|
El
Amor en los Tiempos de Castro
Capítulo
XVII: Peligrosa Reconciliación
Por
Florencio E. Eiranova-Cuza
Delegación Puerto Rico - S.T.C
El Castrismo
al desnudo.
Un cubano que vivió la pesadilla, narra su odisea
|
Marcia estaba tan derrotada, que no sabía
a qué recurrir ni a quién encomendarse. Todos los esfuerzos que había
realizado les habían resultado infructuosos. Los viajes a la playa no
pudieron ser más humillantes y desastrosos. Las llamadas telefónicas no
se las había contestado y ahora estaba que daría cualquier cosa por
poder hablar con Jesús y pedirle todos los perdones de este mundo. La
muchacha no sabía a ciencia cierta qué era lo que la estaba haciendo
sufrir. - ¿Acaso eran celos? ¿Celos porqué y por quién? ¿Despecho?
¿A santo de qué? ¿Orgullo lastimado? Quizás... Pero lo cierto es que
no podía quitarse a Jesús de la mente. Acababa de dormir al niño, quien
se dormía bien temprano en la noche y se disponía a recoger unas repitas
del cordel, cuando sintió el claxon del carrito de Jesús. Su corazón le
dio un vuelco. Sus pechos se le hincharon de júbilo. Se le cayeron las
ropas de la mano. Se le enredaron los pies con una soga que había tirada
en el patio. No sabía que hacer. Estaba trastornada. - Dios mío.. ¿Qué
diablos me está pasando?. - Maaarcia... Te buscan..
No necesitó que se lo repitieran. Por
suerte se había bañado al llegar del trabajo y su hermosura natural y
belleza extraordinaria, mientras menos retoques reciban, lucen mejor.
Tenía puesta una bata de estar en casa, que no se cierra muy bien y con
los movimientos dejaba ver partes verdaderamente provocadoras. Ella sabía
que esa no era la vestimenta para recibir a un extraño; pero así mismo
salió a recibirlo.
- Caramba... ¿Qué dice el
desaparecido?....Se muere uno y lo entierran y las personas que dicen
quererlo ni se enteran.
- Marcia; vine a buscarte, dijo Jesús sin
desmontarse del carro ni apagar el motor.
La muchacha estuvo a punto de lanzarse
sobre él y abrazarlo. Su corazón latía como una locomotora desbocada.
Temblaba toda ella. Le temblaba el pulso, las manos, las piernas, los
muslos, los pechos ahora más provocadores. Esta vez sí no cometería
errores. Esta vez iría al mismo matadero.
- Tú dirás. Jesús, Tú sabes que yo voy
a donde tu digas.
- Héctor va llamar esta noche por
teléfono y me pidió que te llevara a mi casa para hablar contigo. Debo
aclararte, que la llamada puede entrar a cualquier hora o a ninguna hora.
Creo que debes ir preparada si es que deseas ir.
La mente le empezó a trabajar a galope
tendido. ¿Qué significaba eso de ir preparada? ¿Sería verdad lo de la
llamada, o simplemente una excusa para llevarla a su casa? ¿Tendría que
pasar toda la noche en aquella casa con él?. ¿Y la estudiantica rubia? Y
si la llamada fuera verdad... ¿ Qué pasaría después?..
- ¿Debo llevar mucha ropa, o con unas
pocas está bien?, preguntó la tigresa en un susurro, como para no
despertar a la otra fiera. Evidentemente, la tigresa se estaba comportando
como una gatita domesticada.
- Yo creo que debes ir preparada para una
larga espera. Si la llamada no prospera, quizás tengas que quedarte a
dormir allá. No te preocupes que la casa está arreglada y las camas
tienen sábanas limpias. No tendrás que dormir en el suelo.
La rubita estudiante, pensó la mujer,
debió haber limpiado la casa y tendido las camas. Al menos algo útil ha
hecho. No se puede estar dando cintura todo el tiempo sin ayudar a quien
te da gusto.
- Vengo enseguida Jesús.
