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El
Amor en los Tiempos de Castro
Capítulo
II: Escasez de Medios
Por
Florencio E. Eiranova-Cuza
Delegación Puerto Rico - S.T.C
El Castrismo
al desnudo.
Un cubano que vivió la pesadilla, narra su odise
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La casita donde vivía Marcia daba dolor
contemplarla. Era una construcción de madera retorcida por el tiempo y
abandonada a su suerte. Ni pintura, ni un clavo o una teja de cinc. Ni una
reparación o mejoría desde que fue construida no se sabe cuándo. No era
la única, desde luego. En su infortunio por la falta absoluta de
materiales de construcción o de pintura, todas las casas, grandes y
pequeñas, de cualquier material que estuviesen construidas, se
arrebujaban unas junto a la otra como buscando la protección de su vecina
contra la inclemencia del tiempo que amenazaba con barrerlas a todas. La
limpieza, que era por cierto destacada en la familia de la muchacha,
amenazaba con perjudicar aquellos pisos que ya no resistían un año más
sin ser reemplazados. El agua constante en las limpiezas que
religiosamente recibía aquel piso, había hecho desaparecer el color de
las losetas y lo que las pobres exhibían era el cemento sin más afeites
ni barniz. Aquellas paredes interiores forradas de revistas pasadas de
moda para ocultar las úlceras que carcomían las tablas del año de la
bomba. Tres cuartos dormitorios repletos de camas que no permitían
moverse a nadie en su interior y las ropas colgadas de perchas de alambre
retorcido que a su vez colgaban de un palo atravesado en las esquinas con
la iluminación de un bombillo de 40 bujías que más bien daba la
impresión de una caverna por lo oscuro e insalubre de su apariencia.
Después de atravesar por un pasillo angosto y lleno de muebles viejos, se
desembocaba en uno cocinita donde se destacaba una meseta que en sus
mejores tiempos fue de losetas brillosas, pero que la inclemencia del uso
y la falta de mantenimiento y recursos para sustituirlas, las había
dejado "peladas" e incompletas. Evidentemente muchas de las
losas se habían desprendido y no pudiendo reemplazarlas, la meseta era
ahora de varios colores. Rojo quemado en lo que quedaba sin caerse;
carcomido en las que no se habían caído y gris en las que se habían
quedado en el cemento. Sobre la meseta había una cocinita de kerosene de
dos hornillas. Aquel artefacto infernal era una de las muestras del
desarrollo del Socialismo Chino. Funcionaba con unas mechas de trapo, (ya
que la original nunca aparecía) las cuales absorbían el líquido
(kerosene) y al prendérsele, éste se calentaba y comenzaba a
"gasificar". La peste a petróleo quemado y el humo que aquello
desprendía, obligaba a sus usuarios a mantener la nariz apretada y los
ojos semicerrados durante el tiempo que tomara la operación de cocinar,
que si en otros tiempos fue un placer y motivo de satisfacción para toda
buena cocinera, ahora se había convertido en la hora de la tortura y los
sufrimientos. El patio de tierra con un desagüe de aguas negras que
corría cuando llovía, estaba lleno de cordeles de alambre para el
tendido de las ropas cuando se conseguía jabón para lavar. En aquella
buhardilla vivía una futura ingeniera y vendría a vivir su esposo el
futuro ingeniero con sus futuros hijos hasta que lo providencia les
permitiera conseguir un apartamento en aquel país azotado por la
ineptitud y la ceguera económica,
Continuaron las clases como de costumbre y
se aproximaron loa exámenes finales. Llegaron los exámenes y con ellos
el fin de curso. Era necesario presentar un trabajo de grado o tesis, como
le llamaban para poderse graduar. El trabajo consistía en una especie de
investigación que debía realizar el futuro graduado, bajo la dirección
o supervisión de un profesor. Ambos estudiantes se habían esmerado en
elaborar su trabajo con dedicación y verdadero entusiasmo. Era su trabajo
de grado y éste formaba parte del nivel académico general que obtenía
el futuro profesional; pero no existía un lugar en el país donde los
estudiantes pudieran garantizar que se les encuadernara e imprimiera la
cubierta que necesariamente llevan tales trabajos.
- ¿Ya presentaste tu anteproyecto de
tesis? preguntó Héctor a su novia una mañana en que se encontraron al
salir de la Universidad.
