Prosigue el calvario

   

Por Aimée Cabrera

Aún extrañamos en casa las llamadas que nos hacía Julio César Gálvez cada martes y viernes al mediodía. Su voz diáfana y su espíritu fuerte y optimista, daban al traste contra cualquier situación que estuviéramos sufriendo.

Su transparencia y dinamismo extendía la conversación telefónica de quien se preocupaba por cada uno de nosotros dando, con frecuencia consejos y sugerencias, que nunca se dejaban de efectuar, por parte nuestra.

También estaba al tanto de toda incidencia en la prisión Combinado del Este en la capital, donde cumplía condena, y daba los datos exactos para que pudiera divulgarse el hecho cuanto antes.

Así, al pasar del tiempo se hizo realidad su excarcelación. Gálvez realizaba las llamadas con más frecuencia, para que supiera cada detalle de esos momentos tan emotivos que celebraba junto a sus colegas, seleccionados para viajar a España.

Su esposa Irene Viera Filloy y su madre Fefa Filloy me tenían al tanto de los periodistas que entraban y salían de su casa en el Nuevo Vedado. El lunes 12 en la tarde, sólo pude despedirme de Irene y de su pequeño Enmanuel por teléfono; cuando llegué ya los habían ido a buscar.

Me encontré a Fefa acompañada por uno de sus hijos y una amiga, ella tomaba tilo ayudándose con un absorbente, pues su condición física no le permite coger el vaso con su mano. Optimista ella también, se refería a la salida de Julio César e Irene como algo positivo y necesario.

En la noche de ese día la pareja me llamó a la casa para despedirse, estaban ya en la Terminal 3 del aeropuerto José Martí, y aún Enmanuel creía que iba a dormir en casa de su abuela.

El martes 13, el televisor del salón de atención al público en la Sección De Intereses de los Estados Unidos (SINA) mostraba una rueda de prensa donde se veía a todos los disidentes que habían arribado a España saludando y contestando las preguntas de los periodistas.

Las noticias que pude obtener por Internet eran halagüeñas. No así las que leí, al pasar los días. Cada vez que tengo en mis manos un periódico El Nuevo Herald, voy a la sección Cuba para saber qué dicen estos colegas, o saber quién llegó.

Lo que no me podía imaginar era que iban a ser llevados a un hostal en el barrio de Vallecas en Madrid, sin asesoramiento legal y sin la entrega de ayudas para poder rehacer sus vidas en España.

Entonces veo que Julio César Gálvez es noticia cuando, a nombre de sus colegas expatriados denuncia esta situación y reiteró que se sienten engañados por el Gobierno español, al haber firmado documentos de la Embajada de España en Cuba que refería compromisos que no se hicieron realidad, una vez que llegaron.

Es penoso que después de casi 8 años de injusto encierro, donde adquirieron enfermedades y sufrieron todo tipo de vejámenes, estos hombres tengan que salir para un país, teniendo familiares en otros, o deseando rehacer sus vidas en otra nación que acceda a recibirlos.

Me da mucha pena con estos colegas que han dado todo su empeño, en mantener sus ideas a favor de la democracia. Quisiera al menos, que sus vidas y las de sus familiares se encaminaran de manera positiva, a pesar de que, como dijo Gálvez, sus pasaportes tienen permiso de salida definitivo, y el haber salido de Cuba no los exime, de conseguir los derechos que todos los cubanos, de dentro y fuera de la Isla, ansían disfrutar.

Espero que las promesas del Ministro español de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, ante las quejas de estos excarcelados del Grupo de los 75, se hagan realidad cuanto antes, ellos se lo merecen.

 

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