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GOBERNABILIDAD DEMOCRÁTICA Y EL DESARROLLO SUSTENTABLE
Ramón Guillermo Aveledo
Queridos compañeros de la STC,
Para estar junto a ustedes no he tenido que hacer
un viaje, porque lo que ustedes representan siempre va conmigo.
Representan ustedes a Cuba, un país al que amo por
lo mismo que amo a mi patria Venezuela, porque no puede ser de otra
manera. De un modo tan natural como aquel con que el camagüeyano
Francisco Javier Yánez fue diputado al Congreso que declaró la
Independencia venezolana en 1811, cuya Acta firma, y el caraqueño
Narciso López, metido en la lucha por la Independencia de Cuba desde
1848 y por eso condenado a muerte por garrote vil en La Habana, dibujó
la bandera de la estrella solitaria.
Representan ustedes al mundo del trabajo. Una
realidad y, al mismo tiempo, un valor humano. Un derecho y un deber.
“Trabajo es lo que hay que dar, y su valor al trabajo”, decía Andrés
Eloy Blanco, el más entrañablemente popular de nuestros poetas.
Representan ustedes la libertad, “esencia de la
vida”, que diría Martí.
Gracias, pues, por esta invitación.
Primero los valores
Si creemos, como dice la nueva encíclica, que “Una
de las pobrezas más hondas que el hombre puede experimentar es la
soledad”, no nos será difícil entender el por qué de la vida social y,
el para qué de la comunidad política. La razón profunda y esencial de
por qué una persona libre, y por lo tanto responsable, es un ciudadano
solidario, no solitario.
Primero fue la persona, después la sociedad y,
como modo de organizarla para cumplir mejor sus fines, llegamos a la
comunidad política. Si tenemos claro ese orden lógico todo está claro y
se nos revela el sentido de la política.
Los seres humanos somos individuales, pero también
sociables y sociales, porque necesitamos de los otros para realizarnos
plenamente. Y si la vida social es una dimensión natural, “esencial e
ineludible” de la vida humana, también deberíamos ser solidarios. La
solidaridad nace de la conciencia de lo compartido, que es el fruto de
creencias, vivencias y sentimientos. Esa conciencia es la conciencia de
pueblo.
Humanamente hablando, lo social es una dimensión
natural sin la cual la vida personal no es completa. Socialmente
hablando, el sentido común es el sentido de lo común, de lo compartido
como actualidad y, sobre todo, como destino, por las personas libres y
responsables que integran ese pueblo. La comunidad de valores sustenta
la comunidad política al darle un espacio para desenvolverse y unas
raíces a partir de las cuales crecer, y la comunidad de destino da
orientación vida social en general y a la comunidad política en
especial, particularmente a aquella que vive y progresa en la práctica
del sistema democrático. Ambas conciencias, la relativa a lo que nos une
y la referida a lo que buscamos, nutren la convivencia y marcan su
rumbo. No la eximen del conflicto, aún del conflicto grave, pero atenúan
su impacto, proveen herramientas para manejarlo, ofrecen salidas a las
crisis que del conflicto pueden derivar y recuerdan los motivos para
seguir adelante, para trascender la encrucijada comprometedora, para
vencer la dificultad. Porque la comunidad es para las personas y no al
revés. Por eso, así como los individualismos padecen de un severo
déficit de humanidad, los colectivismos son radicalmente antihumanos.
Fortalecer lo que nos une
En democracia, el sujeto de la autoridad política
es el pueblo, en cuyo nombre la ejercen sus representantes. La
representación se legitima en el ejercicio real de la deliberación, así
como en la vinculación con los representados y en la efectiva respuesta
a sus necesidades, tanto presentes como futuras, ante las cuales el
liderazgo responsable debe ser previsivo. Si el pueblo en su totalidad
es el titular de la soberanía, todo aquello que promueva su solidaridad
en libertad es constructivo, y lógicamente, cuanto fomente la división,
la disgregación y el encono es antidemocrático.
