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LA ELITE DE PODER Y LOS ESCENARIOS QUE ELLA FOMENTA

Juan Antonio Blanco

 

Los futuros posibles

La Historia no tiene una secuencia lineal e inexorable hacia ningún punto específico. En el presente se anida simultáneamente más de un posible futuro. Varios futuros posibles aguardan por Cuba. Unos mejores que otros, pero todos diferentes a su presente y pasado.

Si hablamos de escenarios no intentamos anunciar o especular sobre el modo en que se alcanzará un futuro inevitable. Por escenario entendemos la capacidad de imaginar cuáles son las alternativas que se incuban en las actuales circunstancias y cuáles son los factores que podrían potenciar o disminuir su capacidad de materialización en un nuevo "presente".

Los escenarios considerados más abajo valoran las posibles proyecciones y rasgos generales que puede asumir la actual fase de sucesión y su potencial para entroncar con una transformación-transición de mayor envergadura. No son los únicos posibles y la historia real puede que se exprese en la materialización de una formula híbrida entre los que a continuación se señalan.

Aquí se consideran cuatro eventuales escenarios que pueden generarse partiendo de la acción u omisión de uno de los actores principales (la elite de poder cubana). Pero la actuación de otros actores internos v externos un cambio en el contexto estadounidense, venezolano o mundial, puede incrementar otras posibilidades de evolución de la situación en la Isla.

Primer escenario: reajuste en las políticas del régimen totalitario

Fidel Castro aspira a lograr en el momento de su desaparición física a la continuidad de su legado político esencial. Este propósito pudiera caracterizarse por los componentes siguientes: a) un partido único que centralice todo el poder político; b) una vasta economía estatal y mixta (compuesta por capital extranjero y estatal exclusivamente); y c) una red universal de servicios básicos de salud y educación que sirva para continuar extendiendo legitimidad al régimen y al proceso que presidió desde 1959 y que dejaría en herencia.

El problema que presenta ese esquema es que de mantenerse el régimen de partido único y economía altamente estatizada no es posible alcanzar los niveles de eficiencia necesarios para sostener los servicios que les sirven de argumento legitimador.

La peculiaridad del sistema cubano radica en que no es auto sustentable política ni económicamente. Para legitimar su autoridad política se vale de la confrontación con Estados Unidos y para compensar su ineficiencia económica depende de alianzas políticas, militares y económicas externas que genera a partir de esa confrontación con EEUU. El embargo oscurece esta realidad en lugar de causarla. La crisis económica cubana no es una condición exclusivamente coyuntural -dependiente de la existencia o no del embargo- sino estructural.

Si mañana se permitiera viajar a Cuba a turistas de Estados Unidos, se descubriese petróleo en grandes cantidades o se produjera una súbita inyección de capitales, no existen referentes que permitan concluir que se haría un uso racional de esos recursos en beneficio directo de las necesidades cotidianas de la población. Cuba despilfarró seis mil millones de dólares anuales de ayuda de la URSS durante casi tres décadas sin generar un desarrollo sustentable ni eliminar la escasez y el racionamiento.

En la actualidad y pese a la inyección de capitales y recursos venezolanos y chinos, se ha continuado deteriorando de manera crítica la microeconomía de la vida cotidiana y los servicios de educación y salud. Ello no es consecuencia de la Ley Helms-Burton sino responde a la endémica ineficiencia económica, a la nueva política de exportación masiva de médicos e instalaciones hospitalarias a otros países, y a la permanente falta de libertades políticas y civiles para debatir el rumbo y consecuencias de las políticas y opciones económicas.

De prevalecer el escenario de una sucesión continuista en esas condiciones aumentaría aún más el disenso. Llegado el momento --carentes de otros mecanismos de integración y reproducción de consensos-- solo quedarían en manos de la elite de poder el uso de una mayor coerción y la insistencia en la difusión del temor a potenciales intenciones agresivas de Estados Unidos y a las supuestas intenciones revanchistas del exilio para intentar promover la pasividad y así sostener la estabilidad.

