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El
Amor en los Tiempos de Castro
Por
Florencio E. Eiranova-Cuza
Delegación Puerto Rico - S.T.C.
El Castrismo
al desnudo
Un cubano que vivió la pesadilla, narra su odisea.
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Hoy
comenzamos la publicación del libro del amigo y compañero de nuestra
Delegación en Puerto Rico, Florencio E. Eiranova-Cuza.
Historia verídica sin exageración ni
hipocresía, extraída de la vida real de un pueblo aplastado en plena
decadencia socialista.
INDICE
POR CAPÍTULOS
Prólogo
1 Abundancia de Amor
2 Escasez de Medios
3 Bodas entre Profesionales
4 Buscando un Techo
5 Ni Casa, ni Esperanzas
6 Hotel de 5 Estrellas
7 La Llegada de Héctor Augusto
8 ¿Dónde Metemos al Niño?
9 La Universidad de la Calle...
10 Proyecto de un Largo Viaje
11 Traidor, ¿A Quién y Por Qué?
12 La Seguridad, ¡qué incertidumbre!
13 Aprendiendo a Mentir
14 Más Deserciones
15 A Divorciarse del Traidor
16 La Manzana de la Discordia
17 Peligrosa Reconciliación
18 Bodas de Mentira
19 ¡Qué Cara es la Libertad!
20 Consumatum Est
PRÓLOGO
Desde muy pequeño me sentí
espoleado por el deseo de escribir. El deseo a veces se convertía en
ansiedad; pero tanto el uno como el otro, siempre se vieron aplastados por
una pobreza rayana en la miseria. Buscarse la comida fue para mí y mi
familia cuestión de vida o muerte desde que mi padre murió cuando yo
apenas tenía cuatro años. Lo primero
que escribí fueron versos. Todos malísimos. Mis primeras cartas, de amor
desde luego, eran muy largas y llenas de redundancias; pero casi todas
daban el resultado buscado. He leído bastante y recuerdo haber visto en
algún lugar una frase que ha sido el motivo principal de este libro: Para
escribir hace falta, en primer lugar, tener algo que decir. Yo tengo
bastante que decir y a eso voy.
La novela o historia que
ofrezco a continuación es un reflejo sin afeites de la realidad cubana de
los años ochenta y principios de los noventa. Los años anteriores no
fueron nada mejores; pero el deterioro y la quiebra total del sistema fue
un proceso gradual que tiene su culminación en nuestros días. Algunos
defensores del régimen Socialista Cubano pretenden hablar de una Época
de oro de la Revolución. Eso es parte
de la estafa de la que ha sido víctima todo un pueblo y millones de
admiradores de la Revolución Cubana a través del mundo. La anarquía,
los planes grandiosos, la ineptitud del sistema, las estupideces y
arbitrariedades sin límites comenzaron en Cuba desde el mismo primero de
Enero del año 1959. El pueblo,
embriagado por el triunfo revolucionario sobre una dictadura sangrienta
que había llevado al país a un callejón sin salida, no hacía otra cosa
que celebrar su luna de miel con los "Libertadores de la
Sierra". En medio de la embriaguez que proporciona una anhelada
derrota del enemigo que había asesinado a tantos jóvenes idealistas, el
pueblo no podía admitir críticas a la "inexperiencia" de los
nuevos "servidores del pueblo". La
cínica habilidad con que la dirigencia comenzó a defender "los
errores" y "las deficiencias" producto de la "candidez
e inexperiencia" de los combatientes revolucionarios, se convirtió
en el modus operandis del aparato del Estado que cada vez se empantanaba
más en su incapacidad de resolver los problemas esenciales de la
sociedad. Si se tiene en cuenta el aumento de la población y el desmedido
incremento de la burocracia, con un aparato militar que es el más grande
de América Latina, con la reducción substancial de la producción, por
la eliminación de la actividad privada, no es difícil comprender que la
escasez, la penuria por los alimentos, vestidos y viviendas y las
interminables colas, la bolsa negra, etc. nacieron en Cuba con la
Revolución.
Lo que vas a leer, amigo o
amiga, no es una historia con la rigidez científica que tal medio exige.
Tampoco es un panfleto contra el comunismo. Esos géneros ya han sido
ensayados en múltiples ocasiones por personas dedicadas a tales materias.