- Sí, lo presenté; pero no me hago muchas
ilusiones sobre los resultados, contestó la novia.
- ¿Qué pasó?, indagó el joven algo
intrigado.
- Nada, contestó la joven, que el profesor
se va a un seminario por no sé donde y no me va a dar los resultados
hasta que no regrese. ¿Y el tuyo?
- Tengo problemas con la nota, dijo el
futuro ingeniero.
- ¿Tú, con problemas con la nota? se
sorprendió la muchacha.
- Ay, Marcia, dijo el joven; yo quisiera
entender; pero no hay modo. Te juro que me siento confundido.
- ¿Qué te pasa mi cielo? inquirió la
futura arquitecta.
- Resulta que en mi tesis no aparece el
nombre del Comandante en Jefe, ni como propulsor de la Ingeniería Civil
en Cuba, ni como un estudioso y entusiasta de la especialidad. Por esa
razón, no me pueden dar el máximo en mi trabajo de grado, dijo con
desgano el futuro ingeniero.
- ¿Y por qué tú no lo incluyes, Héctor?
preguntó la novia.
- Porque Fidel es abogado, mi cielo. Eso es
un acto de adulación Innecesaria y una falta a la verdad, dijo el joven
con vehemencia.
- ¿Y a ti que te importa eso, Héctor?
preguntó la muchacha.
- ¿Cómo que a mí qué me importa? repuso
el joven. Esa es mi tesis y yo tengo que poner lo que en realidad entiendo
es la justicia y la verdad sobre mi carrera.
- Mira, mi amor, dijo esta vez la muchacha
en tono doctrinario: Si para darte los cinco puntos tienes que poner que
Fidel fue el inventor de la Ingeniería Civil en Cuba, ponlo y olvídate
del resto. Esa nota va a formar parte de tu vida donde quiera que vayas y
nadie va a preguntar lo que decía la tesis.
- ¿Y dónde va a parar mi conciencia?
quiso saber el joven.
- No te olvides, ingeniero, que la mejor
prueba de conciencia que podemos dar, es defendiendo nuestros principios y
nuestras instituciones contra el enemigo imperialista por encima de todo.
El Comandante en Jefe es nuestro máximo exponente de principios y de
enfrentamiento con el enemigo, así que no importa si él tuvo o no que
ver con el desarrollo de tal o cual carrera en nuestra patria. Todo el
mundo lo incluye en sus tesis y tú no vas a ser la excepción.
El muchacho se dejó llevar esta vez de los
consejos de la novia e incluyó (como hacían todos) al Comandante en
Jefe, como el máximo impulsor de la Ingeniería Civil en Cuba. Esa
luminaria de las ciencias universales, todo lo sabía, todo lo dirigía,
todo lo investigaba y de todo se ocupaba.
- Héctor, dijo Marcia aquel Miércoles por
la tarde a su novio con una cara que no presagiaba nada bueno: mi hermana
Myrna me trajo los papeles de las tesis y me dice que el señor no se los
pudo encuadernar. Parece que el hombre cayó preso por actividad
económica ilícita y por suerte la esposa pudo salvar nuestros trabajos
para que no cayeran en manos de la policía.
- ¿Y a estas alturas es que tu hermana se
aparece con esos resultados? ripostó sorprendido y aterrado el joven.
- Bueno mi amor, continuó la novia;
gracias que los recuperamos, porque hay un montón de gente que perdió su
trabajo.
- Pero Marcia, repuso el novio, nosotros
tenemos hasta el viernes a las cinco de la tarde para entregar eso. Si no
entregamos la tesis, no nos graduamos y ya no hay tiempo de dársela a
nadie. ¿Tú te imaginas encontrar en este país un lugar donde te
encuadernen dos tesis en un día. Eso es un embarque total.
- Bueno mi vida, repuso conciliadora la
muchacha, mi mamá habló con un señor que trabaja en la Industria
Gráfica y él le prometió que mañana va a ver cómo le resuelve la
situación.
- Ay Marcia, agregó el joven desalentado; yo creo que el momento no es de
promesas de ver si le puede resolver. Nuestra graduación por lo visto
está en el pico del aura.
- Bueno mi hijo, se ha hecho lo que se ha
podido. Nosotros le dimos eso a Myrna hace más de un mes. Nadie tiene la
culpa de que al hombre le haya pasado lo que le pasó.
