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Revista DESAFIOS
Año 1380
Enero-Febrero /2008

Consejo Unitario de Trabajadores Cubanos (CUTC)

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Literatura Cubana en el Exilio

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El Amor en los Tiempos de Castro

Capítulo III: Bodas de Profesionales

Por Florencio E. Eiranova-Cuza
Delegación Puerto Rico - S.T.C

  El Castrismo al desnudo. Un cubano que vivió la pesadilla, narra su odise

Héctor Sarmiento, Ingeniero Civil, se casó con Marcia Cifuentes, Arquitecta. Una parejita maravillosa. Ambos profesionales; ambos con trabajo; ambos jóvenes llenos de entusiasmo por la vida y el futuro. Ambos se amaban, como pueden amarse dos jóvenes que llevaban tres años de relaciones compartiendo su merienda, sus preocupaciones, sus desvelos. Su cama. Los otros familiares de Héctor vinieron del otro extremo de la Isla para asistir a la boda. Todo el mundo rebosaba de felicidad.

La luna de miel la pasaron en un hotel de lujo. El Habana Riviera. Era el Riviera uno de esos hoteles de lujo construidos durante la época capitalista y que a pesar de sus casi 30 años de vida, conservaba su lozanía, gracias a la calidad de su edificio y al mantenimiento que como centro generador de dólares recibía. Construido en el Malecón frente al mar, una vía de gran movimiento y de vista encantadora que ofrecía a sus huéspedes cubanos la oportunidad de sentirse extranjero durante tres días. Un amigo de la hermana de Marcia que trabaja como auxiliar de cocina en el hotel hace muchos años, le consiguió con el administrador, que lo aprecia mucho y que recibe algunos favores de éste, tres días de hospedaje. Aquello fue esplendoroso. Los jóvenes que ansiaban pasar una noche en un lugar decente y para personas decentes, se dieron el gusto de llamar a media noche al servicio de habitaciones y pedir cuanto se les ocurrió. Los trataron como turistas. Como si fueran extranjeros. Gracias al amigo de la hermana de Marcia, el auxiliar de cocina. Aquel privilegio había que agradecerlo. La situación evocaba un programa de la televisión que la Revolución suprimió y que se llamaba "REINA POR UN DÍA".

Después de la luna de miel, hubo que incorporarse al trabajo, al estudio de superación, a la microbrigada, a las milicias y sobre todo, a vivir en el cuartico, que por cierto, el padre de Héctor le ayudó a arreglar para que recibiera a los matrimoniados de la forma más decente que se pudiera. El cuartico era bien estrecho. En él cabía la cama y una coqueta. Hubo que hacerle closets hacia afuera, hacia el patio, para colgar las ropas, porque en el cuarto no había espacio para armarios ni guardarropas. La parejita era tan curiosa y cuidadosa, que mantenía su cuartico como una casita de muñecas. Todo en orden y todo limpio. Daba gusto visitar a aquellos esposos recién entrenados en la vida de amos de casa. Mejor debiera decirse de amos de cuarto.

