|
El
Amor en los Tiempos de Castro
Capítulo
XX: Consumatum Est
Por
Florencio E. Eiranova-Cuza
Delegación Puerto Rico - S.T.C
El Castrismo
al desnudo.
Un cubano que vivió la pesadilla, narra su odisea
|
Al fin llegó la salida. Después de varios
días de espera y de nerviosismo, pudieron pedir el dinero para los
pasajes de manera de fijar la fecha de salida y comprar los boletines de
avión. Héctor se insultó cuando le comunicaron que los pasajes de La
Habana a Miami, costaban unos 900 pesos por persona. Con esa cantidad
cualquiera viaja de Miami a Argentina, pero ese era el precio que había
que pagar y Héctor lo pagó.
Cuando les llegó el dinero, se lo
comunicaron a Jesús. Ambos fueron a hacer las reservaciones a una casa
por El Vedado. Los dos se sentían como enfermos. Cuando les llegó su
tumo hubieran preferido cedérselo a cualquiera. Era la primera vez, que
no tenían prisa por que les llegara su turno. Se fijó la fecha y la
hora. Saldrían dentro de una semana.
Héctor terminó su casita. Le quedó
preciosa. La amuebló por completo. Se metió en una deuda kilométrica;
pero consiguió un financiamiento a través del Credit Union del Colegio
de Ingenieros al que ya pertenecía y se dispuso a recibir a su mujercita
y su hijo como ellos se merecían. Para el día de la llegada, no iría a
trabajar. El vuelo llegaba después de las once de la mañana cuando el
avión salía a su hora. Muchas veces se atrasaba; pero había que estar
allí desde temprano para que los familiares no se vayan a desesperar al
buscar a uno y no verlo. Mucha gente se pierde en ese aeropuerto de Miami
que es un mundo de grande con miles de pisos, pasillos y salidas.
Cuando recibió el telegrama; se puso de
acuerdo con un amigo para que lo acompañara al aeropuerto. De esta manera
no se perdería en el parqueo que es otro monstruo. El no había ido al
aeropuerto desde que llegó y ni siquiera se acordaba si había sido por
éste que había entrado, pues a él lo mandaron desde la Base Naval de
Guantánamo para Cayo Hueso. Lo mejor era ir bien acompañado para no
fallar. Además tenía preparada una fiestecita para su mujer y su amigo
del alma. Jesús. Aquel no quería quedarse en Miami. Decía que él
tenía familia en Nueva York y que se iba para allá. Eso lo iban a
discutir cuando ellos llegaran. A un amigo de esa calidad, estaba Héctor
dispuesto a darle un cuarto en su casa por el tiempo que él quisiera.
Como si lo quisiera por toda la vida.
Jesús le había comunicado a Marcia que
él no tenía intención de ir a la casa de Héctor ni aunque éste le
insistiera y le rogara. Ya él había coordinado con unas relaciones que
tenía en Nueva York y no quería pasar por el mal rato de despedirse de
ellos una vez se vieran en el aeropuerto. Para la muchacha esto era una
verdadera tragedia. Ella le había insistido en más de una ocasión que
no rompiera así aquella amistad tan noble y sincera; pero el hombre
estaba decidido y no fue posible convencerlo de lo contrario.
Un día antes de la fecha señalada para
viajar, recibió Jesús una visita inesperada. Se trataba de Dermis, un
Coronel del ejército, viejo amigo del deportista que venía a despedirse.
- Jesús, dijo Dermis a su viejo amigo,
supe que te ibas y quise venir a decirte adiós.
- ¿Cómo te enteraste que yo me iba?,
preguntó el deportista.
- Tú sabes que nosotros tenemos nuestros
métodos de saber las cosas, dijo el militar.
- Pero tú sabes que esta visita te puede
perjudicar, agregó Jesús.
- Ya yo no sé lo que me perjudica o lo que
me beneficia, dijo el oficial; pero de todas formas no temas, que nadie lo
va a saber. Yo estoy seguro que tú no vas a decir nada.