La democracia no es sólo una regla numérica de
gobierno de la mayoría. Tampoco el respeto formal a las normas, que si
es genuino es importantísimo, pero nunca suficiente. Es, primero que
todo, un modo de convivencia basado en valores humanos y morales,
indisolublemente unidos a la dignidad de la persona, y por lo tanto no
sometidos a la voluntad circunstancial de un líder y ni siquiera de un
Estado, o a la opinión, naturalmente variable, de una mayoría. A veces,
por cierto, se nubla la visión y se confunden el respeto y la tolerancia
a la diversidad, con el apartamiento de esos valores universales sobre
los cuales precisamente se asientan ese respeto y esa tolerancia. Parece
que Occidente se hastiara de sus valores cuando éstos están bajo el
fuego del ataque, a veces literal.
Los valores dan un piso sólido a la comunidad
política y hacen posible su funcionamiento democrático. Uno de esos
valores es el citado respeto a los derechos humanos, los cuales “fijan
el ámbito donde puede hacerse valer la voluntad de la mayoría”, pues hay
derechos que, sencilla y claramente, no son disponibles.
La cuestión de la comunidad de valores nos plantea
el tema de las virtudes cívicas, sobre el cual quisiera volver aunque
fuera un instante. Estas se traducen a un sentido expansivo de
comunidad, según Höffe . Virtudes como el coraje cívico y el sentido de
la ley, afincadas en las clásicas máximas del Derecho Romano de vivir
honestamente, no dañar a nadie y reconocer a cada quien lo suyo . La
idea de que los equilibrios sociales necesarios se forman espontáneos si
se deja libre el juego de la competencia entre los intereses, base de
las desregulaciones a ultranza y la limitación del estado a un papel
arbitral puede acabar produciendo efectos contrarios a los deseados, “no
solo por razones de ambición y envidia” sino porque dado un justificado
temor de salir perdedores en la lucha distributiva, “ni los individuos
ni las asociaciones pueden permitirse practicar la renuncia unilateral.
Al contrario, tienen que hacer demandas excesivas.”
También son virtudes cívicas la tolerancia y el
sentido de la justicia. Ese sentido “demandante y auténtico” es
necesario para crear una comunidad vocacionalmente justa y que se
manifiesta en un sentido constitucional de justicia, en los grandes
principios. Un sentido legislativo de justicia, en circunstancias que
son cambiantes. Y, un sentido de justicia aplicable, porque la ley no
basta y frecuentemente es imperativo llegar a acuerdos, transacciones
entre las diversas demandas, para evitar una dinámica de vencedores y
vencidos.
Hacia el consenso alrededor de los valores de la
convivencia civil, libre, responsable, solidaria hay que avanzar, por
más que cueste. En cambio, el abandono de los valores nos precipita por
peligrosos atajos en los cuales apostamos lo esencial a los dados de la
aventura.
La amplitud y la tolerancia, promueven. El
sectarismo y la intolerancia disuelven. La apoteosis del sectarismo y la
intolerancia es la confusión de la patria con un partido.
La educación para la libertad une, porque acerca
lo diverso, porque ayuda a comprender. La educación para el
encuadramiento ideológico desune, porque niega al otro, negación de la
cual deriva la mayor distancia posible.
La solidaridad une, mientras el egoísmo y el
clasismo dividen. La indiferencia es tan disolvente como el
resentimiento, una produce desconfianza, odio el otro. Ambos envenenan
la convivencia libre.
El gobierno sensato y moderado, bajo el imperio de
leyes justas, y sinceramente atento a la vida del pueblo de carne y
hueso, acerca. La arbitrariedad y el abuso del poder, la ley injusta y
el menosprecio de las necesidades reales de la gente real, separan. Este
menosprecio puede surgir de la indiferencia, del egoísmo o de la
fantasía ideológica que prescinde de la realidad porque prefiere
inventarse una de ficción.