Dirigentes de edad avanzada (entre 65 y 75 años), pudieran pensar que vale la pena intentar sostenerse por otra década más en el poder hasta que ellos mismos hayan salido de escena, principalmente por el temor a que un cambio fuera de su control les suponga juicios por violaciones de derechos humanos dada su pasada trayectoria personal. Pero esa no es necesariamente la perspectiva de la mayoría de los dirigentes más jóvenes, quienes no tienen mucho que temer respecto a su pasado y gozan de una mejor preparación técnica. Para la nueva generación de tecnócratas ese perenne equilibrio al borde del desastre es una situación que desearían evitar, si llegasen alguna vez a ser protagonistas principales del ensayo de sucesión que Castro les desea dejar orquestado antes de partir de este mundo.

Es por todo lo anterior -tanto por los límites materiales como por los que marca la subjetividad social de los actores de cambio- que un proceso que se inicie como sucesión tiene pocas posibilidades de consolidarse como continuismo absoluto del régimen anterior. O sus protagonistas avanzan con relativa rapidez hacia una nueva definición sistémica que los incluya como actores no monopólicos de los acontecimientos, o se exponen a colapsar con igual rapidez junto a lo que para entonces pasará a ser el ancient regime.

Segundo escenario: reforma estructural del régimen totalitario similar al de China

Aquel que probablemente pondría en marcha Raúl Castro si tuviese el tiempo y la energía para ello después del fallecimiento de su hermano. Este es el escenario que también anhela la nueva clase de gerentes corporativos que emerge del sector de la nomenclatura -militar y civil- vinculada al capital extranjero. El proyecto puede resumirse como un estalinismo de mercado. En este caso, operaría una sucesión dentro de la nomenclatura que guiaría el proceso hacia una transición mediatizada. Este tipo de transición estaría caracterizada por una economía progresivamente más abierta, pero dentro del sistema político más cerrado que pueda sostenerse. Pudiera restablecer gradualmente la libertad de empresa, pero no la libertad política y sindical.

La esencia de este proyecto de transición mediatizada para la elite de poder radica en lograr un aterrizaje suave en el capitalismo, como grupo social dominante en la economía, y monopólico del poder político. Completar la transición de clase burocrática -corporativa a clase propietaria. Si lograsen mantener dentro de este proyecto los llamados "logros de la Revolución" para la población (acceso universal a los sistemas de educación y salud y retención de las viviendas) y encontraran el modo de paliar el inevitable aumento del desempleo, no hay por qué descartar que pudieran contar con un apoyo sustantivo en sectores de la población dispuestos a preferir un nuevo pacto social en un marco autoritario en lugar de abrir las puertas a cambios incontrolados bajo nuevos actores -el exilio, Estados Unidos, la oposición interna- que desconocen y temen.

La idea de que "más vale malo conocido que bueno por conocer" se pudiera abrir paso si la nomenclatura no sucumbe a la idea de aplicar una reforma económica con medidas de shock y sin libertades políticas. El argumento de que en el futuro las reformas económicas traerían inevitablemente mayores libertades políticas, podría ser una excusa atractiva para el capital internacional, siempre que se clarifiquen de antemano las reglas del juego económico y financiero. En este escenario los demócratas serían percibidos, al menos en lo inmediato, como "inoportunos" por ciertos actores nacionales y extranjeros.

Los lideres cubanos han intentado convencer por diversas vías a personalidades en Estados Unidos y en otros países occidentales de que éste es el único proyecto en Cuba capaz de garantizar una mayor apertura de mercados e inversiones, con docilidad laboral y suficiente gobernabilidad interna, que impida situaciones de crisis migratorias y tráfico incontrolado de drogas en el Estrecho de la Florida.

Tercer escenario: Estado fallido

Con relación a este escenario podemos emplear las dos definiciones al uso de este concepto. Bien sea porque lo abordemos a partir de una situación de pérdida de control por parte de Estado que no está en condiciones de sostener la gobernabilidad interna, proveer seguridad y controlar el territorio o porque lo asumamos en la definición que lo describe como situación en que prevalece el conflicto y se ha roto el contrato social.

