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El
Amor en los Tiempos de Castro
Capítulo
XIX: ¡Qué Cara es la Libertad!
Por
Florencio E. Eiranova-Cuza
Delegación Puerto Rico - S.T.C
El Castrismo
al desnudo.
Un cubano que vivió la pesadilla, narra su odisea
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Los trámites continuaron y los papeles
siguieron aumentando. Jesús llevó a Marcia "su esposa" a la
Oficina de Intereses de los Estados Unidos de América. Allí llenó unos
formularios con los cuales solicitaba la entrada en el país, de la esposa
y el niño, que aunque no era hijo de él, se lo admitían como inmigrante
en Estados Unidos. Los mandaron a hacerse el chequeo médico a un
policlínico en la Víbora.
Fueron al policlínico de La víbora a
resolver el certificado de salud que exige el Consulado Americano a todo
inmigrante que desee entrar al país por primera vez.
- Lo siento compañero, dijo la enfermera
que los recibió; pero van a tener que esperar un par de semanas.
- ¿Y eso porqué, preguntó el atleta que
había oído hablar de aquellas "dificultades"
- Bueno, compañero, contestó la
"gentil" profesional; es que las planillas o modelos oficiales
que nos manda el Consulado Americano se han terminado y tenemos que
esperar la próxima remesa.
- ¿Y esa remesa tarda dos semanas?,
preguntó Jesús algo inquieto.
- Bueno, continuó la dama vestida de
blanco, a no ser que usted las quiera conseguir por su cuenta.
- ¿Quién me las puede conseguir?
preguntó el deportista que comprendió de inmediato el chantaje y se
preparó a pagarlo sin reparos.
Las planillas le costaron diez dólares;
cinco por cada una. Dólares americanos. Esos papeles los entrega el
Consulado de gratis; pero van numerados y contados. ¿Cómo se efectuaba
la operación?; no le importó al deportista. Había que salir de aquella
pesadilla y el precio no tenía importancia.
- ¿Porqué le diste tus dólares a esos
vampiros? preguntó indignada la muchacha, que había contemplado la
escena sin decir palabra.
- ¿Tú preferías quedarte aquí dos
semanas más? fue la respuesta del atleta quien ya no soportaba la
estancia en el país.
- Pero es que esto es el colmo del
vandalismo y la corrupción; comentó la muchacha con gesto de
repugnancia.
- Tienes razón, Marcia, dijo Jesús; pero
no debemos culpar a estos infelices que recogen una migaja cuando pueden.
Los culpables son quienes los han llevado a este estado de descomposición
moral. Los altos dirigentes de este país no necesitan cobrar cinco
dólares por una planilla. Ellos viajan al extranjero con dinero
suficiente para traer equipos modernos y regalos para sus familias. El
pueblo sabe todo eso y por eso se defiende como puede.
Al cabo de una semana, tenía el deportista
el visto bueno del Consulado Americano para la entrada en el Gran País
del Norte tanto de él (que no necesitaba visa) como de su esposa que la
recibió una vez presentada una Affidavit of support que en este caso
había conseguido Héctor en Estados Unidos. El esposo (el padre del
niño) se movió todo lo rápido que las circunstancias demandaban y antes
de dos meses, ya tuvo Jesús en sus manos los documentos necesarios para
presentarse otra vez en la Oficina de Intereses con su esposa donde
recibió los visados.
El día que recibieron la visa de Marcia y
el niño, salieron a celebrarlo.
- ¿Cuándo nos largamos de este infierno?
preguntó la obstinada muchacha, que ya no resistía aquellas torturas de
estar durmiendo bajo el mismo techo y a tres metros de distancia del
hombre que la dominaba en toda la línea y que sin embargo no le había
puesto la mano encima por no se sabe qué milagro.
- ¿Tanta prisa tienes? ironizó el
deportista, que necesitaba vengarse de alguien para mitigar su
frustración.
- Mira Jesús, repuso la arquitecta; yo no
sé cómo tú te sientes ni me interesa (mintió); pero para serte
sincera, tengo ansias locas de salir de aquí y dejar toda esta pesadilla
que está a punto de volverme loca.