Partió hada su cuarto como el muchacho a
quien acaban de invitar a un paseo y tiene que recoger la ropa para el
viaje. Abrió la gaveta y sacó un juego de ropas interiores negro bordado
y con encajes. Se lo había puesto la noche de su boba cuando fue al Hotel
Riviera. Tomó una bata de estar en la casa, de seda y las echó en un
bolso de Nylon. Se puso un vestido que tenía preparado para trabajar al
otro día; Cuando salió, le habló a su madre algo al oído y ésta,
pareció comprender de tal manera, que no dijo ni esta boca es mía.
Cuando se metió en el carro, lo hizo con
tal soltura, que estuvo a punto de pegársele a Jesús, quien tuvo que
reprimirse para no tropezar con su muslo.
Arrancó el carrito y ambos mantuvieron un
silencio preventivo, hasta que la muchacha, atacada hoy por la locuacidad
que proporciona la alegría de haber logrado algo largamente esperado,
dijo:
- ¿Y qué, dónde has estado?
- Yo, dando vueltas por el mundo.
- Me he quedado esperando tus visitas; el
niño siempre me pregunta por ti.
- He estado algo ocupado con los papeles de
la embajada.
- ¿Has adelantado mucho?
- Bastante. Esta gente sí que no te hace
esperar, ni volver varias veces. Te dicen que sí, o te dicen que no.
- Y después que termines con ellos; ¿Qué
viene?
- Bueno, si las partes en el contrato, se
mantienen decididas a jugar su papel; lo que viene es el matrimonio.
- ¿A qué partes tú te refieres?
- A ti y a mí.
- Yo por mi parte siempre he estado
decidida.
- Una cosa es decirlo y otra es poner un
reparo y un pero cada vez que se le dice que tiene que hacer algo.
La muchacha pensó que había llegado el
momento de arrastrarse hasta donde fuera necesario; hasta romperse la
frente contra el piso para no romper el proceso que marchaba tan a pedir
de boca.
- Ay Jesús, por favor ¿Cuántas veces te
voy a pedir que te acostumbres a andar con una anormal? ¿Tú te pones a
hacerle caso a todo lo que yo te digo?
- Lo que pasa es que mi situación en todo
esto es demasiado delicada, Marcia. Yo no quisiera que ni por un segundo,
se fuera a pensar que cualquier cosa que yo te pido que hagas, es para mi
beneficio personal ni para aprovecharme de tu situación.
- ¿Y Ya yo no te he dicho que voy a donde
tú digas y que estoy dispuesta a hacer lo que tú mandes?
- Yo lo sé Marcia; yo comprendo el
interés que tú tienes de estar junto a tu esposo y que por eso haces
todas estas cosas; pero en medio de todo esto me sales con algunos
escrúpulos, como si yo estuviera interesado personalmente en ti ni nada
por el estilo.
Cuando dijo estas últimas palabras, el
deportista sintió que las mismas se le querían atragantar en la
garganta. Hubiera dado la mitad de su vida por decirle que lo que sentía
era una rabia y un celo intolerables y que por eso se enfadaba y se
alejaba de todo para no sufrir aquel fuego que le estaba quemando.
La muchacha escuchó todo el discurso como
si le estuvieran recitando un capítulo de los círculos de estudios
revolucionarios de la Universidad. ¿De dónde sacaba él todo aquello?.
¿No se daba cuenta que las cosas estaban cambiando y que ella lo que
quería es estar cerca de él aunque fuera para que la humillara como lo
hizo con la estudiantica rubia esa? ¿Porqué la martirizaba con esa
cantaleta de que no estaba interesado en ella? ¿Sería verdad?
Ambos se torturaban con las falsedades del
otro. Ambos sabían lo que estaba creciéndoles por dentro; pero cada cual
ignoraba lo que el otro sentía, o quería. Lo peor, era que cada uno de
ellos alimentaba las mentiras del otro para mitigar su impotencia ante lo
que parecía una realidad infranqueable. Sí; había que mentir. A eso los
habían enseñado. A eso estaban acostumbrados. Mentir para justificar su
impotencia. Mentir para ocultar su cobardía. Mentir para no acabar con
aquella comedia que les carcomía las entrañas. ¿Hasta cuándo duraría?