A este escenario puede arribarse por dos vías: como resultado del colapso del régimen totalitario o por las debilidades y ausencias de consenso del régimen de gobernanza que se implante -incluso si es formalmente "democrático"- como sucesor.

Aquel en el que sobrevendría un colapso de autoridad, como resultado del desencadenamiento de hechos previsibles, pero incontrolables, de continuarse la lógica actual. Manifestaciones públicas (como las de 1994 o mayores) pueden desatar una escalada de violencia si son letalmente reprimidas - con o sin órdenes que partan de algún mando central. La situación creada en tales circunstancias pudiera alterar significativamente la psiquis ciudadana, generar una presión significativa del lobby del exilio en favor de una "intervención humanitaria" y ésta pudiera llegar a ocurrir de manera, casi seguramente, unilateral, según se desarrollen los acontecimientos y el momento (electoral o post electoral en Estados Unidos) en que tengan lugar. De ordenárseles disparar a las fuerzas de orden público y militares contra los manifestantes, la posibilidad de que se quiebre la unidad de mando en los cuerpos armados por los oficiales secundarios no es nada despreciable.

Con la materialización de este escenario se incrementarían las posibilidades de una mayor influencia sobre la evolución de los acontecimientos por parte de Estados Unidos y de los sectores más extremos del exilio aliados al gobierno de Bush.

Son creíbles las expresiones de altos funcionarios de los Estados Unidos en el sentido de que no desean verse involucrados en una intervención militar en Cuba  -particularmente dado el contexto internacional que hoy enfrenta Washington-, y así lo expresan los informes públicos realizados sobre Cuba en los que además se habla de una transición pacífica a la democracia.

Aunque también es cierto que existen sectores extremos dentro de esa administración que en privado se han manifestado, de manera simultánea y paradójica, en contra de una intervención, pero partidarios de la posibilidad de que se genere un estado de violencia en la isla. Resulta extremadamente ingenuo pensar que Estados Unidos podría evadir una intervención directa en Cuba si las políticas puestas en marcha para producir una explosión interna se viesen finalmente coronadas por el éxito. En la era de CNN y con la influencia del voto cubano en el importante estado de la Florida eso es casi imposible.

Las elecciones presidenciales de noviembre de 2008 pudieran pasar el control de la Casa Blanca -y quizás mantener el que ya tienen sobre el Congreso- al Partido Demócrata. No es muy probable que ese partido se aventure a impulsar políticas radicales como un súbito levantamiento del embargo. Sin embargo, es de suponer que de mantenerse su hegemonía sobre el poder legislativo -mucho más si llegasen a controlar dos tercios de los votos posibles en esa institución- EEUU pudiera asumir nuevas y creativas políticas hacia Cuba y así constituirse en una fuerza de cambio real en la dinámica cubana en lugar de pretexto para el inmovilismo interno. En cualquier caso podría en lo inmediato dejar de alentar medidas que faciliten la materialización del escenario de Estado fallido.

Pero al Estado fallido puede arribarse no sólo por colapso de la autoridad del régimen totalitario sino también, posteriormente, por la debilidad del que lo suceda como régimen democrático.

Un estado débil, con índices de desempleo, pobreza y desigualdad en aumento, sin tradiciones democráticas, donde no ha habido ningún respeto hacia las instituciones judiciales, con una cultura de intolerancia y violencia, en un país sometido a medidas de reestructuración económica con su inevitable impacto social, donde los ciudadanos han sido entrenados en manejo de armas y miles de ellos fueron capacitados en lucha de guerrillas y técnicas conspirativas. Una Isla empobrecida que posee condiciones climáticas, personal capacitado y laboratorios capaces de producir estupefacientes en gran escala, a 90 millas de las costas del mayor mercado consumidor de drogas del planeta, constituye un partner natural del crimen organizado transnacional y una amenaza a la seguridad regional.