- Nuestra amistad está por encima de esas
pequeñeces. Dermis, dijo el deportista.
- Por eso vine, mi amigo, agregó el
militar. Quiero que sepas que te envidio. Quiero decirte que yo no tengo
ni siquiera la posibilidad de hacer lo que tú estás haciendo. A mí no
me dejarían salir. Yo sí me tendría que tirar a nadar. Esto no tiene
futuro. Jesús. Esto se hunde y nadie lo puede salvar.
- Pero usted es un coronel, interrumpió la
arquitecta que se sorprendió de su propia valentía. Usted debe vivir
bien en este país.
- Eso es cierto compañera; pero yo tengo
familia, hermanos, sobrinos, parientes y ellos no son todos coroneles. En
medio de tanta miseria y persecución, ¿Qué puede hacer un coronel por
remediarlo?.
- Marcia, dijo Jesús, esto es mucho más
complejo que una cuota de pollo o una libra de arroz. Es preferible que no
abramos el capítulo de las clases de mundología.
Cuando el oficial se despidió, se le
vieron dos lagrimones rodar por sus mejillas mientras decía a su amigo:
- No me puedes escribir ni yo te voy a
poder escribir a ti; pero puedes estar seguro que voy a saber de ti. Que
Dios te acompañe, hermano. Tú sabes que te deseo que triunfes y estoy
seguro de que vas a triunfar. Reza por mí y por esta tierra.
Llegó el día de la partida. Ninguno de
los "esposos" había pegado los ojos. Ambos tenían un estado
febril que no se podían explicar. Varias veces sintió Jesús a Marcia
trajinando por la cocina como si calentara algo para tomar. Quiso
levantarse para ir a verla; pero no se atrevía. Últimamente se le notaba
mucho el temblor de sus manos y de sus labios cuando le hablaba. Ella por
su parte había ido a la cocina con la intención de despertarlo para que
saliera y le dijera algo.
No soportaba la idea de aquella soledad
metida en aquel cuarto como un prisionero condenado a muerte que espera la
hora de la ejecución. A las cinco de la mañana tenían que salir para el
aeropuerto. Jesús había hablado con un amigo para que los viniera a
recoger. El carrito se lo habían confiscado. Todo lo que tenía en su
casa, lo tenía que entregar y ya le habían hecho el inventario. No
podía sacar nada. La casa sería confiscada tan pronto la abandonara. Ya
la había venido a ver un Teniente Coronel del Ministerio del Interior a
quien se la habían entregado por su proximidad a la costa.
Se empezaron a preparar casi en silencio.
No querían decirse nada. Estaban algo irritables, huraños inamistosos.
Al niño lo habían traído hacía unos días para que se fuera
acostumbrando a la idea de salir con Jesús y su mamá de viaje, no fuera
a ser que a última hora se pusiera a llorar.
Cuando llegó el amigo que había quedado
en recogerlos, ya los tres viajeros estaban listos hacía tiempo.
Partieron para el aeropuerto. El niño se durmió. La madre estaba tensa.
Jesús pensativo, taciturno, concentrado. Llegaron y se dirigieron a los
escritorios donde les decían por donde tenían que tomar. Un personal
hosco y con cara de pocos amigos iba dirigiendo a los futuros traidores y
apátridas hada sus destinos. Nadie los fue a despedir. La infeliz madre
de Marcia por ser Presidenta del Comité de Defensa de la Revolución en
su cuadra, tuvo que expulsar deshonrosamente a su hija de la organización
por traición a la patria. No pudo ir a despedirla, aunque eso no la
salvaría de que posteriormente le retiraran a ella el cargo y le hicieran
un registro a sabiendas de que no encontrarían nada; pero con eso se daba
un escarmiento. El equipaje de los viajeros cabía en un maletín de
estudiante. Todos los trámites fueron rápidos. Nada que revisar, nada
que pesar, nada que declarar.