- Calma, señora, continuó lacerando el
deportista, usted no tiene la menor idea de lo que falta aún antes de
decirle adiós al "Comandante en Jefe" y su Revolución.
- ¿Qué tú dices? saltó la mujer como
una verdadera tigresa.
- Como lo oye, señora Marcia Cifuentes,
continuó Jesús algo arrogante. Usted solamente ha vencido la mitad de la
operación en esta empresa. Usted lo que ha logrado es una visa de entrada
a los Estados Unidos de América por ser la esposa de un ciudadano
norteamericano.
- ¿Y qué más se necesita para largarnos?
increpó colérica la mujer.
- Pues sencillamente, repuso el profesor de
natación, ahora necesitamos la otra mitad; es decir, que si ya tenemos la
entrada en Estados Unidos, que por cierto es más fácil por tratarse del
cumplimiento de las Leyes de Inmigración del país donde nací, lo que
necesitamos ahora es la salida de este país, del cual por suerte o por
desgracia, también somos ciudadanos.
- ¿Y eso qué quiere decir? continuó sin
entender la muchacha.
- Quiere decir que ahora tenemos que
conseguir la salida; pero como que eso no se hace en cumplimiento de
Leyes, que en realidad existen, sino de los caprichos del funcionario de
turno, pues bien pudiera suceder que te pongas vieja en este país sin
volver a ver a tu marido.
- Eso es imposible, ripostó Marcia casi
perdiendo el aplomo.
- No se ponga así compañera, dijo el
atleta en tono burlón; vamos a continuar con la misma fe del primer día
y usted verá que pronto estará junto a su amado esposo.
Fueron al Departamento de Inmigración del
Ministerio del Interior cerca de la Avenida de Rancho Boyeros. Allí los
atendieron de mala gana y sin ninguna sonrisa. La diferencia entre el
tratamiento que dan los norteamericanos al futuro inmigrante y el que le
dan las autoridades cubanas al "enemigo vendepatria" no se puede
comparar. Es como enfrentarse a dos civilizaciones distintas o más bien a
un país civilizado y otro por civilizar.
En Inmigración le dieron una cita para dos
meses más tarde, si es que podían conseguir "la baja del centro de
trabajo"
- Tú me podrías informar ¿qué es esto
de la baja del centro de trabajo? preguntó Marcia a su "esposo"
cuando salieron de aquel lugar tan desagradable donde todo el mundo la
miraba como si tuviera una enfermedad contagiosa.
- Mira linda, explicó el profesor de
natación; se trata de un documento impuesto a todo aquel que pretende
abandonar el país y consiste en la solicitud del permiso para abandonar
definitivamente el trabajo. Dicen las autoridades, que esto se hace para
que el jefe principal del trabajador, "determine" si el
trabajador en cuestión es "imprescindible" en su puesto de
trabajo. La realidad es bien distinta. Se trata de que el trabajador pase
por la humillación de presentarse en su centro de trabajo para decir que
quiere abandonar el país, en cuyo caso lo rebajan de categoría, lo ponen
a realizar tareas inferiores a su calificación y lo exponen al desprecio
obligado y el repudio oficial durante el tiempo que dure la llegada de la
baja, que bien puede tomar semanas, meses o lo que el funcionario en
cuestión determine.
- ¿A quién puede dirigirse uno para que
le agilicen ese trámite?, preguntó la aterrorizada mujer.
- A nadie, compañera; un trabajador que ya
ha sido clasificado como un apátrida, vendepatria, traidor, gusano etc.
etc. no tiene ningún derecho en este país.
- ¿Y qué hace uno mientras le llega eso?
siguió indagando la futura emigrante.
- Durante todo ese tiempo, el trabajador,
no ha sido despedido, pero carece de derechos por ser un enemigo
ideológico de la Revolución. Se le prohibe entrar en las oficinas donde
se guardan documentos de importancia; se le rodea de un misterio y un
silencio absoluto. Nadie se atreve a acercarse a él por temor a que los
organismos políticos, de masas y de vigilancia consideren que alguien se
está solidarizando con el enemigo. Hay muchos trabajadores que se quedan
en sus casas y no vuelven más al trabajo; pero eso se considera una
violación de la disciplina laboral y le pueden suspender la salida.
