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Revista DESAFIOS
Año 1380
Enero-Febrero /2008

Consejo Unitario de Trabajadores Cubanos (CUTC)

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Directorio de Cubanos

Literatura Cubana en el Exilio

Vistas Paisajes Cubanos

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El Amor en los Tiempos de Castro

Capítulo XVIII: Bodas de Mentira 

Por Florencio E. Eiranova-Cuza
Delegación Puerto Rico - S.T.C

  El Castrismo al desnudo. Un cubano que vivió la pesadilla, narra su odisea

Antes de dos semanas, ya tenía Jesús su pasaporte Americano. Tenían que casarse rápidamente y acabar de una vez con aquella comedia. Un amigo lo llevó con otro amigo, quien por un par de botellas de cognac de la diplotienda, la tienda para los turistas y diplomáticos a la que el atleta tenía acceso, le resolvió la dispensa del tiempo.

Aquel Martes por la tarde, fueron Marcia y Jesús a la Notaría del Bufete Colectivo, acompañados de dos testigos recogidos en la acera y a quienes le regaló el deportista un par de medias percápita que le habían costado a 29 centavos cada una en la diplo. La ceremonia, que pudo haber tenido más colorido aun con la comedia que estaban representando, dejó a la muchacha deprimida y vacía. No podía admitir aquel acto tan frío; tan calculado como una operación de compra-venta, o tal vez de rescate, planeado y ejecutado por dos hombres infames a espaldas de ella, para resolver, los deseos de un dueño de recuperar su propiedad y del socio honrado y cumplidor, de demostrar su honestidad en los negocios. Cuando entró al carrito, estaba llorando. Jesús no comprendía y le preguntó con verdadera solicitud.

- ¿Qué pasa compañera?

- No me digas más compañera; replicó airada la encantadora muchacha.

Las lágrimas en sus ojos y su cabello revuelto cayéndole sobre la cara, creaban una imagen de desafío selvático que atemorizaron al deportista.

- Sinceramente, no comprendo, dijo el atleta. Cuando te digo compañera, te lastimo; si te digo mi amor, te ofendo y si no te digo nada y no te voy a ver, me dices falso y un montón de cosas.

- ¿Qué vas a comprender? Para comprender hace falta algo que tú no tienes, dijo la muchacha llena de fuego.

El hombre no sabía si ofenderse o enfadarse. ¿Qué culpa tenía él de que esta mujer enamorada de su marido y deseosa de reunirse con él, tuviera que estar pasando por todas estas farsanterías, por todo este teatro, por esta comedia humana, obligada por las deficiencias de un régimen que no fue capaz de garantizarle ni lo más elemental que necesita un Ser humano, que son un techo y una vida decente para ella y su marido? Él deseaba hacerle la vida agradable aquella tarde. Aquel era el día de su boda. Boda de teatro, boda de comedia, boda falsa; pero boda al fin. Pero temía que la cercanía de aquella mujer tan provocadora; de aquel cuerpo tan arrebatador, de aquella hembra que ya lo dominaba las 24 horas del día, se hiciese tan irresistible, que lo sacara de su cordura, de su dominio, de su sensatez. No quería que ella lo fuera a despreciar por oportunista. Sería terrible que con lo mucho que él la amaba, y ya la amaba intensa y enloquecidamente, ella tuviese que repudiarlo por abusador, por aprovechado, por cobarde. Aquella criatura indefensa no se merecía una canallada. De Jesús del Prado, Marcia nunca recibiría una Infamia. El nunca sería un infame.

- Marcia, dijo el hercúleo deportista en un tono tan tímido que apenas era perceptible; hoy es tu noche de bodas; ¿Tú crees que podríamos ir a celebrar a un restaurante, aunque sea para matar el tiempo?

- Si eso está en el contrato; hágase tu voluntad.

- Ay Marcia; añadió el hombre; si yo fuera un mago para resolver tus problemas; te juro que en estos momentos tú no estarías llorando.