Cuando Fructuoso, el padre de Héctor vino
a ver a los muchachos para enterarse de cómo andaban los preparativos de
la graduación y los arreglos del cuartico que él personalmente se estaba
encargando de impulsar, se enteró de la tragedia de los trabajos de
grado.
- ¿Y cómo se les ocurre a ustedes esperar
a dos días antes de la entrega de esas tesis, para que les vengan con esa
respuesta?
- Bueno papi, contestó el futuro
ingeniero, el hombre es una persona seria; lo que pasa es que ha tenido
dificultades y no pudo hacer el trabajo.
- Se nota que ustedes todavía no se han
enfrentado con la vida. Miren muchachos, sentenció el hombre; aquí no
hay hombre serio ni hombre honrado. Aquí todo eso desapareció hace
tiempo. Yo estoy seguro que los hijos de los dirigentes y generales de
este país, hace rato que tienen sus tesis encuadernadas y probablemente
ellos no han tenido que mover ni un dedo.
A la muchacha no le agradaba en lo absoluto
la manera de expresarse de su futuro suegro. Ella prefería mantenerlo a
distancia en la mayoría de sus relaciones con Héctor. El viejo era
recalcitrante y no perdía una oportunidad para fustigar a la Revolución
y a todos sus dirigentes. Lo curioso era que el hombre tenía unos
métodos de resolver las cosas, que siempre lograba lo que se proponía.
Según su decir; eran los métodos del Capitalismo.
- No te preocupes de eso, papi, dijo
Héctor como para suavizar las cosas; ya Pepa le prometió a Marcia que
mañana van a ver si le resuelven.
- Aquí no se trata de promesas; ni de voy
a ver si les resuelvo, ripostó el viejo. Esa fraseología es la música
para dormir a la gente incauta. Voy a ver; voy a hacer el esfuerzo; vamos
a tratar; estamos preocupados. Todo eso es violín. Violín para
adormecerlos y seguir disfrutando de la finquita mientras la finquita dé
frutos. Aquí lo que hay que hacer es agarrar esos papeles y decirte:
Mañana por la mañana te los traigo encuadernados. Te cuesta
cientocincuenta pesos y a otra cosa mariposa.
- Y si usted cree que eso es tan fácil,
atacó Marcia a su futuro suegro, ¿porqué no nos lo resuelve?
- Yo no he dicho que eso sea fácil; pero
me corto una mano si el Viernes a medio día, no tengo esas tesis
encuadernadas, dijo enfático el hombre; pero lo que sí te garantizo es
que no va a ser a base de trabajo voluntario ni méritos laborales. En
estos casos, lo que funciona es el capitalismo. El capitalismo rampante.
Necesito esto para mañana a las once. Dime cuánto me cuesta y si no me
lo vas a hacer para mañana a las once, no hay trato.
El hombre se llevó los materiales y al
otro día estaba en una imprenta cerca del malecón por detrás del
hospital Hermanos Amejeiras.
- ¿Quién es la persona encargada de la
encuadernación, mi socio?; preguntó Fructuoso al empleado que lo
atendió en la imprenta.
- Tiene que ser Serafín; contestó el
hombre sorprendido por lo rápido de la embestida.
- ¿Este Serafín no es el que estaba por
allá por las imprentas de la calle Lombillo?, indagó con habilidad el
padre de Héctor.
- No, le contestó ingenuo el empleado;
Serafín vino de la Industria Gráfica; de los talleres de la calle
Infanta por la terminal de ómnibus.
- Llámame a Serafín, hazme el favor, dijo
Fructuoso, sin encomendarse a nadie más.
Caramba compañero, dijo Fructuoso,
envolviendo en una sonrisa afectuosa al hombre que se le acercaba; nos
dejaste botados por allá por Infanta y mira donde has venido a
refugiarte.
El hombre tragó el anzuelo y le dio la
mano al recién llegado como si en realidad lo conociera de
hacía tiempo. Quizás sería uno de esos compañeros de la Dirección
Provincial que venían a menudo a mandar a hacer trabajos a la carrera. En
realidad eran tantos, que ahora no se recordaba; pero para el caso era lo
mismo.