- ¿Y si no lo dejan trabajar en lo que el
trabajador estaba haciendo anteriormente, para qué lo quieren en el
centro de trabajo? preguntó la muchacha algo indignada.
- El problema es que el socialismo no puede
matar a todos sus enemigos, porque se quedaría el país vacío y además
el mundo entero se alzaría contra ellos; pero lo que hace el sistema es
aplastar y doblegar al enemigo hasta dejarlo hecho una miseria humana.
¿No te das cuenta que si fuera fácil salir del país, ya aquí no
quedaría nadie?
- No me vengas con esa. Jesús, dijo la
mujer envalentonándose; yo sé de muchas gentes que han salido del país
y no les ha pasado nada.
- Efectivamente, encantadora señora; no
les pasa nada. No le rompen un hueso, no le arrancan las uñas, no le
entran a palos; pero lo aplastan psicológicamente hasta destrozar su
sistema nervioso; hasta doblegar su voluntad y hacer del ser humano un
trapo sucio.
- Yo no entiendo cómo sucede eso, replicó
ella algo segura.
- Muy bien, Marcia, se plantó el profesor;
yo te voy a poner a ti en el lugar en que estás ahora y te voy a
preguntar a ver cómo te sientes y cómo vas a actuar.
- ¿Vas mañana a tu centro de trabajo?
- Tengo que ir.
- ¿A quién vas a ver?
- A mis compañeros, dijo la muchacha.
- No, señora; usted va a la jefa o jefe de
recursos humanos y le plantea que necesita la baja porque se quiere
marchar definitivamente del país. Ella le va a decir que espere. Le va a
prohibir que vuelva a su oficina. Lo va a comunicar a la policía. La
policía lo va a comunicar a su comité de Defensa. Usted tiene que
comunicar al Comité que se quiere marchar del país, Tiene que
comunicarlo a la tienda de víveres, a la oficina de regulación de los
abastecimientos, al banco, a todo el mundo. Todo el mundo va a saber que
usted es una traidora antes de saber si la dejan salir o no. Cada una de
esas instituciones tiene que celebrar una asamblea general y expulsarla
deshonrosamente de su seno, aun sin estar seguros de que usted se puede
ir.
- ¿Cómo? preguntó casi histérica la
muchacha.
- Así mismo, compañera y ¿Sabe lo que
usted tiene que hacer?
- ¿Qué? preguntó alelada.
- Callarse la boca y estarse tranquilita
para que no le nieguen la salida, porque si se la niegan, tiene que vivir
el resto de su vida con la marca en la frente de que usted es una
traidora.
- ¿Esa es la razón por la que aquella
viejita y él marido estaban tan calladitos cuando el oficial los estaba
entrevistando? preguntó presa de terror la atribulada arquitecta.
- Claro mi amor (se le fue); después que
te decides a irte, y todo el mundo lo sabe, porque tienes que comunicarlo,
tú no quisieras que te vayan a trancar aquí. Por eso es que todo el que
comienza sus trámites, soporta todas las humillaciones y no protesta
aunque le mienten la madre. Cada uno de los funcionarios o burócratas que
tiene que ver con tus papeles, tiene tu vida en sus manos. No te pueden
matar; pero si te ponen una cruz o una raya o algo que signifique que no
se te debe dar la salida, es preferible que te mueras.
- Jesús, dijo la muchacha presa de miedo y
de debilidad. Entonces ¿este es el régimen de terror del que tanto se
habla y que yo no comprendía?
- Ese mismo, Marcia, agregó el deportista.
Lo peor de todo esto es que vivimos dentro del terror y el miedo toda una
vida y nos acostumbramos a ser aterrorizados sin darnos cuenta. Solamente
lo notamos, cuando nos atrevemos a sacar un pie del círculo que nos han
trazado. A partir de hoy, tienes que ser fuerte y aguantar todo cuanto te
venga. Tu familia, tus amigos, tus compañeros, tus vecinos, todos te van
a despreciar y repudiar, aunque por dentro te adoren y te envidien; pero
el régimen les exige esa profesión de fe y tienen que darla. No olvides
que ellos los infelices son de los que se quedan y tú tienes el
privilegio de largarte, así que tienes que perdonarlos y comprenderlos.