La muchacha recibió aquel mensaje con una mezcla de tristeza y de lástima por el deportista. Lástima por su excesiva decencia; lástima por una honradez tan acrisolada que ni ella misma era capaz ya de sentir. ¿Es que aquel hombre no se daba cuenta que ella estaba loca por él? ¿No se percataba aquel anormal que ella no se atrevía a lanzarse en sus brazos simplemente por pudor, por decoro o por beatería barata? ¿Qué tendría que hacer ella? ¿Prostituirse? ¿Decirle por lo claro, - quiero que me lleves a la cama? No Jesús, eso tendrás que ganártelo. Eso tendrás que arrebatármelo.

Esa tarde comieron en un restaurante de la zona conocida por La Rampa, en la parte más bulliciosa de la capital. Jesús no se cuidaba a la hora de "resolver" las reservaciones en los lugares donde iban. La muchacha se había acostumbrado a andar con él, que ya le parecía de lo más natural que el deportista sobornara y prostituyera a quienes tenían la responsabilidad de impedirles el paso a aquellos lugares supuestamente reservados para el área dólar.

Mientras les servían, la muchacha quiso saber algo más sobre las relaciones del tío Gelacio en la base naval,

- ¿Qué hacía tu tío en la base naval de Guantánamo? preguntó la mujer como para decir algo.

- Él trabajaba de ayudante de un ingeniero. Mi tío era agrimensor y en la base se construía mucho, respondió el deportista.

- ¿Cuántos hombres trabajaban en esa base? continuó el interrogatorio.

- Bueno, no eran hombres solamente, contestó el profesor de natación. La mayoría eran hombres, pero también trabajaban mujeres. En una ocasión, según me contó mi tío, llegaron a haber dieciocho mil cubanos trabajando en aquella base.

- ¿Y todos esos dólares, no beneficiaban la economía del país?, inquirió con curiosidad la muchacha.

- Ay, compañera, replicó el deportista ¿Usted de verdad se cree que las autoridades de este país se preocupan del beneficio de la patria? ¿Usted de verdad piensa que todos esos discursos son salidos de los sentimientos de esos dirigentes?

- Bueno, dijo la arquitecta, que por cierto no sabía un divino de política, yo me imagino que algunas cosas ellos la sienten, de lo contrario no las dirían.

- Pues escuche, compañera, para que aprenda algo, dijo el deportista. El gobierno Revolucionario no podía tolerar que 18,000 cubanos estuvieran trabajando en unas instalaciones extranjeras donde recibían unos salarios muy superiores a los que se pagaban en Cuba a cualquier obrero por muy calificado que éste fuera. Además aquellos obreros devengaban sus salarios en dólares mientras los obreros en cuba recibían pesos cubanos. Los obreros en la base, podían comprar algunas cosas de alta calidad a través de los americanos que trabajaban con ellos, mientras que los cubanos tenían que conformarse con la chatarra que llegaba de Rusia, con una tecnología que databa de antes de la segunda guerra mundial. Los obreros de la base, aunque no lo trataran de hacer, les mostraban a los cubanos la superioridad de la tecnología norteamericana; la superioridad del sistema de trabajo y salario americanos y la superioridad de su organización, su humanismo a la hora de resolver los problemas familiares que muchos tenían etc. Todo esto irritaba a las autoridades cubanas, que por otro lado ya estaba en magníficas relaciones con el comunismo soviético y quería prestarle un apreciable servicio a la causa de sus amos ideológicos. Esa fue la razón por la que comenzaron por controlar, restringir y al final suprimir la mano de obra cubana en la base naval. Las autoridades cubanas en ningún momento se detuvieron a pensar en los ingresos de aquellas familias y en el nivel de vida que ellas llevaban gracias a los sueldos que devengaban en la base. Sencillamente, en los planes del Gobierno Cubano no entraba la valoración de la economía de aquel pueblito que se llama Caimanera, que vivía completamente a expensas de los obreros de la base. Es cierto que en Caimanera había una prostitución y un vicio rampante; pero eso era problema que las autoridades tenían que enfrentar imponiendo la Ley y el Orden; pero lo que hicieron fue matar la gallina de los huevos de oro. Hoy el pueblito de Caimanera es mucho más pobre que el resto del país y eso ya es mucho decir.

