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Con el discurso
pronunciado en la clausura del IX Congreso de la Unión de Jóvenes
Comunistas el pasado 4 de abril, el Presidente Raúl Castro evidenció sus
vacilaciones y temores para iniciar las reformas estructurales y de
conceptos, prometidas el 26 de julio de 2007. Con aquellas
manifestaciones había creado expectativas entre la población de que
podrían comenzar cambios económicos que mejoraran las miserables
condiciones de vida del pueblo cubano.
En esa ocasión y posteriormente, reiteró su disposición de entablar
negociaciones con el gobierno de Estados Unidos en condiciones de
igualdad para encontrar soluciones al clima de agresividad existente
desde hace cinco decenios. Al asumir el poder oficialmente el 24 de
febrero de 2008 se pronunció contra las prohibiciones absurdas y
prometió una era de racionalidad, lo cual fortaleció las esperanzas de
transformaciones.
Desde entonces prácticamente nada se ha hecho, a no ser medidas aisladas
y contradictorias que, en un contexto económico, político y social
disfuncional, pocos efectos beneficiosos han rendido. Con los discursos
del 20 de diciembre pasado y el pronunciado hace unos días, el General
vuelve a justificar su inacción y pide más tiempo, mientras los
problemas se acumulan y la sociedad se desmorona aceleradamente. En su
reciente intervención reconoció que “la batalla económica constituye hoy
más que nunca la tarea principal y el centro del trabajo ideológico”.
Sin embargo, después de casi cuatro años de poder, no toma medidas
concretas para revertir la situación.
Admitió que existe más de un millón de personas empleadas
innecesariamente, monto superior al 20,0% de los trabajadores ocupados
actualmente, pero no dio soluciones a un problema que sólo podrá
resolverse en el marco de una reestructuración radical del desorden
laboral prevaleciente. Dice rechazar dogmas, pero reiteró la gastada
teoría de un socialismo cubano, cuando en realidad se mantienen
mecanismos antisociales, cada vez más alejados de cualquier concepto de
protección de los trabajadores, quienes reciben salarios insuficientes
para subsistir, como el Presidente reconoció hace algún tiempo.
Paralelamente, los servicios prestados en sectores donde hubo
determinados progresos, como la salud pública y la educación, pierden
calidad y eficiencia por carecer de sustentación económica. A medida que
transcurre el tiempo, la situación se torna más difícil. La falta de
liquidez asfixia la capacidad de compra externa y el proceso de
autofagia económica se acelera con consecuencias muy preocupantes.
El Congreso de la UJC resultó una prueba del declive de esa organización
y su carencia de liderazgo entre la juventud cubana. Aunque las
intervenciones mostradas en la televisión fueron extremadamente
filtradas, las palabras más escuchadas fueron falta de ejemplaridad,
apatía, burocratismo, inasistencia a las reuniones de la militancia, lo
que demuestra que al igual que las demás organizaciones gubernamentales
la UJC se encuentra envuelta en una grave crisis de legitimidad y es
rechazada por la juventud que ve al totalitarismo como un obstáculo a
sus ansias de progreso y bienestar. Esto explica porque el Presidente
sigue sin dar fecha para la realización del Congreso del Partido
Comunista, y ni siquiera de la Conferencia que debe precederle, según él
había anunciado meses atrás.
El discurso es una evidencia adicional de que el gobierno se ha quedado
sin argumentos creíbles. Por ello recurre al gastado truco de culpar de
todo a la supuesta injerencia extranjera, cargando contra la Resolución
del Parlamento Europeo del 11 de marzo, Estados Unidos, como es tan
usual, soslayando los gestos de la Administración Obama para procurar
soluciones al diferendo, y la prensa internacional. Es de esperar
ataques hacia países latinoamericanos como México, Chile y Brasil, donde
órganos legislativos se han pronunciado a favor de la libertad y la
democracia en Cuba en votaciones con activa participación de
parlamentarios socialistas.
El aislamiento del gobierno cubano se profundiza. Decenas de miles de
intelectuales, artistas y personas en general, incluidos simpatizantes
del régimen por muchos años, a través de un llamamiento han reclamado la
liberación de los prisioneros de conciencia y políticos pacíficos.
Incluso emblemáticas voces de la cultura cubana se han expresado al
respecto, hartas también de tanta falsedad y engaño.
Cuando se complica progresivamente la situación, a falta de argumentos
válidos, el régimen se parapeta, como dijera Raúl Castro, y llama a la
represión abierta y no es descartable que temerosos de las consecuencias
políticas por el continuado deterioro económico, descargue nuevamente su
zarpazo sobre la pacífica oposición para acallar sus voces y enviar un
mensaje de terror a toda la población. Así la fracasada gerontocracia
quiere imponer al pueblo su decisión -manifestada en el discurso del
Presidente- de que la nación desaparezca antes que iniciar un proceso de
cambios, con lo cual demuestra su esencia egoísta y antipatriótica.
En esta oportunidad, el General ha dejado ver que sus promesas de
cambios económicos podrían haber sido una táctica para crear esperanzas
entre la población de un futuro mejor para ganar tiempo. Todo parece
indicar que no existía el propósito real de modificar un sistema
irracional que ha destruido Cuba durante 51 años. Resulta patente que
fue otra operación de distracción, dirigida a mantener el poder absoluto.
Ganaron tiempo con esa estratagema, pero los problemas se profundizaron
y al descubrirse los verdaderos fines el tiempo se les acaba.
La Habana, 9 de abril de 2010
Oscar Espinosa Chepe
Economista y Periodista Independiente
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