El interés estratégico de los países vecinos no puede por ello limitarse al desplazamiento del régimen totalitario; en este caso -a diferencia de Haití u otros estados fallidos- hay razones para acompañar al proceso de transformaciones hasta asegurar el establecimiento exitoso de una sociedad sustentable. Garantizar el éxito de la transición cubana constituye un interés de seguridad regional y, en primer término, de los estados vecinos.

Podría usarse la metáfora del Cubo de Rubik para afirmar la necesidad de armonizar: el estado, el mercado, la sociedad civil; la diáspora, la economía global y el nuevo régimen de normatividad multilateral. Es necesario contribuir a facilitar el establecimiento de un régimen democrático de gobernanza capaz de combinar exitosamente esas seis "caras del Cubo de Rubik".

Es pertinente añadir una precisión a la consideración de este escenario. El gobierno cubano ha hecho uso de una versión manipulada del escenario de Estado fallido para intimidar a la clase política de EEUU sobre la conveniencia de aceptar el actual régimen cubano como la mejor garantía para evitar un éxodo masivo hacia la Florida. Lo cierto es que si EEUU se hiciese cómplice del empleo de fuerza letal por parte de las autoridades en La Habana para impedir semejante éxodo la presión por una intervención humanitaria por parte del exilio y otros gobiernos crecería de manera considerable. El modo que tiene el gobierno cubano de prevenir esa situación es abriendo un significativo proceso de reformas que persuada a los potenciales migrantes sobre la conveniencia de probar fortuna en casa antes de marcharse a comenzar de cero en otro país.

Cuarto escenario: transición hacia un régimen democrático de gobernanza

A la muerte de Fidel Castro y la salida de la escena política de su hermano Raúl, podría ascender al poder un grupo de personas sensatas de la propia nomenclatura que desplazaran a quienes aparecen en orden jerárquico para asumir el poder (como Machado Ventura) u otros líderes históricos como Ramiro Valdés. A cambio de asegurarse ciertas condiciones aceptables para sí mismos y para el grupo social que representan, esas personas estarían dispuestas a iniciar un diálogo sin exclusiones sobre el futuro nacional. Esa iniciativa tendría que involucrar -si deseara legitimarse- a los diferentes sectores de oposición y a las nuevas voces influyentes, que, seguramente, se alzarán entre la población en un contexto nuevo de apertura y cambios. Su objetivo sería iniciar el camino para restablecer las libertades civiles y políticas hasta que la soberanía popular pueda llegar a expresarse libremente -quizás por una combinación de plebiscitos, elecciones y asambleas constituyentes.

La promoción de un escenario de cambio no violento de este tipo ya cuenta con la simpatía de una amplia franja de los grupos opositores y de exiliados. Para tener posibilidades de lograr un consenso nacional en torno a esta opción y llegar a materializarla, los promotores de este escenario tendrían que contar -desde ahora- con el resuelto apoyo de un grupo influyente de países que ofreciera un paquete potencial de cooperación internacional, inversiones y cancelaciones de deudas de llegarse a emprender este camino.

Un comentario final

La actuación de Raúl Castro y sus más recientes pronunciamientos no han llegado a rebasar las expectativas del primer escenario.

Las expectativas de que un presidente estadounidense pueda iniciar una política más creativa dirigida a fomentar el cambio democrático distanciándose de la confrontación parece preocupar a la elite de poder cubana del mismo modo que muestran inquietud por la incertidumbre que todavía rodea el proceso chapista en Venezuela. Los chispazos recientes entre Rusia y EEUU parecen haber dado nuevo aliento a la vieja estrategia de sacar dividendos de la Guerra Fría entre esos países. Pero eso es todavía una posibilidad de discutibles probabilidades.

Mientras tanto no se malgasta el tiempo, cuya flecha se proyecta hacia el futuro, no hacia atrás. Ese inmovilismo -o régimen de dinamismo estático en el que los cambios no llegan a serlo en la medida requerida por las circunstancias- es en el presente la principal amenaza a la gobernabilidad de la Isla.

 

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