¿Quién sería el primero en rendirse y abrazarse al otro para morderlo
con rabia, con ardor con voluptuosidad?
Llegaron a la casa de la playa antes de que
ninguno de los dos lo notara. Al desmontarse, Marcia sintió el temor de
que la estudiante rubia estuviera adentro. No podía darle a entender a
Jesús que ella lo sabía todo. No se daría por enterada. Esto la
humillaría y rebajaría ante él sin ningún objetivo. Por otro lado, no
quería abrir ninguna herida. Lo que fuera a pasar, tendría que pasar sin
que ella volviera a enredarlo todo con sus escrúpulos y sus recatos. Se
quedó disimulando como que estaba recogiendo lo que traía en el bolso de
Nylon. Cuando el hombre hubo entrado, ella lo siguió. No quiso preguntar
nada. Se paró en medio de la sala.
- Adelante, compañera, siéntase en su
propia casa. No está muy bonita, ni muy bien arreglada; pero espero que
comprendas que un hombre solo no puede hacer más.
- Pues a mí me parece que todo está muy
en orden y recogido. Cualquiera que no te conozca, se imaginaría que
aquí está la mano de una mujer. Te felicito. Jesús; eres un hombre muy
ordenado.
- A veces viene una compañera de por aquí
y me da una manito en ciertas cosas de carácter femenino; pero el resto
yo lo hago cuando puedo y me acuerdo. Ven para mostrarte tu habitación.
La muchacha caminó detrás de él con un
nerviosismo que se la llevaban los demonios. El hecho de ver una cama y
sentirse en la misma habitación con aquel hombre que estaba tan cerca de
ella y con el cual estaba transitando por unas relaciones tan complejas,
la hacían sentir demasiado cerca de una entrega. No quiso sentarse en la
cama como normalmente hubiese hecho de no existir tales circunstancias.
Más bien la miró con cierto respeto y prefirió guardar silencio.
- Todo está en perfecto orden, dijo la
joven como para romper el silencio.
- Si quieres recostarte, o bañarte o lo
que entiendas mejor; estás en plena libertad. Déjame mostrarte donde
están las cosas para que cuando las necesites no me tengas que ir a
buscar. Le mostró el baño, la cocina, el comedor y en fin, toda la casa.
Cuando salieron al patio, Marcia notó que en los cordeles había algunas
ropas tendidas, entre las cuales había prendas femeninas. No dijo nada;
pero Jesús se dio cuenta.
- A veces vienen algunos compañeros y
compañeras a pasarse el día en la playa y me toman la casa de hospedaje.
Hasta lavan y se quedan a dormir.
- A veces me cuesta trabajo comprender,
dijo la muchacha esta vez con sinceridad, cómo un hombre joven y tan bien
portado como tú, lleva una vida de solitario en este lugar tan apartado.
- No olvides que la mayor parte del tiempo
yo me la pasaba viajando, argumentó el otro en tono explicativo.
La situación se hacía algo tensa. Cada
uno trataba de buscar una conversación que evitara el tema neurálgico,
haciendo que la misma fuera hueca y sin sentido. Nadie se atrevía a
apretar el botón que desencadenara la tormenta. Ambos le temían y
preferían mantenerla a buen recaudo. Contrariamente a lo que ambos
habían pronosticado, la noche se estaba haciendo algo aburrida, casi
insoportable.
- ¿A qué hora te dijo Héctor que
llamaría? Preguntó por cambiar de tema.
- Me dijo que por la noche. Eso no depende
de ellos; sino de los circuitos. Casi siempre están ocupados y hay que
esperar muchísimas horas. ¿Estás muy impaciente?
- Si por lo menos pudiera salir de eso
rápido, al menos sabría a qué hora me pudiera acostar. Tal vez me
daría tiempo de tomar la última guagua.
A las once y veinte, sonó el teléfono.
Jesús lo levantó.
- Oigo.. Siii.. Sii compañera por favor...
Héctor.. Es Jesús, Sii.. Jesús.. ¿Cómo anda todo por allá?...Por
acá ya tu sabes, en la lucha... Sii, ella está aquí; hace rato que te
estamos esperando, déjame ponértela...