En la casa, además del matrimonio, vivían Marcelina, una ancianita cuya edad era imposible determinar, dado el hecho de que no permitía que la consideraran vieja, a pesar de que los almanaques que acumulaba pugnaban por quitarle la razón a cada rato. Era de estatura bajita; y aunque trataba de mantenerse erguida sobre unos zapatos apretados y de tacones más altos de lo que ella debía soportar, quizás para aparentar más estatura, lo que lograba era dar la impresión de que se disponía a salir volando, ya que su delgadez extrema y la falta de vestuarios a la moda y de su talla, la hacían bailar dentro de su vestimenta, la que flotaba sobre su figurita siempre arreglada y dispuesta a salir a pasear. Cuando se "arreglaba", la cosa se le complicaba, ya que su carita prieta y arrugada, sin cosméticos aparentes que le ayudaran a ocultar sus doce o más lustros, parecía más bien encogerse y presentarse ante sus admiradores como una mascarita de tiempos de carnaval. La pobre ancianita pintaba de mercurocromo sus huesudos y sobresalientes pómulos y embadurnaba el resto de su cara con unos polvos de color marrón terroso que la hacían parecer una momia extraída de una de las pirámides egipcias. Sus labios extremadamente finos y sin carnes no tenían por donde pintarlos, lo que obligaban a su dueña a trazar una línea horizontal del color de la sangre coagulada por debajo de su nariz; permitiendo a sus observadores saber que se trataba de una boca cuando la misma sonreía. Esto de sonreír no era muy frecuente en Marcelina; no sólo por las pocas razones que la infeliz tenía para sentirse contenta, sino porque había detrás de aquella cortinita de piel corrugada y mal repujada, una dentadura gastada con una que otra corona de metal brilloso, que en la oscuridad de aquella sala poco iluminada, asustaban al más valiente de los visitantes. El cabello de Marcelina, rebelde por su origen y áspero por su desamparo; recordaba aquellos rabos de caballo que se usaron en tiempos inmemoriales para colgar los peines de la casa y que con el decursar de los años se iban quedando sin pelos y sin brillo, dando la impresión de una casucha indígena después de haberle pasado un temporal. Hasta novio tenía, pues fueron al matrimonio cogidos de las manos como dos tortolitos. Nunca se había casado y no parecía que con este pretendiente se fuera a casar; pero sus relaciones las mantenía con mucha soltura. El prometido de la anciana, era un caballero gordo, mofletudo; con un pecho que parecía el de un palomo macho, que vestía un traje de cuando El Morro era de madera y que parecía no haber tenido tiempo de mandarlo a la lavandería; ya que el mismo no sólo lucía estrujado, sino que denunciaba su edad a través de unas líneas amarillentas que le corrían desde el cuello a la barriga, bajando por la solapa.

Lucila, no se sabe si era mayor o menor que Marcelina; pero lo cierto es que era más recatada y casera. Casi nunca se arreglaba y siempre se le podía ver en la casa, envuelta en una bata que pudo haber sido blanca en sus buenos tiempos; pero que la escasez de jabón y la turbidez de las aguas, se unieron al tiempo para hacerla parecer del color de la miseria. La pobre Lucila era todo un amor por su carácter y bondad; pero la naturaleza había sido cruel con su anatomía y apariencia general. Era muy alta y extremadamente delgada. Sus brazos descarnados, huesudos y venosos, hubiesen sido un magnífico medio visual para una clase de anatomía. Quizás si sería más justo decir que todo su cuerpo era nada más y nada menos que un esqueleto con vida. Sus ojos grandes y brillosos se les querían salir de sus cuencas por no encontrar ni un solo tejido muscular ni nervioso que quisiera sujetarlos en sus sitios. Cuando se le daba la mano a Lucila, se tenía la impresión de estar teniendo una cita con la muerte. Aquellas manos que casi cortaban por lo filosas y frías se le quedaban grabadas en la mente a todo aquel que tenía el valor y el atrevimiento de estrecharlas. Trajinando por la cocina, o viendo televisión, para lo cual siempre tenía tiempo; daba la impresión del muerto escapado de la fosa.

Petra o Pepa, la madre de Marcia, una señora viuda de unos 55 años, a quien la soledad había amargado un poco la existencia; pero que tenía suficiente energía para estar pendiente de la vida de sus hijas y de quien no lo eran; era de estatura mediana; cabello duro y muy entrado en canas; muy rústica en sus modales, aunque no lo quisiera. Su piel descolorida y sin brillo, cubría un cuerpo regordete y desproporcionado que más le hubiese acomodado aun hombre que a una mujer. Hasta en su caminar era desconcertante, ya que no mostraba ningún rasgo ni modal de femineidad. La pobre tenía hasta bigotes y sus cejas eran tan pobladas que se hubiese podido barrer la acera con una de ellas. Peleaba por todo y en todo se metía, haciendo que la estancia en aquella casa se hiciera un verdadero calvario. Era su caso uno de los tantos que abundaban en Cuba por aquellos tiempos. Era viuda de un comerciante en maderas, que había tenido una posición algo holgada en el pasado; pero que por tacañería, imprevisión, desconfianza o estupidez, había dejado a su familia en plena miseria cuando murió de cirrosis hepática. Nadie mencionaba la causa de su enfermedad; pero las sospechas eran de que el buen señor no era un gran bebedor de agua.