- En realidad yo no los boté a ustedes,
dijo Serafín tratando de seguir la conversación; fueron ustedes los que
me mandaron para acá; pero se lo agradezco, porque ahora estoy más
tranquilo.
- Bueno, terció el habilidoso cincuentón;
estabas tranquilo, porque te traigo una tareita que ya tu sabes como es
eso; es de ahora para ayer.
- ¿De qué se trata?, continuó
comprometiéndose el encuadernador.
- Mira, Serafín, le habló al hombre casi
al oído; yo soy un padre de familia como tú. Tengo mis relaciones y mis
conexiones como cualquier ciudadano en este país; pero no me gusta abusar
de mi posición. Ahora resulta que por ser así, estos burócratas que
todo lo enredan, me han embarcado y tengo que recurrir a ti para que me
resuelvas.
- ¿Qué es lo que pasa compañero?,
preguntó Serafín intrigado.
- Nada, mi socio, continuó el avieso de
Fructuoso, que mis dos hijos se gradúan de ingenieros la semana que
viene; tienen que presentar las tesis o trabajos de grado mañana a las
dos de la tarde y ahora a última hora, se les salen allá en los talleres
de Infanta, que no le pueden terminar el trabajo, porque les llegó una
planilla del Comité Central que les toma todo el personal etc. etc. etc.
¿Tú te imaginas que mis hijos no se puedan graduar porque esta gente
esperó a última hora para encuadernarle y ponerle un impreso en el
frente de la carátula a sus tesis? Es como para ahorcar a uno de ellos.
- Pero eso lleva un poco de trabajo y
nosotros tenemos todo el día ocupados, se defendió el encuadernador.
- Eso se resuelve, mi hermano, atacó el
hombre que esperaba la oportunidad para corromper a quien fuera. Yo sé
que nadie trabaja de gratis y que amor con amor se paga. Dile a la gente
que aquí no hay problema. Dime con confianza lo que sea, que tú me
conoces a mí.
Serafín asimiló la embestida y esta vez
no sabía si el hombre lo conocía de la Oficina Provincial, del Comité
Central o de la cárcel cuando estuvo preso; pero ya se había embarcado y
continuó hacia adelante.
- Dame el material y ven a buscarlo mañana
a medio día. Son sesenta pesos por cada uno. Cuando vengas, no me vayas a
entregar dinero delante de la gente. Trae un sobre y me dices que esas son
las órdenes de compra.
Al otro día el hombre fue a buscar sus
tesis encuadernadas. Entregó los ciento veinte pesos en un sobre y salió
de lo más feliz. Aquel trabajo no pasaría por los libros; el dinero se
repartiría entre los que hicieron el trabajo. El material utilizado, el
tiempo de los trabajadores y las máquinas empleadas en la operación,
todas eran del gobierno; pero el pueblo tenía que resolver sus problemas
y no había otra vía para lograrlo. Cuando el futuro suegro se apareció
al otro día a la casa de la futura arquitecta, el alma le volvió al
cuerpo a ésta. El hombre no los había llamado la noche anterior como
había quedado, para castigarla por su desconfianza y displicencia ante
sus comentarios. Las tesis estaban preciosas y esa tarde las podrían
entregar, gracias a los "métodos capitalistas" del padre de
Héctor a quien los sufrimientos y el constante luchar con las
inclemencias del régimen, le habían enseñado a "nadar y guardar la
ropa seca" según su propio decir.
- Mira mi amor, decía Marcia un Domingo
por la mañana en plenos preparativos para su anhelada boda: Mi hermana
Myrna me consiguió dos botellas de alcohol de 90 grados en el hospital
donde trabaja su cuñada. ¿Te imaginas la cantidad de bebidas que podemos
preparar?
- Eso está chévere, mi vida; pero me
preocupa saber de dónde salió ese alcohol, repuso el honesto
profesional.
- ¿De veras es importante saber de dónde
salió? preguntó ingenua la futura esposa.
- Claro, mi amor, dijo el ingeniero; no
olvides que nosotros somos revolucionarios y no debemos permitir que
nuestro comienzo tenga nada que ver con el desvío de productos del
pueblo.
- Bueno mi vida, dijo la novia; por esta
vez yo soy la primera que te pido que te olvides de algunos principios y
vamos a tratar de celebrar nuestra boda lo mejor que se pueda. El alcohol,
según me dijo Myrna, es un sobrante que le reparten a los empleados por
no sé qué razón.