Después conversaron de cosas sin importancia y tarde en la noche se decidieron a regresar a la casa en la Playa. Ya durante el día Jesús había trasladado algunas de las cosas de Marcia, para que la muchacha se instalara en su casa de la playa como si fuera su mujer. Para Marcia, todo formaba parte de la comedia y evidentemente la joven no quería ni una sola discusión más. Además, estando en la casa sola con él, cabía la posibilidad de que algún día se le despertaran las entendederas y él se diera cuenta de la realidad que le estaba quemando el alma.

Cuando llegaron, él la tomó de la mano y la condujo a la casa. Ella sintió que se le encendían las mejillas. Por su mente pasó la idea, muchas veces acariciada, de que la llevaría al cuarto. Allí, algo tendría que pasar, supuso ella; siempre pasa en casos como éste. No había que forzar los acontecimientos. Era necesario dejar que las cosas siguieran su propio curso. No era posible que este sujeto que conquistaba rubias estudiantes y deportistas jóvenes, fuera a desperdiciar esta oportunidad que le caía del cielo. En definitiva, para la hermosa mujer, toda la culpa del futuro paso, que ya era una realidad en su mente, era de su marido.

¿Cómo se le ocurre a este incauto de Héctor, entregarme así como una mercancía, a los brazos de este hombre de mundo? ¿Podría criticársele a ella, una mujer decente y de su casa, el que se entregara a este hombre, cuando fue su marido quien lo planeó y ejecutó todo? En su mente no quedaban dudas de que quizás si hasta el acto sexual estaba en los planes de estos dos infames. Si las cosas habían sido así; hágase tu voluntad Jesús del Prado. En última instancia, ya el deportista le había enseñado a la arquitecta, cómo se vivía en su país. Cada cual tomaba lo que quería y después, "Viva la Revolución y Viva el Comandante en Jefe".

Entraron a la casa; ya en la sala, el hombre, como para decir algo chistoso, dijo en voz algo afectada:

- ¡Al fin solos!.

La muchacha, que esperaba convencida que la conversación se condujera por esa vía hasta sus últimas consecuencias, exclamó como invitando a la acción:

- ¡Qué ironía!

No pasó nada; el hombre se había quedado parado en medio de la sala como si aquella no fuera su casa. Esperaba que alguien le diera el permiso necesario para continuar o lo invitara a dirigirse a algún lugar específico. Se sentía ridículo en una situación que no podía definir. Todas las mujeres que venían a esta casa, ya fueran casadas, solteras, viudas o divorciadas, lo hacían a sabiendas de lo que iba a suceder. De otra manera no lo hacían y punto. Siempre que en una fiesta entre deportistas se ingerían tragos, se bailaba y se apretaba, la muchacha que aceptaba "ir a mi casa", sabía a lo que iba y eso se consideraba lo más natural de la vida. Ahora estaba en su casa con una mujer divorciada y vuelta a casar con él. Esta era "su mujer" desde el punto de vista de la Ley y sin embargo, él estaba aquí, parado en medio de la sala de su casa frente a la mujer que más le gustaba y deseaba en la vida y no se atrevía a hacer nada.

Por unos segundos repasó la actitud de Marcia desde el primer momento en que se conocieron. La muchacha nunca había sido "confianzuda". Siempre se había comportado como una señora decente. Las cortesías y las frases de afecto, siempre habían sido eso y nada más; afecto. Entonces ¿Qué era lo que estaba pasando por su mente?. ¿Qué culpa tenía la pobre mujer que él se hubiese prestado a toda esta novela? ¿Hasta dónde se podría llevar todo esto sin caer en tentación?. Analizó fríamente la actitud de Héctor, su amigo ausente. Aquel le decía una y otra vez que tenía plena confianza tanto en su esposa como en él. ¿Por qué? ¿Es que acaso él era un santo? ¿Cómo se le ocurre a este incauto entregar a su esposa, una mujer encantadora a los brazos de un "Don Juan" conocido y confeso? Él es el culpable. Si algo pasa hay que achacárselo a Héctor y no a Jesús. ¿Porqué confió tanto en él? ¿Porqué lo metió en este enredo del cual no sabía salir sin cometer una locura? Definitivamente, Héctor era un hombre decente y esperaba que todo el mundo fuera igual que él.