Le dio el teléfono a Marcia y salió hacia
el corredor. Se alejó un poco de la casa para no escuchar nada de lo que
estos hablaban.
Cuando Marcia terminó de hablar con su
esposo, se notó en su rostro un síntoma de cansancio. No parecía que
hubiesen hablado nada trascendente. Salió al corredor a buscar a Jesús.
No lo vio. Buscó más lejos y lo vio a unos cincuenta metros de la casa.
El hombre caminaba por la arena, mientras miraba al cielo como pidiendo
clemencia. Salió tras él y le dio alcance.
- ¿Qué te pasó, no querías escuchar a
tu amigo?
- Ya escuché lo que me quería decir; el
resto era una conversación privada con su esposa.
- No tenía nada de secreta. En definitiva
es lo mismo. Papeles, papeles y más papeles. Quiere saber cuándo nos
vamos.
- El Miércoles me entregan el pasaporte
Americano. Debemos casarnos esta misma semana para ir adelantando todo el
proceso al mismo tiempo. Yo hablé con un abogado amigo mío que me va a
resolver el problema de la espera. Tú sabes que hay que esperar un tiempo
después de un divorcio para volverse a casar; pero aquí todo se puede
resolver.
- Sí, como el problema del restaurante
para extranjeros.
Ambos rieron y por primera vez, se había
cortado la tensión que arrastraban desde que salieron de la casa de la
muchacha.
- ¿Qué va a pasar después de la boda?,
preguntó la joven.
- Nada que tú no quieras que pase.
- Estoy hablando en serio Jesús, tú me
comprendes.
- Cuando nos casemos, tú te vienes a vivir
para acá. Aquí tienes tu cuarto y nadie se va a meter contigo. Si
quieres traer al niño para acá también lo traes. Quizás tu mamá
quiera quedarse con él para que no se vaya a sentir mal. Eso lo resuelven
ustedes. El hecho de que el niño esté con su abuela no despierta
sospecha; pero tú sí debes vivir aquí. Esa es una etapa decisiva. Tan
pronto estemos casados y yo tenga mi pasaporte Americano, te saco el
modelo 1-130 de Inmigración y solicitamos la salida del país. ¿Algo
más?
- No sé cómo me las voy a arreglar con el
niño, dijo la muchacha. Eso me preocupa. Quizás a él no le convenga ver
a un padre ahora y a otro después.
- El solamente va a conocer a un padre,
repuso Jesús algo herido. Yo soy un parche que me van a arrancar del
camino tan pronto se resuelva todo.
- Tú has sido más padre para él que
...No terminó; notó que estaba caminando por arena movediza.
- Tan pronto el niño vea que sus padres de
verdad se quieren y lo quieren a él, no le va a costar trabajo adaptarse.
- Tú pones las cosas tan fáciles que
parece que para ti no hay dificultades en la vida. No en balde eres un
hombre verdaderamente feliz. Todo sale como te lo propones.
- Sí Marcia, yo soy el hombre más feliz
del mudo. Lo dijo con una amargura tal, que la muchacha estuvo a punto de
explotar y soltar todo el nudo que tenía en la garganta.
- ¿Qué vas a hacer ahora? Preguntó ella
para salir del apuro.
- Si no tienes otro problema que
plantearme; creo que lo mejor es acostarse a dormir. Si quieres que te
despierte temprano, tengo un despertador que funciona de lo mejor.
- No lo voy a necesitar, repuso ella. Es
difícil dormir cuando se tienen tantos problemas en la cabeza.
- Yo te comprendo, clausuró Jesús. Buenas
noches. Ambos fueron a rumiar su pena a sus cuartos. Ninguno cerró la
puerta con seguro. Tal vez cada uno de ellos albergaba la peregrina idea
de que el otro vendría a media noche a buscarlo o a forzar su puerta o
quién sabe a qué; pero lo cierto es que ambos alimentaban la misma
ilusión sin saber porqué ni para qué. Cuando la muchacha sacó las
ropas interiores con los encajes, las estrujó con rabia. - Soy una
estúpida. Una verdadera estúpida. No se las puso. Se Puso la bata de
andar y con ella se acostó. No a dormir; sino a llorar.
