este pretendiente se fuera a casar; pero sus relaciones las mantenía con
mucha soltura. El prometido de la anciana, era un caballero gordo,
mofletudo; con un pecho que parecía el de un palomo macho, que vestía un
traje de cuando El Morro era de madera y que parecía no haber tenido
tiempo de mandarlo a la lavandería; ya que el mismo no sólo lucía
estrujado, sino que denunciaba su edad a través de unas líneas
amarillentas que le corrían desde el cuello a la barriga, bajando por la
solapa.
Lucila, no se sabe si era mayor o menor que
Marcelina; pero lo cierto es que era más recatada y casera. Casi nunca se
arreglaba y siempre se le podía ver en la casa, envuelta en una bata que
pudo haber sido blanca en sus buenos tiempos; pero que la escasez de
jabón y la turbidez de las aguas, se unieron al tiempo para hacerla
parecer del color de la miseria. La pobre Lucila era todo un amor por su
carácter y bondad; pero la naturaleza había sido cruel con su anatomía
y apariencia general. Era muy alta y extremadamente delgada. Sus brazos
descarnados, huesudos y venosos, hubiesen sido un magnífico medio visual
para una clase de anatomía. Quizás si sería más justo decir que todo
su cuerpo era nada más y nada menos que un esqueleto con vida. Sus ojos
grandes y brillosos se les querían salir de sus cuencas por no encontrar
ni un solo tejido muscular ni nervioso que quisiera sujetarlos en sus
sitios. Cuando se le daba la mano a Lucila, se tenía la impresión de
estar teniendo una cita con la muerte. Aquellas manos que casi cortaban
por lo filosas y frías se le quedaban grabadas en la mente a todo aquel
que tenía el valor y el atrevimiento de estrecharlas. Trajinando por la
cocina, o viendo televisión, para lo cual siempre tenía tiempo; daba la
impresión del muerto escapado de la fosa.
Petra o Pepa, la madre de Marcia, una
señora viuda de unos 55 años, a quien la soledad había amargado un poco
la existencia; pero que tenía suficiente energía para estar pendiente de
la vida de sus hijas y de quien no lo eran; era de estatura mediana;
cabello duro y muy entrado en canas; muy rústica en sus modales, aunque
no lo quisiera. Su piel descolorida y sin brillo, cubría un cuerpo
regordete y desproporcionado que más le hubiese acomodado aun hombre que
a una mujer. Hasta en su caminar era desconcertante, ya que no mostraba
ningún rasgo ni modal de femineidad. La pobre tenía hasta bigotes y sus
cejas eran tan pobladas que se hubiese podido barrer la acera con una de
ellas. Peleaba por todo y en todo se metía, haciendo que la estancia en
aquella casa se hiciera un verdadero calvario. Era su caso uno de los
tantos que abundaban en Cuba por aquellos tiempos. Era viuda de un
comerciante en maderas, que había tenido una posición algo holgada en el
pasado; pero que por tacañería, imprevisión, desconfianza o estupidez,
había dejado a su familia en plena miseria cuando murió de cirrosis
hepática. Nadie mencionaba la causa de su enfermedad; pero las sospechas
eran de que el buen señor no era un gran bebedor de agua.
Myrna, la hermana de Marcia, era la más
joven del grupo; pero su divorcio reciente y las frustraciones en su
trabajo, la convirtieron en un buche de hiel difícil de tragar por
cualquiera. Pequeñita como la tía Marcelina; flaca como Lucila; hombruna
y desgarbada como su madre y con un carácter de los mil demonios que la
hacían la fórmula más repugnante de toda la familia. Para cualquier
familiar o conocido de la casa, resultaba preferible media hora en un
sillón de dentista sin anestesia, que cinco minutos soportando a Myrna.
Peleaba más que su madre. Su hijo Roilán, de unos diez años, tenía que
sufrir a su madre, a su abuela y a sus dos tías peleándole todo el día.
Aquel desdichado adolescente, no se sabía si era bobo, retardado,
introvertido o amargado. Quizás si fuera un poquito de todo lo anterior.
