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El
Amor en los Tiempos de Castro
Capítulo
XVI: La manzana de la discordia
Por
Florencio E. Eiranova-Cuza
Delegación Puerto Rico - S.T.C
El Castrismo
al desnudo.
Un cubano que vivió la pesadilla, narra su odisea
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Fueron a recoger al niño al Círculo
Infantil. De tanto verlos juntos, ya las empleadas del lugar, pensaban que
eran marido y mujer. Hasta el niño se había acostumbrado a Jesús y
cuando éste no venía con su madre, aquel le preguntaba por el otro.
Cuando los dejó en la puerta de la casita
que amenazaba con caerse al primer ventarrón. Jesús tomó a Marcia de la
mano como acostumbraba. A recibirlos salió una joven de piel trigueña de
la edad más o menos de Marcia. La visitante se sorprendió ante la
llegada del galán que al parecer no estaba en los planes de ella. La
muchacha hizo un ademán como para desprenderse del amigo; pero el atleta
tenía mucha fuerza en su agarre y no salió bien el gesto.
- ¡Caramba!, exclamó Marcia tratando de
salvar lo insalvable; mire usted quien anda por aquí. ¿Qué vientos te
han traído muchacha? - Mira Jesús, continuó, ésta es Susana, mi
cuñada, hermana de Héctor.
- Encantado compañera, dijo el atleta
soltando la mano de su prisionera.
- Mucho gusto, compañero, repuso en tono
jovial la recién llegada.
La situación no era nada cómoda para
nadie. Tanto Marcia como Jesús presintieron que nada bueno podría salir
de aquella sorpresa recibida por la cuñada de la arquitecta, sobre todo
si no estaba informada de los acontecimientos. El hombre pensó, con buen
juicio, que lo mejor era dejar a las mujeres solas y que arreglaran su
enredo si es que lo podían hacer. Se marchó con una excusa cualquiera no
sin antes dejar aclarada la jornada del próximo día:
- ¿Me llamas mañana o te recojo temprano?
- Yo te llamo, fue la respuesta de ella.
El hombre salió lentamente como si
esperara algo de a última hora; pero al no notar nada nuevo, aceleró y
se alejó rumbo a su casa. Por el camino se puso a recorrer y evaluar los
acontecimientos del día y no tuvo más remedio que reírse de sí mismo.
He aquí a un hombre a quien se le dan las mujeres con la facilidad de un
chiste. Andando arriba y abajo con una mujer preciosa que le gusta como
nadie en el mundo puede sospechar. La lleva, la trae, la divorcia; la
lleva a comer; la toma de la mano y la puede llevar a la cama si así lo
exigiera él y sin embargo; por ese concepto de la fidelidad, de la
amistad, del decoro del no sé qué, va haciendo el papel de un chaperón,
de un padre bueno, de un cura católico o un ministro protestante, sin
atreverse a rozarla con su cuerpo, como para no lastimarla. " El
cielo tiene que juzgar todo esto y reservarme un lugar decente por allá
arriba, se dijo.
- Oye mi amor, dijo Marcia a Susana una vez
el deportista se había marchado; me imagino la sorpresa que te has
llevado al verme llegar con ese hombre de la mano.
- No mi vida, contestó la cuñada. A Rey
muerto Rey puesto. En esta vida no se puede andar con tantos remilgos. Si
mi hermano se fue y te dejó embarcada, yo no veo porqué tengas tú que
estar guardándole luto por tantos años. Además, mi amor no creo que
salgas mal en el cambio. Si a mí me dieran a escoger, me quedaba con el
tal Jesús ese.
- Lo que pasa, dijo la arquitecta, es que
tú no sabes que todo esto es obra de tu hermanito. Este señor es la
persona que me va a sacar a mí y a Héctor Augusto y nos va a llevar para
reunimos con el padre de mi hijo.