Jesús no se atrevía ni a pensar. No
había querido preguntarle a la muchacha lo que había hablado con su
esposo. ¿Para qué? ¿Para que venga a decirme lo deseoso que está de
que ella llegue y lo ansiosa que ella está de acabar de viajar para
juntarse con su esposo, el padre de su hijo etc. etc. etc.?. Ella por su
parte no se había mostrado muy propensa a comunicarle nada. Era lógico.
Seguramente no quería que supieran sus conversaciones íntimas. Mejor
así, pensó. Ya me estoy cansando de toda esta comedia.
Al otro día se levantó temprano y cuando
fue al comedor, se encontró a la muchacha vestida con la bata de andar.
Acababa de tomar un baño. La bata era de tela algo transparente y el
resplandor del sol que entraba por la puerta de atrás de la casa,
permitía descifrar sus formas. Aquellos muslos eran dos columnas
marmóreas que sostenían un portentoso edificio de granito. Toda la
magnificencia de un cuerpo femenino, limpio, fresco, lozano y deseado se
ofrecía desafiante a aquel intrépido y sediento jinete que teniéndolo a
su alcance, sentía que algo lo atenazaba impidiéndole soltar su brioso
corcel.
- Buenos días, fueron las palabras de
ambos al unísono. En el tono del saludo, se podía leer que ninguno lo
iba a tener bueno. Sus ojeras denotaban que ninguno de los dos había
podido dormir. Ella se metió en la cocina y preparó café. Él la
contemplaba tratando de ser indiferente; pero se puso a observar sus
movimientos de un lugar para otro. Ella se sintió escrutada; pero no se
atrevió a insinuarlo. Él la siguió observando y cuando la muchacha se
volvió para darle la taza de café, lo despertó de su embeleso.
- ¿Te gusta con azúcar?
- Como tú quieras.
- Me extraña.
- ¿Qué?
- Tú no eres de los que aceptas lo que
otro quiera.
- ¿Y cómo tú lo sabes?
- Hasta ahora ha sido todo lo que tú has
querido.
- Ahora sí voy a tener que creer que tú
eres una anormal.
- ¿Por qué tardaste tanto en darte
cuenta?
- Porque dicen que la letra entra con
sangre.
- No te entiendo.
- Yo tampoco te entiendo a ti.
- Si no me explicas.
- Hay casos en que las palabras sobran.
Ambos se fueron poniendo rígidos, tensos, agitados. Sus corazones latían
con tal trepidar, que el uno podía escuchar el latido del otro. Hubo un
momento en que sólo faltaba una palabra, una letra, un gesto para romper
con toda aquella comedia y decirse sus verdades. La taza de café les
empezó a temblar en las manos. Tuvieron que llevarla a la mesa y poner
las manos sobre ésta para disimular el temblor. Ella no se atrevía a ir
para el cuarto por temor a que él la siguiera. Estaba provocativa con
aquella bata semitransparente y sus carnes acabadas de bañar olían a
hembra; a hembra fresca y dispuesta. El hombre se quedó sembrado en la
silla sin atreverse a abandonar la escena. Sus escrúpulos luchaban a
muerte con sus deseos. Su virilidad se enfrentaba a la fidelidad de una
promesa. Al respeto a la esposa fiel.
A la esposa que estaba allí; no por él,
sino por su marido. No deseando su cuerpo, sino su pasaporte. No buscando
su amor, sino su ciudadanía. No para obtener sus besos, sino una
residencia. Quizás, si él hiciera la gestión, la podría llevar a la
cama, la podría poseer; pero no sería por él, sino por su marido de
ella. Él podría llevarla a donde quisiera; pero sería por obediencia,
no por deseos. Él podría volcar sobre su cuerpo todo su amor, toda su
pasión, toda su furia; pero ella aceptaría por conseguir lo que buscaba:
la salida del país para juntarse con su marido. Se sintió tan miserable
que estuvo muy cerca del llanto. Ella no podía adivinar sus pensamientos.
