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La situación económica y
social cubana empeora, de manera preocupante y peligrosa. Quizás este
panorama tenga, aunque doloroso, un lado positivo al coadyuvar a
comprender la necesidad de iniciar cambios radicales que permitan salir
de la crisis. Resulta evidente que hay una creciente toma de conciencia
generalizada sobre los problemas, así como propuestas de soluciones, con
variantes y matices, lo cual puede considerarse esperanzador.
El debate sobre el urgente requerimiento de los cambios es incesante, y
va in crescendo en los centros de trabajo, hogares y calles. De ellos no
escapan ni los comités del partido comunista. El diario Granma, su
órgano oficial, desde hace meses, los viernes, refleja una polémica en
la que se incrementan las opiniones favorables a los cambios por
personas auto identificadas como socialistas, conscientes de la
necesidad de transformaciones, alejadas de dogmas obsoletos, para lograr
el funcionamiento de la economía; comprendidas la privatización
individual o colectiva de determinados servicios y producciones.
Utilizan argumentos que poco tiempo atrás sólo eran esgrimidos
abiertamente por perseguidos disidentes.
Posiblemente esas manifestaciones de personas vinculadas al gobierno,
pero con criterios realistas, expliquen porque a pesar de haber
transcurrido tantos años desde 1997 no se realiza el congreso del
partido comunista y ni siquiera se haya efectuado la conferencia
nacional, anunciada para celebrarse en la segunda mitad del 2009. Los
inmovilistas de la organización, aparentemente percatados de los
crecientes criterios hacia el cambio están haciendo todo lo posible por
demorar esos eventos, a la espera de una coyuntura más favorable para
ellos, sin comprender que la situación nacional empeora diariamente y la
dilación podría llevar a un escenario de inestabilidad y conflictos
sociales, en donde todos saldríamos perdedores.
Cuando la población evidentemente reclama cambios, también pesa la
actitud de artistas e intelectuales. No es casual que personalidades
distinguidas, después de años de silencio o de apoyo al régimen en
determinados casos, exponen opiniones críticas, ya sean matizadas con
expresiones de que continúan respaldándolo, pero marcando claras
diferencias. En este sentido cabe mencionar, por lo certero de las
manifestaciones, a Pablo Milanés, Carlos Varela, Leonardo Padura,
Guillermo Rodríguez Rivera, y más recientemente Silvio Rodríguez, que
aunque reitera su apoyo al gobierno, ha llegado a la conclusión de que
le sobra la R a la Revolución, entre otras apreciaciones que indican una
posición proclive al consenso, formado en un civilizado marco de respeto
a las opiniones ajenas.
Al mismo tiempo, conocidos académicos como Esteban Morales, Pavel Vidal,
Pedro Monreal, Omar Everlyn Pérez se pronuncian de una u otra forma a
favor de los cambios y la búsqueda de nuevos modelos que promuevan la
eficiencia y la creatividad, o que sirvan para combatir la creciente
corrupción.
Las cosas llegan hasta tal punto de que el intelectual marxista de mayor
raigambre en el gobierno, Alfredo Guevara, expresó recientemente con
relación al comienzo de los cambios, que: “Sería terrible la
interpretación que después hagan los historiadores de la primera
generación (de revolucionarios) que no fueron capaces de dar este paso.
Yo creo que aquellos a quienes les toca, están listos para dar el paso,
lo importante es que ese paso se dé y que los interpretadores del futuro
no tengan que decir: tuvieron que desaparecer biológicamente para que
ese paso se diera.”
El reconocido cineasta expresó otros criterios que se corresponden
perfectamente con opiniones anteriores de disidentes cubanos, que
queremos, como lo puede desear él, una Cuba soberana e independiente,
democrática, con justicia social y solidaridad, pues a diferencia de
quienes nos acusan de contrarrevolucionarios somos verdaderos
revolucionarios que queremos cambiar un sistema caduco, reaccionario y
antisocial que ha llevado el país al desastre.
El proceso de cambio en la mentalidad de los cubanos no sólo tiene lugar
en la isla. Hay inequívocas evidencias de que similar desarrollo surge
en el seno de la comunidad asentada en el exterior, componente
indivisible de nuestra nación. Se aprecia mayor madurez y
responsabilidad por los destinos nacionales, igual que sucede dentro de
Cuba, así como la comprensión de que la solución a nuestro drama sólo
puede encontrarse con la unidad y la reconciliación sin exclusiones, por
encima de las diferencias ideológicas.
Es probable que esta marcha actual de los cubanos hacia la comprensión
de los problemas nacionales y sus posibles soluciones, incluidas las
acciones de la disidencia, junto al agravamiento radical de los
problemas nacionales haya sido el detonante que inclinara al gobierno a
iniciar conversaciones con la Iglesia Católica, la institución de mayor
credibilidad nacional, después de tantas iniciativas frustradas durante
años.
En Cuba el consenso puede seguirse fortaleciendo; existen condiciones.
Nuestra población mayoritariamente defiende derechos insoslayables como
la educación y los servicios de salud gratuitos, junto a una seguridad
social universal y la oportunidad de trabajo en condiciones dignas.
Aspiraciones siempre presentes en el imaginario de nuestro pueblo, al
igual que la solidaridad, por lo que abrumadoramente sostendría esos
objetivos, y abogaría por su mejoría ulterior. Pero no debe escapar que
para eso se necesita sostenibilidad económica y un modelo funcional, que
a la vez de promover la iniciativa pública, facilite la actividad
privada en un contexto regulado, a través de un equilibrio beneficioso,
como sucede en los países donde hoy existen los niveles de desarrollo
humano más elevados del mundo.
Estos fines no están en contradicción alguna con los propósitos
enunciados por un socialismo democrático, e incluso por la doctrina
social de la iglesia católica, que en sus principios establece que “El
objetivo de la empresa se debe llevar a cabo en términos y con criterios
económicos, pero sin descuidar los valores auténticos que permiten el
desarrollo concreto de la persona y de la sociedad.”
Hoy existen todas las condiciones en Cuba para reforzar el consenso, que
en modo alguno implica unanimidad, sino promoción del diálogo
responsable enfocado a la búsqueda de las mejores soluciones para
nuestro país; sin apresuramiento, pero sin pérdida de un tiempo precioso
que causa la acumulación de los problemas y hacen más dolorosas las
medidas a tomar.
La Habana, 5 de julio de 2010
Oscar Espinosa Chepe
Economista y periodista independiente.
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