La arquitecta contó con lujos de detalles
todo el plan y las actuaciones tanto de ella como del deportista para
llevar a vías de hecho los sueños ansiados del hermano, de reunirse con
su adorada familia. Si la cuñada quedó satisfecha o no, no se lo hizo
saber a la joven de los ojos del color de la esmeralda.
Cuando Jesús llegó a su casa, tenía una
carta que el cartero le había tirado por debajo de la puerta. Era de
Héctor, el amigo entrañable; el hijo estudiando en el Norte; el que lo
tenía embarcado en este negocio tan ridículo y tan incierto. Incierto
sí; porque según las estadísticas; casi el 50 por ciento de los
matrimonios jóvenes hoy en día, se divorcian antes de cumplir los 5
años. - Esto quiere decir, pensó, que a lo mejor yo le estoy reservando
este regalo del cielo a mi amigo; por lealtad, por honradez y por lo que
sea, y cuando lleguemos allá, se divorcian al poco tiempo y viene otro
que no ha puesto nada en este asunto y se queda con ella. Por otro lado,
estaba la palabra empeñada, la promesa, el honor. Al diablo con los
pensamientos. Nadie me mandó a meterme en esto. Ahora a lo hecho, pecho.
Leyó la carta del amigo. Siempre lo mismo.
Mucho trabajo; mucho progreso, mucha mejoría. Mucha exigencia. Que no
recibía carta de ustedes, que no se acuerdan de uno que está solo por
acá. Que si no te estás ocupando de mi pobre mujer y de mi hijo; que si
no la visitas lo suficiente. - Si supieras amigo mío, que la estoy
visitando más de la cuenta y que estas visitas me están haciendo tanto
daño, que un día me voy a tener que perder, para no caer en tentación.
¿Qué estoy pensando Dios mío? Tanto que he criticado estas infamias y
ahora me voy a ver enredado en una. ¡Jamás!-
Le contestó la carta al amigo. Le
prometió cumplir todas las instrucciones. Le comunicó que ya no tenía
mujer; sino una prometida que iría a su encuentro, para casarse con él
después de divorciarse de mí. -Divorciarse de mí. ¡Válgame Dios, si
todavía me falta casarme con Marcia!
La llamada de la muchacha lo sorprendió en
la cama. Ese día él no tenía clases, por lo que se había acostado
tarde la noche anterior. Hoy tenía que empezar a encaminar los papeles de
la Oficina de Intereses para sacar su ciudadanía y al mismo tiempo
comenzar los trámites para su futuro matrimonio. Todo esto le parecía
una película donde él y Marcia eran unos actores que practicaban su
papel todos los días. Al parecer ya se lo sabían de memoria.
- Oigo...
- ¿Jesús, eres tú?..
- Si mi amor...
- ¿Y ese mi amor, de donde viene?..
- ¿Cómo?... ¿Y cómo quieres que te
trate?..
- A mi no me importa lo que tú pienses;
pero no permito esa confianza
- ¿Vas a empezar con lo mismo?..
- Yo no sé; pero si tu te piensas
aprovechar..
- ¿Aprové.. qué? ¿Aprovechado? Mire
compañera: me parece que entre otras cosas usted es un poquito engreída
y otro poquito malcriada. Yo no estoy interesado en usted para nada. A mí
usted no me interesa en lo absoluto. A mí se me sobran las oportunidades
en la vida. Yo no tengo porqué estarle robando cariñitos a nadie, mucho
menos a una mujer que tiene su marido. Comprenda de una vez, que lo que
estoy haciendo es un verdadero sacrificio por un amigo y pare de contar.
Colgó el teléfono con furia. - Esta
Marcia se estaba pasando de lista y se iba a enterar quién es Jesús del
Prado. Si todos los días iba a venir con un nuevo remilgo y una nueva
restricción para probar hasta donde puede tenerme babeando mientras le
resuelvo el problema a ella y a su marido, ella se va a enterar que a mí
se me sobran las mujeres y que no me preocupa en lo absoluto su mano ni su
cuerpo ni sus ojos. Sus ojos de tigre.
