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Revista DESAFIOS
Año 1380
Enero-Febrero /2008

Consejo Unitario de Trabajadores Cubanos (CUTC)

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El Amor en los Tiempos de Castro

Capítulo XII: Seguridad, ¡Qué incertidumbre!

Por Florencio E. Eiranova-Cuza
Delegación Puerto Rico - S.T.C

  El Castrismo al desnudo. Un cubano que vivió la pesadilla, narra su odisea

Una tarde después de almuerzo, la arquitecta recibió una visita en su trabajo. El individuo era un joven muy bien presentado; alto, delgado, bien vestido con guayabera blanca de hilo y pantalones de calidad. Sus zapatos brillaban y toda su personalidad mostraba que estaba muy bien abastecido.

- ¿Usted es la señora Marcia Cifuentes, compañera? preguntó el desconocido.

- Sí, compañero, ¿En qué puedo servirle? preguntó intrigada la joven.

- Tiene que acompañarme, dijo el elegante joven, mostrando un carné que entre otras cosas tenía unas siglas atravesadas que decían G-2.

Marcia no lo podía creer. Se tuvo que sujetar de la pared para no caer. Se estaba orinando en sus panties sin poderlo evitar. Sus intestinos no eran capaces de sujetar su contenido y sintió que algo húmedo le corría hacia abajo entre sus muslos. Ella había oído hablar del G- 2 y sus historias. Sabía que al G- 2, no se le escapaba nada ni nadie y que no escatimaban métodos ni procedimientos para obtener la verdad de boca de los enemigos de la Revolución. Pero ella era revolucionaria. ¿A qué tenía ella que temer? Los gusanos y traidores; los vendepatria y contrarrevolucionarios eran quienes le temían al G- 2. El G- 2 era una barrera protectora en la defensa de las conquistas del pueblo trabajador. ¿Para qué la querían?. - Seguramente esto tiene algo que ver con Héctor, se dijo. ¿Héctor?. ¡Dios todopoderoso! Héctor está en los Estados Unidos. Ellos no tienen la manera de saberlo y en caso de que lo supieran, ella no tenía nada que ver con su partida...¿Partida?...¡Con su traición!.. Fue entonces cuando comprendió que acababa de cruzar la cerca. Comenzó a darse cuenta que el periodo de jugar a la revolución y creerse revolucionaria, se estaba acabando y que a partir de ahora cualquier cosa horrible le podía suceder. Miró aterrorizada al joven y por un momento su imagen le pareció menos idílica, menos amigable. Aquel sujeto tan bien vestido y con aires de superioridad, era un espía de la Seguridad del Estado. Quien caía en manos de aquella gente, no se escapaba. El terror se apoderó de todo su cuerpo y le pidió a su captor casi implorando.

- ¿Me permite un minuto, compañero? tengo que ir al baño un momento.

En el baño se aseó lo que pudo. No había papel sanitario, ni toalla, ni nada. Utilizó un pañuelo de su esposo que llevaba para esos menesteres. Lo mojó varias veces y se limpió. Los panties los enjuagó en el tanque del servicio que por suerte tenía agua. Los exprimió con fuerza y se los puso mojados. Ya tendrían tiempo de secarse. Trató de recomponerse y de pensar lo que pudiera significar aquella visita de un miembro del tenebroso G- 2. Eso de acompañarlo era algo raro. ¿A dónde?. ¿Para qué? ¿Tendría esto que ver con la salida clandestina de su esposo?. ¿Cómo lo habrían sabido?. Había que averiguarlo y ella lo iba a saber. ¿Qué actitud debía adoptar ante las autoridades?. Ellos le dirían.

¿Acaso Jesús estaría detrás de todo esto?. No podía creerlo. No concebía tanta canallada en este mundo. Sin embargo, era posible que el deportista hubiese hecho la denuncia para limpiarse de culpa. No había que olvidar que Jesús era un hombre de influencias dentro de la revolución; por tanto nada tendría de extrañar que tratara de mantenerse bien limpio para conservar sus privilegios. ¿Qué debía ella hacer?. Lo mejor era mantenerse al tanto y no decir nada que no le hayan preguntado.

- ¿A dónde quiere usted que yo lo acompañe, compañero? preguntó la arquitecta.

- No se preocupe, compañera, repuso el joven, ya lo sabrá.

- ¿Y para qué tengo yo que acompañarlo? insistió la muchacha.

- Compañera; dijo el joven, nosotros somos los que hacemos las preguntas. Ya usted tendrá oportunidad de saber de qué se trata.

Marcia siguió al joven en un temblor. Sus pies no se atrevían a afincarse en el suelo. No se acordó de pedir permiso para salir. No pensó en Héctor ni en su madre; solamente su hijito le preocupaba; pero aun así no atinaba a coordinar sus pensamientos. El miedo a lo desconocido se había apoderado de ella de tal manera, que estaba inutilizada para pensar. Mientras caminaba hacia el automóvil que los esperaba, no se atrevió ni a mirar a las gentes que le pasaban por el lado. Era un objeto inanimado que se movía por el milagro de alguna ley desconocida para ella. Nunca en su vida había sentido una sensación de indefensión, de pequeñez, de desamparo como esta. En aquellos momentos sólo atinó a implorar en silencio: Señor, cuida a mi hijito; ayúdame a salir de esto. Tú sabes, señor, que yo no le he hecho daño a nadie. Dame fuerzas señor para salir de esta pesadilla.