Subieron al avión sin decir palabra. Se
sentaron uno junto al otro y pusieron al niño del lado de la madre hacia
el pasillo del avión.
Cuando la nave despegó, Marcia sintió que
le estaban arrancando algo de sus entrañas . Su vientre se desgarraba. Su
alma se le escapaba. No quiso mirar por la ventanilla. El nudo en la
garganta no la dejaba respirar. Sus ojos del color de la esmeralda,
volvieron a anegarse en lágrimas. Comenzó a sollozar.
El hombre, más acostumbrado a estos
trajines de salir del país, aunque siempre regresaba, no se sentía tan
abrumado. Al contemplar a aquella mujer tan hermosa; tan honrada y tan
querida llorando; el alma se le retorció. Le tomó la mano para
consolarla. Se la apretó para comunicarle valor, serenidad, confianza,
amor.
- ¿Eso también está en el contrato?,
preguntó la estatua de marfil con ojos de tigresa en un tono que tenía
de reproche, de reclamo, de acusación.
- Ya se está acercando a su fin. A partir
de ahora, vas a poder hacer lo que quieras; contestó el atleta entre
hiriente y lastimado. Diciendo esto, retiró la mano en gesto de
desaprobación de la pregunta recibida.
- ¿Entonces ya no habrá necesidad de
seguir engañando a las autoridades? Preguntó la estatua buscando la mano
que trataba de escurrirse. El hombre no podía creer lo que le comunicaba
aquel gesto. Se dejó tomar la mano y continuó:
- A las autoridades no habrá que
engañarlas; pero a nosotros mismos, quizás tengamos que seguirnos
engañando.
La aeromoza anunció la llegada del avión
al aeropuerto Internacional de Miami.
La salida fue casi inmediata. La
organización era evidente. A los ciudadanos norteamericanos los hicieron
salir por una fila que seguía directamente hacia afuera; a los residentes
que venían al país como inmigrantes, les tocaba otro trámite. Jesús
salió primero y esperó a Marcia con el niño. La tomó de la mano. Esta
se la aprisionó. Salieron a un salón amplio donde había millares de
personas esperando a los viajeros. El bullicio era tremendo. Se notaba que
eran cubanos. Buscaron entre la muchedumbre y no vieron a Héctor.
Siguieron avanzando con el tropel de viajeros que acababa de llegar. Al
fin lo vieron venir. Estaba cambiado. Se notaba más gordo. Vestía ropas
llamativas. Se acercaron. Se abrazaron. Jesús sintió que le clavaban un
puñal en medio del pecho. Su amigo vino hacia él y lo abrazó.
- Bueno Ingeniero; mi misión ha terminado.
He cumplido al pie de la letra el compromiso que hice con usted.
- Gracias mi amigo; mejor dicho, mi
hermano. He conocido pocos hombres como tú.
- Tú te lo mereces, Héctor. Tienes una
gran mujer. No la pierdas por nada de este mundo. Y diciendo esto dirigió
una mirada lánguida, adolorida, desesperada a aquella estatua que tanto
había deseado y que ahora entregaba a su legítimo dueño.
- Yo lo sé mi amigo, repuso con seguridad
el Ingeniero. Pero vengan que tenemos mucho que hablar.
Caminaron hacia la salida del aeropuerto y
llegaron a la acera. Un tropel de carros pasaba a velocidades peligrosas.
- Jesús, dijo el Ingeniero, soltando la
mano de su esposa que traía agarrada desde que la abrazó dentro del
aeropuerto; voy a pedirte un último favor: espérenme aquí y no se
muevan, que voy a buscar el carro. Vine con un amigo que me está
esperando en el parqueo para no perderme. Este aeropuerto es de madre.
Vengo enseguida mi amor, le dijo a la encantadora mujer de los ojos de
tigresa.