El joven matrimonio, se hizo el propósito
de soportar todo aquello en aras de su unión y felicidad, para lo cual,
tratarían de estar el menor tiempo posible en aquello que
eufemísticamente llamamos hogar. Esto, desde luego, no resultaría nada
fácil, ya que hay toda una serie de actividades de índole familiar que
no es posible separar aunque se tenga la voluntad para hacerlo.
- Buenos días compañera, dijo amablemente
el recién graduado cuando la oficinista lo atendió después que le
llegara su turno en la Oficoda (Oficina para el control y distribución de
los abastecimientos).
- Dígame compañero, respondió secamente
la joven.
- Mira mi amor, endulzó el ingeniero, yo
traigo mi certificado de matrimonio para solicitar mi traslado y el
establecimiento de un núcleo independiente con mi esposa, para la
adquisición de los abastecimientos que nos corresponden por la libreta.
- Ven acá compañerito; dijo en un tono
muy concentrado y agresivo la joven desde su escritorio. ¿Tú me estás
cogiendo pa' el trajín?
- ¿Por qué usted me pregunta eso
compañera? fue la reacción del joven profesional.
- ¿Tú eres cubano, o acabas de tirarte de
una nave espacial? ¿En qué paracaídas tú caíste? Insistió en su
agresión la muchacha.
- Mira compañera, se irguió el joven; yo
no he venido en ninguna nave y te exijo que me expliques toda esa falta de
respeto tuya. Yo he venido a solicitar un servicio como un usuario que
soy. Quiero saber cuáles son los trámites para establecer un núcleo
individual con mi esposa, ya que nos acabamos de casar, y comprar mis
abastecimientos y los de mi esposa juntos.
- Bien compañero, se aconsejó la mujer.
Parece que tú acabas de salir de la Universidad y que llevas mucho tiempo
becado. Esa es la razón por la que no sabes una papa de lo que está
pasando en el país.
- ¿Y qué es lo que está pasando en el
país?, si es que se puede saber, indagó el joven.
- Pues sujétate, que te voy a explicar,
dijo la mujer. Si tú quieres sacar una libreta y establecer un núcleo
familiar para ti y tu mujer, tienes que traerme:
1. Certificado de matrimonio; pero eso no
es lo más importante.
2. Documento de la Reforma Urbana donde diga que te han entregado una casa
o un apartamento.
3. El recibo de la luz, como que se te ha instalado la corriente en tu
casa.
4. El recibo de la CONACA (Comisión de Acueductos y Alcantarillado), como
que se te ha instalado el agua en tu casa.
5. Carta del Comité de Defensa de la cuadra donde van a vivir, que diga
que se han registrado en el mismo.
6. La baja de tu mujer del núcleo al que ella pertenece ahora, con la
libreta a la cual ella pertenece.
7. La baja y el traslado tuyo con la libreta. Si no puedes traer la
libreta porque eres del interior, tienes que traer la baja de allá.
8. Tienen que traer un papel de la beca, donde digan que ya ustedes no
están becados, para poderles restablecer la cuota de carne que se les
quitó cuando se becaron.
El pobre ingeniero no sabía si pedir
perdón o empezar a maldecir. Todos aquellos documentos eran imposibles de
reunir en un mes, aun si él en efecto tuviera cada uno de ellos, lo cual
ya estaba descartado no tenía.
- Gracias compañera. ¿Qué tú me
recomiendas que haga en caso de no tener casa mía y las demás cosas?.
- Sencillamente, mi amor, dijo la
burócrata, tienes que hacer lo que está haciendo todo el mundo.
Trasládate para el núcleo donde vas a vivir y ellos que compren los
abastecimientos y que te den lo que te toque a ti y a tu mujer.
- Si, pero tú sabes que de esa forma
pierdo el derecho a la pasta de dientes, papel sanitario, pollo, puré de
tomate y un montón de cosas que sólo vienen por núcleo, se lamentó el
ingeniero.