Salió rumbo al carro como una tromba
marina. Había olvidado las llaves. Tuvo que regresarse. Cuando entró a
la casa el teléfono estaba sonando. Corrió hacia él. Lo iba a levantar.
- ¿Qué diablos me está pasando?.. Se
dijo a sí mismo. ¿Acaso soy un hombre o una cucaracha?
Volvió hacia el carro como si algo lo
espantara de su propia casa. El teléfono seguía sonando y arrancó
aterrado de su timbrar. No quería escucharlo; no podía estar cerca de
él. El demonio se estaba adueñando de aquel hombre tan equilibrado y
seguro de sí mismo.
No sabía hacia donde ir. Simplemente
condujo por donde primero se le ocurrió. Se fue a Guanabo, una playa más
adelante en la misma costa, donde conocía a varios atletas de su época y
algunas compañeras de andanzas. Muchachas jóvenes y de libre pensar, que
practicaban deportes y otras cosas más y tenían buena posición dentro
del Gobierno. Con algunas de ellas estuvo todo el día. Por la noche
invitó a una, joven, rubia, hermosa y de buena educación, para que lo
acompañara por unos días y lo ayudara a acondicionar su casa que estaba
tan sola y destartalada. La muchacha aceptó. Siempre aceptaban. Entre la
gente que vive bien y que lleva una vida independiente, no se sacan muchas
cuentas de si éste está casado o si es divorciado etc. etc. Casi ninguna
de ellas necesitaba un matrimonio. Más bien lo evitaban. Lo importante
era vivir el día de hoy y mañana ya veremos. Por otro lado, todas eran
personas educadas y de desenvolvimiento político. Se movían en las
esferas del Gobierno, o los deportes, la cultura o donde fuera; pero con
una vida independiente y un concepto de la libertad muy difícil de
entender.
Así las cosas, pasaron unos tres días sin
saber de Marcia ya que le había pedido a su acompañante que no
contestara el teléfono para evitar que lo mandaran a trabajar en unos
eventos deportivos que se celebrarían no se sabe dónde y él no quería
embarcarse en ellos.
Aquel Sábado por la mañana, Marcia no
quiso llamar por teléfono. Ella lo iba a sorprender en su propia casa y
no le iba a dejar excusa para no contestar sus llamadas. Se acicaló y
perfumó, con unos cosméticos que le había regalado el propio Jesús y
se dispuso a estrujarse en aquellas latas de sardina que partían para las
Playas del Este. Salió bien temprano para que la muchedumbre no la fuera
a atropellar y tomó un buen lugar en la cola. Cuando le tocó su turno,
tuvo la suerte de encontrarse con un matrimonio que llevaba dos niños
pequeños y le cedieron el asiento del marido a cambio de que ella le
cargara uno de los bebés.
Al pasar el túnel, la guagua comenzó a
calentarse. Los pasajeros, que eran más de cien no resistían aquel
volcán que amenazaba con convertirse en un crematorio. El chofer alineó
el ómnibus a la orilla de la carretera y con toda tranquilidad les dijo a
sus ilustres pasajeros.
- Hay que transbordar; así que vayan
pasando a recoger su papelito y párense en fila a esperar las próximas
guaguas que pasen a ver cómo se pueden acomodar.
Para Marcia, como para el resto de los
pasajeros, aquello era lluvia sobre lo mojado. Todas las guaguas que
salían del punto de partida en la Habana Vieja, iban tan llenas que no
les cabía un alfiler. Ahora tenían que apretarse y fundirse uno con otro
si no querían quedarse allí todo el resto del día. Para los choferes,
aquello era tan rutinario, que hasta se alegraban, ya que su sueldo, que
no les alcanzaba para nada, debido a la bolsa negra, seguía corriendo
mientras la guagua estuviera fuera de servicio. Muchos choferes mal
intencionados (o inteligentes) sacaban su guagua de servicio por cualquier
excusa y así seguían ganando su sueldo mientras el pueblo seguía
sufriendo. De esta manera, podían dedicar un tiempito a buscar algunos
abastecimientos para sus depauperadas despensas que cada vez tenían menos
posibilidades de llenarse.