Myrna, la hermana de Marcia, era la más joven del grupo; pero su divorcio reciente y las frustraciones en su trabajo, la convirtieron en un buche de hiel difícil de tragar por cualquiera. Pequeñita como la tía Marcelina; flaca como Lucila; hombruna y desgarbada como su madre y con un carácter de los mil demonios que la hacían la fórmula más repugnante de toda la familia. Para cualquier familiar o conocido de la casa, resultaba preferible media hora en un sillón de dentista sin anestesia, que cinco minutos soportando a Myrna. Peleaba más que su madre. Su hijo Roilán, de unos diez años, tenía que sufrir a su madre, a su abuela y a sus dos tías peleándole todo el día. Aquel desdichado adolescente, no se sabía si era bobo, retardado, introvertido o amargado. Quizás si fuera un poquito de todo lo anterior.

El joven matrimonio, se hizo el propósito de soportar todo aquello en aras de su unión y felicidad, para lo cual, tratarían de estar el menor tiempo posible en aquello que eufemísticamente llamamos hogar. Esto, desde luego, no resultaría nada fácil, ya que hay toda una serie de actividades de índole familiar que no es posible separar aunque se tenga la voluntad para hacerlo.

- Buenos días compañera, dijo amablemente el recién graduado cuando la oficinista lo atendió después que le llegara su turno en la Oficoda (Oficina para el control y distribución de los abastecimientos).

- Dígame compañero, respondió secamente la joven.

- Mira mi amor, endulzó el ingeniero, yo traigo mi certificado de matrimonio para solicitar mi traslado y el establecimiento de un núcleo independiente con mi esposa, para la adquisición de los abastecimientos que nos corresponden por la libreta.

- Ven acá compañerito; dijo en un tono muy concentrado y agresivo la joven desde su escritorio. ¿Tú me estás cogiendo pa' el trajín?

- ¿Por qué usted me pregunta eso compañera? fue la reacción del joven profesional.

- ¿Tú eres cubano, o acabas de tirarte de una nave espacial? ¿En qué paracaídas tú caíste? Insistió en su agresión la muchacha.

- Mira compañera, se irguió el joven; yo no he venido en ninguna nave y te exijo que me expliques toda esa falta de respeto tuya. Yo he venido a solicitar un servicio como un usuario que soy. Quiero saber cuáles son los trámites para establecer un núcleo individual con mi esposa, ya que nos acabamos de casar, y comprar mis abastecimientos y los de mi esposa juntos.

- Bien compañero, se aconsejó la mujer. Parece que tú acabas de salir de la Universidad y que llevas mucho tiempo becado. Esa es la razón por la que no sabes una papa de lo que está pasando en el país.

- ¿Y qué es lo que está pasando en el país?, si es que se puede saber, indagó el joven.

- Pues sujétate, que te voy a explicar, dijo la mujer. Si tú quieres sacar una libreta y establecer un núcleo familiar para ti y tu mujer, tienes que traerme:

1. Certificado de matrimonio; pero eso no es lo más importante.
2. Documento de la Reforma Urbana donde diga que te han entregado una casa o un apartamento.
3. El recibo de la luz, como que se te ha instalado la corriente en tu casa.
4. El recibo de la CONACA (Comisión de Acueductos y Alcantarillado), como que se te ha instalado el agua en tu casa.
5. Carta del Comité de Defensa de la cuadra donde van a vivir, que diga que se han registrado en el mismo.
6. La baja de tu mujer del núcleo al que ella pertenece ahora, con la libreta a la cual ella pertenece.
7. La baja y el traslado tuyo con la libreta. Si no puedes traer la libreta porque eres del interior, tienes que traer la baja de allá.
8. Tienen que traer un papel de la beca, donde digan que ya ustedes no están becados, para poderles restablecer la cuota de carne que se les quitó cuando se becaron.

El pobre ingeniero no sabía si pedir perdón o empezar a maldecir. Todos aquellos documentos eran imposibles de reunir en un mes, aun si él en efecto tuviera cada uno de ellos, lo cual ya estaba descartado no tenía.