- Eso yo lo sé, mi amor; pierdes también
los artículos electrodomésticos y la mayoría de las cosas que necesita
un matrimonio, pero tu comprenderás que no puedo hacer nada.
- ¿Y qué tú me recomiendas? preguntó el
muchacho acordándose de su padre que siempre tenía una salida para estas
cosas.
- Bueno, compañerito, dijo la joven; si
tú tienes un padrino y te puedes bautizar; a mi no me importa; pero te
advierto que eso está muy difícil.
Héctor tenía la cabeza llena de
confusiones. No se atrevía a pedirle nada a esta mujer. A lo mejor lo
denunciaba y le buscaba un problema. Él no estaba acostumbrado a estos
trajines y no tenía la menor idea de cómo se resolvían. Eso de tener un
padrino podría ser una insinuación; pero él desconocía la mecánica de
cómo prestarse a la corrupción sin ser denunciado. Tendría que seguir
tragando saliva hasta que aprendiera a vivir en esta sociedad. Llegó a su
cuarto y le contó a su mujer los resultados de sus gestiones.
- No podemos tener una libreta de
abastecimientos para nosotros dos, cariño, dijo con desánimo el
fracasado joven.
- ¿Y eso qué quiere decir? indagó la
esposa.
- Sencillamente que tenemos que
incorporarnos a la libreta de tu mamá y tus tías y cuando ellas compren
las tres o cuatro cosas a las que tenemos derecho, ellas nos darán la
parte que nos corresponde si es que no queremos morirnos de hambre.
- ¿Y cómo vamos a dividir la manteca, el
aceite, los granos y muchas cosas que no son fáciles de dividir y de
medir? continuó insistiendo la muchacha.
- Tienes que ponerte de acuerdo con tu
mamá, para que ella te separe una latica y una botellita donde echarte la
manteca y el aceite y tienes que conseguirte unos bolsitos de tela, para
que te separe los granos etc. etc.
- ¿Y las demás cosas? preguntó aterrada
la recién entrenada mujer.
- Las demás cosas, yo no sé cómo lo
vamos a arreglar, Marcia, dijo el ingeniero. La pasta dental viene una vez
al mes, cuando viene. Ellas han estado recibiendo un tubo cuando viene
para toda la familia. Ahora no creo que estén dispuestas a dividirlo con
nosotros por el hecho de que nos hemos casado y nos hemos incorporado a su
núcleo. Lo mismo sucede con el papel higiénico si viene, con el puré de
tomate, las pastas alimenticias que viene una lata por núcleo familiar.
Si algún día llega una sábana o un mantel, no lo vamos a cortar en dos
o tres pedazos para tomar la parte que nos toca. Aquí nos tendremos que
conformar con lo que tu madre y tus tías nos den después que ellas tomen
lo que humanamente les toca. Pero lo que sí quisiera aclarar es una cosa,
mi amor; yo no quiero comer del mismo plato ni de la misma comida que
ellas cocinan. Nosotros nos casamos para vivir como un núcleo tú y yo,
no para incorporarnos a un familión.
- ¿Y qué culpa tengo yo de todo esto?;
¿cómo voy a arreglarme para tener un núcleo aparte si no tenemos ni un
calderito, ni una cazuela ni nada donde cocinar?. Todas esas cosas las
venden por núcleo y si no tenemos núcleo no las podemos comprar.
- Tendremos que hablar con mi papá, dijo
el derrotado ingeniero, para ver si él nos puede conseguir algunas de
esas cositas entre sus relaciones.
- ¿Qué relaciones? indagó la arquitecta.
- Las que existen y que ni tú ni yo
conocemos ni queremos conocer; pero que vamos a tener que averiguar si es
que queremos cepillarnos los dientes; ir al baño con un rollo de papel en
la mano, bañarnos y sabe Dios cuántas cosas más.
La muchacha se mordió los labios y las dos
esmeraldas que llenaban las cuencas de sus ojos brillaron con destellos
relucientes, producidos por la humedad de dos lágrimas que se abrieron
paso aún en contra de su voluntad.