De lo que se trata aquí es de reflejar cómo viven las gentes comunes y
corrientes que tienen que enfrentarse diariamente con las trabas y
dificultades de una sociedad, en medio de un proceso que ha pretendido
transformarlos en algo distinto a lo que fueron toda su vida y que al
comprobar la imposibilidad de domesticarlos por medio de fórmulas
inventadas; ha tenido que ponerles un grillete a cada ciudadano en el
tobillo y un bozal en la boca.
Mis personajes son gentes de
carne y hueso; con los mismos sueños y las mismas aspiraciones que tiene
cualquier ser humano en una sociedad medianamente pobre. Son los cientos
de miles de jóvenes que llenan las aulas de todas las escuelas de
cualquier país. Que se enamoran y quieren casarse. Que no esperan que
nadie les regale nada y están dispuestos a estudiar, graduarse, trabajar
y luchar por tener un techo donde edificar un hogar. Mis personajes se
ríen y lloran, beben cerveza, cuando la encuentran y se alegran con las
buenas noticias; pero hay una camisa de fuerza que a veces es invisible;
hay unos barrotes de hierro difícil de distinguir y que sin embargo los
aprisionan para impedir que realicen esos sueños tan elementales que he
mencionado. Todo esto los va empujando y es capaz hasta de interponerse en
sus sueños y aspiraciones. El desenlace que ellos aspiraban de su vida;
es torcido por el medio que los aprisiona y los resultados finales,
quizás no sean los más ideales; pero esa es la vida que les tocó vivir.
Algo importante a aclarar en
esta obra, es que ninguno de mis personajes es una representación de
nadie en particular, aunque pudiera semejarse a cualquiera de su edad,
condición social, regional, o familiar. Hay en Cuba cientos de miles de
ciudadanos, que enfrentan diariamente las mismas vicisitudes y
dificultades que bien pudieran convertirlos en actores de esta obra. Lo
que no pretendo negar, desde luego, es el hecho de haber vivido yo todas
esas tragedias de la vida diaria de un cubano de la Época que describo,
por lo que quien lea esta narración, se va a sentir un actor de la misma,
si es que efectivamente tuvo la suerte de vivirla y haber podido escapar.
A los lectores que tuvieron la
dicha de no vivir esta tragedia y a todos los sinceros simpatizantes que
tuvo y quizás aún tiene la Revolución Cubana, les expongo estas
realidades con el ánimo de que posean un poco más de información sobre
una etapa muy discutida y muy polémica de un pueblo de La América
Nuestra.
ACERCA
DEL AUTOR
Florencio Eiranova nació en
Santiago de Cuba el 19 de Octubre de 1932. Apenas tenía cuatro años
cuando su padre murió tuberculoso. Lo llevaron para el campo. Su primer
trabajo oficial fue llevar los "narigones" de los bueyes de un
tío. No había escuela en aquel lugar y su madre le sirvió de maestra. A
los ocho años se lo llevaron para el "realengo 18", zona rural
por la ciudad de Guantánamo. Una estaca en el camino le destrozó un pie
descalzo que le impidió caminar hasta seis meses más tarde.
Comenzó en el primer grado a
los diez años. Su afán por aprender lo llevó a ingresar en la Escuela
de Comercio antes de cumplir los quince años. Trabajaba por el día de
mensajero y estudiaba por las noches. En 1952 tuvo lugar el Golpe de
Estado de Fulgencio Batista. Se incorporó a la lucha junto a sus
compañeros y llegó a ser presidente de la Asociación de Alumnos de la
Escuela de Comercio desde 1954 a 1956. Fue detenido, enjuiciado, estuvo
preso y fue golpeado. En Julio de 1956 partió hacia Estados Unidos.
Ingresó en el Servicio Militar de Estados Unidos. La lucha en su país lo
sorprendió estando en la Fuerza Aérea de Estados Unidos. Con
limitaciones y prohibiciones apoyó la lucha de Fidel Castro en la Sierra
Maestra.
Participó en reuniones y desfiles; contribuyó económicamente con la
lucha y estimuló a familiares y amigos a que siguieran el empeño. Al
triunfo de la Revolución Cubana terminó su servicio militar en las
fuerzas aéreas y renunció al grado de sargento para regresar a la patria
e incorporarse a la lucha. Participó en las milicias y en los trabajos
voluntarios. Con el tiempo, su contradicción con el régimen se hizo
insostenible y fue a dar a la cárcel. Estuvo cinco años preso. En Mayo
de 1988 pudo salir hacia América de nuevo y se instaló en Puerto Rico.
Ha publicado cartas en los diarios y artículos en revistas
internacionales.