Esperaría a ver cómo se desarrollaban los acontecimientos. El no la iba a obligar; él no forzaría las cosas; eso sería una infamia; pero si le daban una oportunidad, no la iba a expulsar de su camino.

La mujer estaba en lo mismo. Ansiaba con vehemencia que las cosas se condujeran hacia el punto final; hacia la anhelada conclusión; pero no iba a ser ella quien tomase la iniciativa. Hasta en los matrimonios normales; en las uniones consensuales e incluso en los raptos o como se decía en el lenguaje de los abuelos, cuando la mujer se iba con el novio, la iniciativa era siempre una tarea del macho. Esto era cuestión de hombres. Se sintió obligada a romper el silencio

¿Te cuelo un café? preguntó algo afectada la recién casada,

- Como tú quieras, repuso el "novio" para seguir la corriente.

- ¿Con leche?

- Como tú quieras.

¡Como tú quieras!...pensó ella... Si tú supieras lo que yo quiero.

La arquitecta preparó el café y se lo sirvió con todo el esmero que fue capaz de mostrar. Se lo hubiera llevado a la boca si hubiese tenido el valor para hacerlo. Las manos le temblaban. Rozó las de él en el momento en que le ponía la taza sobre la mesa. Sus manos estaban afebrentadas. Él lo notó cuando las rozó accidentalmente. Apartó las de él para que ella no le notara el sudor que despedían. Se tenían miedo. No se atrevían a mirarse de frente. Ni siquiera se atrevían a sostener la mirada en una conversación y ya ni siquiera conversaban. Solamente intercambiaban monosílabos. Eran dos contendientes que se tenían un respeto mortal. Cualquier error de uno era la perdición de ambos, por eso se cuidaban tanto de no cometer el más mínimo desliz.

Terminaron. Cada cual fue para su cuarto. Él a rumiar su pena; a estrangular sus deseos, a fortalecer sus convicciones. Ella a sufrir su frustración; a alimentar sus ansias, a espantar su soledad.

Por la mañana, ninguno de los dos tenía trabajo. Jesús tenía cita en la Oficina de Interese el próximo Jueves para registrar a su esposa y al niño y obtener el modelo 1-130. En Inmigración de la parte cubana, tenía que ir después de tener el papel de la Oficina de Intereses para pedir la salida de todos. Ya ambos tenían las fotos para tramitar el pasaporte cubano, que no se inicia hasta pedida la salida. Estos son unos trámites caprichosos, que los cambian cada vez que se les ocurre.

- ¿Qué te parece si nos vamos a la playa como todo un matrimonio feliz? Preguntó el esposo recién-entrenado.

- ¿Forma parte del contrato? Ripostó la frustrada recién-casada.

- Al menos en este de nosotros sí, fue la respuesta. Jesús nunca había visto a Marcia en traje de baño:

Era sencillamente portentosa; deslumbrante, colosal. No se atrevía a acercarse mucho. Su mirada trataba de desviarse para no caer a sus pies. La tomó de la mano con la más fingida indiferencia y mirando hacia la playa que les quedaba a unos 200 metros, la condujo como todo un sonámbulo sin notar que se le habían olvidado las chancletas de playa y que las piedrecitas del camino le acribillaban los pies. De vez en cuando, la muchacha miraba con disimulo al atlético y bien proporcionado cuerpo de aquel hombre completo, que en traje de baño parecía mucho más joven y musculoso de lo que hasta ahora ella conocía. Era la marcha del electrón con el núcleo; que se atraen y se repudian; que se condicionan y se excluyen, que se afirman y se niegan y que no podrían existir el uno sin el otro, so pena de que desaparezca la materia.

