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Parte (I) LA HABANA, enero www.cubanet.org - Cuatro Caminos es el punto donde se encuentran las calzadas de Monte y Belascoaín, y constituye uno de los lugares más pintorescos de la capital cubana. Es, además, verdadero encuentro de caminos donde convergen las calles Vives, Gloria, Corrales, Arroyo y la anchurosa avenida Cristina, que dan acceso a la Habana Vieja, Regla, Guanabacoa y al actual municipio de Diez de Octubre. El enlace con Marianao, el Vedado y Centro Habana corre a cargo de las calzadas de Monte y Belascoaín. Cuatro Caminos siempre fue un lugar comercialmente privilegiado, en buena medida por su inmediatez al Mercado Único, llamado también de Cuatro Caminos. Era este mercado un verdadero micro mundo mercantil que abarcaba toda la manzana comprendida entre las vías Calzada del Cerro, Cristina, Arroyo y Matadero. Allí se podían adquirir productos de los tres reinos planetarios: vegetal, animal y mineral. Desde la langosta vivita y coleando y el bistec de res fresco hasta un par de zapatos Ingelmo, o un par de calcetines Once Once. Sin forcejeos, colas ni libreta de racionamiento. Era un lugar que nunca conocía el descanso, pues trabajaba los 365 días del año. Sus servicios gastronómicos funcionaban el 25 de diciembre y el 1ro. de enero, a pesar de que en tales festejos hasta los panaderos descansaban. Sus puertas estaban permanentemente abiertas a su numerosa clientela y marchantería, pues aún en las últimas horas de la madrugada era frecuentado por un tipo de usuario muy peculiar. Se trataba de aquellos trasnochadores amigos de la farra y el jolgorio, que tras agotadoras jornadas iban en pro de la sopa china, rica en todo tipo de proteínas y hortalizas, capaz de levantar a un muerto, de quitar borracheras y de ponerles la cabeza a millón. Otros preferían pagar unos centavos más y deleitarse con el arroz frito, abundante en jamón y camarones, que hizo famoso al restaurante chino "La estrella de oro", distante unos metros, al cual se llegaba con sólo atravesar la calzada. Hasta un pequeño cine de barrio, el Esmeralda, invitaba a reposar la comida por sólo diez centavos, con derecho a dos películas mexicanas, argentinas, americanas, solo o acompañado. Eran tiempos en que en los cines permitían fumar y la muchacha que aceptaba la invitación estaba persuadida de que allí no se iba a ver películas, y que era la antesala de otro lugar mucho más íntimo y comprometedor. Hoy el inmenso mercado, sostenido por poderosas columnas que han resistido exitosas los 46 años de carga marxista, no es nada de lo que fue. En la planta baja, y por el lado que da a la calle Matadero hay unas cuantas tarimas de frutas, vegetales y hortalizas. Por los portales de Monte suelen venderse bisuterías, flores naturales, panes con mortadela, que si los oferta el particular contienen más proteínas, aunque resultan más caros. Si el que vende es el gobierno, el precio es bajo pero el pan no tiene nada, y es pan con na. En la planta alta del mercado hay unas cuantas mesas con carne de cerdo a 25 pesos la libra, y ocasionalmente de carnero a 21. El cine Esmeralda hace muchos años que no es cine, y luego de cumplir diferentes funciones de servicio político, ahora es un local al servicio de los Comités de Defensa de la Revolución. Del restaurante "La estrella de oro" hace muchos años que desapareció el anuncio lumínico, y luego todo el decorado y la ambientación interior, que antaño hacían agradable la estancia en el lugar. De allí no sólo desapareció el arroz frito y la sopa china, sino también los chinos con toda su descendencia. No obstante, sigue cumpliendo la función comercial de elaboración y expendio de comida, ajustado a los tiempos terribles del castrismo. Potenciados por estos años de período especial, de estómagos raquíticos, de la guardia en alto y los fondillos rotos. Pero acerquémonos a la intersección de Monte y Belascoaín y veamos lo que queda de lo que fue ese maravilloso pedacito de ciudad. Parte (II y final) LA HABANA, enero www.cubanet.org - Cuando aún el Comandante no había llegado -ni mandado a parar