El recién graduado ingeniero no podía
comprender la ingenuidad de su novia. Un sobrante de alcohol en un
hospital donde todo escaseaba, era como si le hablaran de una inundación
en medio del desierto; pero comprendió que si quería tener boda, había
que cerrar los ojos.
- Tenemos que hablar con mi papá que es un
especialista preparando ponches y daiquiríes con alcohol, para que se dé
gusto.
- ¿Ya tú conseguiste la cerveza?
preguntó la muchacha asaltada por la duda.
- Bueno, repuso Héctor, tanto como la
cerveza no; lo que tengo es el papel que da la notaría para con ese papel
ir a la OFICODA (Oficina que controla los abastecimientos cuando los hay).
- ¿Y qué tú esperas para ir a la
OFICODA, mi hijo?
- Calma, Arquitecta; repuso el futuro
esposo; no olvides que no puedes ir a la OFICODA hasta una semana antes de
la boda.
- ¿Y eso porqué? inquirió la novia.
- Eso es para evitar que las gentes
consigan la cerveza con anticipación y luego se les fermente. Tú sabes
que la cerveza no tiene suficiente preservativo y además se fabrica con
arroz fermentado, lo que hace que solamente dure unos días después de
fabricada, explicó el novio con serenidad.
- ¿Y quién las va a buscar cuando la
OFICODA te autorice?, preguntó la novia. Creo que tantas cosas no las vas
a poder resolver tú solo.
- Bueno, dijo el novio; yo encargué a
Bismark, el muchacho que trabaja en el círculo social. Jesús Menéndez
para que me haga la cola. Como que ellos se pasan el tiempo sin hacer
nada, él me va a hacer el favor de pasarse la noche en el depósito y
cuando llegue el camión que las trae, las recoge y me manda a avisar para
yo ir con la carretillita y traerla.
- ¿Y porqué se tiene que pasar la noche
haciendo la cola, si el camión no viene hasta las ocho de la mañana?
preguntó la novia, que de estas cosas sabía tanto como de energía
nuclear.
- Mira mi amor, le contestó el novio; un
camión trae doscientas o trescientas cajas de cerveza para toda esta
zona. Como que no viene todos los días; a veces hay cien personas con
papeles de bodas igualitos que el de nosotros. Cien papeles a cinco cajas
cada uno, son quinientas cajas que nunca vienen, por lo que un montón de
gentes se quedan sin cerveza de todas formas. Entonces los que quieran
tener cervezas el día de su boda, tienen que pasarse la noche manteniendo
el turno. Ya yo marqué mi turno hace días, aún sin tener el papel de la
OFICODA y por las noches voy para rectificarlo, de manera que cuando tenga
todo listo, nadie me pueda quitar mi turno. Ya allí casi todo el mundo me
conoce.
- ¿ Y el hielo, cómo vamos a resolverlo?
preguntó la futura esposa anotando cada renglón.
- Ya yo tengo el papel del hielo, repuso
Héctor. Me dan cien libras que creo no alcance si es que vamos a preparar
traguitos con el alcohol que resolviste; pero Paquita tu tía me prometió
que me va a conseguir otras cien libras con un amigo que administra un
puesto de hielo en la 51. Lo que pasa es que no lo podemos buscar hasta el
mismo día. Eso no se puede guardar. Yo necesito tener la cerveza tres o
cuatro días antes, para poder utilizar a Bismark en la cola del hielo,
porque esa si es verdad que se pone terrible. Los vendedores de cerveza
clandestinos le pagan al del puesto de hielo para que les venda a sobre
precio, el hielo que no reclaman los que tienen el papel de bodas y el muy
condenado, se pone de acuerdo con los camioneros del hielo para que le
deje la cuota del puesto bien temprano para de esta manera, podérsela
vender a los especuladores de cerveza y decirles a los del papel, que el
hielo llegó y que ellos no estaban allí para reclamarlo.
- ¿Y no hay una hora estableada para que
las personas con papel reclamen su cuota de hielo? inquirió la perpleja
muchacha.
- Ay mi amor, bájate de esa nube, fue la
respuesta del novio. Aquí el que no pasa su mala noche, ni toma cerveza
ni prepara traguitos, ni hace bocaditos ni se puede casar. Y luego no
tiene reclamación, porque el del puesto de hielo plantea que él no puede
guardar hielo, porque no tiene refrigeración y se le derrite.