Después de ver pasar varias guaguas, en
las cuales se pudieron apretujar unos diez o quince pasajeros extras, le
tocó el turno a la desesperada arquitecta, que no veía la manera de
volar hacia Jesús y acabar con aquella separación que la estaba
devorando.
Cuando se desmontó de la guagua, se
estiró la ropa y se dirigió a la casa del atleta, como quien va a una
cita con un enamorado a quien no le quiere dar el sí; pero no desea que
él se disguste. Aquella situación tan extraña, no la había
experimentado la muchacha ni aún cuando se veía con su novio en la
Universidad. Aquello había sido demasiado fácil, demasiado formal. Ella
no comprendía lo que le estaba pasando y en realidad se sentía
disgustada con sigo misma. En definitiva, si venía era porque quería
reunirse con su esposo y la única manera de hacerlo, era a través dé
este amigo. Por lo demás "que se olvide de los peces de
colores". Era cierto que ella nunca tuvo que salir a buscar a
Héctor; pero las circunstancias eran distintas. Ella conoció a su marido
siendo ambos estudiantes y todo se había desarrollado tan normal y suave,
que nunca hubo necesidad de estarse persiguiendo ni llamando tantas veces
por teléfono. Ahora este Jesús se estaba haciendo de rogar por ella.
¿Qué se imaginaba este deportista? - ¡No te equivoques Jesús, que tú
no sabes con quién te estás metiendo!.
Al llegar a la casa, dueña de sí, se
dirigió a la puerta para oprimir el botón del timbre; pero alguien que
estaba trajinando en un jardincito lateral de la misma, salió y vino a
atenderla.
- Hola, dijo la voz de una joven rubia,
hermosa y bien arregladita, que lucía un short muy cortico con una blusa
casi transparente y cortica por encima del ombligo. Tanto el rostro de la
recién llegada, como su cuerpo, irradiaban juventud y bienestar;
confianza y seguridad. La impresión primera que se recibía al contemplar
a aquella criatura encantadora, era que se trataba de una esgrimista,
jugadora de tenis o estudiante de medicina de las películas
norteamericanas.
Marcia recibió un corrientazo de alta
tensión. Contempló boquiabierta a la linda jovencita, más joven que
ella aparentemente, y quizás si más bonita, quien se acercaba sonriente
y confiada a atenderla, como si llevara años viviendo en aquella casa.
Por un momento trató de mirar en derredor suyo para comprobar si se
había equivocado de casa. No necesitaba hacerlo; ella conocía demasiado
bien donde estaba. Estaba clavada en el piso y apenas si podía articular
palabras.
- ¿Puedo ayudarla en algo? preguntó la
rubia con cara de estudiante con un gesto verdaderamente inofensivo.
- Me habían dicho que por aquí había una
señora que cuida niños; pero parece que me he equivocado, atinó a
balbucear la mujer reprimiendo un raudal de improperios que pugnaban por
brotarle del cerebro; pero que no se atrevían a brotar de sus labios.
- Si quiere le llamo al dueño que vive
aquí hace más tiempo que yo, continuó la encantadora niña.
- No, no se moleste; mejor me voy antes que
la guagua regrese y tenga que esperar demasiado tiempo.
Arrancó como alma que lleva el diablo. Sus
mejillas estaban encendidas; le ardían; le quemaban. Tanta humillación
no había recibido ella ni el día del fracaso de su marido en el
restaurante para extranjeros. ¿Quién sería aquella entrometida?..