EL AMOR
EN LOS TIEMPOS DE CASTRO
CAPITULO
1
ABUNDANCIA DE AMOR
El agua estaba tan fría, que
los labios de nuestros jóvenes amigos se veían amoratados y las puntas
de sus narices estaban tan rojas que daban la impresión de haberse
peleado a puros puñetazos. La nariz del joven, desde luego, estaba más
roja por ser su piel blanca tostada y sus facciones más perfiladas que
las de su compañera, a quien a pesar de lo adelantada que era, se le
notaba una mayor influencia africana en su árbol genealógico. Esta
temperatura no era la más usual en las Playas del Este, que era como se
llamaba toda aquella parte del litoral habanero. Usualmente, las playas de
Cuba, especialmente las de la Costa Norte, habían sido una gran
atracción para los turistas durante todo el año, ya que sus arenas
blancas y refinadas, unido a una temperatura que es más bien cálida todo
el tiempo, hace de esta zona del país, la preferida por visitantes y
anfitriones. La ausencia de turismo extranjero en la mayoría de aquella
inmensa extensión de arena y mar, hacía que la vista se perdiera en la
lejanía sin divisar apenas a algunos grupitos de visitantes. Las
facilidades turísticas anteriores al triunfo de la Revolución y las que
se construían en la actualidad, eran dedicadas para el exclusivo uso de
los turistas con dólares; pero por ironía de la vida, aquellos
visitantes brillaban por su ausencia. Los ciudadanos del país tenían
acceso al mar; pero no a hoteles, restaurantes y cafeterías, donde
tendrían que pagar con una moneda desconocida para ellos; pero muy
ansiada por las autoridades, lo que se convertía en una verdadera
prohibición, ya que resulta bien difícil pasarse un día en la playa,
sin abastecimientos suficientes para alimentarse o sin la posibilidad de
tomarse una gaseosa o un helado cuando el sol tropical comienza a azotar.
Los jóvenes, sin embargo, careciendo de alternativas para emplear su
tiempo libre, recurrían al agradable pasatiempo que constituyen las
playas, aunque para ello tuvieran que prescindir de lo más esencial, o
como en el caso que nos ocupa, buscaran una solución "con medios
propios" al problema del abastecimiento material.
Héctor, que así se llama
nuestro joven amigo, había insistido en ir a la playa aquella mañana, a
pesar de que Marcia, su novia le había advertido con vehemencia, que
había un frente frío y que el mar, no solamente iba a estar picado, sino
que la temperatura iba a bajar bastante, a pesar de estar solamente en el
mes de Septiembre. La persuasión y el amor, fueron más poderosos que las
advertencias, y nuestros amigos eran de los pocos "turistas" que
se congelaban en aquella inmensa playa casi deshabitada en la costa Norte
de Cuba, una mañana del mes de Septiembre de1984.
El lugar era verdaderamente
maravilloso. Le dicen Santa María del Mar. Es tan extensa, tanto hacia
adentro del mar, como hacia los lados; sus arenas tan finas y de color
blanco parecido al esmalte; sus olas, poderosas e incontenibles; pero que
no ofrecen mucho peligro al bañista, por lo llano del fondo, que
constituye un refugio ideal, especialmente para una pareja de enamorados
que se está "comiendo una guásima", que en lenguaje
estudiantil significa faltar a clases con cualquier excusa. La inmensa
cantidad de ranchitos de guano de palma al estilo de los Caneyes, que
construían los aborígenes en la época anterior al descubrimiento, hacen
un contraste impresionante con la gran cantidad de hoteles y sitios de
turismo, que el gobierno, en su afán por atraer ingresos al país, ha
construido a todo lo largo de las costas habaneras. El paisaje era en
realidad contradictorio. Por un lado, surgían hoteles de construcción
moderna y arquitectura futurista, dotados de magníficos restaurantes y
cafeterías; piscinas y zonas de recreo, todos exclusivos para turistas de
área dólar, mientras que no muy lejos y a veces bien cerca por cierto,
asomaban sus avergonzados rostros, unas casonas que en tiempos remotos
pertenecieron a sus dueños, quienes las conservaban pintadas y
presentables; pero que al ser nacionalizadas por el gobierno y entregadas
al pueblo (personas a quienes no les había costado nada su construcción)
sin recursos para mantenerlas ni motivación para hacerlo, se iban
deteriorando con el embate del tiempo, los vientos, las lluvias y el mal
trato. No faltaba en el paisaje, una que otra casucha construida con
recursos propios, que significa en el lenguaje moderno de la Cuba de la
época, con lo que pueda conseguir su dueño en basureros, vertederos o
almacenes con poca vigilancia.