Como Ingeniero Civil, Héctor comenzó a
trabajar en el Ministerio de la Construcción. Primeramente comenzó en
una empresa de proyectos, donde también ubicaron a su ahora esposa
Marcia. Él trabajaba en el diseño y estudio de proyectos para la
construcción de unos hoteles que se construirían en la zona de las
Playas del Este, precisamente donde acostumbraban los jóvenes a ir en sus
tiempos de estudiantes. Esos hoteles tenían el propósito de atraer a los
turistas extranjeros, de manera que el gobierno pudiera recaudar divisas
convertibles con la industria del turismo. Marcia, la Arquitecta,
trabajaba en la confección de planos en la misma empresa, por lo que los
esposos tenían la oportunidad de verse a menudo y compartir su hora de
almuerzo juntos.
- Apúrate Marcia, decía Héctor una
mañana a su esposa, mientras ésta se preparaba para salir al trabajo.
- Mi amor, no puedo ir más de prisa,
contestaba la joven. Son solamente las siete menos cuarto.
- Tú sabes que si falla la guagua de las
siete, vamos a llegar tarde, replicaba el marido. Yo prefiero llegar
temprano por si no viene ninguna, irnos a pie.
- ¿Tú te imaginas lo que hay que caminar
para llegar al trabajo?. Y con este calor ¡Qué va! fue la salida de la
mujer.
- Pues si yo tengo que estar dando
explicaciones por las tardanzas, prefiero caminar y llegar a mi hora.
- Por cierto, mi amor, dijo la esposa
cambiando de tema, la ropa sucia se nos está acumulando y la cantidad de
jabón que le llega a mi mamá no le alcanza para darnos lo suficiente
para lavar tantas camisas y vestidos. Creo que vas a tener que llegarte
esta tarde a la nueva lavandería que han abierto en calle cien y ver si
resolvemos esa situación. Yo con los pedacitos de jabón que me da mami,
voy resolviendo las ropitas interiores etc. etc.
El joven marido llegó esa tarde y tomó
diligente un bulto de ropa que su esposa le preparó y se dirigió a la
lavandería que estaba situada a unas seis cuadras de su cuartico.
- Buenas tardes, compañera, dijo Héctor a
la dependienta que leía aburrida una revista de años anteriores.
- Dime mi corazón, dijo con voz de pocos
amigos la joven.
- Traje esta ropa para lavado y planchado y
quiero saber para cuando pueden estar, dijo el joven, al tiempo que
colocaba el bulto de ropa sobre el mostrador.
- Mira, mi hijito, dijo la dependienta; lee
ese cartel que está ahí en la pared y sigue sus instrucciones y no vas a
tener problemas.
- ¿Por qué tú no me lo explicas, ya que
estoy aquí? inquirió el joven.
- Es muy sencillo, compañerito, repuso la
joven; esta unidad no es para traer ropas directamente; este es un centro
de recogida para las personas que llaman por teléfono. Tú llamas por
teléfono y te van a recoger la ropa a tu casa y después te la llevan.
¿Tú no te das cuenta que es un sistema moderno de lavandería?
- Pero si ya yo estoy aquí con la ropa
sucia, ¿Qué necesidad tengo de llamar por teléfono?. Yo te estoy
ahorrando dos viajes, explicó el ingeniero.
- A mí tú no tienes que ahorrarme nada,
compañero, dijo la joven irritada. Yo estoy aquí para recibir la llamada
y hacer la lista de las recogidas. Yo no te puedo recibir esas ropas.
- Pero mira, mi amor, dijo el joven
tratando de hacer entender a aquella piedra con figura de mujer; yo no
tengo teléfono. Yo no tengo jabón para lavar las ropas en mi casa y por
eso las traigo aquí. ¿No es más fácil que tú me las recibas y
resolvemos el problema?
- Es que yo no estoy autorizada a recibir
ropas, compañero, dijo la terca criatura. Yo sólo le recibo la llamada.