Se comportaron como dos recién casados, al menos para consumo del mundo externo y las autoridades. Rieron, charlaron; se echaron agua, se empujaron y hasta se ayudaron a nadar mutuamente. Aquello era digno de una película sobre la verdadera armonía conyugal. Marcia que no estaba tan habituada al mar y que carecía de la preparación física del atleta olímpico, salió del agua al cabo de hora y media y dejó a Jesús nadando y entrenando, como solía llamarle él a sus andanzas por encima de las aguas. La muchacha se fue para la casa, bajo la mirada embelesada del hombre, que ahora sí se pudo dar el gusto de contemplarla hasta babearse; de vivirla en su cerebro; de poseerla mentalmente. ¡Dios mío!, ¡Qué clase de mujer!. ¿Cuándo acabará todo esto?

Pasó media hora y el atleta, haciendo giros en el agua, como si todavía estuviera en una partida de Polo, se fue olvidando de su tragedia y recuperó el aplomo. El sol seguía ascendiendo hacia su cenit y el hombre sintió que le estaba picando un poco la espalda, por lo que decidió darse un baño de agua dulce y darle una tregua al mar. Salió corriendo, a modo de entrenamiento y para evitar que las piedrecitas le lastimaran demasiado los pies. Llegó a la casa en un dos por tres y corrió hacia el baño para aprovechar el calentamiento de la carrera. Abrió la puerta y se quedó mudo. Electrificado; petrificado.

Una estatua desnuda, del tamaño normal de una mujer, hecha toda de marfil con algunas sombras de color negro brillante, levantaba la pierna y el pie izquierdo, para salir de la bañadera, mientras su mano izquierda levantada sujetaba una varilla metálica que se extendía horizontalmente por encima de su cabeza. Sus senos sólidos y firmes como desafiando la ley de gravedad, eran dos palomas mensajeras de tamaño normal de color blanco tostado con picos de color carmelita, que parecían prestas a emprender el vuelo por sus movimientos inquietos, por su temblor natural de aves viajeras e intrépidas. Los muslos de aquella figura colosal, eran dos columnas sólidas y redondas que partiendo de una base firme y bien proporcionada, ascendían hacia su convergencia, engrosándose y juntándose para dar espacio a un triángulo aterciopelado cubierto de un follaje espeso y brillante que desafiaba al más timorato de los mortales. Por encima del triángulo endemoniado se extendía una llanura lisa, tersa, de un color semibronceado que invitaba al jinete a desbocarse sobre su superficie resbaladiza y buscar si así lo deseaba la fuente de los más anhelados placeres que se escondía debajo de aquel bosque tupido a varios centímetros más abajo. Aquellos brazos parecían la obra de un escultor de los más afamados de la historia. Ninguna de las vírgenes esculpidas hasta el presente, exhibían una armonía unida a una invitación a acariciarlos, como aquellos que exhibía la estatua viviente que salía de aquel baño, fresca, lozana, con olor a deseos, con sonido de entrega, con intenciones de acatar cualquier petición que venga de donde venga. La cintura, fina, abrazable, besable, acariciable, era el sostén de un par de caderas proporcionales y movibles que invitaban a rodearlas con manos y dedos para no dejarlas escapar, para aprisionarlas y condenarlas a cadena perpetua. La estatua dio un grito que no fue de espanto aunque sí de sorpresa, inmediatamente, articuló un gemido; un lamento, casi una súplica..

