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“EL DERECHO A NO TENER QUE
EMIGRAR”
Por
Siro del Castillo, Comisionado para el Caribe de la CLADEHLT |
Hace
29 años la Central Latinoamericana de Trabajadores (CLAT) convoco, en la
Ciudad de Panamá, la “Asamblea de los Trabajadores y los Pueblos
Latinoamericanos”, en ocasión del 30 aniversario de la “Declaración
Universal de los Derechos Humanos” de las Naciones Unidas. En este
importante evento del movimiento de los trabajadores de América Latina-Caribe,
fue proclamada la “Carta Latinoamericana de los Derechos y las Libertades de
los Trabajadores y de los Pueblos” (“ Carta”).
En dicho documento quedo expresada la preocupación de los
trabajadores latinoamericanos-caribeños sobre la situación, que existía en
aquel momento y que todavía hoy persiste, de los trabajadores emigrantes,
refugiados y exiliados, al ser reconocido en el texto de la “Carta” que:
“Todo trabajador tiene derecho a la libre migración interna o externa, de
acuerdo a las exigencias del desarrollo y del bien común” y que “Todo
trabajador migrante debe ser tratado en condiciones y derechos iguales a los
de los trabajadores del país en donde fija su residencia y a que se le
otorgue la documentación necesaria si careciera de ella”.
La “Carta” también reconocía y proclamaba los derechos
que tienen los trabajadores refugiados y exiliados en los países que le dan
refugio o asilo, así como la necesidad de que “la sociedad debe eliminar las
causas que generan las migraciones forzosas” impulsadas por injustas e
inhumanas situaciones políticas, económicas y sociales que obligan al éxodo
de los trabajadores.
Por un lado la “Carta” reafirmaba los derechos
universalmente reconocidos de que “Toda persona tiene derecho a circular
libremente y a elegir su residencia en el territorio de un
Estado” y que “Toda persona tiene derecho a salir de cualquier país,
incluso el propio, y a regresar a su país. (…), tal y como están
contemplados en el Articulo 13 de la “Declaración Universal de Derechos
Humanos” de las Naciones Unidas. Lo que todos conocemos como el
“Derecho a Emigrar”. Pero sin embargo, la
“Carta” planteaba también la urgente necesidad que tiene
la sociedad de eliminar las causas que generan las migraciones forzadas
producto de situaciones injustas e inhumanas en las que se ven obligados a
vivir decenas de millones de trabajadores latinoamericanos y caribeños. Este
planteamiento proclamaba de hecho la existencia del derecho que tiene el ser
humano a no ser forzado a emigrar .
Pese a que la “Declaración Universal de Derechos Humanos”,
en su articulado no contiene explícitamente en su articulado una referencia
a la existencia del “Derecho a No Emigrar”, implícitamente su articulado si
lo expresa. Sobretodo al considerar los derechos que tiene la persona humana
tal y como están contemplados en sus artículos 3, 5. 9, 22, 23, 24, 25, y
26, por solo mencionar algunos de los más importantes, que contienen
derechos políticos, económicos, sociales y culturales.
Derechos, que si realmente le fueran garantizados en el
lugar en que viven, le permitirían a los trabajadores desarrollar su vida
política, económica, social y cultural, sin verse forzado a trasladarse a
otro país para lograr un nivel satisfactorio de las necesidades básicas de
él y su familia, para todos poder vivir y realizarse con dignidad en
condiciones que le permitan un desarrollo integral de su persona.
Si bien es verdad que desde la prehistoria siempre ha
existido una necesidad en el ser humano de trasladarse en la simple búsqueda
de mejores oportunidades para sobrevivir. Hoy esa necesidad, es impulsada
por las crecientes desigualdades e injusticias, políticas, económicas,
sociales y culturales, así como también por la violencia indiscriminada, los
secuestros y los asesinatos de personas inocentes, surgidos de interminables
conflictos armados, que han obligado a millones de seres humanos a abandonar
o desplazarse de sus países o zonas de origen para tratar no solamente de
sobrevivir, sino para alcanzar el sueño de todo ser humano de vivir en
dignidad.
Hoy en día los trabajadores emigrantes ven que las
actuales fronteras de los Estados dificultan cada día más esa movilidad, a
lo que se le suma las actitudes y políticas de gobiernos y sectores
económicos, tanto en los países de origen de los emigrantes como de los
países receptores, que no quieren reconocerle a los emigrantes de hoy en día
la dignidad plena de todo ser humano como persona y lo que es peor el
derecho que tienen a no ser forzados a emigrar.
Históricamente América Latina y el Caribe fueron grandes
receptores de migraciones, sin embargo hoy en día el movimiento de las
migraciones es principalmente de Sur a Norte, con un cambio radical de rumbo.
Según cifras de las Naciones Unidas en el 2003 se estimaba que cerca de 180
millones de personas estaban viviendo en un lugar distinto al de su país de
origen, solamente en los Estados Unidos de América hay más de 25 millones de
personas de otro origen nacional. La mayoría provenientes de los países de
América Latina y el Caribe, cifra significativa pues es casi el doble de las
que existían en la década de los setenta.