- ¿Y qué pasaría si a ti te dejan salir
y a mí me dejan trancada aquí? preguntó llena de pavor la infeliz
mujer.
- Es mejor no pensar en cosas tan
pesimistas. Yo creo que no debes dar ningún motivo para que te nieguen la
baja del trabajo que es lo más importante. El resto de los trámites es
cuestión burocrática.
Marcia comenzó a asimilar toda la verdad
que le había contado su amigo el día anterior. Desde que llegó a su
trabajo y se dirigió a la oficina de recursos humanos, comenzó a sentir
un vacío en el estómago y un estado de terror interno, que le parecía
que todo el mundo la miraba. Se sentía culpable, se sentía acosada. No
se atrevió a entrar en la cafetería, que aunque vacía y desabastecida
la mayor parte del tiempo, había sido lugar de reunión y charlas con sus
compañeros. La mandaron a sentarse y esperar durante toda la mañana.
Cada vez que alguien venía a la oficina, la miraba con recelo. Parecía
como si la noticia ya se hubiese filtrado a todo el personal y algunos
venían con cualquier excusa como para ver al animal raro que estaba en la
Oficina de Recursos Humanos.
La trasladaron para una mesa en un rincón
y le dieron un libro de arquitectura de los años treinta. Le indicaron
que fuera revisando el libro, para ver si encontraba algunos consejos
útiles para las construcciones de carácter social. Aquello era un
imposible; pero la muchacha se dio cuenta que lo que querían era que ella
protestara o se revelara. Quizás si lo que querían era que tuviera algo
en que entretenerse, ya que le prohibieron entrar en la oficina de diseño
que era donde ella había trabajado hasta el día anterior.
Por la noche recibió una llamada de su
madre. Esta le comunicaba que el Comité había sido notificado de su
traición y que la iban a expulsar del mismo en forma deshonrosa. El cargo
que ocupaba de responsable de Limpieza y Embellecimiento, se lo habían
arrebatado. Respiró aliviada por aquella última noticia.
Aquella fue la más miserable de todas las
noches. No solamente le era imposible dormir; sino que ya no podía ni
coordinar sus ideas. Ya ni ella misma sabía lo que quería que sucediera.
Le aterrorizaba el pensar que le fueran a negar la salida ya que estaba
expulsada y aislada de todo cuanto había representado para ella aquella
sociedad. Su carrera, su título, su vecindario, su trabajo, su familia.
Todo estaba en contra de ella y lo peor era que todo era por nada, ya que
hasta el momento no sabía a ciencia cierta hacia donde iba. Jesús se
mostraba cada vez más retraído, aunque se le notara que a veces se la
quería comer con los ojos. Cada vez que surgía la conversación de los
acontecimientos, él se salía con lo poco que faltaba para que ella y su
esposo estuvieran juntos etc. etc. En ocasiones lo decía con una mezcla
de amargura y de resignación que le partían el alma a la muchacha. En
una ocasión, lo vio secarse unos lagrimones y estrujarse los ojos con
rabia como renegando de sus propios sentimientos.
Un día recibió una llamada a la mesa
donde leía su libro de arquitectura pasada de moda, para que fuera a ver
a la jefa de recursos humanos. Se recordó de Jesús y de sus consejos:-
No te atrevas a mostrar ni regocijo ni alivio cuando te den la liberación
o la visa. No des las gracias ni te sonrías. No muestres satisfacción.
Tomas el documento; dices: - está bien, no digas compañero ni
compañera. Te retiras caminando despacio y normal. Así lo hizo.
Una vez tuvo Marcia en sus manos la
liberación del centro de trabajo, fueron los "esposos" al
departamento de Inmigración del Ministerio del Interior para pedir la
salida oficial. Ya Jesús había conseguido su liberación, que aunque le
había costado su trabajo y sus humillaciones, el hecho de haber nacido en
Estados Unidos y ser ciudadano Americano, le ayudó a justificar de cierto
modo su intención de abandonar el país. No le dijeron traidor,
vendepatria ni gusano. Como que él apenas si trabajaba, no tuvo que pasar
por las vicisitudes que le tocaron a Marcia.