- Gracias compañera. ¿Qué tú me recomiendas que haga en caso de no tener casa mía y las demás cosas?.

- Sencillamente, mi amor, dijo la burócrata, tienes que hacer lo que está haciendo todo el mundo. Trasládate para el núcleo donde vas a vivir y ellos que compren los abastecimientos y que te den lo que te toque a ti y a tu mujer.

- Si, pero tú sabes que de esa forma pierdo el derecho a la pasta de dientes, papel sanitario, pollo, puré de tomate y un montón de cosas que sólo vienen por núcleo, se lamentó el ingeniero.

- Eso yo lo sé, mi amor; pierdes también los artículos electrodomésticos y la mayoría de las cosas que necesita un matrimonio, pero tu comprenderás que no puedo hacer nada.

- ¿Y qué tú me recomiendas? preguntó el muchacho acordándose de su padre que siempre tenía una salida para estas cosas.

- Bueno, compañerito, dijo la joven; si tú tienes un padrino y te puedes bautizar; a mi no me importa; pero te advierto que eso está muy difícil.

Héctor tenía la cabeza llena de confusiones. No se atrevía a pedirle nada a esta mujer. A lo mejor lo denunciaba y le buscaba un problema. Él no estaba acostumbrado a estos trajines y no tenía la menor idea de cómo se resolvían. Eso de tener un padrino podría ser una insinuación; pero él desconocía la mecánica de cómo prestarse a la corrupción sin ser denunciado. Tendría que seguir tragando saliva hasta que aprendiera a vivir en esta sociedad. Llegó a su cuarto y le contó a su mujer los resultados de sus gestiones.

- No podemos tener una libreta de abastecimientos para nosotros dos, cariño, dijo con desánimo el fracasado joven.

- ¿Y eso qué quiere decir? indagó la esposa.

- Sencillamente que tenemos que incorporarnos a la libreta de tu mamá y tus tías y cuando ellas compren las tres o cuatro cosas a las que tenemos derecho, ellas nos darán la parte que nos corresponde si es que no queremos morirnos de hambre.

- ¿Y cómo vamos a dividir la manteca, el aceite, los granos y muchas cosas que no son fáciles de dividir y de medir? continuó insistiendo la muchacha.

- Tienes que ponerte de acuerdo con tu mamá, para que ella te separe una latica y una botellita donde echarte la manteca y el aceite y tienes que conseguirte unos bolsitos de tela, para que te separe los granos etc. etc.

- ¿Y las demás cosas? preguntó aterrada la recién entrenada mujer.

- Las demás cosas, yo no sé cómo lo vamos a arreglar, Marcia, dijo el ingeniero. La pasta dental viene una vez al mes, cuando viene. Ellas han estado recibiendo un tubo cuando viene para toda la familia. Ahora no creo que estén dispuestas a dividirlo con nosotros por el hecho de que nos hemos casado y nos hemos incorporado a su núcleo. Lo mismo sucede con el papel higiénico si viene, con el puré de tomate, las pastas alimenticias que viene una lata por núcleo familiar. Si algún día llega una sábana o un mantel, no lo vamos a cortar en dos o tres pedazos para tomar la parte que nos toca. Aquí nos tendremos que conformar con lo que tu madre y tus tías nos den después que ellas tomen lo que humanamente les toca. Pero lo que sí quisiera aclarar es una cosa, mi amor; yo no quiero comer del mismo plato ni de la misma comida que ellas cocinan. Nosotros nos casamos para vivir como un núcleo tú y yo, no para incorporarnos a un familión.

- ¿Y qué culpa tengo yo de todo esto?; ¿cómo voy a arreglarme para tener un núcleo aparte si no tenemos ni un calderito, ni una cazuela ni nada donde cocinar?. Todas esas cosas las venden por núcleo y si no tenemos núcleo no las podemos comprar.

- Tendremos que hablar con mi papá, dijo el derrotado ingeniero, para ver si él nos puede conseguir algunas de esas cositas entre sus relaciones.

- ¿Qué relaciones? indagó la arquitecta.