- ¿Y cómo esos vendedores de cerveza
clandestino consiguen la cerveza, si tú me acabas de decir que no alcanza
para los que tienen papel de boda? insistió la novia.
- Por la misma razón, mi amor, explicó el
futuro esposo. Cuando los camiones salen de la fábrica, llevan las
cuatrocientas cajas o las que les toque llevar; pero muchas de esas cajas
de cerveza no salen con papeles. Sencillamente el despachador se pone de
acuerdo con el camionero y el portero que chequea los papeles del
camionero para cargarle más cerveza de las que le anotan en el papel. El
camionero descarga una parte de la cerveza en los puntos que ya él sabe
se la van a pagar a sobre precio. Como que esas cajas de cerveza no han
sido anotadas, cuando el camionero llega al punto de distribución, lleva
la cantidad que dice el papel; pero ya se ha robado entre él y el
despachador y el chequeador y todo el que tenga que ver con la
distribución, una cantidad de cerveza para los vendedores clandestinos.
- Entonces esos camioneros son unos
bandidos, exclamó la novia enfurecida.
- No, mi cielo, dijo tranquilamente el
novio. Ellos hacen lo que hacen los camioneros de la carne, los
distribuidores de alimentos, de materiales de construcción y todo el que
tenga algo que ver con distribuir aunque sea una aspirina.
- ¿Y de dónde tú sacas toda esa
información? inquirió irritada la novia.
~ Por suerte, dijo el futuro esposo, mi
papá trabaja en la distribución de alimentos y, aunque él no es
camionero, se sabe todo el manejo de todo el mundo y está convencido de
que la mitad de las cosas que se consumen en nuestro país, son
extraídas, lo que quiere decir robadas de los almacenes estatales por las
mismas gentes que los manipulan.
La muchacha no esperaba tanto. Ella
sospechaba por las cosas que escuchaba; pero estas informaciones tan
detalladas, la sacaban de quicio. Trató de poner un velo en sus ojos y
continuó como si nada hubiese ocurrido.
- ¿Y de comer?, siguió insistiendo la
futura esposa para cambiar el ambiente si es que podía.
- Ya mi papá se comprometió en
conseguirme los pancitos para con las cinco libras de pasta que nos toca
por el papel de la boda, hacer los bocaditos. El me va a conseguir otras
cositas; pero no quiere destacarse mucho. Eso también tiene que esperar,
porque se ponen viejos. La pasta no me la entregan hasta el día antes de
la boda.
- ¿Y no le podríamos pedir a tu papá,
que es tan resolvedor, que nos consiga algún queso o hasta unos pedacitos
de jamón para brindar unos bocaditos a nuestros invitados? preguntó
amorosa la muchacha, como para enternecer el alma de su futuro esposo.
- Mira, Marcia, contestó el novio; si él
los puede conseguir, tú puedes estar segura de que los va a traer sin que
yo se lo pida; pero no quiero comprometerlo, porque ya él ha tenido
algunos problemas con las autoridades y es mejor que se limpie un poco.
- Yo no entiendo ese lenguaje, Héctor,
dijo la novia; si no me explicas, me voy a quedar ciega.
- Mira, mi amor, contestó el joven, lo que
pasa es que la gente que trabaja en un lugar donde haya algún producto
que el pueblo necesita y que no abunda, tiene que enfrentar una presión
tremenda, ya que todo el mundo quiere que les resuelvan algo y no siempre
se puede resolver. Cuando un miembro del Ministerio del Interior va a un
almacén a buscar para que le resuelvan algo, ya que ellos también son
humanos y necesitan, se presenta una situación muy delicada.
- ¿Por qué delicada? interrumpió la
muchacha.
- Simplemente porque si le resuelves te
puedes buscar tremendo problema, dijo el ingeniero.
- ¿Y por qué? quiso saber la novia.
- Porque no se sabe si ese señor está
investigando y quiere saber si la gente del almacén hace malos usos de
los recursos del pueblo, contestó el joven.
- Pues lo mejor es no darle nada, continuó
la muchacha.
- Ese es el problema, intervino el
profesional; que si no le dan nada y el individuo estaba tratando de
resolver algo para su familia, entonces puede convertirse en enemigo de
ellos y ponerse a vigilarlos para cogerlos en el primer desliz.