la diversión- en Cuatro Caminos había cuatro bares-restaurantes y un cine, entre otros negocios. Hoy sólo queda un bar, el cine se derrumbó y por el lugar pasan tres rutas de camellos: el M4, el M6 y el M7. El bar La Central, delimitado por las calles Monte y Cristina, es el único que ha logrado sobrevivir. Cerrado durante la "ofensiva revolucionaria" de 1968, reabrió sus puertas y se pudo mantener, ofertando los escasos servicios propios del castrismo, hasta que a inicios de la década de 1990 se convirtió en una panadería-dulcería y bar-restaurante de venta sólo en dólares. Actualmente cuenta con dos mesas y ocho taburetes. Se venden allí cervezas, refrescos y víveres de primera necesidad. En una vidriera se exhiben los panes y dulces de la casa. Del pasado sólo conserva intacto el anuncio dibujado en letras oscuras sobre un piso de granito blanco, donde reza BAR LA CENTRAL. Enfrente, donde antaño existió el bar Los Parados (víctima de un derrumbe en 1968) construyeron años después un parque con 25 bancos de listones de madera y apoyos en hierro fundido, una decena de faroles y algunos árboles de abundantes raíces y escaso follaje. Dos semanas atrás la quinta parte de los bancos estaban rotos, sólo alumbraba un farol, y los árboles aún lucían algo desgreñados por el embate del ciclón Charley. Algunos le llaman "el parque de los viejos" por la abundancia de éstos en el lugar a cualquier hora, y la exigua presencia de niños y jóvenes. Otros le dicen "el parque de los palestinos", por la cantidad de personas del interior que allí se reúnen. No falta quien asegure su peligrosidad en horas nocturnas, condición que no me ha dado por corroborar. En la esquina que forman la Calzada de Monte y la calle Tenerife se erguía el bar, cafetería y restaurante Cuba, cuyos platos eran famosos por la buena sazón y los precios bajos. En los altos del edificio, ofrecía sus servicios de una posada limpia, barata y tranquila. En este lugar, luego de su derrumbe, levantaron una fuente de unos tres metros de diámetro, con dos asientos de madera en derredor. Nunca he conocido a nadie que la haya visto funcionar. Allí permanece, seca y muda como los mismos transeúntes que por momentos se sientan en los bancos de madera, con la mirada fija en su fondo de tejas de barro. Al lado de la fuente, lo que queda del que fue cine "4 Caminos" y que hoy sirve de estacionamiento al aire libre para automóviles, bicicletas, motos y motonetas. Aquí reposan, bajo un entramado de vigas metálicas oxidadas, únicos restos de lo que fue una popular sala de cine habanera. Por último, el bar, cafetería y restaurante Cuba Moderna, en los altos de cuyo edificio existía un hotel para hombres solos. Este bar fue uno de los primeros en desplomarse. En el área que ocupaba edificaron un conjunto de kioscos dedicados a la venta de los más disímiles productos, en moneda nacional. Se trata de artículos que habitualmente venden en chavitos, una parte de los cuales se destina al mercado en pesos cubanos. Entre uno y otro existe la correspondiente equivalencia, por lo que el refresco "de latica" cuesta 11 pesos, el pomo de mayonesa de 300 gramos 40 pesos y la botella de ron, 60. También han habilitado unas carpas abiertas con 12 mesas y 48 sillas, donde sirven comida criolla, a 25 pesos el muslo de pollo y 10 el steak de mortadella de soya, entre otros platos de menor relevancia. El comercio trabaja, según reza en el anuncio, las 24 horas del día, pero un empleado me dijo en confianza que nunca fuera después de las 9 o las 10 de la noche, porque era peligroso y porque además era poco probable que encontrara algo de comer que valiera la pena. A todo este conjunto de comercios mal atendidos y peor abastecidos se les llama "Rapiditos", sin que hagan honor a su nombre, pues el servicio es extremadamente lento, en ausencia de una generosa propina. Entre el Cuatro Caminos de ayer y el de hoy media un mundo de diferencias. Sólo los numerosos caminos que allí entroncan se mantienen inalterables, esperando ser transitados por un futuro de progreso y esperanzas. |
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