- Las que existen y que ni tú ni yo conocemos ni queremos conocer; pero que vamos a tener que averiguar si es que queremos cepillarnos los dientes; ir al baño con un rollo de papel en la mano, bañarnos y sabe Dios cuántas cosas más.

La muchacha se mordió los labios y las dos esmeraldas que llenaban las cuencas de sus ojos brillaron con destellos relucientes, producidos por la humedad de dos lágrimas que se abrieron paso aún en contra de su voluntad.

Como Ingeniero Civil, Héctor comenzó a trabajar en el Ministerio de la Construcción. Primeramente comenzó en una empresa de proyectos, donde también ubicaron a su ahora esposa Marcia. Él trabajaba en el diseño y estudio de proyectos para la construcción de unos hoteles que se construirían en la zona de las Playas del Este, precisamente donde acostumbraban los jóvenes a ir en sus tiempos de estudiantes. Esos hoteles tenían el propósito de atraer a los turistas extranjeros, de manera que el gobierno pudiera recaudar divisas convertibles con la industria del turismo. Marcia, la Arquitecta, trabajaba en la confección de planos en la misma empresa, por lo que los esposos tenían la oportunidad de verse a menudo y compartir su hora de almuerzo juntos.

- Apúrate Marcia, decía Héctor una mañana a su esposa, mientras ésta se preparaba para salir al trabajo.

- Mi amor, no puedo ir más de prisa, contestaba la joven. Son solamente las siete menos cuarto.

- Tú sabes que si falla la guagua de las siete, vamos a llegar tarde, replicaba el marido. Yo prefiero llegar temprano por si no viene ninguna, irnos a pie.

- ¿Tú te imaginas lo que hay que caminar para llegar al trabajo?. Y con este calor ¡Qué va! fue la salida de la mujer.

- Pues si yo tengo que estar dando explicaciones por las tardanzas, prefiero caminar y llegar a mi hora.

- Por cierto, mi amor, dijo la esposa cambiando de tema, la ropa sucia se nos está acumulando y la cantidad de jabón que le llega a mi mamá no le alcanza para darnos lo suficiente para lavar tantas camisas y vestidos. Creo que vas a tener que llegarte esta tarde a la nueva lavandería que han abierto en calle cien y ver si resolvemos esa situación. Yo con los pedacitos de jabón que me da mami, voy resolviendo las ropitas interiores etc. etc.

El joven marido llegó esa tarde y tomó diligente un bulto de ropa que su esposa le preparó y se dirigió a la lavandería que estaba situada a unas seis cuadras de su cuartico.

- Buenas tardes, compañera, dijo Héctor a la dependienta que leía aburrida una revista de años anteriores.

- Dime mi corazón, dijo con voz de pocos amigos la joven.

- Traje esta ropa para lavado y planchado y quiero saber para cuando pueden estar, dijo el joven, al tiempo que colocaba el bulto de ropa sobre el mostrador.

- Mira, mi hijito, dijo la dependienta; lee ese cartel que está ahí en la pared y sigue sus instrucciones y no vas a tener problemas.

- ¿Por qué tú no me lo explicas, ya que estoy aquí? inquirió el joven.

- Es muy sencillo, compañerito, repuso la joven; esta unidad no es para traer ropas directamente; este es un centro de recogida para las personas que llaman por teléfono. Tú llamas por teléfono y te van a recoger la ropa a tu casa y después te la llevan. ¿Tú no te das cuenta que es un sistema moderno de lavandería?

- Pero si ya yo estoy aquí con la ropa sucia, ¿Qué necesidad tengo de llamar por teléfono?. Yo te estoy ahorrando dos viajes, explicó el ingeniero.

- A mí tú no tienes que ahorrarme nada, compañero, dijo la joven irritada. Yo estoy aquí para recibir la llamada y hacer la lista de las recogidas. Yo no te puedo recibir esas ropas.

- Pero mira, mi amor, dijo el joven tratando de hacer entender a aquella piedra con figura de mujer; yo no tengo teléfono. Yo no tengo jabón para lavar las ropas en mi casa y por eso las traigo aquí. ¿No es más fácil que tú me las recibas y resolvemos el problema?

