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El
Amor en los Tiempos de Castro
Capítulo
XIII: Aprendiendo a mentir
Por
Florencio E. Eiranova-Cuza
Delegación Puerto Rico - S.T.C
El Castrismo
al desnudo.
Un cubano que vivió la pesadilla, narra su odisea
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Cuando Marcia salió de aquella Odisea, su
vida se había transformado sin ella misma saberlo. Todo el romance se le
había esfumado. Su sensibilidad se había extinguido y no le quedaba nada
de entusiasmo por la vida. Decidió no contarle a Jesús lo que le había
pasado. En caso de que el hombre hubiese sido el promotor de la denuncia,
seguramente lo hacía para poderla ayudar. El era más inteligente y
habilidoso que ella. ¿Porqué desconfiar ahora que lo iba a necesitar
tanto? No le diría a nadie lo del interrogatorio. Guardaría aquellos
momentos horribles para ella sola. Si alguien lo sabía, esto le
perjudicaría en su desenvolvimiento futuro. Si le preguntaban, diría que
estuvo enferma o que salió al interior a pasarse tres días y a ver si
sabía del paradero de su esposo. Si quería jugar su papel de doble
estándar, iba a necesitar mucho cinismo y mucho teatro. El momento era
bueno para comenzar a fingir. Cuando llegó a su casa, estrujada, sucia,
con olores a sudores viejos y habiendo perdido más de siete libras, su
madre no cabía del asombro y la curiosidad.
- ¿Qué te ha pasado mi
hijita?...preguntó llena de angustia la madre que nunca había visto a su
reina de belleza tan maltrecha y destruida.
- ¿Cómo que qué me ha pasado? preguntó
con fingida sorpresa la nueva arquitecta. ¿Yo no te había dicho de la
movilización?
- No mi hijita, contestó la madre
respirando aliviada. ¿De qué movilización me estás hablando?
- Ay mami, repuso la entrenada artista, una
movilización para diseñar y trazar sobre e1 terreno unos refugios para
proteger á la población en caso de una invasión de los imperialistas.
- ¿Y dónde fue eso, mi niña? preguntó
con poco disimulado orgullo la presidenta del Comité de Defensa de la
Revolución.
-Bueno, mamí, continuó la nueva
"comecandela", ya te dije el milagro, ahora no esperes que te
diga el santo. Estas cosas son secretas y tu eres la primera que debieras
comprenderlo.
La madre no podía haber recibido mejor
noticia en los últimos años de su vida. El orgullo y la vanidad la
embargaron, de tal manera; que de momento vio a su hija más bella, más
esbelta y sobre todo, que estaba adquiriendo la madurez que todo
revolucionario necesita para su futura aspiración a ingresar en las
"gloriosas filas del Partido"
La vida en el país del Norte, exige de los
individuos un nivel social a lo cual nuestro joven profesional no estaba
acostumbrado; pero se tuvo que acostumbrar. El ingeniero tuvo que
comprarse un carro, ropas, aprender a manejar; alquilar un apartamento
para vivir independiente, pues la tía lo había ayudado a comenzar; pero
no podía mantenerlo por toda la vida. Así las cosas, cada vez se hacía
más necesaria la presencia de su joven esposa al lado de su compañero;
pero las leyes de inmigración de los Estados Unidos, no son cosa que se
hagan para que cada cual las adapte a su gusto. La condición de
refugiado, no le permitía reclamar a su esposa y a su hijo. Había que
esperar un tiempo prudencial para solicitar la residencia y ver si como
residente le permitían traer a su familia. De no ser así, tendría que
esperar a ser ciudadano norteamericano para lograr su sueño; pero eso era
demasiado esperar.
Le escribió a su amigo Jesús contándole
sus adelantos. Le mandó mensajes a su esposa con él, para obligarlo a
que la fuera a ver. Le reprochó que hubiese abandonado a su familia en su
ausencia y le pidió encarecidamente que no dejara de ver a Marcia y le
contestara urgentemente contándole de su estado de ánimo etc. etc.
Jesús fue a visitar a Marcia una noche. La
muchacha no se encontraba en su casa. Al deportista le sorprendió
sobremanera que la joven no estuviera en casa a esa hora y le preguntó a
la madre.
- Perdone, compañera; pero vine a ver a
Marcia y me extraña que no se encuentre. ¿Usted sabe si le ha pasado
algo?
- Marcia lleva dos noches haciendo la cola
para unas ropitas de niño que van a llegar a la tienda y como que al
pobrecito no le sirve nada de lo que se pone por haber crecido y engordado
tan rápido, apenas si tiene nada que ponerse; la madre va a ver qué le
consigue, fue la respuesta de la anciana sin mucha ceremonia.
La situación de aquella familia, era como
para admirarse. La miseria las azotaba por los cuatro puntos cardinales;
pero como que la madre de la muchacha era la presidenta del Comité de
Defensa de la Revolución, cargo honorario que no proporcionaba ni un
fósforo a quien lo ostentara honradamente, todos en la casa se creían
obligados a mantener el estoicismo y la frugalidad hasta los extremos
planteados por la dirigencia del país en sus discursos y arengas. Allí
nadie tenía ni pensión, ni carrera, ni oficio. Cada cual vivía de lo
que podía conseguir, haciendo una costurita, un florero o lavando alguna
ropita paga, lo cual las mantenía al borde de la indigencia los 365 días
del año.