La democracia y su gobernabilidad
La democracia es el pueblo que, en ejercicio de su
soberanía, cuida y enriquece su libertad, produciendo el orden que
requiere. Orden social: Una sociedad equilibrada, pacífica, equitativa,
incluyente. Abierta al progreso y atenta a sus miembros más débiles para
no dejarlos solos, sin humillarlos ni aprovecharse de sus carencias con
fines instrumentales.
Un sistema político así concebido es más exigente
que cualquier dictadura. Se legitima en sus fundamentos, y también en su
desempeño. No le basta complacer a un selecto club que, al mismo tiempo,
lo desprecia y lo goza. Tiene que funcionar para todos. Tiene que darle
vida a la deliberación, para no dejarse seducir por los cantos de sirena
de una presunta democracia directa que se proclama participativa, pero
que puede deslizarse fácilmente hacia la dictadura plebiscitaria.
Gobernar supone una actividad permanente de
dirección, mediante actos diversos por parte de los órganos
constitucionalmente competentes. Dos pilares la sostienen: la
legitimidad y la gobernabilidad.
La legitimidad tiene que ver con que el poder se
origine y se desempeñe de conformidad con los valores éticos que lo
justifican. El Estado Democrático de Derecho es “una idea cargada de
moralidad” , y sus principios son el imperio de la ley, la separación de
poderes y la protección de los derechos humanos.
La gobernabilidad tiene que ver con unas
condiciones y unos factores que facilitan el gobierno. La capacidad
social de tomar y ejecutar decisiones para satisfacer sus necesidades o
responder a sus demandas.
Disposición de la sociedad a aceptar los productos
del sistema político y a desarrollarse en el marco seguro de un orden
constitucional aceptado. El nexo fraternal entre legitimidad y
gobernabilidad se establece porque ésta está formada por la legitimidad
y la eficacia. Así que la dialéctica de la gobernabilidad es un proceso
permanente y en una democracia, signada por la libertad y definida en
la síntesis de Lincoln: “gobierno del pueblo, para el pueblo y por el
pueblo”, la gobernabilidad supone respeto a las reglas, admisión
realista y sincera de la pluralidad, elaboración de consensos,
conciencia de que se gobierna para todos, y promoción de los derechos
humanos.
El jurista venezolano Henrique Meier, califica
certeramente al Estado Democrático de nuestro tiempo, consecuencia de
una evolución de neto signo crecientemente humanista, y superación
histórica de las etapas de Estado Liberal de Derecho y Estado Social de
Derecho, en su hora logros de enorme trascendencia, como “Estado
Democrático de los Derechos Humanos”. Ese que ya prefiguraba la Carta de
la OEA de 1948 que algunos, como ya ocurrió antes, prefieren ignorar por
ese miope oportunismo que siempre acaba saliendo tan caro, definido
“dentro del marco de las instituciones democráticas, un régimen de
libertad y justicia social, fundado en el respeto de los derechos
esenciales del hombre.” Derechos civiles y políticos, familiares y
sociales, culturales y educativos, económicos, ambientales, religiosos.
Derechos, cuya progresividad es un signo del avance indetenible en las
conquistas de la humanidad.
Al final nos encontramos, siempre, con el
principio: Se gobierna por encargo, en nombre de otros y para ellos, así
veremos a “todo gobierno como una tarea sujeta a la justicia y al bien
común.”
El mismo Hennis del concepto precedente, nos
recuerda a Edmund Burke: quien ejerce el poder debe estar “fuerte y
reverentemente” convencido de que actúa fiduciariamente. Esa noción del
poder como trust, previene contra las desviaciones en las que no es raro
caer, máxime si la institucionalidad es débil y son los propios
mandantes los que esperan, y exigen, milagros.