¿Puedo ayudarla en algo?. Debía estar estudiando a estas horas. Y él.
¿Donde estaría metido el santurrón; el amigo que no rompe un plato; el
respetuoso que se sacrifica para ayudar a un hermano? ¿Es que todos los
hombres son iguales? ¿Acaso no se podrá confiar en uno solo de ellos?
No cabía dentro de sí. Sus ojos de
tigresa estaban tan encendidos, que si hubiera sido de noche, no habría
necesitado linterna. Caminó sin rumbo fijo. Tenía que componerse antes
de decidir sus próximos pasos. No podía regresar a la Habana sin verlo,
sin insultarlo, sin herirlo. Algo tenía ella que hacer para hacerle saber
que la había lastimado intencionalmente y que ella no se iba a dejar
ultrajar como un trapo de cocina. Efectivamente ella no estaba interesada
en él para nada; pero él tenía que saber que ella era una mujer decente
y tenía que respetarla. ¿A que viene eso de meter a una intrusa en su
casa cuando él sabía que ella vendría a visitarlo?. ¿Es que ahora se
iba a poner con esas muchachadas para ver la reacción de ella? ¿Acaso se
creía el engreído éste que ella estuviera interesada en él? ¡Qué
equivocado estaba!
Miró hacia atrás. Contempló los
edificios; volvió a mirar hada la casa para ver si él salía. No
localizó nada. Se paró en la acera por si venía la guagua. Decidió que
no se iría sin verlo, por lo que comenzó a darse paseítos por la acera.
Estaba poseída; necesitaba desahogarse. Tendría que preparar un discurso
para en caso de encontrarse con él. Así no podría enfrentarlo. El la
derrotaría como siempre. El saldría ganando. Ella se tendría que rendir
como en otras ocasiones. ¿Qué diablos me está pasando?
Cuando la guagua se aproximaba a la parada,
todavía no se había decidido a regresar a la Habana. Esa presa no la iba
a soltar ella tan fácilmente. Si él era perseverante y dominador; si él
tenía una filosofía que todo lo resuelve, ella le iba a probar que con
Marcia Cifuentes no se juega.
Cuando dieron las once y media de la
mañana, ya el sol estaba tan alto que la bella muchacha se estaba
derritiendo. Las gotas de sudor le corrían por sus mejillas
confundiéndose con unos lagrimones que comenzaron a brotarle de pura
derrota y humillación. Todo su maquillaje se vino al piso; todo su
perfume se confundía con los vapores de la sudoración. Todo su orgullo
era un trapo de cocina sucio.
Decidió regresar. La guagua venía. No
podía dejarla pasar. A las doce empezaría la gente a regresar de la
playa y no iba a ser posible subirse en una a esa hora. Se mordió los
labios. Se subió en la guagua. La vieron llorando. Alguien le ofreció el
asiento. Lo rechazó No quería que le tomaran lástima; en fin de cuenta
todo se lo había buscado ella misma. Jesús había ganado esta otra
partida. ¿Cuándo acabará de comprender que soy una anormal?
Por varios días lo esperó; pero él no
venía. Al principio quería que viniera para insultarlo. A los cuatro
días deseaba verlo para parlamentar. Al final de la semana ansiaba verlo
para pedirle perdón. Estaba ansiosa de verlo, de hablarle, de rendirse,
de pedirle perdón por su estupidez; pero era inútil. Una mañana de la
próxima semana, era un Lunes, se decidió a humillarse una vez más. Se
arrastraría a sus pies y no le reprocharía ni una mínima palabra de las
que él dijera. Haría lo que él quisiera; se tiraría en un pozo si se
lo pidiera; comería yerba, barrería el piso, lo que él dijera; lo que
él pidiera... Lo que él deseara.