Héctor Sarmiento era un joven
trigueño claro, de facciones finas y modales delicados. No podría
decirse que era hermoso; pero su manera de conducirse y la decisión que
imponía a todo su quehacer, lo hacían atractivo a las muchachas de su
tiempo. Era evidente que el muchacho practicaba ejercicios y mantenía una
actividad física muy continua, unido a una dieta rigurosa impuesta por la
situación económica del país que no permitía muchos excesos a la
inmensa mayoría de la población. Tendría unos 22 años. Su estatura, no
muy alta, de aproximadamente unos 5 pies con 11 pulgadas y un peso de unas
160 libras, lo hacían parecer más alto, por lo musculoso de sus brazos y
su estómago recogido. Su piel blanca con cruce de isleño, hacían que
apareciera no como un blanco de pura cepa, sino como un trigueño
adelantado. Su pelo castaño claro y bien lacio, por lo general le caía
sobre la frente, aunque para evitarlo, el muchacho estaba por lo general
bien peinado o mantenía bien recortado su cabello. Era estudiante del
último año de la carrera de Ingeniería Civil en la Universidad de la
Habana, donde se graduaría para mediados del próximo año.
La muchacha, Marcia Cifuentes,
era algo fuera de lo normal. Quizás no fuera una reina de Belleza; pero
su cuerpo era tan bien proporcionado; tan surtido en todos los lugares
desde los pies a la cabeza y su rostro latino mostraba una picardía y
sana inteligencia tan dominante, que todo aquel que la miraba, se sentía
atraído por un no sé qué, que lo dejaba algo trastornado. Tenía la
costumbre de mirar a las personas a los ojos. Según su decir, era para
que nadie la tratara de engañar ni seducir; pero el resultado era que
todo el que la miraba, quedaba seducido. Además de exhibir unas piernas
hermosas, caderas bien proporcionadas sobre una cintura fina y muy
movible, nalgas surtidas con cierta tendencia a la provocación y senos
que desafiaban la ley de gravedad, poseía una cabeza erguida, sobre un
cuello más bien alargado, de cabellera negra natural que le caía por
encima de los hombros y un par de ojos extrañamente verdes que penetraban
a su interlocutor como si lo estuviera interrogando frente a un tribunal
de la inquisición. Era de estatura más bien mediana; de unos 5 pies con
7 pulgadas y aunque sólo pesaba 126 libras, parecía tener más de lo que
en realidad poseía. La piel de Marcia, como dijimos anteriormente era
más bronceada que la de Héctor y sus brazos casi siempre descubiertos
mostraban una tersura dentro de una solidez verdaderamente envidiable.
Ella también estudiaba en el último año de la carrera; pero su
especialidad era la Arquitectura. Había conocido a Héctor en uno de los
"trabajos voluntarios" que organiza el gobierno para "darle
formación" a la juventud y a partir de aquel momento sus vidas se
unieron con la intención de casarse al terminar los estudios y formar un
hogar. Los jóvenes mantenían una relación impecable. No solamente
compartían meriendas y estudios, escaseces y penurias; sino que se
habían compenetrado de tal manera, que parecían un par de hermanitos
siempre tomados de las manos; siempre corriendo detrás de una guagua;
siempre sonrientes; siempre llenos de esperanzas y fervor revolucionario.
Ambos eran tan cuidadosos con
sus pertenencias; tan delicados con sus ropas, vestidos y pequeñas
propiedades, que siempre se les veía impecablemente vestidos; bien
presentables para la ocasión; limpios, atildados, a la moda y hasta
elegantes a pesar de la situación económica del país.