Ha llamado nuestra atención Benedicto XVI en su
reciente carta: “El aumento sistémico de las desigualdades entre grupos
sociales dentro de un mismo país y entre las poblaciones de los
diferentes países, es decir, el aumento masivo de la pobreza relativa,
no sólo tiende a erosionar la cohesión social y, de este modo, poner en
peligro la democracia, sino que tiene también un impacto negativo en el
plano económico por el progresivo desgaste del «capital social», es
decir, del conjunto de relaciones de confianza, fiabilidad y respeto de
las normas, que son indispensables en toda convivencia civil” .
Hablamos, entonces, de la sustentabilidad básica
de la democracia, que es la social.
Cierta jerga denomina “costo social” a los empleos
que desaparecen o, mucho peor, incluso a las vidas que se pierden por
hambre. Hablan de “costo social”, porque parten del supuesto de que esos
puestos de trabajo o esas vidas no serán los suyos, ni los de sus
familiares. El “costo social” de los tecnócratas tiene su equivalente en
el “costo revolucionario” de quienes pretenden imponer su fantasía
ideológica. Es famoso que Mao consideraba posible que la mitad de la
población china tuviera que morir en el intento de construir el
socialismo. ¿Palabras? La hambruna causada por las descabelladas
políticas del “Gran Salto Adelante”, mató cerca de treinta millones de
seres humanos.
En estos aspectos de la sostenibilidad social de
la democracia ¡Cuidado con los falsos dilemas! Es de Haya de la Torre la
clásica sentencia “Ni libertad sin pan, ni pan sin libertad”. Y décadas
más tarde, consciente de la trampa de quienes nos piden la libertad a
cambio de una justicia que nunca llega, Frei la enunció de este modo:
“Si nos ponen a escoger entre la libertad y el pan, escogemos la
libertad para seguir luchando por el pan.”
La alternativa a la indiferencia o la
subestimación de estos problemas está en la libertad, la responsabilidad
y la solidaridad, y nunca en la demagogia de una fracasada cartilla
populista. La necesaria eficiencia no tiene por qué sacrificar la
afectividad, ni la modernidad es contradictoria con la sensibilidad
humana. No hay dilema entre libertad y justicia. También es falso que
debamos escoger entre prosperidad y equidad. Sin equidad la prosperidad
es más aparente que real y, por eso, precaria. Sin prosperidad la
equidad es imposible.
La solidaridad es para promover, para ayudar a la
autoayuda, no para atar a una indeseable dependencia de la dádiva
estatal que agrava las carencias de la pobreza con la necesidad agregada
del paternalismo fiscal cuyos costos acaban siendo mayores.
La prédica disolvente de la división y el encono
siempre anda por allí, en boca de quienes ofrecen un atajo a la
felicidad, que en realidad lleva al precipicio de un poder sin límites
ni controles al servicio de sí mismo. Es relativamente sencillo que por
un descuido ante el desorden social, surjan los “mesianismos
prometedores” que Caritas in Veritate nos quiere recordar y que
Populorum Progressio: vinculaba a la búsqueda de ilusiones en una
tentación que se hace violenta. Son los llamados por Félix Varela,
“ídolos del poder” siempre propensos a “infringir las leyes” basados en
“especiosas razones que encuentran para hacerse superiores a ellas” .
Si el caudillismo y el militarismo, así como las caricaturas de
nacionalismo produjeran bienestar, El Dorado no sería un mito, sino la
descripción de un viaje por América Latina.
La paciencia construye. La impaciencia, destruye.
Paciencia no es pasividad ni conformismo. Las instituciones son el
testimonio de la perseverancia de los pueblos. ¡Cómo nos cuesta a los
latinoamericanos hacer instituciones! Entre nosotros y el desarrollo
institucional se atraviesan nuestra impaciencia, nuestro voluntarismo y
nuestro personalismo. Cuando esos viejos fantasmas vuelven, habría que
recordar el daño que nos han hecho esos viejos conocidos.
Desarrollo sustentable
Hemos hablado, desde el punto de vista político y
social, de un desarrollo humanamente sustentable. Detengámonos unos
instantes en el desarrollo y su sostenibilidad, ahora que nos
aproximamos a la conclusión de estas palabras.