Todo esto, contrastaba con los ideales
Revolucionarios y fidelidad al régimen, que por amor al arte profesaban
sin que se supiera las causas iniciales de tal militancia. Parece ser, que
en el proceso de organizar la sociedad para la vigilancia y salvaguarda de
la Revolución, Pepa se había destacado en su cuadra y al recibir el alto
honor de ser "elegida" presidenta del C.D.R., se creyó en
posesión de un título nobiliario, lo que la eximía de hacer ninguna
gestión en favor de los alimentos y vestidos del resto de la familia.
Para ella la pobreza era algo así como parte de su apellido, por lo que
no se molestaba por cualquier carencia ni por las arbitrariedades de las
que era objeto en la bodega, carnicería o en cualquiera de las tiendas
donde le correspondía comprar. Todo en el país tenía su justificación.
Todo tenía una explicación "dialéctica" y aunque la dama
desconociera en lo absoluto el significado de la palabra, se guardaba
celosa de mostrar ni disgusto, ni recelo, ni frustración con los
descalabros económicos, que cobraban una cuota generosa de su salud y la
de los suyos.
A partir de la "maduración" que
había tenido lugar en el carácter de su hija, después del "trabajo
voluntario secreto" que con tanto celo había ejecutado la
arquitecta, la madre de Marcia contemplaba la vida con mucha más energía
y disposición. La pobre anciana le atribuía alguna responsabilidad de
aquellos cambios en su hija, a la relación de amistad con aquel
"dirigente" tan buen mozo que siempre la visitaba y que tan
buenos consejos le proporcionaba. El hecho de que Jesús del Prado
poseyera un carrito de la marca Lada, era una especie de salvoconducto a
los más altos niveles de la Revolución y nadie en el país se
cuestionaba la procedencia ni la manera de mantenerlo. Quien tuviera un
Lada en Cuba, tenía que ser un "Pincho, o un Gancho" lo que le
abría las puertas de los corazones de todos los adulones y serviles, que
aunque nada recibieran por su servilismo, al menos disfrutaban de la
sombra que mentalmente los cobijaba. Era como el caso del esclavo que
sentía tremendo orgullo y satisfacción cuando el amo le compraba unas
cadenas nuevas y más brillosas.
- Traje unas cositas para el niño, dijo
Jesús en un gesto tierno y sin presunciones, cuando tres días más tarde
pudo ver a la muchacha, que por cierto no había conseguido nada en sus
colas kilométricas de las noches anteriores, si es que en realidad estaba
en una cola.
- El niño no necesita de nada. Jesús,
comenzó Marcia displicente.
- Cualquiera que te oye, piensa que es una
limosna lo que le estoy trayendo. No te olvides Marcia, que soy el padrino
del niño, ripostó Jesús algo molesto.
- No quise decir tanto, compadre, continuó
la mujer; solamente quise decir que el niño tiene una madre que se ocupa
de cubrirle sus necesidades.
- Yo creo que a ti van a tener que juzgarte
por lo que haces y no por lo que dices, ripostó Jesús y continuó:
tienes una daga preparada para cada vez que abres la boca.
- Perdóneme compañero, fue la salida de
la joven madre.
- Te ves mejor, Marcia. dijo el profesor de
natación como para cambiar el rumbo y buscar más armonía. La última
vez que hablamos parecías un cadáver. Me dio miedo de veras. Ahora por
lo menos has recuperado los colores.
- ¿Qué remedio no me queda? Con la carga
que tengo hay que hacer como el dicho: A mal tiempo, buena cara. ¿Y qué
te trae por aquí?.
- Bueno chica, yo en realidad no he
renunciado a la amistad tuya ni la de tu marido. El me sigue escribiendo y
me encarga de que no deje de pasar por aquí. Yo no quiero causarte
molestias; pero en realidad me resulta agradable conversar con las
personas que aprecio. ¿Hace mucho que no recibes carta de él?
- Nosotros seguimos escribiéndonos
regularmente; pero tú sabes que el correo es una verdadera desgracia y a
veces las cartas no llegan. Otras veces llegan abiertas y nunca se sabe
qué es lo que pasa con ellas. Ahora mismo hace más de un mes que no sé
de él.
- Pues yo recibí una carta de él ayer y
vine para que la leas.
Le entregó la carta a la muchacha, quien
la tomo con ansiedad y la leyó.
Mientras ella leía la carta, el amigo
contemplaba como el rostro de la linda mujer iba adoptando un gesto de
desencanto o quizás resignación. Mientras ella doblaba la hoja. Jesús
no pudo menos que contemplar aquel cuerpo que cada vez se le hacía más
provocador aunque él tratara de apartarlo de su mente.