La perspectiva del matrimonio,
tenía ciertas dificultades que hasta el momento no parecían salvables;
pero los jóvenes estaban decididos a enfrentar la vida y luchar por su
felicidad con todos sus esfuerzos. Ellos serían unos profesionales dentro
de nueve meses. El gobierno les garantizaba trabajo a ambos, aunque la
remuneración ya estaba decidida, así como las posibilidades de
promoción, progreso y mejoría. La juventud cubana enfrentaba una
contradicción muy difícil de comprender y peor aún de resolver. Ellos
recibían la posibilidad de estudiar una carrera y en realidad la mayoría
la aprovechaba; pero al graduarse, tenían que incorporarse a una
estructura socioeconómica, que lo tenía todo decidido por ellos; desde
el sitio de trabajo, el salario, el sistema de promociones y ascensos, la
actividad a realizar y hasta el lugar donde iban a radicar. Aquel
automatismo y estrechez. Aquella limitación de la voluntad y la
convicción de que nada dependía de los propios esfuerzos e iniciativas,
sino de decisiones de instancias superiores, hacía que los jóvenes se
sintieran viejos antes de comenzar a trabajar en el campo para el cual
habían estudiado. Por otro lado, la posibilidad de conseguir una vivienda
donde instalarse y crear una familia, era poco menos que prohibido. En los
centros de trabajo existía un listado donde estaban registradas todas las
personas que tenían necesidad de una vivienda. Aquel listado era
organizado por prioridades y éstas se formaban teniendo en cuenta el
número de hijos, situación de la vivienda actual del solicitante y los
méritos laborales alcanzados por el sujeto. Esto de los méritos tenía
mucho que ver con su "actitud frente al trabajo y la
Revolución" lo que refleja incuestionablemente su comportamiento,
obediencia a la línea del partido, la vigilancia y todo cuanto tiene que
ver con la defensa del Socialismo y el Comunismo.
Tanto Héctor como Marcia conocían de esta situación, ya que habían
nacido y se habían criado en este medio, pero aún con todas aquellas
dificultades, que para ellos no parecían serlo, estaban dispuestos a
enfrentar la vida; que para eso eran jóvenes revolucionarios y se
querían por encima de todo. Nadie iba a detenerlos en sus propósitos.
Cada ciudadano del país, no solamente conoce las reglas del juego, sino
que se adapta a ellas a la hora de la práctica, so pena de perecer, lo
que hace que el automatismo se convierta en el modo de ser de todo el
mundo y su comportamiento sea el que se exige, aunque su modo de pensar
íntimo nadie lo conozca. No es un secreto para nadie, que la juventud
cubana tiene un índice de participación muy cerca del ciento por ciento
en todas las actividades que organiza y propicia el gobierno a través de
sus organizaciones juveniles y de masas. Lo que no recogen las
estadísticas es la situación de aquellos que se atreven a faltar a
alguna de esas actividades, aunque se encuentren enfermos, indispuestos o
sencillamente decidan no ir. De ellos se encargan los "medios de
persuasión" del Estado Socialista, que por cierto tiene en plena
abundancia.
Cuando salieron del agua, los
novios temblaban como conejillos. Las mandíbulas parecían salírseles de
sus articulaciones y tuvieron que correr hacia el ranchito donde tenían
su merienda; no porque tuvieran prisa, sino para calentarse si es que
podían. Los pocos bañistas que los acompañaban, miraban a aquella
pareja de jóvenes felices que desafiaban el frío y se reían a
carcajadas, como si el mundo les perteneciera. Los escasos compañeros que
habían venido con nuestros amigos, ya se habían retirado hacia una
cafetería que se encuentra a unos 200 metros de distancia, con la
intención de conseguir algo de comer. En aquellas cafeterías no era
necesario poseer dólares (prohibidos en aquella época a los cubanos)
para comprar, por lo que los abastecimientos eran escasos y de muy pobre
calidad. Héctor y Marcia fueron más previsores. Las dificultades que
ambos confrontaban cada vez que se metían en una cola para adquirir unas
croquetas o un pedazo de pan con una pasta de bocaditos de sabor
desconocido, los había convencido que lo mejor era traer algo de lo que
sacaban del comedor de la Universidad, o preparar algo en casa de Marcia.
De esta manera se ganaba el tiempo, pues las colas a veces llevaban una
hora y hasta más, para al final, tropezarse con la noticia de que no
había alcanzado para todos y los últimos se quedaron sin comer.
Cuando llegaron al pequeño
Caney, que así le llamaban a los ranchitos de guano sin paredes,
fabricados para protegerse del sol que hoy brillaba por su ausencia, ambos
se acurrucaron pegados el uno al otro en su afán de darse mutuo calor,
dando riendas sueltas al fuego volcánico que ardía en sus cuerpos, muy a
pesar de la baja temperatura y el viento impertinente que inútilmente
pretendía congelarlos. Mientras se apretujaban con una mano cada uno, con
la otra buscaron afanosos en un bolso de tela donde traían su merienda.
Consistía ésta en un pan de buen tamaño, abierto y con una tortilla de
huevos a modo de emparedado, además de una botella con limonada preparada
en casa. Ambos comenzaron a devorar su manjar con la felicidad de quienes
no necesitan más para alcanzar la gloria. Mientras disfrutaban de su
banquete; entre besos, caricias y sonrisas de enamorados, se escuchaba
esta conversación:
- Yo te advertí bien claro
que el día iba a estar de madre; que el frente frío iba a entrar y que
era una locura venir a la playa; pero tú eres cabezudo y nadie te hace
entender.