- O.Key, compañerita, se dio por vencido
el ingeniero. Dime el número del teléfono y yo voy a llamar desde la
esquina.
Efectivamente, Héctor cargó con el bulto
de ropa y se dirigió a un teléfono público a dos cuadras de distancia.
Cuando introdujo la moneda, el aparato se la tragó, pero no se escuchó
el tono de discar. El joven respiró profundo; miró al infinito y caminó
dos cuadras más hasta llegar a otro teléfono. Esta vez tuvo más suerte.
Le salió la obstinada muchacha. Le tomó la orden y le prometió que el
próximo martes le recogerían la ropa, ya que las recogidas eran los
Martes y las entregas los Viernes. No había otro camino. Patria o Muerte,
Venceremos.
Pasado algún tiempo de entrenamiento,
Héctor fue trasladado a la zona donde se construían los hoteles, y se le
asignó la ejecución de uno de ellos, que llevaba el nombre de MAYABE, un
nombre indígena. Esto constituyó motivo de orgullo para el joven
ingeniero y para la joven arquitecta, quien también había participado en
la confección de los planos y demás papeles.
La vida en el hogar era lo menos cómodo de
la pareja, ya que la aglomeración de familia en un espacio tan pequeño,
no les dejaba la más mínima posibilidad de esparcimiento de ninguna
índole. Los jóvenes esposos trataban de llegar bien tarde a casa, para
meterse en su cuartico cuando todos estuvieran durmiendo de forma de poder
compartir unos minutos sin testigos. Esto resultaba tan difícil, que en
ocasiones se veían forzados a hospedarse en un hotel de segunda
categoría, para pasar una noche si no solos, al menos donde no les
escucharan sus suspiros y demás expresiones de amor, a las que todo ser
humano se ha sentido con derecho de expresar en uno que otro momento de su
vida. El hecho de que fueran a un hotel de segunda, era obligado. No hay
que olvidar, que los hoteles de primera, estaban reservados al turismo y
resultaba toda una odisea el conseguir una habitación en un fin de
Semana. Se ha dicho en ocasiones que el acto sexual es lo que más nos
aproxima a los animales. Una pareja de jóvenes amantes que no pueda
expresarse su amor y su cariño sin media docena de testigos de edades
avanzadas y caracteres agriados por la adversidad, debe ser algo triste y
defraudante. Eso era nuestra pareja de profesionales, aunque no lo
confesaran a nadie. En aquella salita de dos metros por tres nunca había
menos de seis o siete personas. Los cuartos, que por lo general se
debieran considerar habitaciones privadas, lo que menos tenían era de
privados, ya que las paredes que separaban los mismos no llegaban al techo
para no hacerlas inhabitables debido al calor, por lo que lo que se
hablaba en uno, llegaba al otro como si se estuviera conversando con el
ocupante de al lado. Los pobres enamorados tenían que mantener sus
relaciones como si todavía fueran novios ocultos. La ironía de la vida
les proporcionaba una luna de miel cada vez que conseguían un cuarto en
un hotel de cualquier categoría o de ninguna categoría.
FIN DEL CAPITULO III
Capítulo
I: Abundancia de Amor
Capítulo II: Escasez de Medios
Capítulo IV: Buscando un techo
Capítulo V: Ni casa, ni esperanzas
Capitulo VI: Hotel de cinco estrellas
Capítulo VII: La llegada de Héctor Augusto
Capítulo VIII:¿Dónde metemos al niño?
Capítulo IX: La universidad de la calle...
Capítulo X: Proyecto de un largo viaje
Capitulo XI: Traidor, ¿A quien y por qué?
Capítulo XII:Seguridad, ¡Qué
incertidumbre!
Capítulo XIII: Aprendiendo a mentir
Capítulo XIV: Más deserciones
Capítulo XV: A divorciarse del traidor
Capítulo XVI: La manzana de la discordia
Capítulo XVII: Peligrosa Reconciliación
Capítulo XVIII: Bodas de Mentira
Capítulo XIX: ¡Qué Cara es la Libertad!
Capítulo XX: Consumatum est
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