Subieron al auto y partieron con rumbo a la barriada de La Víbora. Tomaron por una avenida muy ancha y llena de edificios viejos y herrumbrosos llamada la Calzada de 10 de Octubre. La calle era casi intransitable por la cantidad de gente cruzando y por los baches que la aquejaban. Marcia no se molestó en mirar hacia donde la conducían. Al final tomaron por una calle más estrecha y se dirigieron a una casona muy grande rodeada con rejas de hierro y mucho terreno a su alrededor. Cuando entraron por el portón, se veían muchos autos parqueados en distintos lugares. Habían llegado a 'Villa Marista". El lugar más tenebroso que le podían mencionar a un ciudadano en Cuba. Villa Marista era el lugar donde se conducían los interrogatorios a los posibles enemigos de la Seguridad del Estado.

La llevaron hacia adentro. La condujeron por unos pasillos oscuros. La hicieron detener en un saloncito donde no había nadie. La mandaron a sentar y le dijeron:

- Espere aquí.

No había reloj. El tiempo pasaba sin poderlo contar. No se sabía si era de día o de noche. La luz era artificial. De vez en cuando escuchaba algún que otro ruido producido por gentes que supuestamente abrían o cerraban una puerta; pero nadie vino a verla. Las horas pasaban sin que ella pudiera precisar si eran minutos, horas, días o años. Mientras esperaba, trató de poner en orden sus pensamientos; pero no le resultaba posible. Todo se le agolpaba. Todo se le confundía. Ella estaba segura de no haber hecho nada malo; pero no sabía lo que pudiera haber sucedido con su marido. Según Jesús, Héctor estaba en Miami. Si esto era cierto, no podía revelarlo. No había manera de justificar la procedencia de aquella noticia que en definitiva podía ser o no ser cierta. Si era cierta, y ella lo decía, estaba cortando el único hilo de comunicación entre ella, su hijo y su esposo. Jesús le había prometido ayudarla. El le había demostrado que la quería ayudar. Tenía que mantenerlo fuera de todo esto si quería salvarse ella y su futuro. No mencionaría al atleta, aunque la torturaran. ¿Torturaran?, ¡imposible!. Todo eso eran habladurías de la contrarrevolución. Pronto llegaría un oficial y le diría gentilmente que todo había sido un error y que los perdonaran. Las habladurías de los enemigos de la Revolución, se iban a desvanecer dentro de poco.

El sueño comenzó a vencerla; pero no podía dormir. En aquel banco de madera dura no había donde recostarse. Sintió deseos de ir al baño; pero no encontró una puerta por donde salir de aquel salón, cuya única entrada y salida, estaba cerrada. ¿Sería aquella la tortura sicológica de que hablan?. Las horas pasaban y los ruidos disminuyeron. ¿Sería que se habían olvidado de ella?. Por fin alguien entró en el saloncito. La ansiedad la embargó.

- Compañero; dijo en un susurro la arquitecta; ¿Hay un baño donde pudiera hacer una necesidad?

- Venga por aquí, dijo el óseo sujeto.

La dejó en el baño y la esperó en la puerta. La infeliz muchacha se vació en la taza que para su sorpresa estaba limpia y tenía agua abundante. No pudo evitar el tremendo ruido que hizo mientras hacía su necesidad. Ya no le importaba. Se sintió aliviada. Su voluntad y su orgullo se estaban desplomando. Cuando se limpió, recogió un poco del papel sanitario que había en un rollo y lo guardó entre su cintura y la saya. Esto le serviría para una futura ocasión.

Comenzó a sentir hambre; pero no tenía la menor idea del tiempo. Los ruidos se apagaron y volvieron a reanimarse, aunque no podía determinar si era de día o de noche. Nadie vino a verla. No le dieron nada de comer. Le comenzó a dar mareo. Se sentía débil. Era una batalla perdida. Ellos tenían el poder. Ella era una solitaria criatura en medio de aquella soledad. No le habían sacado las uñas/ aunque hubiera preferido que lo hicieran con tal de salir de allí. Quería gritar; pero no se atrevía. Nadie le había dicho que ella era una enemiga. ¿Porqué comportarse como tal?. Eso sería una estupidez. En las novelas de espionaje que había leído/ los enemigos del régimen siempre confesaban y decían más de lo que se les preguntaba. Pero ella no era una enemiga del régimen. Seguramente la traían allí para saber de su esposo. Eso era lo más natural. Hacía más de dos semanas que Héctor faltaba del trabajo; era lógico que las autoridades quisieran saber qué había sido de él. Cuando la vinieran a interrogar se comportaría como una revolucionaria. Esto la ayudaría. Sus compañeros comprenderían que habían cometido un error y le pedirían disculpas. El tiempo que le estaban haciendo perder/ seguramente era porque tenían mucho trabajo. Se quedó dormida aun con lo duro que estaba el banco.