- Lo importante es que estamos
aquí. ¿Tú hubieses preferido estar escuchando la charla sobre la
formación del hombre nuevo?
- Yo no me quería tragar esa
charla ni una sola vez más; pero ahora estuviera en mi casa calientica y
sin tener que esperar la guagua que sabe Dios cuándo viene.
- Precisamente por eso fue que
yo quise venir hoy. De haber hecho un día bonito y caliente, no
hubiésemos podido montarnos en esa lata de sardinas. ¿Te imaginas la
matazón y el tumulto para subirse en una guagua un día normal?. Hoy
parecemos unos verdaderos turistas. Yo no me acordaba la última vez que
me había sentado en una guagua. Además sí estás fría es porque
quieres, tú sabes que yo te puedo calentar mejor que un horno de pan.
- Mira Héctor, déjate de
tanta calentura y dime cómo vamos a resolver el problema de la vivienda.
Ayer estuve conversando con mami y ella me dijo que si queríamos
podíamos utilizar mi cuarto mientras consigamos algo mejor.
La mirada de Héctor se tomó
más sombría que de costumbre. Su novia le había tocado un punto
delicado para la vida futura de ambos y él no tenía una respuesta que
garantizara la solución de aquel problema tan acuciante en todo el país.
El venía del otro extremo de la Isla, a unos mil kilómetros de
distancia. No podía ofrecerle albergue a su futura esposa aunque
quisiera, ya que él mismo vivía en una casona pobre y destartalada con
otros cinco hermanos, sus dos abuelos maternos, su madre, un padrastro y
dos hijos del padrastro en otro matrimonio anterior.
De sus hermanos, dos hembras estaban casadas y una tenía un niño de
meses. Había además una prima de su madre, que estaba enferma y quien se
agravaba por momentos. Aquello más bien daba la impresión de un
hospedaje de pueblo de campo, de donde salían tantas personas, que uno se
preguntaba cómo les resultaba posible acomodarse cuando estaban todos
juntos. La falta de materiales de construcción y la no existencia de un
cabeza de familia que corriera con los cuidados y reparación de la
vivienda, conspiraban contra la misma, la que se estremecía y se encogía
año tras año dando la impresión de que en cualquier momento le caía
encima a la familia entera; pero por uno de esos milagros de la ley del
equilibrio, aquella casa y todas las de la cuadra, que estaban iguales o
peor, se sujetaban una a la otra y una de la otra para no caer. Tal vez
cuando se decidan a rendirse a la fuerza del tiempo, lo hagan todas a un
mismo tiempo, arrastrando consigo al sistema culpable de su decadencia.
- Ya yo te he dicho mi amor,
que la única solución aquí es meterse en la microbrigada y participar
en la construcción de un edificio de apartamentos y esperar a ver si me
dan uno. Mientras tanto, tenemos dos caminos: Uno es esperar sin casarnos
hasta que aparezca donde vivir; el otro es casarnos y vivir en el cuartico
que nos ofrece tu mamá hasta ver cuánto aguantamos.
- Mira Héctor; el problema no
es con mi mamá. Tu sabes que ella por nosotros hace cualquier cosa;
además ella no me está dando ningún cuarto; ese cuarto es el mío. La
dificultad es con mis tías Lucila y Marcelina que no hay quien las
aguante. Además, ahora mi hermana Mymna se está divorciando y
seguramente viene a vivir a casa con su hijo. Yo no sé dónde nos vamos a
meter. Yo te conozco a ti. Tú eres muy impositivo y no les vas a aguantar
mucho cuento a ellas y yo no quisiera que después de un tiempo, vayas a
salir peleado con toda mi familia.
- Bien mi cielo; yo pongo la
cosa en tus manos. Si quieres nos casamos al graduarnos y cada cual va a
vivir a su casa. Si quieres nos casamos y vivimos en tu casa con todas
esas viejas hasta que Dios quiera. Si prefieres esperar, esperamos y nos
casamos cuando me den el apartamento; pero yo quiero decirte algo que tú
no has pensado; si estamos solteros, aunque yo trabaje en cien
microbrigadas, nunca me van a dar un cuarto. Aquí para lograr algo, hay
que estar en desgracia y aún estando en desgracia, no hay garantía de
que te den nada.