Hubiera querido adivinarlos aunque fuera por una sola vez; pero no le era
posible. Aquel hombre que lograba todo lo que quería, se lo había
repetido muchas veces, la llevaba allí, para engañar a unas autoridades;
pero no porque ella le interesara. Para eso él tenía a la estudiante y a
todas las estudiantes que quisiera. Si ella se le insinuara, él la
poseería; pero no sería por desearla a ella, sino por demostrar poder.
Podría llevarla a la cama; pero no sería por amor, sino por vanidad. Él
estaba allí; no por ella, sino por su amigo. Corría toda la dudad con
ella y hasta la llevaba a su casa a dormir; pero no era porque la deseara
a ella, sino porque quería probar su amistad y su fidelidad. Su hombría.
Definitivamente, pensó, yo soy una anormal.
Jesús se decidió a irse para la calle.
Terminó la tortura de la muchacha que no se atrevía a pararse de allí
con su bata transparente y su cuerpo oliendo a carne bañada; a hembra
lista; pero para otro. Cuando el atleta regresó, ya ésta estaba vestida
y partieron para la ciudad. El hombre estaba decidido a acelerar el
proceso a toda costa. Esta tortura se estaba convirtiendo en algo
intolerable. Un día de estos iba a cometer un disparate y todo se iba a
echar a perder. Era preferible adelantar las cosas y salir con honra de lo
que había empezado con honra.
El Ingeniero trabajaba tan febrilmente en
su nido de amor, como le anunciaba a su esposa, que ya lo que faltaban
eran unos detalles. El jardincito, la pintura, una cerca para impedir que
entraran animales o personas indeseables etc. En cuestión de tres semanas
se mudaría él solo y tendría todo listo para recibir a su familia. Ya
tenía el dinero ahorrado para enviarles el pasaje a su esposa y al amigo
cuando les den la salida. Era el chantaje del régimen llevado a los
extremos. Los residentes en Estados Unidos tenían que pagar el pasaje de
los que salen del país; independientemente que vayan de visita o a
permanecer indefinidamente. Era el único caso en el mundo; pero era parte
del sufrimiento de un pueblo aprisionado bajo la bandera del Socialismo.
Le irritaba el hecho de que hasta el pasaje para salir del país, lo
tenían que pagar los familiares que vivían en Estados Unidos. Esta
rapacidad era algo que no podía comprender, sobre todo con tanto alarde
de humanismo conque se pasaban la vida los dirigentes del flamante Faro de
América.
El ingeniero le contestó la carta a su
hermana. Le había alegrado mucho saber de todos ellos y le agradecía que
le mandaran todas las noticias sobre la familia etc. etc. No le mencionó
su actitud sobre la información de las relaciones entre su mujer y su
amigo. Le pareció que el terreno era demasiado resbaladizo y cualquier
desliz podría ser peligroso. En definitiva la verdad era muy difícil de
descubrir en un apretón de manos y eso era lo único que Susana había
visto. Si de apretones de manos se trataba, pensó, él mismo lo había
sabido de parte de su amigo que se lo mencionó en una carta.
FIN DEL CAPITULO XVII
Capítulo
I: Abundancia de Amor
Capítulo II: Escasez de Medios
Capítulo III: Bodas de profesionales
Capítulo IV: Buscando un techo
Capítulo V: Ni casa, ni esperanzas
Capitulo VI: Hotel de cinco estrellas
Capítulo VII: La llegada de Héctor Augusto
Capítulo VIII:¿Dónde metemos al niño?
Capítulo IX: La universidad de la calle...
Capítulo X: Proyecto de un largo viaje
Capitulo XI: Traidor, ¿A quien y por qué?
Capítulo XII:Seguridad, ¡Qué
incertidumbre!
Capítulo XIII: Aprendiendo a mentir
Capítulo XIV: Más deserciones
Capítulo XV: A divorciarse del traidor
Capítulo XVI: La manzana de la discordia
Capítulo XVIII: Bodas de Mentira
Capítulo XIX: ¡Qué Cara es la Libertad!
Capítulo XX: Consumatum est
Subir
Retornar a la página principal
|