- ¿Tú crees que con esas cositas que
tenemos alcance? fue la pregunta de la preocupada Arquitecta, que ya no
sabía de qué lado ponerse.
- Bueno, mi hija, tu mamá va a preparar
una ensalada fría con unos espaguetis que está guardando desde hace
meses. Yo no sé si aparezcan algunas cositas más; pero eso es lo que
tenemos y con eso vamos a echar la pelea.
- Ay Héctor, mi vida, me da pena que no
tengamos más cosas que brindar en nuestra boda, se lamentó la muchacha
con verdadera angustia.
- Tienes razón mi amor, replicó el
muchacho; pero eso es lo que permite nuestro desarrollo y eso es lo que
vamos a brindar. Si alguien quiere venir a alimentarse, que se valla a 90
millas.
- Yo hablé con mis tías para que les
pidan unas sillas a los vecinos prestadas. Vamos a tener más gentes de
las que uno se imagina, comentó Marcia.
- Ten cuidado con esa pedidera de sillas,
no vaya a ser que se te aparezcan los vecinos creyendo que estamos
abundantes y se nos descuadre la cuenta, fue el comentario del futuro
esposo.
- Ay mi amor, repuso la muchacha; yo no
había reparado en esa posibilidad. Es verdad que hay que vivir con un
trabajo de madre. ¿Hasta cuándo tú crees que dure esta situación?
- Ya quisiera yo saberlo, Marcia. Cierra
los ojos y sigamos hacia adelante, fue la respuesta del joven.
- A propósito, mi amor, continuó el
Ingeniero; tú me estás pidiendo cuentas a mí de mis gestiones; pero no
me has contado de las tuyas en cuanto al traje, las telas y ropas que nos
tocan, el colchón a que tenemos derecho etc. etc.
- Bueno, mi vida, repuso la muchacha; hay
buenas noticias y malas también.
- Comienza por las malas, fue la expresión
del futuro esposo.
- Bueno Héctor, dijo la novia temerosa de
incomodar al futuro desposado; el problema es que las sábanas que nos
tocan, que son dos, no vienen en colores ni bordadas. Hay que tomarlas
blancas y corrientes. Yo en definitiva tengo dos juegos de sábanas que me
regaló mi mamá y por eso decidí cambiar las que nos tocaba por un corte
de vestido que tú sabes la falta que me hace.
- ¿Y eso es todo lo malo?
- Hay algo más, continuó la muchacha; el
colchón que nos toca por matrimonio no lo hay. Tenemos seis meses de
espera y si no llega en ese tiempo lo perdemos.
- ¿Y qué decidiste?
- Pues hablé con la administradora de la
tienda que es muy buena amiga de mi tía y me prometió que cuando llegue;
ella me lo vende aunque estemos pasados.
- ¿Y qué nos va a costar ese gran favor?
preguntó desconfiado el joven enamorado.
- Nada, que yo le regalé a ella el derecho
que tú tenías de una camisa y un pantalón. En definitiva tú tienes un
par de camisas buenas que te mandó tu tía de fuera y los pantalones que
están vendiendo no vale la pena ponérselos.
- ¿Y cuál es la buena noticia? preguntó
ansioso el novio.
- Bueno; sujétate, dijo la novia tratando
de impresionar; el cuñado de Myrna que es militante del partido y es el
que organiza las recepciones y fiestas en el Comité Municipal de
Marianao, me va a regalar el ramo de novias y además nos va a poner un
carro nuevo para que nos lleve a la notaría y nos traiga y además para
que nos lleve al hotel.
- ¿Y de dónde saca él todo eso?
preguntó molesto el joven ingeniero.
- Ay mi amor, repuso la novia; no me vas a
decir que yo me voy a poner a averiguar de dónde salen esas cosas. Tú
bien sabes que el partido tiene las posibilidades que nosotros no tenemos.
- Eso es verdad, mi amor, continuó el
joven; pero resulta que ese compañero, no es el partido; él es un
ciudadano como tú y como yo; lo único que él maneja los recursos del
partido como si fueran propios de él. ¿Te imaginas como deben de
disfrutar sus familiares de todas las cosas que él maneja?
- ¿Y por qué tú te imaginas esas cosas?
increpó la novia algo herida.