Salió de madrugada para tomar una de las
primeras guaguas. Llegó a la parada, la guagua llegó a tiempo. Subió
decidida. Hizo la combinación con la ruta de la playa. Esta vez todo iba
a salir bien. El recorrido fue rápido. Llegó antes de las siete de la
mañana a la casa de la playa. Cuando se tiró a tierra, salió corriendo
hacia la casa. No quería perder un segundo. No le importaba que la rubia
le saliera. Ella iba a luchar por su existencia y ninguna rubita escolar
la iba a sacar de competencia. Si se la encontraba allí, le exigiría que
lo llamara y discutiría con él toda su agenda. Llegó a la casa.
Oprimió el timbre. Nadie respondía. Volvió a oprimirlo; el timbre se
escuchaba sonando en el interior de la casa. Nada. Salió hacia afuera y
buscó afanosa el carrito. No estaba. Estúpida.. Era lo primero que
debiste mirar.. ¿Porqué no llamaste por teléfono primero?. ¿Porqué
eres cada vez más anormal?
Héctor estaba tan entusiasmado con la
construcción de su casa, que apenas si le quedaba tiempo para más nada.
Al principio estuvo desesperado por varios meses; pero después se
convenció que con el correo de su patria no se puede. Unas cartas se
pierden, otras no llegan y las que llegan van abiertas y censuradas. Si
mandaba medicinas para el niño, le robaban la mayoría. Si mandaba un
paquete, le cobraban diez veces el precio del contenido y corría el
riesgo de que no llegara. Su pueblo estaba condenado a sufrir una
situación sin solución. Al menos por el momento. Había que desistir y
dejar que las cosas marcharan a la buena de Dios. El estaba bien informado
de los trámites de su esposa y su amigo en Cuba y tenía tanta confianza
en ambos, que casi les había dejado todo el peso del trabajo, que en
definitiva tenían que ser ellos quienes lo realizaran. Había logrado
convencer a su amigo de que recibiera llamadas por teléfono desde Estados
Unidos, a lo cual al principio Jesús se había negado porque le
perjudicaba; pero como que ahora aquel estaba en los trámites para
abandonar el país, o por lo menos eso creía él, que ya le daba lo
mismo. Al entrar a su casa, encontró una carta en el pequeño buzón; al
leer el remitente, sintió una alegría distinta a la que sentía cuando
recibía otras cartas. Rasgó el sobre y comenzó a leer:
Querido hermano, rezaba la carta. Mucho me
alegraría que al recibo de estas líneas te encuentres bien. Por acá la
miseria se ha enseñoreado de tal manera, que ya no sabemos si somos unos
parias o unos miserables; pero la diferencia debe ser poca, porque a veces
nos sentimos una cosa y otras veces creemos que somos lo otro. Acabo de
regresar de la Habana donde fui a tomar unos seminarios sobre unos
programas de computación que no sé para qué lo piensan utilizar, a no
ser que sea para contar los muertos de hambre por las calles o las gentes
desnutridas que hacen colas sin saber lo que van a vender o si en
definitiva van a vender algo.
Visité a tu esposa; pero como que yo no
digo mentiras ni callo verdades, puedo decirte que la encontré muy
entusiasmada con los preparativos para el viaje; lo único que me pareció
que para engañar a las autoridades, no hace falta estar pegados el uno al
otro todo el tiempo y andar agarrados de las manos como la vi con el
"sacrificado amigo" que la piensa sacar de Cuba. No quiero
meterte en la cabeza ideas extrañas; pero yo soy mujer y sé cuando las
manos se agarran para aparentar y cuando se agarran para no soltar. Creo
que tu plan ha sido un regalo para el profesor de natación. No sé cómo
se te ocurre entregar a tu mujer con papeles y todo a un solterón y
"vivebién" con una tremenda casa solitaria en la playa. Si
estoy levantando una calumnia, que Dios me perdone; pero creo que el
precio que quieres pagar por tener a tu mujer y tu hijo contigo, es muy
alto.