Se quedaron los tres en la ancha acera,
mientras el Ingeniero se retiraba hacia unas rampas inmensas que
conducían a los parquees del aeropuerto. El atleta no sabía qué hacer
ni qué decir. La muchacha estaba tensa; ansiosa, inquieta.
- ¿Nerviosa? Preguntó el hombre, tratando
de romper el silencio.
- ¿Y tú, cómo estás?
- ¿Porqué me lo preguntas?
- Porque, o yo soy una estúpida, o no te
entiendo en lo absoluto.
- ¿Estúpida? Tú has logrado lo que
querías.
- ¿Y tú, que has logrado?. ¿Engañar a
los americanos? ¿Engañar a los cubanos? ¿Engañarme a mí? ¿Engañarte
a ti? ¿Eso te hace feliz?
¡Marcia! ¿Qué te pasa? ¿Por qué
lloras?
- ¿Tú tienes dinero americano contigo?
Preguntó la mujer imperativa.
- Sí; yo traje algunos dólares para mis
gastos. Los tenía guardados desde hace tiempo. Nunca se sabe cuándo van
a hacer falta.
- ¡Pues lo vas a necesitar más pronto de
lo que te imaginas! !Taxii!. Taxiii!. gritó la mujer agitando la mano
derecha a un carro pintado de amarillo que se acercaba.
- ¡Marcia!, exclamó el deportista
asombrado; ¿Tú estás loca?
- ¿Loca por qué?, preguntó a su vez la
atrevida viajera.
- ¿A dónde tú piensas ir? continuó en
su asombro Jesús.
- A donde sea; al infierno, afirmó
frenética la mujer.
- ¿Y tu esposo? preguntó atónito el
profesor de natación.
- ¿Es que no entiendes Jesús? preguntó
la mujer, quien continuó sin esperar respuesta. ¿Acaso tú también te
has engañado?
El hombre seguía sin entender. Se dejó
llevar de la mano de aquella tigresa que nunca había mostrado unos ojos
más verdes y endemoniados. Lo introdujo en el taxi casi de un empujón.
Cargó al niño como un bolso de escolar. Cerró la puerta y se abrazó al
atleta para besarlo con la pasión y el fuego de un volcán. Lo mordió,
lo estrujó, quería lastimarlo y lo que logró fue enfurecer a una fiera
que había estado anestesiada durante muchos meses. El chofer del taxi,
algo sorprendido por aquella escena tan apasionada y violenta sólo atinó
a preguntar:
- Do you want me to take you to a motel?
Cuando el taxi se disponía a partir, la puerta de un carro de último
modelo se abría delante de ellos y de él se desmontaba el Ingeniero
vestido con ropas llamativas. La muchacha escondió su rostro en el
musculoso pecho del atleta quien viró la cara para no contemplar a un
hombre que buscaba inútilmente a unos viajeros que acababa de dejar
esperando en la acera.
FIN
Capítulo I: Abundancia de Amor
Capítulo II: Escasez de Medios
Capítulo III: Bodas de profesionales
Capítulo IV: Buscando un techo
Capítulo V: Ni casa, ni esperanzas
Capitulo VI: Hotel de cinco estrellas
Capítulo VII: La llegada de Héctor Augusto
Capítulo VIII:¿Dónde metemos al niño?
Capítulo IX: La universidad de la calle...
Capítulo X: Proyecto de un largo viaje
Capitulo XI: Traidor, ¿A quien y por qué?
Capítulo XII:Seguridad, ¡Qué
incertidumbre!
Capítulo XIII: Aprendiendo a mentir
Capítulo XIV: Más deserciones
Capítulo XV: A divorciarse del traidor
Capítulo XVI: La manzana de la discordia
Capítulo XVII: Peligrosa Reconciliación
Capítulo XVIII: Bodas de Mentira
Capítulo XIX: ¡Qué Cara es la Libertad!
Capítulo XX: Consumatum est
Subir
Retornar a la página principal
|