Lo que mas impacta de esta nueva etapa es que muchos
países de América Latina y el Caribe, se han convertido en “expulsores
sistemáticos de su población”, convirtiéndose así de hecho, en una región
exportadora de mano de obra -calificada o no calificada- para los mercados
de trabajo de los llamados países desarrollados, en las mayoría de los casos
en verdadera situaciones de explotación.
Hoy al amanecer del siglo XXI, el continente no ha
logrado transformar las causas estructurales económicas, sociales y
culturales que en el fondo son las que promueven los conflictos, la pobreza
y fuerzan a los seres humanos a emigrar. La adopción en países de América
Latina y el Caribe del esquema neoliberal y en un caso el de un
estatismo-neoliberal, ha profundizado más todavía las limitaciones e
inequidades económicas y sociales que afectan nuestra región, creando
condiciones difíciles para la mayoría de nuestros pueblos y que son factores
principales en el incremento de la constante movilidad principalmente hacia
el Norte.
La globalización y las migraciones van de la mano. La
globalización ha incrementado las diferencias entre el norte y el sur. Este
fenómeno migratorio actual no lo podemos separar del mundo del trabajo. Los
trabajadores sin mayores posibilidades de empleo y mucho menos de empleo
digno, buscan al migrar mejorar sus condiciones. El trabajo que realizan,
aunque no les pague debidamente, les permite un ingreso que es relativamente
mas alto, que les facilita en definitiva el envió de remesas, que aunque
sean pequeñas, ayudan parcialmente a alimentar a la familia y asegurar salud
y educación para los hijos que dejaron atrás.
Sin embargo, el problema al que se enfrentan es que las
condiciones de trabajo de los emigrantes siguen estando lejos de ser
satisfactorias. Esto es acompañado también por el control y la penalización
de la movilidad de los emigrantes por parte de los países receptores, que
hace que los trabajadores se vean forzados a emigrar en condiciones de
precaria legalidad cuando no de absoluta ilegalidad”, lo que los obliga a
tener que trabajar “por la izquierda”, el llamado trabajo negro, o en el
submundo del trabajo barato. Teniendo que vivir en las sombras, la angustia,
siendo victimas de la discriminación y la xenofobia, y donde los derechos
humanos fundamentales que tiene toda persona humana le son violados.
Es este cuadro desolador, en el que viven la mayoría de
los trabajadores emigrantes, el que les permite a los países receptores del
llamado “mundo desarrollado” aprovecharse de ellos. Los Estados Unidos de
América, que es el principal receptor de emigrantes de América Latina y el
Caribe, incorporan todos los años a miles de trabajadores al “submundo del
trabajo barato”. Resultándole de extraordinario beneficio para su economía,
ayudando a mantener salarios bajos y costos más baratos, que si la misma
labor la realizaran los naturales del país teniéndoles que pagar los
salarios mínimos y garantizándoles los beneficios establecidos por la ley.
Por eso hay sectores económicos norteamericanos, que contrario a los grupos,
que de boca y de hecho, rechazan la continua llegada de emigrantes,
promuevan tanto la migración calificada legal (el llamado robo de cerebros),
como la no-calificada ilegal que es la que mas beneficios les brinda.
Hoy en día vemos con tristeza como los millones de
trabajadores indocumentados que sobreviven en los Estados Unidos de América,
se encuentran entro las dos “ex”. Los que los quieren “expulsar” a toda
costa y construyen “muros de injusticia” y los que los quieren “explotar”
sin reconocerles sus derechos fundamentales.
La globalización neoliberal y la consolidación del poder
casi absoluto de los capitales financieros transnacionales tienen
consecuencias nefastas en las realidades nacionales de la mayoría de los
países de esta región, creando los ambientes de falta de esperanza y las
condiciones objetivas principales, que impulsan a los seres humanos y en
particular a los trabajadores a buscar otras alternativa de vida en lugares
distintos a los que los vio nacer.
Sin embargo, son los países “expulsores” de los
emigrantes, los responsables en primer término del cuadro desolador que
hemos descrito. Lejos están los gobiernos de estos países de garantizarles a
sus pueblos los derechos fundamentales de la persona humana, tal y como
señaláramos al principio de este trabajo. Es más aprovechándose de esta
situación y desconociendo la responsabilidad que tienen, han logrado
encontrar una solución parcial a sus problemas estructurales, gracias al
aporte de las remesas que envían los emigrantes a sus familiares. Estas
remesas significan en muchos casos la segunda fuente de recursos externos de
algunos de nuestros países. De acuerdo con el Banco Interamericano de
Desarrollo (BID), en su informe publicado a finales del año 2006 “los
emigrantes latinoamericanos y caribeños enviaron a sus países 60,000
millones de dólares”. De estos 45,000 millones, fueron enviados por los
emigrantes que viven en los EE.UU.
Este flujo de las remesas se ha convertido de hecho en
una parte importante de las economías de la región, pues según la CEPAL “son
una fuente significativas de recursos y juegan un papel decisivo como
atenuantes de la pobreza “, contribuyendo a financiar gastos que son
obligaciones y responsabilidades en principio, de los gobiernos de los
países originales de los emigrantes, que mientras tanto derrochan y
malversan los escasos tesoros de las naciones.