La muchacha se mordió los
labios para no decir nada. Los argumentos del novio eran tan contundentes,
que no había por donde atacarlos. El peso de la realidad era una loza
sobre su cabeza. El tenía toda la razón; pero lo peor, era que ponía en
sus manos no la solución, sino la decisión de una encrucijada que
siempre conducía a un callejón sin salida. Lo miró con la fijeza que
ella acostumbraba y le dijo con voz temblorosa:
- Héctor, tú eres injusto
conmigo. Tú sabes que yo no tengo solución a ese problema y ahora lo
pones en mis manos para que cuando fracasemos, yo sea la culpable. Yo no
me merezco eso de ti. Además, ese lenguaje no concuerda con tu condición
de joven revolucionario. Eso de que aquí para conseguir algo hay que
estar en desgracia, pudiera interpretarse como un planteamiento
contrarrevolucionario. Yo no quisiera escuchar esas cosas de tus labios.
Me da miedo pensar que un día por estar hablando en esos términos, vayas
a tener problemas.
- No mi amor; yo sé que ni
tú ni yo tenemos solución a nuestro problema. Yo lo que no quiero es
tomar una decisión con los recursos de otras personas. Yo no puedo
decidir que nos vamos a casar para ir a vivir a un cuarto en casa de tu
madre. Eso lo decides tú. Yo no tengo cuarto; tú sí. En cuanto a lo que
te dije de que hay que estar en desgracia para conseguir algo, vamos a
analizarlo objetivamente1 como te gusta a ti y saquemos conclusiones. Si
no nos casamos, nunca te imagines que nos van a dar un apartamento. ¿Te
has puesto a pensar que en nuestro país una pareja de jóvenes solicite
un apartamento al Gobierno Revolucionario para contraer matrimonio?. Eso
es una utopía; un sueño imposible de lograr. Si nos casamos y no tenemos
hijos; siempre habrá por delante de nosotros un montón de gente con
mucho más necesidades y por lo tanto estarán por delante en el
escalafón. Si tenemos un par de hijos, entonces habrá un montón de
gente que tiene mucho más tiempo de trabajo y de servicio que nosotros,
ya que somos recién graduados y cuando reunamos todas esas condiciones,
hay que estar ligado a la comisión que otorga las casas etc. etc. etc.
-¿Entonces tú me quieres
decir que nunca vamos a tener una casa donde vivir y formar una familia?-
- Yo sería incapaz de
insinuar eso, mi cielo, pero no quiero que nos llenemos de ilusiones sin
una base objetiva. ¿Te has puesto a contemplar los millones de gentes que
viven diez y doce y catorce en una casa en nuestro país?
La angustia se apoderó de
aquellos dos jóvenes que hacía unos minutos estaban llenos de entusiasmo
por la vida. Todas sus ilusiones se vieron de momento en un pozo oscuro
donde la iluminación no dependía de ellos, sino de circunstancias y
decisiones de personas ajenas a ellos. Había que esperar; pero no sabían
ni hasta cuándo, ni para qué. Era mejor olvidar el asunto y no tocarlo
por el momento.
Cuando sus cuerpos se secaron
de tanto aire, de tanto frío y de tanto manoseo, los jóvenes se pusieron
sus ropas secas y caminaron lentamente hacia la parada de las guaguas.
Esta vez iban silenciosos. No se atrevían a decirse nada. Temían
lastimarse por una cosa que no tenía solución; pero lo peor era que no
lo podían apartar de su mente. Si se querían, tenían que casarse. Si se
casaban, tenían que vivir juntos. Para vivir juntos necesitaban una casa,
un apartamento un cuarto. Ninguno de los dos lo tenía ni tampoco la
manera de comprarlo (no lo vendían); ni de alquilarlo (no lo alquilaban).
La única salida era mudarse al cuartico de su madre y enfrentar lo que
viniera. La otra era esperar y ellos ya no podían hacerlo. El amor era
como un fuego dentro de ellos mismos que no les permitía esperar. Por
otro lado, eran dos futuros profesionales. No tendría sentido hacer una
carrera universitaria, con los sacrificios y privaciones que ello
significa, para luego seguir dependiendo de que alguien por encima de
ellos decidiera cuándo casarse y dónde vivir.
Llegaron a la parada.
Esperaron una hora y media. La guagua que vino estaba llena y no
alcanzaron asientos. Ese día habían pocos turistas, pero también
habían pocas guaguas. Tuvieron que viajar de pie; pero ellos estaban
acostumbrados. El recorrido duraba poco más de una hora. Lo hicieron el
uno prendido del otro para evitar los naturales rozamientos de quienes
comparten la guagua con ellos. Esto era poco menos que imposible.