En el Ministerio del Interior recibieron
sus papeles de la baja del centro de trabajo, examinaron el resto de los
documentos, la visa americana y los mandaron para sus casas a esperar el
telegrama.
- ¿Qué es eso de esperar el telegrama,
preguntó la mujer que ya no sabía cuál sería el próximo paso y dónde
los detendrían.
- Es sencillamente otro modo de torturarte
y aplastarte antes de dejarte ir, contestó con aplomo el deportista.
- Pero es que yo no entiendo porqué tienen
ellos que hacer eso, discurrió la arquitecta tratando de comprender lo
incomprensible.
- Tú no tienes porqué comprender eso,
Marcia, le explicó el profesor de natación. Tú nunca llegarás a
comprenderlo. Ellos no te pueden detener. Es decir, pueden detenerte; pero
no pueden detener a todo el mundo, porque se les forma un caos aquí
adentro. ¿Te imaginas lo que sería este país con varios millones de
gentes pidiendo la salida y que se la nieguen a todos? Eso sería una
situación internacional tremenda. Entonces lo que ellos hacen es crear
cierta válvula de escape; pero con sus restricciones para que la gente no
se lance en bandadas a solicitar la salida.
- Eso es muy difícil de comprender Jesús,
interrumpió la arquitecta que deseaba más argumentos.
- Mira Marcia, explicó el profesor: Si
todo el que solicite la salida la recibe sin tener que pasar por todo ese
proceso de humillación y aplastamiento; o si el que no la recibe se
pudiera quedar en este país como si nada hubiese sucedido; ya todo el
mundo hubiese tratado de irse. El problema es que hay un millón o dos o
tres de gentes aquí que están obstinados y hastiados de este sistema;
pero no están seguros de poderse ir. ¿Te imaginas que ahora a ti te
nieguen la salida?
- Dios mío, me ahorco; me mato. Jesús. Yo
no podría vivir en este país después de todo lo que he pasado y lo que
me faltaría si me quedara, fue la reacción de la muchacha.
- Ese es el detalle, continuó el hombre.
Tú lo solicitaste porque tenías cierta seguridad de lograrlo y además
ya tu marido se había jugado la carta que se jugó. Ahora todo es
cuestión de trámites y tú lo estás aguantando; pero hay gente que se
han pasado quince años esperando la salida y nunca les ha llegado. Esos
son los ejemplos que ellos tienen para aplastar a los insatisfechos y
disgustados para mantenerlos dentro de la raya. Esa es la razón por la
que tanta gente dice apoyar al régimen y asiste a las concentraciones y
aplaude y grita Viva La Revolución y Viva Fidel, mientras están locos
por largarse de aquí. Lo tienen que hacer, porque no tienen la más
remota posibilidad de salir y ellos lo saben. ¿Qué tú les
aconsejarías?
- Jesús, dijo la muchacha sujetándose el
pecho y enjugándose las lágrimas: Este sistema es lo más horrible que
se pueda concebir.
FIN DEL CAPITULO XIX
Capítulo I: Abundancia
de Amor
Capítulo II: Escasez de Medios
Capítulo III: Bodas de profesionales
Capítulo IV: Buscando un techo
Capítulo V: Ni casa, ni esperanzas
Capitulo VI: Hotel de cinco estrellas
Capítulo VII: La llegada de Héctor Augusto
Capítulo VIII:¿Dónde metemos al niño?
Capítulo IX: La universidad de la calle...
Capítulo X: Proyecto de un largo viaje
Capitulo XI: Traidor, ¿A quien y por qué?
Capítulo XII:Seguridad, ¡Qué
incertidumbre!
Capítulo XIII: Aprendiendo a mentir
Capítulo XIV: Más deserciones
Capítulo XV: A divorciarse del traidor
Capítulo XVI: La manzana de la discordia
Capítulo XVII: Peligrosa Reconciliación
Capítulo XVIII: Bodas de Mentira
Capítulo XX: Consumatum est
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