- Esa es la situación, dijo la solitaria
esposa. Esperar y esperar. No queda otro remedio. Yo no quiero perder la
fe; pero a veces pienso que pasan los meses y pasarán los años y
seguimos en las mismas.
- Marcia, ustedes son jóvenes todavía;
pueden esperar unos añitos y alcanzar la felicidad. Tú apenas si tienes
treinta años; Héctor tiene treinta y uno. La vida les ofrece a ustedes
todo un porvenir.
- Tú hablas como si fueras un viejo dando
consejos a los muchachos.
- Lo que pasa es que para los deportistas,
la vida empieza demasiado temprano. Yo tengo 32 años y ya estoy retirado.
Imagínate que yo comencé en el deporte a los 8 años. Hace veinticuatro
años que estoy trabajando y entrenando. Ya me siento un viejo, de veras.
- Pues no lo pareces.
- Gracias por el piropo. ¿Tienes algo que
mandarle a decir a Héctor?
- Bueno, dile que se acuerde de su hijo, ya
que no se puede acordar de su mujer. A lo mejor anda con otra y yo no lo
sé.
Se despidieron con un apretón de manos.
Esta vez no hubo lágrimas y Jesús se sintió aliviado. Su cargo de
conciencia se había disipado.
Héctor seguía progresando y necesitaba
cada vez más a su esposa y a su hijo. Ya llevaba un año en el Norte y no
veía la manera de acortar la distancia entre él y su familia. Por las
cartas de su amigo, sabía que éste estaba teniendo algunas dificultades
en su situación personal. Los recortes en el suministro de gasolina; las
dificultades en los viajes a las delegaciones deportivas y sobre todo los
cambios que tenían lugar en la política del Campo Socialista, le creaban
al amigo una situación de estrechez a la cual aquel no estaba
acostumbrado y al parecer comenzaba a molestarse. El joven Ingeniero,
quien ya había despertado lo suficiente como para vislumbrar un agujero
por donde colarse, comenzó a acariciar una idea al principio peregrina,
pero que con el decursar de los días se le fue aclarando y fijando más
en su mente. Si su hermano, su amigo entrañable, llegara a molestarse
tanto con la situación en el país, pudiera darse el caso de que
decidiera cruzar el charco. Si él ludiera influir en algo a esa
decisión, no estaría descartada la posibilidad, de que su amigo, como
ciudadano norteamericano, le pudiese sacar a su mujer y a su hijo en menos
de lo que canta un gallo. Esto pudiera parecer algo novelesco; pero el
hecho de haberse tirado a nadar hacia una base norteamericana y luego
haber sido trasladado hacia Estados Unidos, también hubiese parecido de
novela antes de intentarlo. Ahora todo parecía más real y los próximos
pasos había que comenzarlos con la misma fantasía. ¿Qué se pierde con
intentarlo?
Comenzó su tarea con un bombardeo de
postales a su queridísimo amigo, en las cuales no sólo le mostraba las
maravillas del país que lo había visto nacer; sino que también le
exponía con lujo de detalles, todo el progreso que tenía lugar en la
poderosa nación norteña. Le conminaba a que le contara cómo iban sus
cosas y que confiara más en él, su amigo de siempre para cualquier cosa
que se le ocurriese. Mencionaba el joven ingeniero su lealtad en las
buenas y en las malas y le incitaba a que le pidiera con sinceridad
cualquier cosa que necesitara, además de recordarle que él no olvidaba
los grandes favores recibidos de su amigo y su disposición a
reciprocarlos en el momento en que éste lo solicitara. Paralelamente,
escribía a su esposa, pidiéndole que no se alejara de su amigo, para
quien siempre tenía los mejores recuerdos y de quien siempre se podía
esperar una gesto generoso y leal.
Las cartas iban y venían con insinuaciones
a la deserción del deportista y la búsqueda del acercamiento del amigo
con la esposa, quien ahora más que nunca necesitaba de las sabias
orientaciones de un experimentado compañero. El Profesor de Natación
seguía fiel a su amistad y no dejaba de llevar las cartas a su amiga y
traer de regreso alguna que otra respuesta para el esposo ausente.
FIN DEL CAPITULO XIII
Capítulo
I: Abundancia de Amor
Capítulo II: Escasez de Medios
Capítulo III: Bodas de profesionales
Capítulo IV: Buscando un techo
Capítulo V: Ni casa, ni esperanzas
Capitulo VI: Hotel de cinco estrellas
Capítulo VII: La llegada de Héctor Augusto
Capítulo VIII:¿Dónde metemos al niño?
Capítulo IX: La universidad de la calle...
Capítulo X: Proyecto de un largo viaje
Capitulo XI: Traidor, ¿A quien y por qué?
Capítulo XII:Seguridad, ¡Qué
incertidumbre!
Capítulo XIV: Más deserciones
Capítulo XV: A divorciarse del traidor
Capítulo XVI: La manzana de la discordia
Capítulo XVII: Peligrosa Reconciliación
Capítulo XVIII: Bodas de Mentira
Capítulo XIX: ¡Qué Cara es la Libertad!
Capítulo XX: Consumatum est
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