- Compañero, dijo Héctor al
viajero que estaba prácticamente encima de su novia y le rozaba las
nalgas con el brazo izquierdo, ¿sería posible que usted se moviera hacia
allá para yo poder moverme hacia aquí?
- ¿Qué es lo que tu quieres,
chico?, repuso molesto el interpelado. ¿Tú no ves que no hay pa'donde
meterse?
- No se moleste compañero,
continuó Héctor; yo sé que no hay mucho espacio; pero esta compañera
es mi novia y me la estás rozando con el brazo.
- ¿Y porqué no te compras un
Lada pa'que vengas a la playa en carro particular?, repuso agresivo el
contendiente.
- Si yo pudiera tener un
carro, continuó el estudiante, no necesitaría tu consejo; pero como que
todos debemos compartir lo que tenemos, te pido que no sigas rozando a mi
novia.
- Pues si tú quieres que me
corra pa'otro lado, búscame un asiento y todo se resuelve, fue la
conclusión del agresivo viajero.
- Ay mi hijo, intervino Marcia
hablándole al oído al novio. ¿Cuando tú te vas a acostumbrar a andar
apretado en las guaguas y no hacer caso de los rozamientos y apretones?
Deja eso, Héctor.. parece mentira.
Apenas si se hablaron. Estaban
enfadados, pero no el uno con el otro. No sabían con qué ni con quién;
pero no querían imaginárselo. Ni siquiera el atrevido y mal educado
sujeto que se tropezaron en la guagua, tenía la culpa de tantos
problemas. Antes de despedirse se tomaron de las manos. Héctor fue el que
habló:
- Somos unos estúpidos.
Discutimos por cosas que no dependen de nosotros. Todo nuestro amor, se ve
empañado por esas pequeñeces de la vida que no tienen nada que ver con
nuestros sentimientos. Lo importante es que nos queremos y que pase lo que
pase, nada nos va a separar. Cuando terminemos la carrera; nos vamos a
casar pase lo que pase. Lo que venga luego, lo enfrentaremos y siempre
permaneceremos unidos. Si tenemos problemas en las guaguas, nos iremos a
pie; pero siempre juntos.
- Héctor, le contestó ella,
si no fuera por la fe que tengo en ti, yo no sé qué sería de mí. A
veces veo tantas dificultades en el país, tantas arbitrariedades y tanta
ineficiencia, que no veo la manera de que todas esas cosas se puedan
solucionar. Yo a tu lado me siento fuerte. Yo contigo iría al fin del
mundo.
- No te olvides que la
Revolución nos ha dado una carrera para que con nuestro conocimiento y
nuestro esfuerzo, ayudemos a resolver todas esas dificultades.
- ¿Y tú crees que las
resolveremos, mi amor?
- Tenemos que resolverlas,
linda, si no, no sé a dónde iremos a parar.
Se despidieron aquella tarde
llenos de fe y de confianza en el futuro de ambos. Sus sueños, sus
ilusiones no les permitían ver la realidad del país. Si el país
marchaba mal, ellos marcharían bien. Para ser felices no hacían falta
tantas cosas; bastaba con quererse y ellos se querían. Cada cual tomó
para su lado. El, para su albergue de estudiante becado en la Universidad;
ella, para su humilde casita en un barrio de las afueras de la capital. Al
otro día se encontrarían y todo seguiría como en el verdadero paraíso.
FIN DEL CAPITULO I
Capítulo II: Escasez de Medios
Capítulo III: Bodas de profesionales
Capítulo IV: Buscando un techo
Capítulo V: Ni casa, ni esperanzas
Capitulo VI: Hotel de cinco estrellas
Capítulo VII: La llegada de Héctor Augusto
Capítulo VIII:¿Dónde metemos al niño?
Capítulo IX: La universidad de la calle...
Capítulo X: Proyecto de un largo viaje
Capitulo XI: Traidor, ¿A quien y por qué?
Capítulo XII:Seguridad, ¡Qué
incertidumbre!
Capítulo XIII: Aprendiendo a mentir
Capítulo XIV: Más deserciones
Capítulo XV: A divorciarse del traidor
Capítulo XVI: La manzana de la discordia
Capítulo XVII: Peligrosa Reconciliación
Capítulo XVIII: Bodas de Mentira
Capítulo XIX: ¡Qué Cara es la Libertad!
Capítulo XX: Consumatum est
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