- Es muy sencillo, mi amor; repuso el
ingeniero, si ese señor que yo no sé quien es; que no es ni tu familia
ni siquiera tu amigo, es capaz de regalarte un ramo de novia y ponerte un
carro a tu disposición durante toda la tarde y la noche; ¿qué no será
capaz de hacer por su familia?
- ¿Y eso qué tiene de malo? increpó la
muchacha.
- Nada mi cielo, repuso el novio resignado;
que ahora yo me pongo a pensar, ¿Cómo podremos tú y yo hacernos la
ilusión de que nos vayan a dar un apartamento por el hecho de ser dos
recién graduados universitarios?. Primero tienen que darle a todos esos
familiares y amigos de la gente del Partido, antes de que un par de
infelices como tú y yo nos acerquemos a un cuartico.
La muchacha no esperaba tanto; pero los
argumentos del novio eran demasiado contundentes. Lo abrazó, lo besó y
bañó con sus lágrimas el rostro de su amado, quien había pronunciado
con amargura y resignación las últimas palabras.
Los novios se decían y se contradecían
cada vez que se encontraban. No había manera de determinar, cuál de los
dos era quien comprendía la situación y cuál el que necesitaba una
orientación. Lo cierto era que ambos querían comprender algo que era
más complejo de lo que ellos mismos se habían imaginado. Las teorías
económicas, las charlas y las conferencias que habían recibido por
millones durante su vida de estudiantes, les presentaban un mundo ideal;
una sociedad sin antagonismos de clases, orientada hacia la solidaridad
más humana y más noble que haya podido concebirse por ideólogo alguno.
Una sociedad de abundancia. De una abundancia creada por las manos
hábiles y laboriosas de una clase obrera contenta, feliz, liberada. De
una clase obrera que había sido oprimida durante siglos, por unos
parásitos explotadores que habían consumido por generaciones, el
producto creado por los infelices explotados; pero que ahora había sido
liberada por los heroicos barbudos encabezados por el más noble y
generoso de los hombres. El invencible Comandante en Jefe. El más audaz,
el más inteligente y brillante, valiente, perseverante, generoso. Aquella
clase obrera estaba dirigida por lo mejor y más noble e inteligente que
ha dado la sociedad, el Partido Comunista; el partido de la clase obrera
con su Comandante en Jefe al frente.
Cuando salían a la calle, se encontraban
con una población endemoniada y obstinada de vivir, luchando cada cual
por conseguir algo con que mitigar sus carencias y privaciones;
desconfiando el uno del otro y necesitando al mismo tiempo de cada
semejante para poder subsistir. Una sociedad de gente grosera y mal
hablada; pero que no sentía lo que decía. Era como si estuviera obligada
a decir cosas para protegerse de algo que ellos mismos no sabían de
dónde venía. Diciendo cosas que no sienten y haciendo cosas que condenan
verbalmente. Ellos mismos se sentían incorporándose gradualmente a
aquella promiscuidad entre el delito y la hipocresía si es que no
querían perecer. A ambos novios les repugnaba su situación; no querían
prestarse a aquel cinismo. Anhelaban rechazarlo; pero no podían, porque
querían vivir. Si abrían los ojos se llenaban de horror. Si los
cerraban, se llenaban de lodo; pero vivían. Ellos no querían perecer.
FIN DEL CAPITULO II
Capítulo
I: Abundancia de Amor
Capítulo III: Bodas de profesionales
Capítulo IV: Buscando un techo
Capítulo V: Ni casa, ni esperanzas
Capitulo VI: Hotel de cinco estrellas
Capítulo VII: La llegada de Héctor Augusto
Capítulo VIII:¿Dónde metemos al niño?
Capítulo IX: La universidad de la calle...
Capítulo X: Proyecto de un largo viaje
Capitulo XI: Traidor, ¿A quien y por qué?
Capítulo XII:Seguridad, ¡Qué
incertidumbre!
Capítulo XIII: Aprendiendo a mentir
Capítulo XIV: Más deserciones
Capítulo XV: A divorciarse del traidor
Capítulo XVI: La manzana de la discordia
Capítulo XVII: Peligrosa Reconciliación
Capítulo XVIII: Bodas de Mentira
Capítulo XIX: ¡Qué Cara es la Libertad!
Capítulo XX: Consumatum est
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