Esta responsabilidad compartida que tienen, tanto los
países “expulsadores” como los receptores, de mantener o imponer injustas
situaciones, han obligado a muchos millones de personas en todo el mundo a
migrar en la búsqueda de vivir con dignidad. Terminando muchos de ellos
viviendo en el mundo de los trabajadores inmigrantes legales, que no
disfrutan de un trato decente y humano, o en el “submundo del trabajo barato”
de los que se encuentran ilegalmente en los países receptores, que sufren
las injustas e inhumanas consecuencias ya antes apuntadas, esto ha dado paso
a una nueva definición en materia de derechos humanos.
Hoy en día a la hora de hablar de los derechos básicos de
los emigrantes se ha comenzado a introducir el concepto del “Derecho a no
emigrar”. Esto que pudiera sonar contradictorio no lo es.
Su santidad Juan Pablo II, en su mensaje para la Jornada Mundial de las
Migraciones de diciembre del 2003, señalaba: “crear condiciones concretas de
paz, en lo que concierne a los emigrantes y refugiados, significa
comprometerse seriamente para salvaguardar ante todo el derecho a no emigrar,
es decir, a vivir en paz y dignidad en la propia patria”. El Papa mocionó
también “la comida, la salud, el trabajo, la casa, la educación, sin las
cuales mucha gente se ve en la obligación de emigrar por la fuerza”.
Para Juan Pablo II, como para los trabajadores que así lo
expresaron en su “Carta”, el “Derecho a no migrar”, es el derecho que tiene
toda persona a poder permanecer en el lugar que habita y desarrollar su vida
económica y social, sin necesidad de trasladarse a otro país para lograr un
nivel satisfactorio de las necesidades básicas de él y su familia, para
poder todos vivir en paz y realizarse con dignidad en condiciones que le
permitan un desarrollo integral de su persona.
Este derecho tiene que ser visto desde la perspectiva de
que son, en primer lugar, los gobiernos nacionales los que tienen la
obligación de garantizarle a los pueblos, ambientes propicios que le
faciliten a sus ciudadanos la posibilidad de vivir y realizarse con dignidad,
y en segundo lugar la responsabilidad de los países receptores, en
particular los del llamado “mundo desarrollado”, de creer en el destino
universal de la tierra y demás bienes naturales, que fueron creados por Dios
para el uso de todos y cada uno de los hombres y los pueblos, por lo que
deben “llegar a todos en forma equitativa, bajo la égida de la justicia y
con la compañía de la caridad”.
Sin embargo, dado las actuales condiciones y mientras las
garantías de poder desarrollarse y vivir con dignidad en sus propios países
no se den, los seres humanos tienen el derecho a emigrar. Derecho
universalmente reconocido en los principales documentos de la “Carta
Internacional de Derechos Humanos” de las Naciones Unidas y en los
documentos regionales de la Organización de Estados Americanos. Como de
igual forma los derechos y la protección de los emigrantes han quedado
plasmados en distintos documentos del derecho internacional. Primero en la
“Declaración sobre los derechos humanos de los individuos que no son
nacionales del país en que viven”, adoptada por la Asamblea General de las
Naciones Unidas en 1985 y que posteriormente fueron reafirmados en la
“Convención Internacional sobre la Protección de los Derechos de todos los
Trabajadores Migratorios y sus Familias” promulgada en 1995.
Las soluciones no son fáciles, pues mientras en los
países “expulsores” no asuman su responsabilidad como garantes de los
derechos fundamentales de la persona humana en todos sus órdenes y no se
corten de raíz las causas económicas, sociales y políticas que obligan a los
pueblos a la emigración, estas serán solamente parciales y temporales.
Mientras las políticas económicas promovidas por la globalización del
neoliberalismo, no permitan los cambios estructurales que se necesitan en
los países de América Latina y el Caribe para alcanzar un verdadero
desarrollo integral y sustentable que les permita a los pueblos vivir y
trabajar con dignidad, las migraciones no tendrán fin.
El movimiento de los trabajadores esta enfrentado a dos
injustas e inhumanas situaciones. Por un lado las situaciones nacionales que
impiden el verdadero desarrollo integral de la persona humana, en violación
de sus derechos fundamentales, forzándolos a emigrar y las situaciones bajo
las que viven las personas, que habiendo sido forzadas a emigrar, tratan de
reconstruir sus vidas en otros países, en donde sus derechos fundamentales
le son violados también.
La lucha de los trabajadores es en ambos frentes. Nada
resolvemos luchando solamente por la dignidad para emigrantes, si no
luchamos a la par porque no existan emigrantes por dignidad. Por ahora,
tanto el “Derecho a Emigrar” y los derechos de lo emigrantes en los países
donde se encuentran tienen que ser defendidos, como también hay que
defender, quizás con mas fuerza, el “Derecho a no Emigrar”, que en
definitiva encierra en si mismo todos los derechos fundamentales por los que
el movimiento de los trabajadores ha luchado históricamente.