Esa noche, el Ingeniero había solicitado
una llamada para que se la pusieran a la hora que pudieran, es decir, a
cualquier hora y le había avisado * a su amigo con más de un mes de
antelación, para que le avisara a su mujer, de manera tal de poder hablar
con ambos. El muchacho esperaba ansioso que le comunicaran con Cuba desde
su apartamento. La carta de su hermana le había metido fuego en las venas
y una tormenta en todo su cerebro. No sabía si maldecir a su mujer por lo
que le habían dicho, o maldecirse él por haberla metido en esto. Si le
mencionaba la carta a Marcia en la conversación de esta noche, era para
que todo se rompiera y renunciar definitivamente a la reunión familiar.
Si por el contrario se la callaba, seguiría la comedia para ver qué
decía ésta y cuando estuvieran juntos aclarar las cosas. A los
padecimientos del ingeniero, en medio de su soledad y acoso; en medio de
sus horas extras trabajadas, su fidelidad a su esposa y su constante
pensar en su mujer y su hijo, se unía ahora un celo torturante que no
sabía si tomarla con Jesús, con Marcia o con Susana.
Lo de las manos cogidas; él lo sabía.
Jesús se lo había mandado a decir en una carta; pero el deportista le
mencionaba unos gestos inofensivos para aparentar que él y Marcia
sostenían unas relaciones como para justificar un futuro matrimonio etc.
etc. Ahora su hermana mencionaba miradas y apretones. ¿Sería verdad?
¡Cuanta infamia!. Tenía que apartar esas ideas de su mente o de lo
contrario se podía volver loco. Aquello tenía que ser una imaginación
de su hermana. Jesús y Marcia no le podían hacer esto a él. Aunque
fuera verdad, él no tenía la manera de comprobarlo ahora. Si se ponía
con celos a noventa millas de distancia y con un océano por medio, lo que
podría lograr sería desbaratarlo todo.
Jesús, se había comprometido con su amigo
a traer a su esposa a su casa cuando él los llamara para que ésta
hablara con él, ya que la pobre criatura no tiene teléfono y además en
la casa donde lo tienen son unos comunistas comecandela que no le iban a
permitir hablar con un traidor a la patria, gusano, vende patria etc. El
deportista había recibido la carta hacía tres o cuatro días; pero
estaba tan disgustado con la muchacha por las ridiculeces de ésta en el
cumplimiento del papel que ambos debían representar para cumplir la
misión encomendada por su amigo, que le había llegado el día de la
llamada y no le había ido a decir nada. Esta noche sería la esperada
llamada y el noble Jesús se dispuso a ir a casa de la muchacha a
recogerla; pero sin muchas explicaciones y sin muchos requisitos. Ya él
se estaba cansando de tanto pudor y tanto recato. Llegaría y le diría de
lo que se trataba. Si aceptaba bien; si no, le daba lo mismo.
FIN DEL CAPITULO XVI
Capítulo
I: Abundancia de Amor
Capítulo II: Escasez de Medios
Capítulo III: Bodas de profesionales
Capítulo IV: Buscando un techo
Capítulo V: Ni casa, ni esperanzas
Capitulo VI: Hotel de cinco estrellas
Capítulo VII: La llegada de Héctor Augusto
Capítulo VIII:¿Dónde metemos al niño?
Capítulo IX: La universidad de la calle...
Capítulo X: Proyecto de un largo viaje
Capitulo XI: Traidor, ¿A quien y por qué?
Capítulo XII:Seguridad, ¡Qué
incertidumbre!
Capítulo XIII: Aprendiendo a mentir
Capítulo XIV: Más deserciones
Capítulo XV: A divorciarse del traidor
Capítulo XVII: Peligrosa Reconciliación
Capítulo XVIII: Bodas de Mentira
Capítulo XIX: ¡Qué Cara es la Libertad!
Capítulo XX: Consumatum est
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