- Es que yo no estoy autorizada a recibir ropas, compañero, dijo la terca criatura. Yo sólo le recibo la llamada.

- O.Key, compañerita, se dio por vencido el ingeniero. Dime el número del teléfono y yo voy a llamar desde la esquina.

Efectivamente, Héctor cargó con el bulto de ropa y se dirigió a un teléfono público a dos cuadras de distancia. Cuando introdujo la moneda, el aparato se la tragó, pero no se escuchó el tono de discar. El joven respiró profundo; miró al infinito y caminó dos cuadras más hasta llegar a otro teléfono. Esta vez tuvo más suerte. Le salió la obstinada muchacha. Le tomó la orden y le prometió que el próximo martes le recogerían la ropa, ya que las recogidas eran los Martes y las entregas los Viernes. No había otro camino. Patria o Muerte, Venceremos.

Pasado algún tiempo de entrenamiento, Héctor fue trasladado a la zona donde se construían los hoteles, y se le asignó la ejecución de uno de ellos, que llevaba el nombre de MAYABE, un nombre indígena. Esto constituyó motivo de orgullo para el joven ingeniero y para la joven arquitecta, quien también había participado en la confección de los planos y demás papeles.

La vida en el hogar era lo menos cómodo de la pareja, ya que la aglomeración de familia en un espacio tan pequeño, no les dejaba la más mínima posibilidad de esparcimiento de ninguna índole. Los jóvenes esposos trataban de llegar bien tarde a casa, para meterse en su cuartico cuando todos estuvieran durmiendo de forma de poder compartir unos minutos sin testigos. Esto resultaba tan difícil, que en ocasiones se veían forzados a hospedarse en un hotel de segunda categoría, para pasar una noche si no solos, al menos donde no les escucharan sus suspiros y demás expresiones de amor, a las que todo ser humano se ha sentido con derecho de expresar en uno que otro momento de su vida. El hecho de que fueran a un hotel de segunda, era obligado. No hay que olvidar, que los hoteles de primera, estaban reservados al turismo y resultaba toda una odisea el conseguir una habitación en un fin de Semana. Se ha dicho en ocasiones que el acto sexual es lo que más nos aproxima a los animales. Una pareja de jóvenes amantes que no pueda expresarse su amor y su cariño sin media docena de testigos de edades avanzadas y caracteres agriados por la adversidad, debe ser algo triste y defraudante. Eso era nuestra pareja de profesionales, aunque no lo confesaran a nadie. En aquella salita de dos metros por tres nunca había menos de seis o siete personas. Los cuartos, que por lo general se debieran considerar habitaciones privadas, lo que menos tenían era de privados, ya que las paredes que separaban los mismos no llegaban al techo para no hacerlas inhabitables debido al calor, por lo que lo que se hablaba en uno, llegaba al otro como si se estuviera conversando con el ocupante de al lado. Los pobres enamorados tenían que mantener sus relaciones como si todavía fueran novios ocultos. La ironía de la vida les proporcionaba una luna de miel cada vez que conseguían un cuarto en un hotel de cualquier categoría o de ninguna categoría.

FIN DEL CAPITULO III

Capítulo I: Abundancia de Amor
Capítulo II: Escasez de Medios

Capítulo IV: Buscando un techo
Capítulo V: Ni casa, ni esperanzas
Capitulo VI: Hotel de cinco estrellas
Capítulo VII: La llegada de Héctor Augusto
Capítulo VIII:¿Dónde metemos al niño?
Capítulo IX: La universidad de la calle...
Capítulo X: Proyecto de un largo viaje
Capitulo XI: Traidor, ¿A quien y por qué?
Capítulo XII:Seguridad, ¡Qué incertidumbre!
Capítulo XIII: Aprendiendo a mentir
Capítulo XIV: Más deserciones
Capítulo XV: A divorciarse del traidor
Capítulo XVI: La manzana de la discordia
Capítulo XVII: Peligrosa Reconciliación
Capítulo XVIII: Bodas de Mentira
Capítulo XIX: ¡Qué Cara es la Libertad!
Capítulo XX: Consumatum est

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