- Jesús, ¿Qué haces?...¿Qué vas a hacer?. El pobre hombre no había despertado del corrientazo. Su boca abierta al estilo de quienes padecen de cretinismo. Su sistema nervioso paralizado que no le permitía ningún movimiento; sus manos crispadas ansiosas de avanzar; pero detenidas por la sorpresa y el instinto de conservación. Sujetaba la cerradura de la puerta como para impedir que alguien la fuera a cerrar; pero sin atreverse él mismo a soltarla. Estuvo varios segundos en devota contemplación, mientras la muchacha, repuesta del susto inicial, pero indecisa entre la rendición y el rechazo, preguntó una vez más; suplicante, implorante, anhelante:

- Jesús; ¿Qué quieres de mí?

El hombre retrocedió espantado; herido, avergonzado. Mientras se alejaba dando tumbos de animal apaleado, vociferó con todas sus fuerzas:

¿Porqué no le pusiste el seguro a la puerta?.

La desconcertada muchacha no se atrevió a contestar la absurda pregunta. Ella no había pensado que el atleta vendría antes de que su baño terminara; pero en honor a la verdad, de haberlo pensado, tal vez el resultado hubiese sido el mismo. Mirando las cosas en el punto donde estaban, se alegró de haber dejado la puerta abierta. Lástima que las cosas tomaran el giro que habían tomado. Por mucho que pretendiera juzgar ella la actitud de aquel hombre; no había paralelo en la historia. Este era un sujeto raro. No era posible que un hombre viril, lleno de vida, mujeriego y correntón como era Jesús, despreciara una oportunidad como aquella. Si alguien tenía que estar avergonzado, era ella.

Regresó tarde en la noche. No quiso comer de lo que la muchacha había preparado. Se le veía cansado y estrujado. Ella nunca lo había visto así. Después de toda la amargura que ella había sentido durante el día, después de la rabia y la frustración ante la timidez y el recato de aquel hombre tan posesivo, tan dominador y tan dueño de sí mismo, ahora comenzó a sentir una ternura compasiva por aquel que tanto la cuidaba, que tanto la ayudaba y que tanto significaba para ella. Ella estaba muy persuadida de que Jesús era un hombre de mundo. Lo había comprobado en sus andanzas con él por toda la Habana; por las oficinas y Juzgados; por los departamentos estatales. No le cabía la menor duda que lo que sentía él por ella, era respeto, miedo, temor o algo por el estilo; pero nunca repulsa. Aquel hombre era muy superior a lo que ella pudo imaginarse.

- ¿Por qué no pruebas un poquito de comida? La hice especialmente para ti. No olvides que aunque no estaba en el contrato, yo puedo cocinar y cuidar de una familia.

- Marcia, quiero pedirte perdón por lo de esta mañana.

- Fue culpa mía ... (iba a decir mi amor) mi amigo.

- Yo no debí entrar sin llamar.

- Tú estás en tu casa. La culpable fui yo por pensar que te ibas a pasar todo el día en la playa y me daría tiempo de salir antes de que tú llegaras.

- Tú eres demasiado comprensiva, Marcia. Tú eres demasiado tolerante. Si Héctor supiera lo que tiene...

Se fueron a sus cuartos. Cada cual a sudar su fiebre, cada quien a rumiar su pena, cada uno a beberse sus lágrimas.

FIN DEL CAPITULO XVIII

Capítulo I: Abundancia de Amor
Capítulo II: Escasez de Medios
Capítulo III: Bodas de profesionales
Capítulo IV: Buscando un techo
Capítulo V: Ni casa, ni esperanzas
Capitulo VI: Hotel de cinco estrellas
Capítulo VII: La llegada de Héctor Augusto
Capítulo VIII:¿Dónde metemos al niño?
Capítulo IX: La universidad de la calle...
Capítulo X: Proyecto de un largo viaje
Capitulo XI: Traidor, ¿A quien y por qué?
Capítulo XII:Seguridad, ¡Qué incertidumbre!
Capítulo XIII: Aprendiendo a mentir
Capítulo XIV: Más deserciones
Capítulo XV: A divorciarse del traidor
Capítulo XVI: La manzana de la discordia
Capítulo XVII: Peligrosa Reconciliación

Capítulo XIX: ¡Qué Cara es la Libertad!
Capítulo XX: Consumatum est

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