Sabemos, por una doctrina tan sabia como profunda
y permanente, que el desarrollo es el paso de un nivel menos humano a
uno más humano de vida, y que para ser integral, el desarrollo ha de ser
de todo el hombre y de todos los hombres. Por eso es que se despliega
con amplitud y fuerza de tarea social y estatal en la promoción de los
derechos humanos. Naciones Unidas nos habla de indicadores de desarrollo
humano. En realidad, el desarrollo es humano o no es desarrollo.
La responsabilidad del gobierno democrático no se
agota en el presente, su horizonte es más ancho. Es, ante todo, una
responsabilidad con las generaciones futuras.
Pensadores de este país nos han dicho: “Los
gobiernos previsores hacen dos cosas básicas: utilizan una onza de
previsión antes que una libra de cura; y hacen todo lo posible para
tener perspicacia en sus tomas de decisiones.”
¿Cómo entonces afrontar el reto del desarrollo,
esencialmente humanista, en armonía con nuestra responsabilidad hacia
nuestros nietos?
El crecimiento económico, necesario para producir
riqueza y oportunidades equitativas de prosperidad para todos, tiene
consecuencias. También el empobrecimiento de vastos segmentos de la
humanidad. Uno y otro fenómeno, cada uno a su modo, inciden e incidirán
en la progresiva degradación del entorno físico-natural en muchas
regiones del planeta, con su predecible impacto global con secuelas en
la calidad de vida, los conflictos sociales, las migraciones y otros
desajustes. Como la respuesta a esos justificados temores no puede ser
un retroceso que condene a millones a la miseria, lo cual traería a su
vez, conflictos a otra escala, lo que se impone es un paradigma que sea
consistente con la radical humanidad del desarrollo como proyecto.
Mi ilustre compatriota Arnoldo José Gabaldón , uno
de los pioneros del ambientalismo latinoamericano, ordena los objetivos
del desarrollo sustentable. Su priorización es tan concisa y reveladora
que casi vuelve sobrantes las explicaciones:
• Ser socialmente justo
• Ser capaz de generar prosperidad
económica
• Ser realizable en plena libertad
• Tener una de sus palancas fundamentales
en el aprovechamiento sustentable de los recursos naturales
• Estar orientado por principios éticos
• Llevar la educación a todos los niveles
• Promover la ciencia y la tecnología
• Utilizar la ordenación del territorio
como uno de sus principales instrumentos de gestión ecológica
• Tener los ojos puestos en la generación
presente, pero también en las generaciones futuras.
• Atender los compromisos
internacionales.
El entorno político favorable a ese tipo de
desarrollo es la democracia con valores claros, instituciones fuertes y
compromiso con su pueblo. El camino más corto para procurarlo es la
inversión en capital humano y social mediante la educación de calidad
accesible a todos, y la promoción de una cultura que le sea propicia.
Económicamente, se expresa en una agricultura sostenible porque usa
mejor los recursos naturales, es socialmente viable y económicamente
rentable. En una ecología industrial. En una nueva conciencia y una
nueva estrategia energética, y lo dice responsablemente el ciudadano de
un país petrolero. En una convivencia urbana renovada, gracias a una
alianza promovida por el sector público, entre éste, el sector privado y
la sociedad civil organizada. En todo esto, la viabilidad económica es
indispensable.
Es verdad que el mapa latinoamericano de hoy
muestra demasiados puntos oscuros, desalentadores rezagos y aun
retrocesos. También avances que no son pequeños, en la demostración de
nuestras capacidades para convivir en libertad y producir prosperidad,
reducir los niveles de pobreza y mirar sin complejos este mundo
exigente. Comprometidos en esa tarea, en alma, vida y corazón, podremos
anunciar con toda propiedad, que América Latina puede ser, vuelve a ser,
el continente de la esperanza.
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