Soñó con su hijito. Se lo querían arrebatar y ella luchaba por mantenerlo entre sus brazos. Héctor y Jesús la defendían y los oficiales con guayaberas lo halaban para llevárselo. Era una lucha entre el G- 2 y quienes la querían. Comenzó a gritar. Se despertó. No había ruido. Nadie pasaba por aquel lugar. ¿Qué horas serían?

Nunca supo si fueron tres días/ tres semanas o lo que fuera; pero la vinieron a despertar de su estado de rendición. Cuando le dijeron que podía ir al baño otra vez si lo deseaba/ sintió que le volvía el alma al cuerpo. Hizo de nuevo sus necesidades y se aseó algo. Se secó con el papel que había guardado anteriormente. El rollo de papel sanitario/ ya se había terminado. Esto le dio una medida del tiempo. Se recompuso y salió hacia el interrogatorio.

- Su nombre, compañera.

- Marcia Cifuentes.

- Estado Civil.

- Casada.

- Nombre de su esposo.

- Héctor Sarmiento.

- Lugar de trabajo.

- Ministerio de la Construcción.

- ¿Su esposo trabaja con usted?

- No. El trabaja en una construcción en la Playa Santa María.

- ¿Hace tiempo que usted no lo ve?

- Hace más de 15 días.

- ¿Sabe donde está?

- Me dijo que iba a Oriente a unas obras.

- ¿El no la llama?

- No. Yo no tengo teléfono.

- ¿No le ha escrito?

- No.

- ¿Por qué?

- Nunca lo hace.

- ¿Siempre se tarda tantos días?

- Nunca se había tardado tanto; pero... Iba a decir que le había mandado a decir que tenía mucho trabajo; pero esto lo enredaría todo. Recordó que Jesús le había mentido la primera vez que hablaron después de la partida de Héctor y le había hablado de exceso de trabajo. Después había sabido la verdad y ya la mentira anterior no tenía razón de ser. Se callaría y dejaría que fueran ellos quienes preguntaran.

- Pero qué. señora...

- Bueno compañero....

- No me diga compañero, señora; dígame oficial.

- Le iba a decir que yo estoy tan acostumbrada a esas ausencias, que no me preocupo. A lo mejor cuando regrese a casa hoy, me lo encuentro allá.

- ¿Qué piensa hacer?

- Yo, nada.

- ¿Usted cree que se haya ido del país?

- No.

- ¿Por qué?

- Porque nosotros somos revolucionarios. Cuando dijo esto, sintió que por sus venas comenzaba a circular sangre de nuevo. Acababa de pronunciar la palabra mágica. Jesús lo había repetido muchas veces. Aplaudir...Viva la Revolución...

Viva Fidel.. Si se lo pidieran en estos momentos lo diría tan fuerte, que haría retumbar todo el edificio. Después.. hacer lo que te dé la gana y tratar de vivir.

- ¿Usted está segura?

- Sí, compañero. Perdón,.. Oficial.

- Y si su esposo se hubiese marchado del país y la hubiese abandonado a usted y a su hijo, ¿Usted lo repudiaría?

- Si, compañero oficial.

El interrogatorio continuó por más de dos horas; pero la muchacha no sabía nada y no le sacaron nada. Lo cierto era que la infeliz mujer no tenía la menor idea de lo que había sucedido con su marido. A estas horas, la carta que Jesús le había entregado unos días antes, no significaba mucho para ella. La ausencia del ingeniero de su obra levantó la sospecha de que se pudo haber marchado del país; pero también pudo haberse ahogado en la playa, ya que según declararon algunos obreros de la obra, veían al ingeniero caminar solo por la playa y lanzarse en ocasiones al agua, sobre todo después de almuerzo. Algunos dijeron haberlo visto conversando con un profesor de natación que vivía en la playa; pero ese hombre era miembro del equipo olímpico de Cuba y nadie sospecharía que le fuera a dar malos consejos a aquel individuo. A lo mejor se había ido con otra y no le quería decir nada a
la mujer.

FIN DEL CAPITULO XII

Capítulo I: Abundancia de Amor
Capítulo II: Escasez de Medios
Capítulo III: Bodas de profesionales
Capítulo IV: Buscando un techo
Capítulo V: Ni casa, ni esperanzas
Capitulo VI: Hotel de cinco estrellas
Capítulo VII: La llegada de Héctor Augusto
Capítulo VIII:¿Dónde metemos al niño?
Capítulo IX: La universidad de la calle...
Capítulo X: Proyecto de un largo viaje
Capitulo XI: Traidor, ¿A quien y por qué?

Capítulo XIII: Aprendiendo a mentir
Capítulo XIV: Más deserciones
Capítulo XV: A divorciarse del traidor
Capítulo XVI: La manzana de la discordia
Capítulo XVII: Peligrosa Reconciliación
Capítulo XVIII: Bodas de Mentira
Capítulo XIX: ¡Qué Cara es la Libertad!
Capítulo XX: Consumatum est

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